
- 316 páginas
- Spanish
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eBook - ePub
Las palabras andantes
Descripción del libro
"Yo he venido al taller de José Borges para invitarlo a que trabajemos juntos. Le explico mi proyecto: imágenes de él, sus artes de grabado, y palabras mías. Él calla. y yo hablo y hablo, explicando. y él nada. y así sigue siendo, hasta que de pronto me doy cuenta: mis palabras no tienen música. Estoy soplando en flauta quebrada. Lo no nacido no se explica, no se entiende: se siente, se palpa cuando se mueve. Y entonces dejo de explicar; y le cuento. Le cuento las historias de espanto y de encantos que yo quiero escribir, voces que he recogido en los caminos y sueños míos de andar despierto, realidades deliradas, delirios realizados, palabras andantes que encontré -o fui por ellas encontrado. Le cuento los cuentos; y este libro nace.
Con grabados de José Borges"
Con grabados de José Borges"
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Ventana sobre este libro
Una mesa remendada, unas viejas letritas móviles de plomo o madera, una prensa que quizás Gutenberg usó: el taller de José Francisco Borges en el pueblo de Bezerros, en los adentros del nordeste del Brasil.
El aire huele a tinta, huele a madera. Las planchas de madera, en altas pilas, esperan que Borges las talle, mientras los grabados frescos, recién despegados, se secan colgados de los alambres. Con su cara tallada en madera, Borges me mira sin decir palabra.
En plena era de la televisión, Borges sigue siendo un artista de la antigua tradición del cordel. En minúsculos folletos, cuenta sucedidos y leyendas: él escribe los versos, talla los grabados, los imprime, los carga al hombro y los ofrece en los mercados, pueblo por pueblo, cantando en letanías las hazañas de gentes y fantasmas.
Yo he venido a su taller para invitarlo a que trabajemos juntos. Le explico mi proyecto: imágenes de él, sus artes de grabado, y palabras mías. Él calla. Y yo hablo y hablo, explicando. Y él, nada.
Y así sigue siendo, hasta que de pronto me doy cuenta: mis palabras no tienen música. Estoy soplando en flauta quebrada. Lo no nacido no se explica, no se entiende: se siente, se palpa cuando se mueve. Y entonces dejo de explicar; y le cuento. Le cuento las historias de espantos y de encantos que yo quiero escribir, voces que he recogido en los caminos y sueños míos de andar despierto, realidades deliradas, delirios realizados, palabras andantes que encontré —o fui por ellas encontrado.
Le cuento los cuentos; y este libro nace.

Historia de los siete prodigios
Nunca hubo mujer tan difícil ni hombre más mago entre la boca del río de las Amazonas y la Bahía de Todos los Santos. Siete prodigios cumplió José para ganar los favores de María.

El padre de María dijo:
— Es un muerto de hambre.
Entonces José desplegó en el aire un mantel de encajes, hecho por ninguna mano, y ordenó:
— Póngase, mesa.
Y un banquete de muchas fuentes humeantes fue servido por nadie sobre el mantel que flotaba en la nada. Y aquello fue una alegría para las bocas de todos.
Pero María no comió ni un grano de arroz.

El rico del pueblo, señor de la tierra y de la gente, dijo:
— Es un pobretón de mierda.
Entonces José llamó a su cabra, que llegó brincando desde ninguna parte, y le ordenó:
—Cague, cabra.
Y la cabra cagó oro. Y hubo oro para las manos de todos.
Pero María se puso de espaldas al fulgor.

El novio de María, que era pescador, dijo:
— De pesca no entiende nada.
Entonces José sopló desde la orilla de la mar. Sopló con pulmones que no eran sus pulmones, y ordenó:
— Séquese, mar.
Y la mar se retiró, dejando la arena toda plateada de peces. Y los peces desbordaron las cestas de todos.
Pero María se apretó la nariz.

El difunto marido de María, que era un fantasma de fuego, dijo:
— Lo haré carbón.
Y las llamas atacaron a José por los cuatro costados.
Entonces José ordenó, con voz que no era su voz:
—Refrésqueme, fuego.
Y se bañó en la hoguera. Y a todos se les salían los ojos.
Pero María cerró sus párpados.

El cura del pueblo dijo:
—Merece el infierno.
Y declaró a José culpable de brujería y pacto con el demonio.
Entonces José atrapó al cura por el cuello y ordenó:
—Estírese, brazo.
Y el brazo de José, que ya no era su brazo, se llevó al cura hacia los ardientes abismos del universo. Y todos se quedaron con la boca abierta.
Pero María gritó de horror. Y en un santiamén, el larguísimo brazo trajo de vuelta al cura chamuscado.

El policía dijo:
— Merece la cárcel.
Y se vino encima de José, garrote en mano.
Entonces José ordenó:
— Pegue, palo.
Y el garrote del policía golpeó al policía, que salió corriendo, perseguido por su propia arma, y se perdió de vista. Y todos...
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