
- 326 páginas
- Spanish
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eBook - ePub
La herida de la literatura
Descripción del libro
"Escritora, escritora".
Es septiembre de 2004. Es el año en que ha fallecido Carmen Laforet. También, en el que la literatura deja de enseñarse en los institutos. Una joven de catorce años, Melancolía, aterriza en Melilla, con la única compañía de su madre y los vestigios de una enfermedad extraña que empieza a fraguarse en ella. Atrás dejan su Galicia natal, la pequeña vida conocida.
Varios años más tarde, mamá ya no está. Sin previo aviso, como una amenaza irresistible, aparecerá en Melancolía la necesidad de escribir una novela sobre la que fue su profesora de literatura cuando era niña, una misteriosa muchacha con nombre de mes.
Esta herida literaria dañará a pasos agigantados su presente. Conviviendo con una gata que parece detestarla e intentando comprender el amor, comienza una búsqueda desesperada por hacer crecer una insólita amistad.
La herida de la literatura es la cuarta novela larga de la autora coruñesa. Valiéndose de sus propios pedazos, Miriam utiliza esta historia para unir los trazos de algunas de sus mayores obsesiones: el dolor que le provoca la literatura, lo complicado de la amistad, las mentiras del amor y los rincones que ya no le pertenecen.
A caballo entre la realidad y la ficción, viajamos entre el pueblo de su niñez, Carballo, y la exótica ciudad de Melilla. Con La herida de la literatura ha pretendido acercarnos un poco más su manera de entender la vida, de curarse del dolor y de normalizar las enfermedades mentales, las distintas maneras de amar y los tabúes sobre la intensa relación materno-filial.
Es septiembre de 2004. Es el año en que ha fallecido Carmen Laforet. También, en el que la literatura deja de enseñarse en los institutos. Una joven de catorce años, Melancolía, aterriza en Melilla, con la única compañía de su madre y los vestigios de una enfermedad extraña que empieza a fraguarse en ella. Atrás dejan su Galicia natal, la pequeña vida conocida.
Varios años más tarde, mamá ya no está. Sin previo aviso, como una amenaza irresistible, aparecerá en Melancolía la necesidad de escribir una novela sobre la que fue su profesora de literatura cuando era niña, una misteriosa muchacha con nombre de mes.
Esta herida literaria dañará a pasos agigantados su presente. Conviviendo con una gata que parece detestarla e intentando comprender el amor, comienza una búsqueda desesperada por hacer crecer una insólita amistad.
La herida de la literatura es la cuarta novela larga de la autora coruñesa. Valiéndose de sus propios pedazos, Miriam utiliza esta historia para unir los trazos de algunas de sus mayores obsesiones: el dolor que le provoca la literatura, lo complicado de la amistad, las mentiras del amor y los rincones que ya no le pertenecen.
A caballo entre la realidad y la ficción, viajamos entre el pueblo de su niñez, Carballo, y la exótica ciudad de Melilla. Con La herida de la literatura ha pretendido acercarnos un poco más su manera de entender la vida, de curarse del dolor y de normalizar las enfermedades mentales, las distintas maneras de amar y los tabúes sobre la intensa relación materno-filial.
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Información
VII
Y las novelas, sin proponérselo, mienten.
Una habitación propia, de Virginia Woolf
Mi abuela
Mi abuela era un fantasma al otro lado de la puerta. Bajita, encorvada, cubierta de ropajes como si proviniera de otra época. Tenía los ojos azules y muy profundos, una preciosa singularidad en la genética familiar que, de niña, me hacía pensar que era una elfa (creencia acentuada por lo puntiagudas que eran sus orejas). Me miraba con el entrecejo y la comisura de los labios fruncidos. Estaba vieja, mucho más de lo que la recordaba. Hacía años que no la veía. Instintivamente, miré sus manos, que sujetaban un bastón, y vi unas manos arrugadas, llenas de piel avejentada, venas azuladas. Fue una imagen impactante. El cabello canoso lo llevaba muy corto. A pesar de eso, era una mujer atractiva y poderosa, siempre lo había sido. Era muy diferente a mamá.
—Las maletas me las está subiendo un morito que, por cierto, también me recogió en el aeropuerto. No he querido molestar, sé que nunca has sido lo suficientemente espabilada para sacarte el carné de conducir. No como tu madre, ella sí que era xeitosiña para todo. Pero aquí estou, y como Emilia que me llamo, no iba a estar más tiempo sin ver a miña neta. Si Mahoma no va a la montaña, pues habrá que cogerse un avión para ir alá arriba. Ou alí abaixo. O mesmo ten. A mis años, en un avión. Al final es como un autobús. Una maravilla. Vamos, espabílate neniña, faille un cafeíño a túa abuela, que no ha comido nada desde que salió de Santiago esta mañana. ¿Tú sabías lo caro que es tomarse algo en un aeropuerto? Arre demo!
