Cultura y compromiso
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Cultura y compromiso

Estudios sobre la ruptura generacional

  1. 176 páginas
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Cultura y compromiso

Estudios sobre la ruptura generacional

Descripción del libro

A pesar de los años transcurridos desde que la autora presentó estas reflexiones dentro del ciclo "Man and Nature", sus ideas mantienen su frescura y nos afectan más que nunca. Desde su larga y madura experiencia como antropóloga, Margaret Mead interroga en esta obra la esencia de la Historia en tanto proceso de transmisión de saberes y valores.

¿Cuáles son los compromisos que hoy en día pueden asumir todavía las generaciones jóvenes con los legados del pasado?, se pregunta la autora.

Y este texto es una invitación y un desafío para reflexionar sobre el incierto e inquietante devenir de la humanidad.

En palabras de Verena Stolcke en el prólogo, Mead defiende que " ni la adolescencia ni las otras etapas de la vida debían ser interpretadas como una experiencia individual, sino que consisten siempre en una relación sociocultural variable y característica de una sociedad específica y dependen asimismo del tejido y de las estructuras de parentesco que prevalecen ".

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Información

Año
2019
ISBN de la versión impresa
9788417341893
ISBN del libro electrónico
9788417835385
1
El pasado
Culturas postfigurativas
y antepasados bien conocidos
Las distinciones que marco entre tres tipos diferentes de cultura —postfigurativa, en la que los niños aprenden primordialmente de sus mayores; cofigurativa, en la que tanto los niños como los adultos aprenden de sus pares, y prefigurativa, en la que los adultos también aprenden de los niños— son un reflejo del período en que vivimos. Las sociedades primitivas y los pequeños reductos religiosos e ideológicos son principalmente postfigurativos y extraen su autoridad del pasado. Las grandes civilizaciones, que necesariamente han desarrollado técnicas para la incorporación del cambio, recurren típicamente a alguna forma de aprendizaje cofigurativo a partir de los pares, los compañeros de juegos, los condiscípulos y compañeros aprendices. Ahora ingresamos en un período, sin precedentes en la historia, en el que los jóvenes asumen una nueva autoridad mediante su captación prefigurativa del futuro aún desconocido.
La cultura postfigurativa es aquélla en que el cambio es tan lento e imperceptible que los abuelos, que alzan en sus brazos a los nietos recién nacidos, no pueden imaginar para éstos un futuro distinto de sus propias vidas pasadas. El pasado de los adultos es el futuro de cada nueva generación: sus vidas proporcionan la pauta básica. El futuro de los niños está plasmado de modo tal que lo que sucedió al concluir la infancia de sus antepasados es lo que ellos también experimentarán después de haber madurado.
Las culturas postfigurativas, en las cuales los mayores no pueden imaginar el cambio y en consecuencia sólo son capaces de trasmitir a sus descendientes esta idea de continuidad inmutable, han sido, a juzgar por los testimonios actuales, las culturas típicas de las sociedades humanas durante el curso de milenios o desde el comienzo mismo de la civilización. Puesto que dichas culturas carecían de anales escritos o asentados en los monumentos, cada cambio debía ser incorporado a lo sabido y perpetuado en la memoria y las pautas de desplazamiento de los ancianos de cada generación. El niño recibía los conocimientos básicos a una edad tan temprana, en forma tan poco explícita, y con tanta certidumbre, a medida que sus mayores expresaban la idea de que así era como se le presentaría la vida porque él era el producto de sus cuerpos y sus espíritus, de su territorio y de su tradición, particular y específica, que la conciencia de su propia identidad y su propio destino era inatacable. Sólo el impacto de alguna violenta conmoción exterior —una catástrofe natural o una conquista— podía alterarla. Era posible que el contacto con otros pueblos no cambiara en forma alguna esta sensación de intemporalidad: el sentimiento de diferencia reforzaba la conciencia de la propia identidad, particular e inalterable. Incluso las condiciones extremas de la migración forzada, los largos viajes sin destino conocido o cierto a través de mares inexplorados, y la llegada a una isla desierta, no hacían más que acentuar este sentimiento de continuidad.
