Amor blanco
1
La está despertando la música de un piano. Luego un hombre canta. Como si la esfera celestial estuviera sobre su techo.
Es inútil que se dé la vuelta para mirar el lado izquierdo de la cama. Hace dos horas que el hombre con el que durmió se ha levantado, ha ido a la iglesia, se ha puesto la sotana y ha subido al púlpito, desde donde canta el hosanna que le ha arrebatado el sueño.
Ella se sonríe. Le gusta pensar que se parece un poco a María Magdalena.
Aún tiene sueño, los ojos húmedos vuelven a cerrarse y la imagen boscosa se forma otra vez mientras los pies desnudos corren a toda velocidad. La voz, desde el púlpito, vuelve a llamarla a la realidad.
Durmió mal. Casi toda la noche le susurraron al oído una confesión incomprensible mientras la levantaron, la deshicieron y la volvieron a armar. Reinventada por el cuerpo que en este mismo momento ha descendido del estrado y ha bajado a la nave inferior de la iglesia para dar la comunión.
A veces, cuando no hacen el amor, lo ve dormir.
Los encuentros son muy pocos, así que se desvela vigilando el sueño de un hombre de este mundo que sube y baja el pecho mientras rinde cuentas al universo onírico.
Él está en el último año de estudios religiosos y el mes entrante se ordenará con una invitación del seminario para irse a Italia. Hasta ahora ella no lo sabe, se empeña en volverse a dormir. Tampoco se ha enterado de que es el último fin de semana que estarán juntos. Logra soñar una hora más mientras los feligreses regresan a las sillas con una hostia en la boca.
Llevan así alrededor de un año.
Él se pone la sotana café y persigna a los creyentes desde la mesa de mármol mientras ella recorre sola el pueblo y lee en parques guarecidos del sol por árboles inmensos.
2
Hace poco más de un año que lo vio por primera vez. Él asistía a un encuentro académico de misioneros cuando Natalia era estudiante de Ciencias Sociales y leía un libro grueso en el campus universitario. Ella era para él, a primera vista, una mujer atractiva. Una mujer cuyo contorno dejaba traslucir el grosor del cuerpo. Una mujer leyendo un libro, que hubiera podido pasar desapercibida para quien no hubiera contemplado por largos silencios los frescos de Botticelli. Se divirtió pensando que le gustaba mirarla por su parecido con esas mujeres de pies gruesos y descalzos que ellas hunden en níveos pantanos a la búsqueda de un loto para que un niño ya no llore más.
Al principio no creyó que se tratara de atracción física, veía en ella a una mujer inventada, primero por un pintor y luego por él, gracias a la exquisita contemplación. Veía a una mujer generosa en carnes perdida en el paisaje de las jardineras de la Facultad de Derecho. Y un libro en la mano que ostentaba la propiedad de un marco para existir.
Ella no lo vio desde el primer momento. El acecho se dejó pasar por largos días en los que el seminarista la espiaba desde la lejanía de una banca tras ausentarse de alguna conferencia. No lo intranquilizó el pecado de la mentira. Se decía a sí mismo que asistía a una innombrable presencia celestial.
Un día de esa semana ella lo vio, atraída por el olor del café hirviendo. Se dio cuenta de que él se demoró unos segundos en entender que ella lo estaba mirando. Vio a un hombre de camisa blanca impecable, puños bien cerrados y cinta pegada al cuello, lo que lo hacía al instante ser un sacerdote. Como era una mujer que gustaba de la belleza de las grietas, se quedó viendo al sacerdote, que bebía su café, desde una banca del jardín y lo observó largo rato para ver qué más podía rastrear.
Pasado un tiempo se levantó, fue hasta la banca donde estaba el hombre y lo saludó:
—Buenos días, padre.
—Buenos días —contestó el padre, sorprendido con la llegada de ella. Se reacomodó en la incomodidad de la banca de cemento y luego volvió a hablar:
—Mi nombre es Manuel. Llámeme así, que todavía no me ordeno.
—Mi nombre es Natalia, soy estudiante de Trabajo Social y todavía no me ordeno.
Y se rio, y él rio tras ella, haciendo temblar el café negro.
—¿Me puedo sentar? —preguntó Natalia, quien se hizo ella misma un lugar en la rugosa banca, muy al final del espacio.
—Se puede sentar, claro. ¿Quiere que le traiga un café?