Mi abuela entró como una reina en el piso, examinándolo todo al milímetro. Se paseó por los pasillos. Letra había desaparecido. El taxista acababa de subir en el ascensor con tres maletas. Le debía el importe del taxi y del servicio. Busqué el dinero que tenía en la cocina, todavía demasiado, y le pagué generosamente. Se fue. Me pregunté cuánto tiempo tenía pensado quedarse debido a lo voluminoso de su equipaje.
—La casa está hecha un asco. Como cheira a ghato!
«Muérase, señora. Usted sí que huele a vieja. Vieja».
Divisé a Letra escondida debajo de la mesa del comedor, agazapada y asustada. Seguí a mi abuela, que estaba en el cuarto de mamá en el que yo apenas entraba. Vacilé en el umbral y la vi, sentada sobre la cama, acariciando la colcha. Me pidió, con un hilo de voz, que cerrara la puerta y la dejara unos minutos a solas. Lo hice. Fui a la sala de estar, aturdida por los acontecimientos, por la viva fiebre. Me senté en el sofá. Me mordí las uñas. Mi abuela en Melilla, como un torbellino. No podía ser. ¿Mi abuela? ¿Y qué pasaba con todo lo demás? ¿Y mi nueva vida? ¿Eso había sido cosa de mamá?
Me levanté. Di vueltas por la estancia. Me retorcí los cabellos, me arranqué algunos. Fui a la cocina y tomé un paracetamol. Tosí. La garganta me dolía bastante. Estaba descalza. Letra había salido de debajo de la mesa y olisqueaba, muy tensa, las maletas de la abuela. Tenía el pelo del lomo erizado y los bigotes firmes.
«No puede quedarse. Sabrá que eres escritora, escritora. Esto fue cosa de mamá. Mamá nos ha traicionado. Tienes que decirle que se vaya».
Letra estaba furiosa.
—No puedo decirle que se vaya. Acaba de llegar.
«La maldita vieja me odia. No me gusta. Dile que se vaya».
—Letra, por favor. No lo hagas más difícil.
Aproveché aquel vacío temporal para fregar las tazas acumuladas en el fregadero. Sin embargo, la abuela no tardó en aparecer de nuevo. Tenía los ojos enrojecidos, pero soportaba el mismo rictus de sequedad inamovible.
—¿Y ese café qué? —me dijo con acritud.
—Ahora.
—Primero dame un abrazo.
Lo hice, y me sentí torpe. Nos separamos enseguida. Letra tenía razón, olía a vieja. Mi gata había vuelto a desaparecer. Me entretuve con la cafetera sin saber qué más decir. Pero mi abuela Emilia disfrutaba del arte de la tertulia, así que no paraba de hablar.
—Y ese ghato. Onde tes ese maldito bicho. Sácalo de aquí. Los ghatos son carroñeros y cheiran mal.
—¿Cómo es que…? ¿Cómo es que has venido?
—Tenía que venir. No podía dejar a mi nieta sola más tiempo. Comíanme os demos na aldea. Es la primera vez en mis casi noventa años que viajo tan lexos, pero quería cuidar de mi Melancolía antes de morir. Yo fui la primera persona en lavarche o cú.
«¡Qué asco!».
—Yo dormiré en la cama de tu madre. Dime dónde están las sábanas, que me gusta dormir bien limpia. ¡Ah! Y desfaime las maletas. Tú el gallego ya no lo entiendes, ¿no?
—Muy poco —admití.
—¡Claro! Quince años hará que tu nai se vino a vivir aquí contigo. Quince años y no hubo un Nadal que se dignase a venir a ver a los suyos. Está muy bien. Muy bien, ¡oh! Y yo estoy vieja y no vi crecer a miña neta. Y mírate, qué mal estás. ¡Y qué fea! Esos ollos, cuando yo era niña, pensábamos que solo los tenían las meigas. Pero claro, ti no tienes la culpa de lo que te hizo ese fillo de puta de teu pai.
La cafetera rompió a hervir. Yo me quedé helada. Y Letra salió de su escondite para mirarme con las orejas levantadas y sus ojos azules muy abiertos.
«¿Tienes padre?».
Qué mentira
—Al final qué hiciste todo el fin de semana, ¿estuviste escribiendo?
—No.
—¿Leyendo?
—Las escritoras hacemos algo más que escribir y leer.
Qué mentira.
