
- 136 páginas
- Spanish
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- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Dame placer
Descripción del libro
La ruptura entre dos mujeres deriva en la crisis existencial de una de ellas, quien habrá de indagar en los motivos de ese desenlace y cuestionarse ante un testigo impasible las experiencias vividas. Su voz toma la fuerza del despecho y se adentra en ese amor como si de una adicción se tratara, en una valiente reflexión de cuánto ponemos en juego en toda relación afectiva. Flavia Company confiere a la novela "algo propio de la desesperanza, la nostalgia y la violencia del tango. La construcción, el estilo y el ritmo son absolutamente magníficos. Y tal es la fuerza de las palabras, que no podremos soltar el libro" (Martine Silber, Le Monde).
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Información
Dame placer
Flavia Company
edición revisada por la autora


Siete años saltando a las letras hispánicas
2014–2021
Colección Narrativa
Imagen de la portada:
Fotografía de Flavia Company
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Diagramación: Roger Castillejo Olán
© Flavia Company, 1998
© Editorial Comba, 2021
c/ Muntaner, 178, 5º 2ª bis
08036 Barcelona
ISBN: 978-84-122232-6-2
«Toqué el timbre [...], y me abrió la puerta un ser que no había nacido para abrir puertas.»
Julio Cortázar
Diario de Andrés Fava
Dame placer
Llego aquí con una historia de carne pegada a la memoria igual que vendría con las manos untadas de grasa si hubiese estado explorando con ellas los adentros de un coche. He intentado limpiármela con todo: con el frío, con el hambre, con el dinero, con otras mujeres, con el cine, con la literatura, con la miseria, con la oscuridad. Inútil. Sólo queda hablar. Y el tiempo. Y en lo que me reste de vida no volver a meter las manos en un motor, lo cual es terrible, porque a estas edades se da una cuenta de que ha pasado el gran amor, el gran salto, la gran opción, la gran historia, la gran parte de su existencia. Una sensación parecida a la que la asalta a una cuando de pronto cae en la cuenta de que ya no es una niña, ni una adolescente, ni una jovencita, y de que lo que hace tiene el valor que tiene, es decir, no se le añade nada por el hecho asombroso de su corta edad, porque es una adulta de quien se espera por lo menos eso.
No acabo de entender para qué me han traído ante usted. Pero bueno, tal vez conversar un rato me ayude. Por otro lado, no tengo nada mejor que hacer. A ver si me entiende. No me malinterprete. Usted dirá «otra vida con letra de bolero» y pensará que se la sabe porque son todas la misma, pero no se lleve a engaño, son distintas porque cada uno es cada cual y los sufrimientos no hay quien los traspase.
¿Que por qué actúo así? ¿Que qué me pasa? Creo que todo, pero cuando pasa tanto es como si no pasara nada porque cada elemento está hecho de desgracia y no hay contrastes. Cuando una tiene hambre, igual es que no haya carne a que no haya fruta.
Una mujer a mi edad no puede pensar en dar a su vida un giro de ciento ochenta grados. A partir de algún momento que no puedo precisar empecé a tener la sensación de vivir bajo una especie de condena. Sé que va a ser así para siempre. Mire los diarios, mire los anuncios de la televisión, mire a su alrededor y vea claro: juventud, valor indiscutible pero efímero, época del amor y de los cuerpos esbeltos, momento crucial para decidir los derroteros de tu vida y como te equivoques la has pifiado y no hay nada que hacer. A las cosas y a los lugares no se puede volver ni siquiera volviendo.
Lo que pasa es que lo que a mí me gustaría es decirle todo esto a ella, no a usted, pero de otro modo, a lo mejor con señales de humo o de viva voz, no sé, mediante la acústica o con la mirada. Porque, dese cuenta, las palabras incluyen siempre las mismas terribles posibilidades de ser malinterpretadas y hacer de un instrumento en lugar de un piano una picana, y lo que yo preferiría es entregarle la cosa misma, el sentimiento hecho materia tangible, directa, como para que no le cupiera la menor duda de nada, que la razón no tuviera que ser tamiz ni frontera y la identificación fuera inmediata, como lo es pensar «el sol» cuando vemos el sol. Sin interpretaciones. «Toma», sin decírselo, y dárselo todo, y ya está, así de simple. El único rescate. Pero no puede ser. El silencio es lo que es y para de contar.