Es cierto que la continuidad de todas las culturas depende de la presencia viva de por lo menos tres generaciones. La característica esencial de las culturas postfigurativas consiste en una hipótesis que la vieja generación expresa en todos sus actos, a saber, que su forma de vida (aunque lleve incorporados, en verdad, muchos cambios) es inmutable, eternamente igual. Antaño, antes de la actual prolongación del ciclo de vida, los bisabuelos sobrevivientes eran muy escasos y los abuelos eran pocos. Los que corporizaban el tramo más extenso de cultura, quienes servían de modelo a los más jóvenes, quienes encerraban en su más ligero acento o ademán la aceptación de la forma íntegra de vida, eran poco numerosos y fuertes. Su vista aguda, sus miembros robustos y su incansable laboriosidad representaban la supervivencia física además de la cultural. Para que se perpetuara semejante cultura eran necesarios los viejos, quienes no sólo debían guiar al grupo hacia los refugios pocas veces buscados, en época de hambruna, sino que también debían proporcionar el modelo de lo que era la vida. Cuando ya se conoce el fin de la vida, cuando ya están estipulados el cántico que se entonará en el momento de la muerte, las ofrendas que se harán, el terreno en el que descansarán los propios huesos, cada persona, según su edad y sexo, su inteligencia y su temperamento, corporiza la totalidad de la cultura.
En tales culturas cada objeto refuerza, por su configuración y por la forma en que se lo maneja, acepta, rechaza, abusa, rompe o venera indebidamente, la forma en que se fabrica y emplea todo otro objeto. Cada ademán refuerza, recuerda y refleja todo otro ademán, le sirve de imagen o eco, y es una versión más o menos completa de él. Cada enunciado contiene formas que se encuentran en otros enunciados. Cuando se analiza un fragmento de la conducta cultural se descubre que tiene la misma pauta subyacente, o el mismo tipo de posibilidades esquematizadas para la existencia de otras pautas de esa cultura. Las culturas sencillas de los pueblos que han estado aislados de otros pueblos destacan más nítidamente esta circunstancia. Pero las culturas muy complejas pueden tener sin embargo un estilo postfigurativo, y en consecuencia pueden exhibir todas las características de las otras culturas postfigurativas: la falta de una conciencia de cambio y la capacidad para estampar exitosa e indeleblemente en cada niño la forma cultural.
Claro que las condiciones para el cambio siempre están implícitamente presentes, incluso en la sola repetición del procedimiento tradicional. Así como nadie atraviesa dos veces el mismo río, así también existe siempre la posibilidad de que un procedimiento, una costumbre, una creencia, que se ha repetido un millar de veces, ingrese en el plano de la conciencia. Esta posibilidad aumenta cuando el pueblo de una cultura postfigurativa entra en estrecho contacto con el de otra. Se acentúa su conciencia de lo que en verdad constituye su cultura.
En 1925, después de cien años de contacto con las culturas modernas, los samoanos hablaban constantemente acerca de Samoa y la costumbre samoana, regañaban a sus pequeños como niños samoanos, y combinaban su recordada identidad polinesia con su conciencia del contraste entre ellos y los colonizadores extranjeros. En la década de 1940, en Venezuela, a pocos kilómetros de la ciudad de Maracaibo, los indios continuaban cazando con arcos y flechas, pero cocinaban sus alimentos en ollas de aluminio que habían robado a los europeos, con los que jamás se habían comunicado en forma alguna. Y en la década de 1960, las tropas de ocupación europeas y norteamericanas que vivían con sus familias en colonias enclavadas dentro de países extranjeros, miraban con la misma expresión de incomprensión y rechazo a los «nativos» —alemanes, malayos o vietnamitas— que residían fuera de sus reductos. Es posible que la experiencia del contraste no haga más que agudizar la conciencia de los elementos de identidad inmutable del grupo al que uno pertenece.
En tanto que es característico que las culturas postfigurativas estén íntimamente vinculadas con su habitat, no es imprescindible que éste consista en una sola comarca donde veinte generaciones han labrado la tierra. Estas culturas también se encuentran en los pueblos nómadas que se desplazan dos veces por año; en los grupos radicados en la diáspora, como los armenios y los judíos; en las castas indias que viven representadas por pocos individuos dispersos en aldeas donde residen muchas otras castas. Aparecen en grupos reducidos de aristócratas o entre parias como los etas de Japón. Los pueblos que otrora formaron parte de sociedades complejas pueden olvidar, en territorio extranjero, las reacciones dinámicas ante los cambios observados que los hicieron emigrar, y en su nuevo lugar de residencia pueden agruparse, ratificando su identidad inmutable con los antepasados.
El hacerse adoptar dentro de estos grupos, la conversión, la ceremonia iniciática, la circuncisión... —nada de ello es imposible. Pero todos estos actos encierran un compromiso absoluto que los abuelos trasmiten irrevocablemente a sus propios nietos en las culturas postfigurativas. La afiliación, que se obtiene normalmente mediante el nacimiento y a veces por elección, implica un compromiso total y despojado de toda reserva.
