Malena
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Malena

Una tragedia argentina

  1. 314 páginas
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Malena

Una tragedia argentina

Descripción del libro

En 1974, Edgardo D. Holzman integró el grupo de abogados de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA que visitó Chile a un año del golpe de Augusto Pinochet. Más tarde, en marzo de 1981, cuando trabajaba en el departamento de idiomas del FMI, le tocó oficiar de intérprete de Roberto Viola, sucesor de Jorge Videla, durante su visita a Washington, invitado por el entonces presidente Ronald Reagan. Esas dos experiencias contrapuestas movieron a Holzman a escribir una novela sobre los derechos humanos y explorar lo ocurrido durante la última dictadura argentina, resaltando la dimensión universal del capítulo más oscuro de la historia reciente de nuestro país. El resultado es Malena. Una tragedia argentina, un thriller literario ambientado en 1979 en Buenos Aires y Washington, D.C., que funciona como una poderosa máquina del tiempo capaz de transportarnos a esos años y devolvernos la sensación de asombro y espanto que solo pueden sentir los testigos directos de lo más atroz. Sus dos personajes centrales, rivales en el amor, son un militar argentino y un intérprete norteamericano, ambos condenados al silencio y atrapados en un dilema moral. Escrita con mano maestra y un amor por el detalle que recrea una Buenos Aires tan oscura como vibrante, esta novela reconstruye la intrincada red de alianzas, mentiras y complicidades, tanto locales como internacionales, que hizo posible el terrorismo de estado y es, por encima de todo, un extraordinario ejercicio de memoria y conciencia.