No, prefiero que no me haga preguntas. Deje que le cuente. Escúcheme, seré breve. ¿Por qué tendremos para todo tanta prisa? ¿No es terrible? Cada vez más. Nos impacientamos en las colas, nos explicamos las cosas con urgencia, ni nos paramos para dar la hora cuando nos la preguntan por la calle: miramos el reloj sin dejar de andar y soltamos la información a unos cuantos metros de allí. Habría que experimentar la prisa con unas muletas, con una silla de ruedas, con un no tener a dónde ir.
¿Se da cuenta? El mundo es inhóspito sin ella. Porque con ella yo no tenía ninguna necesidad de preguntarle la hora a nadie. Es más, ni siquiera usaba reloj. Por poner un ejemplo.
Bueno, estoy dispuesta a contarlo y no sé si hago bien. A ver, resulta que me había encerrado en los setenta metros cuadrados del piso que tengo alquilado en el casco antiguo a olvidarme de todo aunque sabía que era imposible, hasta que en el contestador ha sonado la voz del administrador de la finca. Que me busque un abogado, que me van a echar por falta de pago. Que ya me han echado. Por eso estoy aquí con usted, en parte, ¿no? Y normal. Lo entiendo. El dueño del piso quiere cobrar y no tengo dónde vivir y no puedo pagar porque dejé el trabajo colgado como se hace al llegar a casa con el abrigo en el perchero. En fin, de todos modos no iban a tardar en cortarme todos los suministros vitales: el suero telefónico, el eléctrico, el gaseoso, el líquido y la especie de maná de cuenta a crédito en el supermercado. He estado agotando las posibilidades y de aquí a la calle me queda un paso, medio, ninguno, así de claro. Espero que entienda que prefiero la calle a cualquier institución. ¡Quién se lo iba a decir a mis padres! Por suerte han muerto. O eso creo.
Ella no ha vuelto a telefonearme nunca más. Eso es así. Yo esperaba, porque una en el fondo siempre espera, ¿no? Es como una manía. Dirá usted que si hubiese perdido antes la esperanza las cosas me habrían ido mejor. Claro, pero no está en mi lugar. A ustedes les parece muy fácil tomar decisiones, usar la inteligencia para juzgar qué nos conviene o no, emplear a fondo lo aprendido para evitar la dejadez. Desde el lado del triunfo todo se ve distinto. Que la depresión es una enfermedad. ¿Y no lo es el optimismo? Entiéndame. ¿No le parece que el entusiasmo lo pinta todo de color de rosa y tampoco es eso? Y no me hable de equilibrio, eso es una quimera, quiero decir que es un combate de fuerzas tenso como la cuerda de una guitarra bien afinada, ¿no? Hasta que va y se rompe.
De pronto he presentido que se acababa todo. Hace días que noto que va secándoseme el cerebro. No es una sensación desagradable. Es, exactamente, como si de las sienes a la nuca tuviera unos elásticos que estirasen desde las primeras hacia la segunda. O, más exactamente, como si me estuvieran aplastando lo que sea que venga justo después del cráneo con un pasapurés, y así extrajeran el líquido que le permite estar lubrificado y funcionar.
Que los cerebros se secan es algo que la historia se ha encargado de demostrar, pero lo cierto es que jamás pensé que fuera a convertirme en uno de esos casos. Que se me ajara el corazón, que se me velaran los ojos, que me estallaran los tímpanos, o que se me marchitara el sexo igual que una lechuga en la nevera, amarilleando, sin llegar a pudrirse. Tal vez eso sí lo esperaba. Pero lo del cerebro menos, menos, menos.
No siempre me doy cuenta. A veces voy a decir una palabra, y la tengo en la punta de la lengua, y sin embargo no consigo pronunciarla, se me queda ahí, pegada como una papilla de pollo al paladar, o escondida como un chicle detrás de los dientes. Y entonces procuro masticarla un rato, a ver si la desmigajo y entreveo las letras sueltas bailándome en la boca, a ver si le descubro la punta, el hilván, el hilo a ese ovillo que se empeña en enmarañarse justo cuando más necesito guiarme para regresar.
