
- 84 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Cuentos mágicos del sur del mundo
Descripción del libro
Dentro del libro podemos encontrar historias como: "El enanífero" con un significado acerca de la amistad."El resplandor del horizonte" reflejando la historia de los pueblos originarios del extremo sur."El hombre de los cuatro vientos" la relación entre los vientos sur, norte, este y oeste.
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Información

Una página en blanco muy difícil de llenar
El regreso de Venezuela fue para Gustavo todo un cambio de página. Una página en blanco muy difícil de llenar. Estaba tan acostumbrado a los mosquitos, al clima húmedo y caluroso, a animales distintos a los ya conocidos, a tantas plantas y árboles frondosos que verdeaban por donde dirigía la mirada, que lo que ahora lo rodeaba en Chile le parecía muy diferente.
Había pasado muchos años alejado del país. Por ello, se sentía torpe y distanciado de la gente, a tal punto que le costaba conversar con sus antiguos amigos. El tono venezolano de su hablar actual producía sonrisas y miradas curiosas entre sus alumnos de la Universidad. Pero, como tenía muchos deseos de integrarse, su empeño fue notable.
La casa elegida tenía parrones, naranjos y un viejo rosal en el antejardín, todo muy a su gusto. Preparó la major habitación para el taller de pintura. En ella la luz se colaba por el ventanal y ofrecía con agrado las diversas tonalidades de los cambios del día.
Uno de los naranjos rozaba la ventana y regalaba permanentemente la fragancia de sus hojas perfumadas y lustrosas. El parrón bordeaba el patio de baldosas musgosas, alargándose hasta casi unirse al muro del fondo, enmelenado de hiedras colgantes. Era un bello lugar para reanudar la tarea que más amaba: pintar y pintar.
Quería pintar su tierra soñada por largo tiempo desde la distancia. Recrear figuras de personas que le parecieran interesantes, descubrir sus rasgos cotidianos; es decir, articular en sus cuadros la vida que había dejado suspendida mientras estuvo en el extranjero.
Así lo intentó el primer fin de semana libre.
Se lanzó con entusiasmo al trabajo de afinar el pulso para recuperar los colores olvidados, pero sucedió algo inesperado. Como todavía latía en su mente un sinfín de ecos del trópico, personas y lugares que había dejado aparecieron en su mente con porfía. Se sintió desolado. Nada surgió en los croquis, nada de interés en los bocetos que le permitieran cumplir sus propósitos.
Gustavo comenzó a pasearse por el taller. No podía creer que se hubiera olvidado de comunicarse con los suyos. Su pequeña figura resaltaba en el delantal blanquísimo, desprovisto de las típicas manchas, revueltas y coloreadas, propias de un pintor de oficio. Una boina negra le cubría la ceja izquierda, acercándose a sus ojos siempre risueños, pero más bien risueños por un tic nervioso que por alegría verdadera.

La vieja agenda
Cuando ya nada le resultaba, el pintor sintió que necesitaba comunicarse con alguien. Entonces tomó la vieja agenda que conservaba como si fuera un tesoro de valor incalculable. Una agenda que registraba los teléfonos de numerosas amistades. Y comenzó a llamar.
Recorrió con obsesión nombres y números, números y nombres… Puf, cambios de domicilios, personas muy ocupadas, amigos que no le recordaban o que no deseaban verlo todavía.
“Ya hablaremos”, le decían; le pedían el número telefónico y concluían con un “después te llamo”.
Para colmo, estaban todos casados, y en muchos casos, contestaron niños que al escuchar un acento extranjero cortaron con un “equivocado, señor”, sin llamar siquiera a sus padres.
Volvió a la tela con desesperación y, como siempre, apareció el trópico con su abultada carga de verdes, sepias, anaranjados, rojos encendidos, amarillos encarnados, ocres pastosos y verde limón.
Sin embargo, era notorio que a Gustavo le faltaba el blanco y gris pizarra de la cordillera de los Andes, el verde profundo del mar, el azul intenso del cielo del amanecer después de una lluvia en Santiago, el verde húmedo y carnoso del Sur, el dorado de los trigales de los valles de la zona central o el tono café pastel, desteñido y difuso, de la inmensa extensión de los desiertos. Nada de aquello aparecía, y lo echaba tanto de menos.
Y de nuevo regresó a la agenda para hacer otros intentos. Así fue como insistió con el número telefónico de su mejor amiga, Mariela. Ella había sido compañera de curso en la Facultad de Bellas Artes, amiga inseparable de ensueños cuando se juraron llegar a ser grandes artistas. El teléfono sonaba y sonaba, hasta que le contestó la empleada de la casa:
–La señora Mariela está en El Quisco; se fue a la playa con Andresito por el fin de semana. Tampoco está don Carlos; él tuvo que hacer un viaje al Sur y no regresará hasta el lunes por la tarde. Si gusta dejarles un recado… Espérese un poquito que voy por un lápiz y papel –explicó solícita la mujer.
–¿La señora Mariela tiene teléfono en la playa?
–Sí, señor, ahora mismo se lo doy. A ver…, por aquí me lo dejó anotado la señora. Nunca se sabe lo que puede pasar. Fíjese que el otro día…
–Discúlpeme, pero sólo necesito el número telefónico –le contestó el pintor para cortar la incontenible conversación de la mujer. Por cierto que se sentía muy aliviado al tener en sus manos aquel maravilloso número.
Entretanto, la tarde avanzaba con la lentitud de un sábado veraniego en Santiago. La temperatura se fue haciendo agradable y por la ventana penetraba el fresco olor de las plantas recién regadas.
El Enanífero se comunica con la playa
Mariela se mostró muy feliz al escuchar a su amigo. Le hizo tantas preguntas como él a ella. Conversaron animosamente entre muchas interrupciones de su hijo que le tironeaba la falda para arrastrarla a la playa. Entre sus “te acuerdas de…”, el pintor oía repetir a cada rato a su amiga: “ya, Andrés, quédate tranquilo, déjame hab...
Índice
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- Créditos
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- El Enanífero
- El resplandor del horizonte
- El Hombre de los Cuatro Vientos