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Información

Año
2020
ISBN del libro electrónico
9789874063779
Categoría
Literature

1

Malena canta el tango…
Diego sonrió. Extendió el brazo para abrazar a Inés y, atravesando con la mirada la pista de baile, buscó a la orquesta. La voz ronca que desgranaba los versos familiares pertenecía a una mujer joven con un vestido azul de lentejuelas. Al advertir su mirada, ella le devolvió la sonrisa.
–Les pediste que lo tocaran… –le dijo Diego a Inés, y deslizó el pulgar por su espalda hasta escondérselo en la axila.
–¡Pará! –susurró ella, riendo y bajando el brazo de golpe–. Te juro que no dije nada. «Malena» les gusta a todos.
Pero «Malena» era su tango, el primero que habían bailado juntos una tarde lluviosa en el esplendor decadente de la confitería Ideal. Desde entonces, Diego tenía la sensación de que «Malena» era un tango escrito para el deleite privado de los dos. Le parecía casi un sacrilegio oírlo sonar ahí, delante de toda la gente que llenaba el Club Español, en pleno corazón de Buenos Aires. Y sin embargo, era por ellos –por esa concurrencia de tangueros que bailaban y cenaban– que había traído a Inés ahí esa noche: para exhibirla. Un gesto infantil. Y peligroso. ¡Cómo se le ocurría dejarse ver con ella en esa milonga pituca! Alguien podía reconocerlo y dar parte al coronel Indart. Al coronel le encantaría enterarse de que el capitán Diego Fioravanti, su protegido, tenía una novia que nunca había mencionado. El coronel Indart querría saber quién era.
Ante la idea, un escalofrío le recorrió la médula. Se había jurado no hacer estas cosas, no abusar de su suerte con Inés ni exponerla a que la relacionaran con él. Pero esa noche había roto el juramento, dejándose llevar imprudentemente por el anhelo de sentirse normal, aunque solo fuera por unas pocas horas, de aflojar la vigilancia y hacer de cuenta que eran una pareja corriente que salía a divertirse, libres de ir donde les diera la gana, de encontrarse con cualquiera, sin temor a ser reconocidos.
Y en cada verso pone
Su corazón
La letra resonó en su cabeza. Con un suspiro, Diego ciñó el abrazo hasta que juntaron sus cabezas, sintió el aliento de Inés en las mejillas y lo invadió su aroma, y la voz quebrada de Malena, sus ojos oscuros como el olvido, los envolvieron en su mundo de callejones, en el frío del último encuentro, en el hechizo del tango.
Sus piernas se entrelazaban y separaban por instinto, adivinando las intenciones del otro. Atrás había quedado la hesitación de sus primeros bailes juntos. Ahora era la música la que dictaba sus entreveros, los cortes, quebradas y giros que ella leía en el lenguaje de su torso y ejecutaba con el estilo y la entrega de una tanguera de alma. Él se había dado cuenta de ese don desde el principio, aunque ella no parecía consciente de poseerlo: la sensibilidad para bailar el desconsuelo que es el tango. Lo había percibido en la intimidad de su mirada, en la punzante energía de su cuerpo sensual y estilizado. Pero no había imaginado que florecería tan rápido.
Sus barridas y firuletes arrancaron los primeros bravos, y varias parejas se apartaron para darles más espacio o dejaron de bailar para mirarlos. Diego sintió elevarse el pulso de la música, como solía ocurrir cuando la orquesta descubría bailarines excepcionales en la pista. El piano, el contrabajo y los violines siguieron al bandoneón, marcando con firmeza el contrapunto.
Puente y calesita, cadena y molinete. Diego se adelantó y la presión de su mano en la espalda de Inés cortó su ocho adornado. Él pivotó en el centro de la figura y ella se le enroscó, punteando apenas el parqué para acariciarlo después con suaves pasos circulares de una gracia tensa y exquisita.
La voz de la cantante se apagó y ellos acabaron con el floreo de una sentada, mientras la ilusión de la figura se disolvía en dos acordes vibrantes. Estaban solos en la pista, cosechando el aplauso. Inés se ruborizó.
Camino a la mesa, Diego consultó su reloj. Era casi la hora. El coronel Indart quiere que lo llame a las once en punto, le había dicho el sargento Maidana. Era la primera vez que el coronel le ordenaba presentarse a esa hora. Y Maidana le había dado el mensaje a último momento, justo cuando Diego salía del cuartel para ir a encontrarse con Inés. Diego no sabía qué podía significar eso; lo que sí sabía era que nadie hacía esperar al coronel Indart.
Tras llenar las copas con el torrontés que se enfriaba en la hielera, Diego volvió a ojear el reloj. Las manecillas del Tissot de su padre parecían recriminarle que siguiese demorando en cumplir la orden recibida. La orquesta se había tomado un descanso. Bajo los cielorrasos pintados y sus elaboradas molduras, el murmullo de las conversaciones y el tintinear de los cubiertos volvieron a imponerse. Él agitó un poco el vino y bebió un largo sorbo, pero el nudo de su estómago no cedió. Dijo:
–Tengo que hacer un llamado.
–Un llamado –dijo Inés con mirada desconfiada.
Diego mostró las palmas de las manos:
–Simple rutina. Enseguida vuelvo –dijo tratando de templar la voz.
Ella había abierto la boca para seguir inquiriendo pero justo llegó el mozo con su saco negro, delantal y corbata moñito, portando dos menúes. Diego se levantó, abandonó la sala, bajó las caracoleantes escaleras art nouveau y fue hasta el teléfono público que había junto al célebre restorante de la planta baja del Club Español. Levantó el tubo. No había línea. Lógico. ¿Y qué esperaba? En este país, ni siquiera un gobierno militar podía hacer funcionar los teléfonos. Maldijo el aparato y golpeó un par de veces la carcasa de metal, que al final dio tono. Tuvo que poner un segundo cospel para comunicarse con el cuartel. Le dio la extensión de Maidana al operador.
Imaginó a Maidana en su oficinita, el cuarto sin ventanas asignado al encargado de la instrucción de combate en una esquina del gimnasio, rodeado de sus trofeos de artes marciales.
–Sargento Maidana –gruñó la voz con ligero acento cordobés. Diego apretó el tubo. Antes de conocer a Maidana, la tonada cordobesa siempre le había resultado simpática.
–Habla el capitán Fioravanti, sargento –dijo Diego.
–Sí, capitán. Se atrasó.
–Tuve una complicación –dijo Diego.
–¿Rubia o morocha? –rio ásperamente Maidana–. ¿Ahora dónde está?
–En el centro, en un bar –mintió Diego.
–Capitán, el coronel Indart quiere que venga.
La mano de Diego apretó aún más el auricular:
–¿Qué, ahora?
–Ahora. Van a mandar un coche a recogerlo. Lo va a esperar en el Club.
Diego sintió una puntada en el estómago. ¿Cómo sabía Maidana que estaba en el Club Español? ¿Lo estaban siguiendo?
–El Club… –dijo.
–El Club Atlético –completó Maidana, arrastrando las palabras. Diego sabía que la cara poceada de Maidana estaría sonriendo con sorna. Solo los no iniciados necesitaban que se les aclarase de qué Club se trataba. Oficialmente, lo que se daba en llamar Club Atlético era el sótano del edificio de intendencia y mantenimiento de la Policía Federal. Extraoficialmente… Diego sintió un escalofrío. Indart quería que se subiera al coche en el Club Atlético. El mensaje del coronel era cada vez más claro y tajante.
–En la esquina de Paseo Colón y… –empezó a decir Maidana.
–Sé donde es.
Hacer más preguntas no tenía sentido. Maidana era un mensajero.
–Lo veía venir –Inés alzó los ojos al techo cuando él se lo dijo–. ¿Tendrías al menos la cortesía de explicarme por qué te tenés que ir, cuál es la terrible urgencia?
Diego hizo ademán de tomarle la mano pero ella la retiró y la apoyó en la mesa. El pianista ya había vuelto a su asiento y calentaba los dedos con un fraseo de «Malena».
–Perdoname –se disculpó Diego–. Es obvio que de haberlo sabido no te habría invitado a bailar.
–Pero nunca sabés, claro. O, si sabés, no podés decirlo. Todo es un gran secreto, hasta tu dirección o tu número de teléfono. Y vos esperás que ...

Índice

  1. Primera parte
  2. 1
  3. 2
  4. 3
  5. 4
  6. 5
  7. 6
  8. 7
  9. 8
  10. 9
  11. Segunda parte
  12. 10
  13. 11
  14. 12
  15. 13
  16. 14
  17. 15
  18. 16
  19. 17
  20. 18
  21. 19
  22. 20
  23. 21
  24. 22
  25. 23
  26. 24
  27. 25
  28. 26
  29. 27
  30. 28
  31. 29
  32. 30
  33. 31
  34. Tercera parte
  35. 32
  36. 33
  37. 34
  38. 35
  39. 36
  40. 37
  41. 38
  42. 39
  43. 40
  44. 41
  45. 42
  46. 43
  47. 44
  48. Sobre el autor
  49. Créditos

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