
- 304 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Descripción del libro
Antonia López Arista (1887-1918) es la persona que "desde su fundación", como consta en el Libro Registro de Asociadas, e incluso a lo largo de la prolongada génesis de la Institución Teresiana, acompañó a san Pedro Poveda en las reflexiones y actividades que condujeron al nacimiento de esta Institución. Vinculó su corta existencia de solo treinta y un años a un proyecto nuevo, original, atrevidísimo; tanto que, sin modelos ambientales, solo paso a paso fue descubriendo, junto a su primo Pedro, hacia dónde debían caminar.
Una Institución que nace es lo que fue percibiendo Antonia a medida que hacía confluir pensamientos y voluntades distantes hacia un objetivo común; al mismo tiempo que difundía los escritos del fundador, iba tejiendo una amplia red de amistad y confianza entre tantas mujeres que en la naciente Institución Teresiana alcanzaron puestos relevantes en la docencia y la inspección escolar o llenaron los pueblos de buen hacer pedagógico y compromiso social. Antonia hizo historia del todo inmersa en su tiempo y abierta a la novedad.
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Información
1. EN EL COMPLEJO AMANECER DE UN NUEVO SIGLO
De la esperanza en el progreso a la decepción de la guerra
La biografía de Antonia López Arista, muy corta en cuanto a su duración en el tiempo, estuvo situada en un contexto tan preciso y definido como la ciudad de Linares (Jaén), de la que prácticamente nunca salió. Transcurrió, sin embargo, en un periodo muy crítico de la historia universal, de la historia de la Iglesia, de la historia de España y, desde luego, de la de Linares, donde nació en 1887. Tenía Antonia treinta y un años en 1918 cuando al acabar la I Guerra Mundial, segó su vida la epidemia de gripe, llamada la española, que tantos estragos causó en su propia familia y en toda la nación.
Como en otros lugares de España, la segunda Revolución Industrial, en curso durante la vida de Antonia, tuvo una incidencia notable en Linares, donde el auge de la producción minera había requerido la oportuna aplicación de los avances científicos y tecnológicos; donde afluyeron empresarios y capital; donde llegaron trabajadores de la nación y del extranjero, y donde se pusieron claramente de manifiesto los problemas emergentes en el mundo del trabajo. A la vez, el aproximarse de un nuevo siglo llenó de renovada esperanza a tantos como empezaban a disfrutar de los prodigiosos y rápidos avances en el ámbito de las comunicaciones y de la producción industrial que tendían a mejorar la vida cotidiana, sin sospechar que, poco más de una década después, el progreso aplicado a la discordia iba a cubrir Europa de ruinas durante la guerra más devastadora y cruel que había conocido la humanidad hasta entonces.
Antonia pertenecía a una familia adinerada cuya fortuna tenía que ver con la explotación minera, a la vez que se interesó con eficacia y bondad por la penosa situación de los obreros y obreras que apretadamente poblaban los barrios marginales de la ciudad. Como correspondía a su elevado nivel social, cursó estudios de cultura general. Su padre era ingeniero de minas y un destacado dirigente político del partido liberal de Linares, con estrechas y significadas conexiones en el ámbito nacional, lo cual le proporcionaba a ella, a través de su familia, informaciones, relaciones y conocimiento de los problemas que se debatían en la actualidad. Antonia era una persona culta, enterada, despierta, atenta a la realidad, muy consciente del entorno en que se desarrollaba su existencia y resueltamente firme en sus propias opciones personales.
Seguramente en el domicilio de los López Arista no faltaba ninguno de los adelantos al uso común que se disfrutaban entonces; la prensa llegaría todos los días abundante y variada; las frecuentes visitas, al estilo de la época, llenarían las horas de noticias, anécdotas y comentarios de todo género, y sus dos hermanos, tres y once años menores que ella, no muy aficionados a los estudios, aportarían también las peculiares vivencias del mundo juvenil.
La Revolución Industrial, en su primera etapa durante las décadas iniciales del siglo XIX, había comenzado por aplicar la maquinaria a la industria siderúrgica y textil; pero ya a finales del siglo, en su segunda fase, con la aparición de nuevas fuentes de energía, como la electricidad sobre todo; con las industrias químicas y las que revolucionaron el mundo de los transportes, las comunicaciones, la agricultura y tantos aspectos de la vida cotidiana, se generalizó el paso de la producción manual a la mecánica, aunque en España este proceso no fue, desde luego, de los más acelerados1.
La industrialización, con mayor o menor desarrollo en los distintos países y ambientes, a la vez que mejoró el nivel de vida ambiental y el particular de una parte de la población, había ido sustituyendo los tradicionales y hereditariamente consolidados estamentos por las nuevas “clases sociales”, configuradas en función de las posibilidades económicas de cada uno. La división entre la propiedad y el trabajo; la acumulación del capital necesario para la mecanización; la concentración de los recursos económicos; los nuevos conceptos de propiedad, y las crecientes migraciones desde el campo a la ciudad que dieron lugar a un consistente “proletariado” industrial urbano, fueron modificando los vínculos sociales entre las diferentes capas de la población, creando lamentables situaciones hasta entonces inéditas, en las que germinaron los distintos movimientos obreros.
