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El exilio de la infancia

  1. 96 páginas
  2. Spanish
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El exilio de la infancia

Descripción del libro

Nacido en una familia judía, Boris Cyrulnik sufrió la muerte de sus padres en un campo de concentración nazi del que él logró huir cuando sólo tenía 6 años. Tras la guerra, deambuló por centros de acogida hasta acabar en una granja de la Beneficencia. Por suerte, unos vecinos le inculcaron el amor a la vida y a la literatura y pudo educarse y crecer superando su pasado.

En este libro, Boris Cyrulnik evoca su infancia, su arresto, su fuga y sobre todo la desobediencia hacia los hombres y las ideas. En búsqueda de su pasado, el autor confronta sus recuerdos con la realidad de los lugares, con las palabras de las personas que estuvieron junto a él en aquellos momentos. Dejando atrás las simples circunstancias de una vida particular, el autor nos adentra en la exploración de los recuerdos más recónditos. Frente al horror, el espíritu se protege, nos protege de la locura.

"Esta confesión le permite regresar y reflexionar sobre la naturaleza de la memoria traumática, un reflejo que pondrá a trabajar en su trabajo para superar el trauma y la resistencia después del "choque"".
–Philippe Brenot, Le monde

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Información

Año
2020
ISBN de la versión impresa
9788418193163
ISBN del libro electrónico
9788418193170
Me acuerdo...
Un niño no tiene nunca los padres con los que sueña. Sólo los niños sin padres tienen unos padres de ensueño.
BORIS CYRULNIK,
Los alimentos afectivos
Pondaurat
Durante años, una palabra subía desde mis recuerdos: Pont Dora. Me extrañaba mucho esta palabra que regresaba siempre. Me intrigaba sobre todo a causa de «Dora», el nombre de mi madre de acogida, la que me acompañó después de la guerra y que, en gran parte, me educó. Durante mucho tiempo pensé que, si llevaba su nombre, se trataba de un puente que debía de pertenecerle, pero no encajaba, puesto que yo le asociaba el recuerdo de una granja en la que había vivido. En el curso de los meses posteriores a mi evasión, y hasta el final de la guerra, conocí diez o quince familias de acogida, instituciones, pero ésta la recordaba con más precisión. Me acordaba de que estaba en casa de una granjera con otros niños, que ella ganaba algo de dinero ocupándose de estos niños de la Beneficencia a los que hacía trabajar. Sin embargo, ¡yo sólo tenía siete años y no debía de ser demasiado rentable! Así pues, me venía a la memoria el nombre del lugar, pero no sabía ni lo que era este «puente» ni dónde estaba.
Un día, le hablé de ello a Philippe B. quien en su época de estudiante de medicina había sido un buen músico de jazz y recordaba haber hecho bailar a la gente en Pondaurat. Me explicó entonces que era un pueblo que estaba cerca de Langon.
—Sé dónde está —continuó—; si quieres, te puedo llevar.
Fue así cómo me reencontré con Pondaurat en 1998, y fue bastante emotivo porque, para mí, es el único sitio «verdadero» después del período de mi fuga, época de caos puesto que me perseguían, me acorralaban (me detuvieron por segunda vez en Castillon-la-Bataille) y tenía que llegar y entrar en las instituciones en plena noche después de cruzar los cordones de vigilancia del ejército alemán. Recuerdo, por ejemplo, haber estado encerrado en un saco de patatas, temiendo que lo abrieran al cruzar algún puesto de vigilancia. Recuerdo también que una religiosa me negó la entrada ante la puerta de un orfelinato, gritando que mi presencia ponía en peligro a los otros niños. Y recuerdo además haber huido encapuchado de una institución para que los otros niños no me reconocieran. Todo eso es una «historia loca», en consecuencia, imposible de explicar por un niño de seis o siete años. Más tarde, tuve flashes de aquellos terribles momentos, pero solamente flashes. Mientras que ahí, con Pondaurat, tenía por primera vez un elemento de verdad, gracias a los bailes populares y gracias a Philippe.
El reencuentro
Después de una breve visita a Pondaurat en 1998, Boris y Philippe regresan por segunda vez en septiembre de 2008, en busca de la granja donde había vivido Boris y que habían encontrado diez años antes.
Me acuerdo del granero en el que no había habitaciones. Dormíamos sobre haces de paja. Como todos los graneros de la región, era un gran cobertizo de madera negra adosado a la casa. No teníamos camas, dormíamos sobre la paja, pero había una niña que, ella sí, «dormía en una cama». Yo pensaba que gozaba de ese privilegio porque era una niña, y llegué a la conclusión de que la vida era así: las niñas dormían en camas y los niños sobre la paja. Desde entonces, mi opinión no ha cambiado demasiado. En realidad, me enteré no hace demasiado tiempo de que era la hija de la aparcera, por eso tenía una habitación.