La cultura postfigurativa depende de la presencia real de tres generaciones. Por consiguiente este tipo de cultura es peculiarmente generacional. Su continuidad depende de los planes de los ancianos y de la implantación casi imborrable de dichos planes en la mente de los jóvenes. Depende de que los adultos puedan ver a los padres que los criaron mientras ellos crían a sus hijos en la misma forma en que ellos fueron criados. En semejante sociedad no queda margen para invocar las figuras parentales míticas que se conjuran con tanta frecuencia en un mundo cambiante para justificar las exigencias de los adultos. «Mi padre nunca habría hecho esto o aquello o lo otro.» He aquí una frase a la que no se puede recurrir cuando el abuelo está presente, cómodamente aliado con su nieto pequeño, en tanto que el padre mismo es el adversario de ambos en razón de la disciplina que vincula a padre e hijo. Todo el sistema está presente. No depende de ninguna versión del pasado que no sea compartida también por aquellos que escucharon la versión desde la cuna y que por consiguiente la experimentan como realidad. Las respuestas a las preguntas: ¿Quién soy? ¿Cuál es la naturaleza de mi vida como miembro de mi cultura; cómo hablo y me muevo, como y duermo, hago el amor, me gano la vida, me convierto en padre, me encuentro con la muerte? se experimentan como predeterminadas. Es posible que un individuo no consiga ser tan valiente o paternal, tan industrioso o generoso, como lo estipulan los mandatos que le trasmitieron las manos de su abuelo, pero en medio de su fracaso es un miembro más de su cultura, en la misma medida en que lo son otros en medio de su éxito. Si el suicidio es una posibilidad conocida, unos pocos o muchos podrán suicidarse. Si no lo es, los mismos impulsos de autodestrucción asumirán otras formas. La combinación de impulsos humanos universales y mecanismos de defensa disponibles, los procesos de reconocimiento y apercepción, de reconocimiento y rememoración, de reintegración, estarán presentes. Pero la forma en que se combinarán será abrumadoramente particular y distintiva.
Los diversos pueblos del Pacífico que he estudiado durante cuarenta años sirven para ilustrar muchas culturas postfigurativas distintas. Los arapesh montañeses de Nueva Guinea, tal como vivían hace cuarenta y cinco años representaban un tipo. Cada acto, y la seguridad y certidumbre con que lo ejecutaban —la manera en que usaban el dedo gordo del pie para recoger un objeto del suelo o la forma en que masticaban las hojas que empleaban para fabricar la estera— cada acto, repetimos, cada ademán, estaba adaptado a todos los otros con características que reflejaban el pasado, un pasado que, aunque contuviera muchos cambios, estaba a su vez perdido. Para los arapesh no hay más pasado que el que ha estado encamado en los viejos y, en una versión más joven, en sus hijos y en los hijos de sus hijos. Ha habido cambios, pero éstos han sido asimilados tan completamente que las diferencias entre las costumbres primitivas y las adquiridas luego se han desvanecido en la comprensión y las expectativas del pueblo.
A medida que alimentaban, alzaban, bañaban y adornaban al niño arapesh, las manos que lo sostenían, las voces que lo rodeaban, las cadencias de las canciones de cuna y las endechas le inculcaban una multitud de enseñanzas tácitas, no expresadas. Dentro de la aldea y entre una aldea y otra, cuando se trasportaba al niño y luego se lo hacía marchar por los senderos habituales, la menor irregularidad del terreno era un acontecimiento que los pies registraban. Cuando se construía una casa, la reacción de cada persona que pasaba frente a ella le hacía entender al niño que allí había algo nuevo, algo que no había estado en ese lugar unos pocos días antes y que sin embargo no era en modo alguno asombroso o sorprendente. La reacción era tan tenue como la del ciego frente al distinto impacto de la luz solar filtrada a través de árboles con diferentes tipos de hojas, pero igualmente existía. La llegada de un forastero a la aldea quedaba registrada con igual precisión. Los músculos se ponían tensos mientras los habitantes calculaban mentalmente la cantidad de provisiones de las que disponían para aplacar al peligroso visitante y reflexionaban sobre el posible paradero de los hombres que habían salido de la aldea. Cuando nacía una nueva criatura sobre el borde del acantilado, en el «lugar maligno» adonde se enviaba a las mujeres menstruantes y parturientas, el paraje de la defecación y el nacimiento, mil pequeños signos familiares así lo proclamaban, aunque no había ningún pregonero que voceara por las calles lo que estaba sucediendo.