Cosa que nunca haré. Lo de regresar quedó atrás, prendido en el broche de oro que me despertaba por las mañanas en el tercero del bloque donde vivía mi abuela, en la esquina de un callejón sin salida. Aquel broche era ella, desde que la conocí. Lo llevaba siempre ahí, asido a las blusas como una mosca disecada. Era algo muy humilde, más humilde que si hubiera sido de hojalata. Como una hoja en forma de ceja espesa, ceñuda. Parecerá una locura, pero aquel broche y mi abuela se parecían. Tenían el uno la cara de la otra. Eran un todo indisoluble. Desconozco de dónde lo sacó. Si se lo regaló alguien a quien amó con delirio, condenándola a él de por vida; si lo encontró brillando debajo del asiento de un autobús. Tal vez lo descubrió en un escaparate y deslumbrada entró a comprarlo, a pesar del precio desorbitado, a pesar de que iba a tener que estar pagándolo durante años y años. Hasta antes de que yo naciera y fuera de las primeras cosas que viese acercárseme a los ojos. Y así toda la vida. Siempre llegaba el broche antes que mi abuela, igual que el desamor antes que el olvido. A veces, mi abuela no llegaba.
Toda una ciencia, la del olvido. Un esfuerzo palpitando ahí donde la memoria duele, o donde no llega. Un borbotón de sangre que lo nubla, lo cubre todo. Cada olvido es un vacío por el que se nos pierde algo, como de un bolsillo agujereado. Pero luego pasa lo que pasa, y una no sabe cómo borrar justo aquello que desearía enterrar allá lejos, ajeno y distante. Hay cosas que se quedan grabadas para siempre.
Y es que yo tenía el cerebro muy jugoso, lleno de ideas, de proyectos, de ilusiones. Si alguien me lo hubiera mordido, como al partir una sandía con un martillo, habría surgido un río de vida. Lo cierto es que hubo quien me lo mordió, demasiado fuerte o demasiado tiempo, y se ahogó.
Ahogarse es fácil, al fin y al cabo. Una no patalea, no intenta flotar, se somete, se anula, no respira y listo, ahogada. Sencillo. Pero lento y doloroso. Lo que pasa es que a veces, mientras nos ahogan, creemos sentir placer. Y el placer es la más poderosa de las drogas. Dame placer y te daré la vida. El placer es el destino de unos cuantos. Y el destino no es más que lo que a una se le mete entre ceja y ceja. Le dije: «Era el destino.» Y punto. Eso fue todo. Tuve que ser yo quien saliera a enfrentarse con la luz. Su cuerpo ya no proyectaría sombra alguna para seguirla a todas partes junto a mí. En la oscuridad total no hay sombras que valgan. Eso es así. Luego, o antes, no sé muy bien, empezó a darme aquel dolor de cabeza mortal, como si alguien me metiera debajo del agua, sumergida ahí, en la bañera por ejemplo, y notara cómo se me hinchaba todo por dentro, vena por vena, nervios y recuerdos, y el agua se convirtiera en un líquido visceral que empuja contra los ojos, desde el interior, con fuerza, tanta que parece que va a hacerlos saltar y los lagrimales ardiendo, sin lágrimas; la garganta, sin embargo, seca, llena de arena, un puro desierto áspero. Nada de espejismos.
Lo del mundo dando vueltas es secundario. Y los sueños siempre parecidos: un edificio muy alto, gris, con muchas antenas de televisor. Las persianas sucias, algunos aparatos de aire acondicionado que sobresalen y gotean su sudor sobre la calle. Casi todas las ventanas cerradas. En algunas, cortinas. En otras, siluetas que aparecen y desaparecen. Ahora sí, ahora no. Como un juego. Hasta que un día desaparecen para siempre. Ahora ya no. El edificio que se mueve, tiembla, llora con convulsiones y la gente dentro de él se siente muy triste y muy desesperada. Algunas personas se abrazan y se tocan, y sienten placer. Otras se abrazan y se tocan, y no sienten placer. Tantas veces anda cerca del dolor. Alguna vez, alguien se tira por la ventana, o desde la azotea, pero no se muere nunca. Porque además, cuando me acerco a ver el cuerpo desparramado en la acera, siempre soy yo, que me sonrío indiferente con la lengua afuera, babeante.
