SEGUNDA PARTE
Lógica estructural
del proceso perverso
6
La concepción clásica
de las perversiones
El acceso al universo de las perversiones requiere siempre una prudencia muy grande, ya que en verdad aún se inscriben en esta categoría consideraciones a veces muy extrañas al campo propiamente psicopatológico.
Sería un error, pensar que el referente psicoanalítico subvirtió de una vez por todas, las concepciones etiológicas clásicas que conciernen al proceso perverso. Algunas de entre ellas subsisten con insistencia obviando radicalmente los desarrollos freudianos. En el mejor de los casos, cuando el referente freudiano se introduce en la comprensión del proceso perverso, a menudo queda expurgado de sus implicaciones más originales, en la medida en que se integra a un cortejo de teorías psicopatológicas que neutralizan toda su incidencia. Lo prueba la persistencia, no sólo de consideraciones etiológicas totalmente eclécticas, sino también de observaciones clínicas muy inconsecuentes en obras perfectamente actuales.
Retengamos, como ilustración, el conjunto de argumentos propuesto en el Manuel alphabétique de psychiatrie, donde se encuentran lado a lado, a propósito de las perversiones, amalgamas teóricas y clínicas totalmente insuficientes. Detenerse en ellos por un momento es la ocasión de situar el aporte extraordinariamente fecundo del psicoanálisis en la comprensión del lugar estructural donde se organiza y se despliega el proceso perverso.
En primer lugar, encontramos expuesta de entrada en este estudio la distinción tan corriente como gratuita entre perversión y perversidad. La perversidad se refería a un tipo de malignidad actuante, en el individuo, en algunos de sus actos y de sus conductas. Se nos remite, pues, bajo esta apelación, al lugar de las apreciaciones morales del comportamiento. De ahí la dificultad resultante cuando se trata de distinguir la perversidad de la perversión, puesto que no disponemos entonces sino de un solo término: perverso, como lo señala el autor muy acertadamente.
«No disponemos desgraciadamente sino de una sola palabra, la de perverso, para designar indistintamente a los sujetos marcados por el sello de la perversidad y a aquéllos que adolecen la perversión de los instintos elementales.
»El uso confunde por otra parte abusivamente estas dos categorías de anormales entre las cuales existen sin duda oscuras y frecuentes asociaciones. El lenguaje corriente pone, sin embargo, más estrechamente el acento sobre la noción de perversidad en la acepción del vocablo perverso.»
En tales condiciones, ¿qué se entiende por perversidad? Se trataría, según Henri Ey, de una elección inmoral en las reglas normativas del comportamiento:
«El perverso no sólo se abandona al mal, sino que lo desea.»
Este desajuste desarrollado con respecto a las normas se explicaría, en lo esencial, por una inmadurez de la persona «fijada en un estadio de desarrollo cuya estructura afectiva se convirtió en la ley de su existencia».
Por sí sola, esta última referencia moviliza una gran ambigüedad. De hecho, plantear la cuestión de una fijación en un estadio de la evolución psíquica susceptible de inducir una estructura permanente de funcionamiento afectivo, implica desde ya un deslizamiento hacia otro campo diferente de la apreciación normativa, para plantear un argumento metapsicológico en favor de la estructura de las perversiones. En ese caso, ya no se comprende la necesidad de distinguir una disposición como la perversidad.
Sin embargo, para seguir al comentador, parecería como si, por oposición a las perversiones, se supusiera que la perversidad resulta de una orientación episódica del comportamiento, limitada, pero identificable inclusive en los individuos «normales». Por ejemplo, sería el caso de ciertos actos de crueldad física y/o moral cometidos bajo el imperio de las pasiones (celos, odio, exaltación política o mística). De modo más trivial, sería el caso de actos de vandalismo diverso. Tales actos de perversidad podrían también disimularse detrás del gusto por la subversión, la provocación, el escándalo, etcétera. De una manera general, debemos admitir que la perversidad queda subordinada a una discriminación que se funda exclusivamente sobre criterios sociales o medicolegales.
En uno de sus Etudes psychiatriques, Henri Ey va más lejos aún puesto que centra directamente el problema de la perversidad en la cuestión de la libertad, al plantear el espinoso dilema de la intencionalidad deliberada o no del acto perverso correlativa del designio, premeditado o no, de dañar, en el sentido de una «liberación voluntaria de las malas tendencias de la naturaleza».
Bajo una forma más «técnica», reencontramos una modalidad de apreciación idéntica cuando se trata de examinar si el acto perverso procede o no de un deterioro patológico de la personalidad. Sin embargo, con la entrada del factor «patológico», dejamos insidiosamente el terreno de la perversidad para abordar una disposición que participa de la «perversión propiamente dicha». En efecto, una distinción de esta naturaleza tiende a circunscribir el dominio de las perversiones a un campo de aptitudes patológicas permanentes del ser, es decir a «una desviación de las tendencias normales», para retomar aquí la expresión habitualmente consagrada. En este sentido se nos remite «a esa vertiente del inconsciente que se conviene en llamar instinto» y de allí la definición genérica de las «perversiones instintivas».
Pero, desde que el campo de las perversiones se asocia a los procesos de desviación de los instintos, el problema surge al tener que circunscribir su naturaleza:
«Los estudios, en función de los instintos de los cuales ellas (las perversiones) constituyen una corrupción, llevan a multiplicar abusivamente las modalidades de los instintos. [...]
»Los hechos considerados son, en realidad, complejos e intrincados. La avidez, por ejemplo, deriva del instinto de conservación, pero sus incidencias en el plano social se emparentan con el altruismo. El proxenetismo es una perversión del instinto de asociación, pero utiliza una depravación sexual. Por otra parte, los compromisos necesarios entre los instintos hacen que la pereza sea una perversión en el plano de la vida colectiva, mientras que en el plano de la conservación responde a la ley biológica de la economía del esfuerzo.
»Ya no se puede pensar en clasificar las perversiones según sus consecuencias y la conducta del perverso. El vanidoso o el pródigo no causan fatalmente daño a otro o a sí mismo. Al revés, es cierto que todo acto perjudicial puede estar bajo la dependencia directa de una perversión de su autor.»
Este tipo de perspectiva muestra hasta qué punto la problemática de las perversiones es casi imposible de abordar con un mínimo de rigor. Para sustraer las perversiones de este universo de consideraciones seudoéticas, es necesario modificar el ángulo del enfoque, es decir dejar este terreno de aprehensión fenomenológica que los comentadores sugieren examinar a través del proyecto de un «análisis de la personalidad del perverso».
En este terreno, no más que en el precedente, la comprensión del proceso perverso no se encuentra verdaderamente más aclarada.
Aun si aceptamos, a la manera del autor, que «el sustrato orgánico de la perversión instintiva es generalmente imposible de aclararse por los métodos anatomoclínicos actuales», esta hipótesis le parecería, sin embargo, sugerida por ciertas consideraciones ...