En el centro del pueblo había una escuela. ¡Ahí está! De esta escuela me acuerdo, aunque yo no tenía demasiado derecho a asistir. La granja debe de estar más arriba, porque, para ir a la escuela, bajábamos. Me acuerdo de este puente... y de este camino...
La primera vez que regresamos aquí subimos por este camino y te expliqué que mi función en esta granja era la de «contar las ovejas, vigilar un asno y sacar agua del pozo, temprano por la mañana». Ahora bien, yo no sabía contar, pero «el Mayor», un chico de la Beneficencia como yo, regresaba cada tarde y decía «¡80!». Entonces, cuando se marchó y me tocó a mí vigilar las ovejas, hice lo mismo que él, regresaba seguro de mí mismo y decía: «¡80!», hasta el día en que uno de los trabajadores lo comprobó: ¡no había ochenta! No tenía ni idea de adónde habrían ido a parar las ovejas desaparecidas, pero ¡me dolió!
Me acuerdo de que le tenía mucho miedo al asno porque cada vez que lo queríamos coger intentaba mordernos, y me asustaban sus dientes amarillos. De hecho, recuerdo que lo perseguíamos a la carrera cuando se escapaba. Siempre salía en dirección al pueblo.
Aquí, me acuerdo muy bien de que pescábamos en este pequeño puente. Había un pilar sobre el que nos encaramábamos. Pescábamos desde el promontorio, y recuerdo incluso que un día me caí al agua y casi me ahogo. La escuela debe de estar por allí, hacia la derecha. Recuerdo también, ahora mismo, que la granja estaba a «tres kilómetros» de Pondaurat.
¿Te acuerdas? Entramos en una casa donde un anciano nos indicó la granja de Berthe y de «Adèle, la jorobada». Había unos juncos así de altos.
—Creo que estaba en la cima de una colina.
No es demasiado fácil encontrar otra vez el lugar, puesto que las granjas son todas iguales. Había un pozo al que iba a buscar el agua, pero ¡todas las granjas tienen un pozo! Me acuerdo bien de este pozo porque, como no tenía protección, la gente me avisaba: «¡Cuidado, no te inclines! Los niños pueden caer en los pozos», y me daba mucho miedo, aunque fuera, desde luego, una forma de protegerme.
Allí hay una granja, grande y negra, junto a una pequeña casa de piedra. ¡Puede que sea ahí! Deben de ser unos tres kilómetros desde el pueblo... sí..., es posible que sea allá.
—¿Sabes?, todas las granjas se parecen.
Esta gran edificación negra... creo que hay un camino que lleva hasta ella. Está en la cima de una colina, podría ser aquí. Todavía recuerdo aquella chica, Adèle, la jorobada...
—Buenos días, señora, buscamos una granja... con un granero negro, una granja que llevaba una aparcera que se llamaba Berthe, tenía una hija jorobada, Adèle. Era en el cuarenta, durante la guerra... ¿Le suena de algo?
—Sí, lo recuerdo. Conozco la granja, pero creo que allí ya no vive nadie... ¿Ven el monumento a los caídos, en el pueblo... y el puente? Giren en el puente y, enseguida después, entre el monumento y el puente, suban la cuesta. Vivían allí.
Es difícil, la memoria y la llamada del recuerdo. En primer lugar, mi memoria no es fiable, y en segundo lugar, los detalles no son los mismos que en mis recuerdos. Aquí, por ejemplo, estas casas no existían y la vegetación ha crecido mucho. Me acuerdo mejor de las formas y de los volúmenes. Esto, ésta es una forma de la que no me acuerdo. Aquí, el volumen no ha cambiado. Vaya, podría ser aquí. Era así de ondulado... Sí, podría muy bien ser aquí... y el asno que siempre se escapaba por allá... ¡No! No es esto, no.
Resulta difícil reunir los recuerdos en un conjunto coherente. Más bien encuentro un patchwork del que surgen imágenes muy precisas: fragmentos de verdades claras en un conjunto desenfocado y dudoso.
Pitchoun
Desde primera hora de la mañana, mi trabajo en la granja consistía en ir a buscar agua, pero a un niño de mi edad le costaba mucho sacar el cubo del pozo. Tenía que inclinarme, así que tenía mucho miedo de lo que me habían dicho: «¡No te acerques al brocal, que te vas a caer!», y sobre todo «¡que hay cadáveres en el fondo del pozo!». La muerte, en aquella época, me parecía banal, y tenía una conciencia clara de haber sido condenado a muerte por ser judío, aunque yo no supiera lo que era ser judío, de modo que e...

Índice

  1. Portadilla
  2. Títulos publicados
  3. Portada
  4. Créditos
  5. Cita
  6. Índice
  7. Prólogo del autor a la nueva edición
  8. El exilio de la infancia. Presentación de Philippe Brenot
  9. Me acuerdo...

Preguntas frecuentes

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