Para los sectores más humildes de la población, la revolución industrial trajo consigo un empeoramiento de las condiciones de vida, a la par que las nuevas formas de producción y el aumento del mercado mejoraron y abarataron los recursos disponibles. El final del siglo XIX y el comienzo del XX fue, además, una época de gran crecimiento demográfico, lo cual, por una parte, supuso un incremento de la demanda de productos agrícolas e industriales que favoreció el comercio, pero por otra, contribuyó a acentuar los movimientos migratorios y a elevar el número de los que asumían condiciones de trabajo muy precarias. Se generó así una nueva sociedad con dos clases extremas y enfrentadas: la capitalista, que poseía los recursos sustentadores de la industria, y la obrera que aportaba su trabajo normalmente en penosas condiciones y muy mal remunerado.
Mientras tanto, se generalizó el convencimiento del poder absoluto de la ciencia que había generado tantos adelantos; se sucedieron los descubrimientos en el campo de la física y las matemáticas, de la electrónica y de la óptica, de la bioquímica y la medicina, de modo que bien se puede hablar de una verdadera revolución científica y técnica simultánea a la segunda Revolución Industrial.
Paralelamente, en el plano político estas revoluciones corren parejas con el pensamiento liberal que sustentó la creación de los estados modernos, pero teniendo muy en cuenta que el liberalismo fue duramente confrontado por el movimiento anarquista, el socialismo y la ideología marxista.
La aplicación de los progresos científicos a un armamento cada vez más sofisticado; el rearme de los estados, principalmente europeos, recelosos del poder unos de otros, y las alianzas en bloques antagónicos, fueron allanando el camino hacia el estallido, en 1914, de la primera Guerra Mundial. Violenta y dolorosa contienda, que durante su curso, en 1917, experimentó la revolución comunista en Rusia, dando un giro al conflicto armado, que concluyó en 1918. El comunismo caló en buena parte del mundo obrero, erigiéndose en contrapunto del capitalismo liberal, que, a su vez, intentó presentar una faz progresivamente democrática.
España no participó en la Guerra Mundial, pero ideológicamente el conflicto se le entró por las puertas, dado que cada bloque político, la izquierda y la derecha, se mostraba partidario de uno de los dos bandos en contienda.
Al concluir la penúltima década del siglo XIX, cuando nació Antonia, continuaba vigente en España la Constitución de 1876, que había restaurado en el trono a la monarquía borbónica y creado un régimen bipartidista por el que se alternaban en el poder el part...
Índice
- M.ª ENCARNACIÓN GONZÁLEZ RODRÍGUEZ
- COLECCIÓN MUJERES EN LA HISTORIA
- SIGLAS Y ABREVIATURAS
- INTRODUCCIÓN
- LA PERSONA Y EL TIEMPO
- 1. EN EL COMPLEJO AMANECER DE UN NUEVO SIGLO
- PRIMERA ETAPA,1887-1908 “¿QUÉ SERÁ MAÑANA ESO QUE HOY COMIENZA CON TANTA HUMILDAD?”
- 2. LAS FAMILIAS LÓPEZ ARISTA Y POVEDA CASTROVERDE
- 3. LAS AMIGAS, LOS POBRES Y ¿UNA OBRA DE DIOS?
- SEGUNDA ETAPA,1909-1913 “FORMARNOS MEJOR EN EL ESPÍRITU QUE LA OBRA REQUIERE”
- 4. ¿HACIA UNA OBRA NUEVA?
- 5. CON UNA MISIÓN PECULIAR EN LA OBRA NACIENTE
- 6. DESDE SIEMPRE, AL LADO DEL FUNDADOR
- TERCERA ETAPA, 1914-1918 “¿NO ES UN MILAGRO PATENTE LA OBRA TERESIANA?”
- 7. ANTONIA, “ALMA DE LA OBRA TERESIANA EN GENERAL”
- 8. EN LA PROLONGADA GÉNESIS DE LA INSTITUCIÓN TERESIANA
- 9. “¿SABÉIS CUÁL FUE EL PRINCIPIO DE LA OBRA…?”
- EPÍLOGO
- ANTOLOGÍA DE ESCRITOS
- INTRODUCCIÓN
- 1. CARTAS
- 2. ARTÍCULOS EN EL BOLETÍN,PRIMERA ÉPOCA
- 3. PENSAMIENTOS SOBRE SAN PEDRO POVEDA
- PUBLICACIONES
- FOTOGRAFÍAS
- Créditos