Hace días que noto que no hago pie. No hacía falta oír ninguna amenaza del administrador de la finca en el contestador automático para darme cuenta. Lo sabía, y quizá la advertencia fue el detonante. «Tengo que salir de aquí», pensé, cuando lo que ocurre es que quieren echarme. Nada se detiene en el mundo, por intenso que sea lo que corre veloz en el corazón. He nadado demasiado adentro y de pronto he sentido que bajo mi cuerpo desaparecía la seguridad de la tierra y que, en su lugar, no había más que un espacio desdibujado e inexacto, un poco pegajoso, que no ha cesado de ensuciarme los pies. Crece la desorientación y miro alrededor como lo haría alguien sin ojos. No sé dónde abandonar mi mirada velada. En todas partes, en cada uno de los objetos que luchan por destacarse alrededor, su figura se muestra segura y distante, sensual e inalcanzable. Tan distinta. Se le metió en los ojos la perfidia de un amor nuevo y se le volvieron brillantes, agudos, pero duros, como si del iris surgiera una aguja imperceptible y certera. Me duele en el estómago, la misma parte del cuerpo con la que me supe enamorada. Dame placer y te daré la vida. Y no me abandones. Pégame, hiéreme, sométeme, pero no me traiciones.
Llegó y fue la tentación, el precipicio último y verdadero, la prueba de fuego que iba a acabar por secarme el cerebro como si de las sienes a la nuca tuviera unos elásticos que estirasen desde las primeras hacia la segunda o, más exactamente, como si me estuvieran aplastando lo que sea que venga justo después del cráneo con un pasapurés y todo quedara disuelto.
Al fin y al cabo, si se piensa, aplastar un cerebro es cosa de segundos: los que le bastaron para mostrarme que había vuelto a enamorarse. De otra. Después de tanto amor. Sentí como si dentro de mí hubiera crecido un pie gigante, capaz de darme puntapiés desde el interior de mi cuerpo y de crear así un estrépito que me retumbaba en las venas con velocidad. Me pateaba el estómago, el sexo, los pechos, el corazón, los pulmones. Intentaba expulsarlos de mí para librarme de la vida, como si yo fuera una caja que, una vez vacía, pudiera contener el olvido y la indiferencia. Como si no hubiera cosas que se quedan grabadas para siempre.
Me empeñaba en pensar que el triunfo era imprescindible para los débiles, y que los duros podíamos permitirnos el lujo de fracasar, aunque fuera a costa de un dolor que se multiplicaba por el solo hecho de quedar escondido bajo la capa fría de la voluntad de aguantar de pie. Pero no. Y fui víctima de la nostalgia. Pero, para qué hablar de la nostalgia, esa pocilga en la que una acaba por revolcarse como los cerdos en el barro, rebozándose de arriba abajo, ufana de su propia porquería. Ya pueden tirarnos margaritas. Nunca seremos un jardín.
Y además sopla el viento. Muy fuerte. Sin llevarse nada. Trae su voz y me confunde, me aturde, me impacienta. Su voz, que llamó a otra por mi nombre, sin que al principio me diese cuenta. Sopla el viento, muy fuerte. Sin llevarse nada. Todos los detalles continúan presentes: parecen formar parte de un cuadro que, aunque antiguo, se conserva en un buen estado asombroso. De nada sirve que intente destruirlo. Es inmaterial. Y mis fuerzas, insuficientes.
Así que me consumo en mi propia energía. Verá, mi energía es algo indescriptible. Sería capaz, incluso, de acabar con mi vida. Resulta extraño tenerla dentro y sin embargo ser incapaz de utilizarla. Igual que si fuera un perfume. Ahí está, y dura lo que dura, y el único uso que puede hacerse de él es notarlo, olerlo, intentar adivinar de qué está compuesto. Mi energía es superflua como el perfume. Pero su existencia me transforma, porque el aroma de la energía es nefasto. Como el aroma del placer; dame placer y te daré la vida. Es la consigna. La consigna que no quiso entender porque con su vida tenía bastante y la mía le sobraba como una manta en verano. ¿Para qué iba a querer mi vida? Pero no me di cuenta, y mi ofrenda fue ridícula, a pesar de serlo todo.
El mundo se divide en todo y nada. Ahora es nada. Arbitrariedad del destino, que no existe porque, en última instancia, el destino no es más que lo que a una se le mete entre ceja y ceja. Frunces el ceño y el destino cambia. El resorte está en una. Todo es cuestión de saltar a tiempo, como los paracaidistas. ¡Ahora, ahora! O nunca. O tarde. En la vida es así, las oportunidades no se presentan dos veces, porque tienen su orgullo, y si las dejas pasar no vuelven. Un rechazo es suficiente. En ese sentido, no me parezco a las oportunidades. Pero mis súplicas de nada han servido. Tampoco las amenazas: me sabe inofensiva. He sido incapaz de conmoverla con mi amor, que se quedó pequeño al compararlo con su grandeza. ¿Qué palabras, qué actos habrá empleado la otra para convencerla? Bueno, puede que ...
Índice
- Dame placer
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