Conclusión
Práctica, experiencia y transmisión: los tres momentos clave del profesional
La práctica es la suma de los actos materiales y simbólicos que los profesionales del trabajo social de hecho efectúan aquí y ahora. En otras palabras, el ámbito social necesita realizarse, cuando las condiciones de posibilidad lo favorecen, mediante un trabajo creativo de puesta en práctica, llevado a cabo por profesionales ad hoc, dotados de una autonomía relativa imprescindible para su ingeniería profesional y regulada por su reflexión ética y política. La práctica es inseparable de la búsqueda de un efecto, de un resultado, de un cambio, raramente previsible. No puede determinarse de forma incontestable en función del objetivo que se quiere conseguir, sobre todo si este se impone por parte de alguna autoridad externa a la situación de las personas o de las instituciones. De lo contrario, sería pura ejecución taylorizada.
Dubet122 define así la experiencia: “Denomino ‘experiencia social’ a la cristalización, más o menos estable, en los individuos y en los grupos, de lógicas de acción diferentes, a veces opuestas, que los actores están obligados a combinar y a jerarquizar con el fin de constituirse como sujetos. Podemos distinguir tres grandes tipos puros de acción que son tanto definiciones de uno mismo y de los demás como modos de articulación del actor y del sistema”; es decir, según el autor, la “integración social”, la “estrategia” y la “subjetivación”. Dicho de otro modo, la experiencia constituye la sustancia de las prácticas que se ejercen cotidianamente y que se fecundan con los conocimientos que nos llegan en herencia ya sea por escrito u oralmente. Se trata de prácticas acumulables cuando hay soportes materiales que lo permiten, aunque su desmaterialización limita considerablemente este ejercicio. Prácticas que, por naturaleza, son inciertas y no siempre son fáciles de validar y que, por suerte, siguen siendo criticables y criticadas. Es evidente que la experiencia no vale ni por sí ni para sí misma, sino en función de su utilidad. Hay que defender el concepto de experiencia, dado que en la actualidad se niega en beneficio, por un lado, de las “recomendaciones de buenas prácticas” –mucho más normativas de lo que parece– y por el otro, de una innovación desarrollada en gran medida en los informes de los principales congresos del trabajo social: “la capitalización de prácticas inspiradoras”, una especie de big data o un banco de las prácticas más útiles, gestionadas con criterios económicos. Hay que restaurar el valor propio de la experiencia porque es la clave principal de la calidad y porque se trata de un saber contagioso y transmisible.
La transmisión implica experiencia, pero también reflexión ética y narratividad. Constituye la base de toda formación para estas profesiones especializadas y de cualquier politización de los asuntos sociales. En definitiva, es la condición sine qua non del mantenimiento de la “socialización del ámbito social” dirigida a los profesionales, pero también, más allá de estos, dirigida a los ciudadanos, a sus propias organizaciones y a sus representantes políticos.
Aquí preferimos hablar de la transmisión, dado que es un término que limita los efectos de la propiedad o indescriptibilidad de la práctica, antes que recurrir a fórmulas como validación, valorización, difusión, etc., que nos remiten más a la idea de estrategia, más o menos comercial, y someten dicha secuencia a la voluntad del mercado o de las autoridades públicas, convertidas en las aliadas objetivas de los mercados.