La revisión de tres intentos de matar al caudillo Francisco Franco es el comienzo de tres reflexiones acerca de la legitimidad de la dictadura, y la estrategia insurreccional en el interior del país que pretendía visibilizar su fragilidad y propiciar su caída.El autor se apoya en discursos tan dispares como los de Schmitt, Hobbes, Derrida o von Clausewitz para intentar desentramar la construcción simbólica de la soberanía dictatorial, revisar las formas en que grupos irregulares se han enfrentado a gobiernos de esta naturaleza y explicar cómo el franquismo pretendió investirse de una legitimidad trascendente que el éxito de cualquiera de estos planes hubiera desbaratado por completo. A la postre, la dictadura ganó la partida afianzando una división indeleble entre "vencedores" y "vencidos", una división que consiguió apuntalar al régimen hasta la muerte del dictador y que todavía aflora en el seno de la sociedad española en momentos de zozobra.

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Cómo matar a un dictador
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Teoría y crítica históricasSan Sebastián, 1948
En una de tantas ocasiones en las que Franco y su familia veranearon en San Sebastián, la ciudad decidió una vez más agasajar al jefe del Estado organizando un evento público en el que, por supuesto, sería el invitado de honor. Ese año se trataría de nuevo de una carrera de traineras en torno a la playa de la Concha. Franco disfrutaba de estas competiciones en el yate Azor o en otra embarcación preparada para permitirle presenciar la competición desde un lugar privilegiado. Una vez acabada la carrera, una pequeña motora le llevaría hasta el puerto, presidiendo desde el ayuntamiento la entrega de medallas y los discursos posteriores. Esta era la agenda del dictador en la mañana del 12 de septiembre de 1948.
En un día tan señalado no serían pocos los que, pudiendo permitirse evitar las abarrotadas laderas del Urgull y el Igueldo, eligiesen presenciar también desde el agua, en barcos de recreo, la competición de traineras. Posiblemente alguno de los lugareños con más medios optase, como sucedió en más de una ocasión, por una grada aún más singular: observar la carrera sobrevolando la playa desde una avioneta. Estos pequeños aparatos, volando sobre las aguas, estarían a poca distancia de la embarcación desde la que el Caudillo observaría las embarcaciones y no sería difícil verle con claridad. Una vez comenzada la carrera, en un momento en que todas las miradas estuviesen apuntando hacia los remeros, sería posible para una de las avionetas, confundida hasta entonces entre el resto, dirigirse sin previo aviso hacia la embarcación donde se encontrase Franco y soltar sobre él una ráfaga de cargas explosivas e incendiarias, antes de desaparecer huyendo a toda velocidad tierra adentro. Este era el plan que para ese día había trazado Laureano Cerrada. El objetivo en clave, codificado con ironía, era matar al pescador de agua dulce.1
La posibilidad de un atentado con estas características había sido intuida algunos años antes por Pedro Mateu, un anarquista de la vieja escuela que ya había participado en el magnicidio del político conservador Eduardo Dato en 1921.2 El proyecto había sido descartado entonces porque los fondos que requeriría estaban fuera del alcance de la cnt en el exilio. En cambio, para Laureano Cerrada la obtención del capital necesario para la operación no suponía un problema. Además de ser un dotado falsificador de documentos y moneda —un arte que había aprendido para emitir salvoconductos que le permitiesen a él y a otros huir de la Francia ocupada— tenía también cierto talento empresarial; en esos años dirigía con éxito un negocio de transportes, cuyos beneficios invertía en financiar una imprenta clandestina. Su rechazo a hacer partícipe de sus fondos a la cnt, por desconfianza hacia algunos de sus dirigentes, le había llevado a separarse de la confederación. Actuó desde entonces por cuenta propia, dedicando casi todos sus ingresos —legales o ilegales— a fines políticos y estando siempre dispuesto a financiar planes osados destinados a acabar con la dictadura. Este era el caso del plan Mil Uno.
Atentar contra Franco desde el aire era desde luego un acto osado, pero su planificación fue analizada con rigor y organizada meticulosamente. En esencia, el proyecto consistía en aprovechar la situación descrita arriba, coadyuvada por la cercanía de San Sebastián a la frontera con Francia, para que una avioneta de recreo modificada volase hasta la playa desde el país vecino y actuase como un pequeño bombardero. De nuevo, una premisa fundamental era que Franco estuviese al descubierto durante el tiempo suficiente, y la capacidad imaginativa y organizativa de los insurrectos se concentraba en encontrar la manera de acercarse lo suficiente a él con las armas adecuadas.
Partiendo de este planteamiento, Cerrada desarrolló el resto de la escenografía sin olvidar ningún elemento clave: con el fin de prevenir una posible filtración, apenas cinco personas estarían al corriente de la operación; en el interior del aeroplano viajarían tan solo dos ocupantes, tratándose el piloto de alguien experimentado en el bando republicano durante la guerra y pudiendo otra persona ejercer de artillero en la parte trasera del aparato; el avión sería adaptado a sus fines atravesando un tubo en la zona de la cola que hiciese las veces de cañón, y dotándolo de un mecanismo articulado que permitiese controlar la trayectoria de los proyectiles; el aparato sería adquirido de segunda mano por medios legales utilizando un testaferro sin antecedentes, el dirigente libertario Georges Fontenis, para que la compra no levantase sospechas; la munición consistiría en varias bombas explosivas de pequeño tamaño y algunas otras incendiarias, robadas de arsenales alemanes durante la ocupación; la autonomía de vuelo del aparato permitiría hacer un trayecto de ida y vuelta desde el suroeste de Francia, y la distancia necesaria para el aterrizaje era suficientemente corta como para permitir hacerlo improvisadamente; finalmente, un contacto estaría apostado en el club deportivo del puerto donostiarra para, en el momento adecuado, indicar al equipo, aún en suelo francés, el comienzo de los preparativos para la carrera. Además de prever detalladamente todos estos preparativos, Cerrada había dado órdenes expresas al piloto de evitar provocar víctimas civiles, apuntando solo al «pescador de agua dulce». En la noche del 11 de septiembre, el grupo durmió en una pensión junto al aeródromo de Dax, donde la avioneta, como el resto del proyecto, estaba ya preparada. El contacto en el País Vasco había señalado las localizaciones de los puestos de defensa visibles en torno a la zona de la regata y había sugerido un campo fuera de la ciudad donde la avioneta podría aterrizar tras el golpe; allí le prenderían fuego antes de emprender la huida entre el caos reinante tras la muerte del dictador.
Este plan, tan imaginativo o inaudito como se lo pueda juzgar, en tanto que idea configurada acorde con lo real, era realista. Por otro lado, también era aquello que comúnmente se llama idealista, pues actuaba de acuerdo con una proyección esperanzada sobre esa misma realidad, visualizando aquello en lo que podría devenir en base a un ideal.3 ¿Cómo entender esa relación dual entre lo posible y lo real en este caso tan particular?
El plan no podía ser efectivamente real hasta que se llevara a cabo con éxito; sin embargo, en t...
Índice
- Barcelona, 1949
- Palacio de Ayete, 1962
- San Sebastián, 1948
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