Mientras vivían como los arapesh creían que habían vivido siempre, teniendo como único pasado una era de fábula, un lejano tiempo intemporal, en un lugar donde cada roca y cada piedra servían para reimplantar y ratificar ese pasado inmutable, los viejos, los maduros y los jóvenes recibían y trasmitían la misma serie de mensajes: que esto es lo que implica el hecho de ser humano, de ser varón o mujer, de ser primogénito o último hijo, de haber nacido en el clan del hermano mayor o en el clan del antepasado más joven: que esto es lo que implica el hecho de pertenecer a la mitad de la aldea cuyo pájaro patrón es el halcón y de ser un individuo que madurará para disertar locuazmente en las fiestas, o que esto es lo que implica madurar en el papel de cacatúa y hablar brevemente, si se nace o se ingresa por adopción en la otra mitad de la aldea. Asimismo, el niño aprendía que muchos no sobrevivirán para madurar. Aprendía que la vida es un elemento frágil, que se le puede negar al recién nacido de sexo indeseado, que puede extinguirse en los brazos de la madre que pierde su leche cuando su criatura no prospera con ella, que puede eclipsarse cuando un pariente se encoleriza y roba una parte de la sustancia corporal para entregarla a un brujo hostil. El niño también aprendía que el dominio de los hombres sobre la tierra que los rodeaba, era escaso y endeble, que había aldeas desiertas donde nadie vivía bajo las palmeras, que había ñames cuyas semillas o cuyos hechizos imprescindibles para el cultivo se habían perdido y de los cuales sólo se conservaban los nombres. Las pérdidas de este género no se catalogaban como un cambio, sino más exactamente como un acontecimiento periódico y previsto dentro de un mundo en el que todo conocimiento era pasajero y todos los objetos valiosos eran fabricados por otras personas y debían ser importados de entre ellas. La danza importada veinte años atrás había sido trasferida posteriormente a una aldea más mediterránea de la isla, y sólo el antropólogo ubicado fuera del sistema, u ocasionalmente un miembro de un grupo vecino, convencido de la inferioridad del pueblo montañés y empeñado en hallar un medio para ilustrarla, se avenía a mencionar los fragmentos de la danza que habían sido conservados y los que habían sido perdidos.
El sentimiento de intemporalidad y costumbre omnímoda que observé entre los arapesh, con sus ligeros matices de desesperación y su temor de que el conocimiento se eclipsara para siempre y de que los seres humanos que parecían más pequeños a medida que trascurría cada generación desaparecieran en verdad, era tanto más llamativo cuanto que no vivían, como los habitantes de las islas aisladas, escindidos de todos los otros pueblos. Sus aldeas se extendían a través de una cordillera montañosa desde la playa hasta las llanuras. Comerciaban con otros pueblos que hablaban otros idiomas y practicaban costumbres independientes pero análogas, y viajaban entre ellos y les daban hospedaje. Este sentimiento de identidad entre el pasado conocido y el futuro esperado es aun más notable donde se producen constantemente pequeños cambios y trueques. Se destaca incluso más en una comarca donde es posible intercambiar tantos artículos: vasijas y bolsos, lanzas y arcos y flechas, canciones y danzas, semillas y hechizos. Las mujeres huían de una tribu a otra. Siempre había en la aldea una o dos mujeres extranjeras que debían aprender a hablar el idioma de los hombres que las reivindicaban como esposas cuando llegaban y se ocultaban en las cabañas menstruales. Esto también formaba parte de la vida, y los niños aprendían que otras mujeres huirían más tarde. Los varones aprendían que era posible que sus esposas se fugaran; las niñas aprendían que era posible que ellas mismas escaparan y tuviesen que aprender costumbres diferentes y un idioma distinto. Esto también formaba parte de un mundo inmutable.
Los polinesios, dispersos en islas remotas, separados entre sí por muchos centenares de kilómetros, instalados donde un pequeño grupo había hecho un desembarco después de varias semanas de navegación, definitivamente despojados de una parte de sus bienes y con muchos muertos, todavía eran capaces de reimplantar su cultura tradicional y de incorporarle un elemento especial: la voluntad de conservarla, sólidamente anclada en el pasado por la genealogía y por una mítica ascendencia que le otorgaba autenticidad. Por el contrario, los pueblos de Nueva Guinea y Melanesia, que se diseminaron durante muchos más milenios a lo largo de pequeñas distancias, por habitats diversos, han venerad...

Índice

  1. Índice
  2. Prólogo
  3. Preámbulo
  4. Introducción
  5. 1 El pasado
  6. 2 El presente
  7. 3 El futuro
  8. Apéndices

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