Helga se encogió de hombros. Aquella tarde soleada también llevaba una blusa sin mangas, pero esta vez color crema, casi del mismo tono de su piel. Estaba inclinada sobre uno de los cañones, con la cámara de fotos orientada al pequeño faro. Atardecía en Melilla la Vieja. Habíamos hecho transcurrir la tarde callejeando por la fortificación y mi amiga estaba quemando el flash en aquel conjunto histórico datado del siglo xvi. Mamá trabajaba allí, en el Hospital del Rey. Helga dijo que debía de ser maravilloso pasear por ese lugar todos los días para dirigirse al trabajo.
—¿Fue este cañón? —preguntó, con un ojo guiñado y muy concentrada en el horizonte.
—¿El cañón que qué?
—El que se disparó para delimitar la zona geográfica de Melilla. Me dijo Damián que fue en 1859.
—Pero cómo va a ser este, si está mirando al mar —dije con sorna—. Fue otro. Uno que está en la antigua cárcel de mujeres.
—¿Ah, sí?
Ahora fui yo la que me encogí de hombros, sin ganas de hablar de ello. El faro y el cañón miraban al Mediterráneo. Helga miraba al Mediterráneo. Yo miraba el conjunto de belleza que se exponía ante mí y lo escribía mentalmente, dispersa. Apoyada en la muralla, veía al sol despedirse poco a poco, tintando de anaranjado el color azul del cielo sin nubes, acariciando al mar imperturbable. Olía intensamente ese mar, más que ningún otro mar. Y podía disfrutarse de cierto silencio, escaso en casi cualquier punto de la ciudad. La brisa de poniente jugaba con el flequillo de Helga y maltrataba mis rizos. Me preguntaba por qué ella sacaba tantas fotos iguales. Me preguntaba por qué yo escribía tantas páginas iguales. Sin previo aviso se volvió, me apuntó con el objetivo y disparó.
—Ha quedado preciosa. Podrías subirla a Facebook.
Insistió y siguió fotografiándome hasta que me di la vuelta y eché a andar.
—¿No crees que me has sacado suficientes fotos por hoy?
—Antes me dijiste que podía. Y, además, me encantan.
—Está bien. Pero ya está. Otro día seguimos.
—Vale, vale. Ya paro. Me ha gustado mucho venir aquí. La primera vez que me trajo Damián me quedé enamorada. Y hoy parece que lo he redescubierto otra vez. ¡Ay! Se me ha pasado el tiempo volando y tengo que irme ya a casa, ¿te llevo a alguna parte?
Caminamos hacia el coche y Helga iba sumida en sus pensamientos. Era martes y no nos habíamos visto en todo el fin de semana. La visita imprevista de mi abuela se solapó con la repentina fiebre de la que, todavía, luchaba por recuperarme. Aquella mañana había intentado sacar energías para levantarme e ir a la biblioteca, me sentía incapaz de acompañarla para ir al gimnasio. No encontré a Helga allí. Me escribió después de comer para proponerme pasar juntas la tarde. Accedí de inmediato.
—He quedado con Héctor, pero voy andando. Estará en la playa.
—No digas bobadas, te llevo en mi coche. Además, así tenemos unos minutos más para hablar.
Parpadeé porque uno de los pocos rayos del sol que quedaban penetró en mi ojo verde antes de desaparecer. Pasamos frente a la estatua en honor a Francisco Franco y vimos cómo uno de los ferris que venían de Málaga atracaba en el puerto. El Volkswagen Golf blanco de Helga, nuevo y brillante, estaba aparcado frente a La Pérgola. Subimos y en la radio empezó a sonar Lady Gaga a un volumen moderado. Helga arrancó y condujo muy despacio
—El jueves te echamos de menos en el puerto, que lo sepas —me dijo ella al cabo de unos minutos, justo cuando pasamos frente al Puerto Noray—, pero me lo pasé superbién con María y las demás. Por favor, este fin de semana tienes que intentar venir. Pareces ya algo recuperada de la gripe, ¿has ido al médico?
No iba a admitir que la envidia me había corroído al imaginarme a mis amigas invadiendo mi exclusiva relación con Helga, sintiéndome desplazada a pesar de que había sido mi dolencia, y la visita de mi abuela, lo que me había impedido ir.
—Ya estoy bastante mejor. Pero no creo que fuera una gripe.
—Es por la herida de la literatura —replicó Helga, con divertimiento aunque sin burla—. Pero me acabas de decir que no has estado escribiendo. ¿Por qué mientes tanto?
Me había acostumbrado muy pronto a las insolencias de Helga y a las peculiaridades de su carácter. Para mí cualquiera de sus actitudes era tibia. Me...
Índice
- Cubierta
- Miriam Beizana Vigo
- La herida de la literatura
- Título
- Créditos
- Dedicatoria
- Prólogo
- I
- II
- III
- IIII
- V
- VI
- VII
- VIII
- IX
- X
- XI
- XII
- XIII
- Agradecimientos
- Traducción de fragmentos en gallego