Desde esa primera conversación ella no dejaba de hacer preguntas que la gente consideraría que no se deben hacer a un hombre que está pronto a enlistarse en la religión. Preguntaba si estaba seguro de la decisión, si era capaz de vivir con las consecuencias de ello, si confiaba en las ideologías religiosas. Fue así como el padre Manuel advirtió que lo único incómodo de esa chica tan blanca y tan redonda era su capacidad de sacar argumentos lógicos y contundentes sin que eso afectase su expresión de buena gente: una risa mullida que nacía en medio de dos mejillas muy llenas y brillantes. En adelante trató de desviar la conversación hacia temas lejanos para ahorrarse la taquicardia que aparecía siempre que la duda sobre la fe aleteaba frente a él. Cuando Natalia hablaba de la religión, no lograba encontrar formas de defender su posición, así que mejor hablaba de músicos o de pintores, de escritores europeos, de conciertos para ejecutar en el piano.
No fue a ninguna conferencia esa primera mañana de ambos. Ni siquiera se dio cuenta de cómo había transcurrido el tiempo. Apenas si pudo percatarse de que tenía hambre y de que era imposible dejar a Natalia por aquel día. Por eso almorzaron juntos en la cafetería de la universidad, rodeados de toda la algarabía de la gente joven a la hora del almuerzo.
En medio de la foto de los jóvenes corrientes, hechos para la modernidad, ellos ostentaban el sutil derroche de ser excepcionales. Cada uno a su manera. El joven con la banda en el cuello era delgado, de músculos ejercitados diariamente, piel tersa que brillaba con el mayor de los disimulos. Las medidas de ella no encajaban en las revistas de moda, superaban y sorprendían la cantidad exigida a las mujeres. Envuelta en un blue jean claro y en una blusa descubierta de mangas, de un rosa muy fuerte, le creaba un fondo al pelo negro: hilos en satín que rodaban casi hasta la cintura esmaltados con visos que se desperdigaban al menor movimiento.
El estudiante del seminario, al que le faltaba solamente su año de práctica en la capilla de algún pueblo, logró despedirse por aquel día. Pero también pudo pedir el número del teléfono, como lo hacen los hombres cuando convocan las fuerzas de su hombría, abren el celular y dicen: “¿Puedo llamarla alguna vez? ¿Sí? ¿Me da su teléfono?”.
También se las arregló para seguir yendo cada ocho días a almorzar a la cafetería universitaria. Él llegaba puntualmente a la hora acordada y se sentaba en la mesa convenida, tamborileando la superficie con los dedos, a su pesar. Natalia escuchaba enseguida ese repique de dedos, como si se tratara de campanas, el cuello grueso se giraba apenas tocado el primer compás. Comprobaba la presencia de los ojos ansiosos, que de jueves en jueves parecían ir aumentando en aspiraciones de aquella hora, y se llenaba de un deseo tan grande por ir a abrazarlo que tenía que serenarse antes de llegar a la mesa y contentarse con ese beso en la mejilla y la risa que le arrancaba apenas le decía muy bajito:
—Buenas tardes, padre. ¿Va a almorzar?
Cada dos semanas iban a pasear al campo. Les gustaba la frialdad y el esplendor de las montañas verdes de Santa Elena. Subían en bus, se dejaban tragar por el aire helado y la rusticidad de las casas de los campesinos, impregnadas del olor de los cartuchos y las margaritas. Recorrían las sabanas desiguales y la posibilidad siempre presente de un diluvio imprevisto. Comían el almuerzo en loncheras de colores a la sombra de árboles enormes. Regresaban a la caída de la tarde en buses repletos de familias, niños que no terminaban de llorar y perros accidentados a mitad del pasillo vacilante.
Pasaron muchas excursiones como esa hasta que Manuel pidió prestada una de las fincas del seminario. Tuvo que mentir como ya lo había hecho: aludió a un retiro espiritual.
Se fue cargado de libros y cuadernos a esperar a Natalia al centro de la ciudad. Se encontraron en Ayacucho, una larga calle de Medellín que inicia desde el centro su travesía a las montañas. La amplia mujer de risa permanente llevaba un morral terciado sobre la espalda, pantalones de camping, blusa hasta el cuello y una larga bufanda que sofocaba la rosada nariz.
Mientras la esperaba, mientras ya alargaba la mano para saludarla, cayó en la cuenta de que iba a dormir con ella varias noches.
Parecía un hogar esa casa de ladrillos rústicos y pinturas de muros enteros donde san Pablo leía con suprema devoción el Evangelio a un monaguillo descalzo. Era un refugio ideal, con candelabros de plata antigua en las esquinas de los cuartos, con libros religiosos que formaban hileras sepias en los estantes de la alta biblioteca. Y se encontraron por allí, a lo largo del día, él esculcando los libros, a ver si conseguía los poemas de santa Teresa, ella atareada en escribir párrafos y llenar de suficientes anotaciones un cuaderno de escolar.
Llegó la hora del almuerzo. Se sentaron a la mesa y sin ninguna oración abrieron la boca a las ve...