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Descripción del libro
Este es un ensayo filosófico sobre la experiencia del olvido. Se trata de un tema de largo alcance que, al prolongarse en el tiempo, afecta a varias generaciones, a las familias y a los individuos, a cada uno de nosotros en primera persona. Es una cuestión difícil relacionada con el dolor, con el sufrimiento y la pérdida, con los pensamientos que no nos dejan conciliar el sueño. El lector encontrará en estas páginas un recorrido por lo extraño y contradictorio del recuerdo que huye de sí mismo y se hunde en el olvido.
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Información
1. DESVELARSE Y OLVIDAR
Hemos abierto los ojos como platos en mitad de la noche. Ya no nos pesan los párpados, nos desvelamos sobresaltados: ¿dónde estamos, qué hora es? Despertamos y nos damos cuenta de que habíamos estado durmiendo profundamente, con obstinación. Al desvelarnos, es como si recuperáramos la memoria, aunque no del todo, casi: sabemos que en nuestro sueño hubo memoria, pero no nos acordamos porque su contenido quedó atrás, al dibujar una frontera entre el antes y el ahora.
Ahora, sin embargo, permanecemos con los ojos abiertos por el odio, por la pasión, por la obligación que nos mortifica o por la preocupación que interrumpe el descanso, pero no podemos, en ningún caso, volver a conciliar el sueño que hemos dejado a nuestras espaldas, no habiendo ya conciliación posible con lo que, definitivamente, quedó atrás: con lo que olvidamos. Aunque consigamos volver a dormir, nunca se tratará de ese primer sueño que reconocimos al desvelarnos por primera vez. Hemos abandonado toda tenacidad onírica.
El sueño se perdió para siempre al quedar alojado, con el despertar, en un lugar irrecuperable aunque localizable. ¿Cómo surgió ese lugar para cada uno de nosotros, en medio de nuestra impávida y cotidiana certidumbre, esa certidumbre de lo que es siempre igual hasta que el despertar lo invalida?
Hubo, una vez, el sueño que no recordamos, desde donde dibujamos una frontera hacia el presente, al desvelarnos para pensar en este momento. Pensar significa abandonar el velo de lo que acechaba en el sueño y atreverse a cruzar la frontera de un nuevo día. En la máxima de Píndaro «Llega a ser el que eres»,1 que tanto repitió Friedrich Nietzsche en su obra, sobrevolamos lo onírico y abrimos los ojos más allá del sueño invalidante, atravesando el instante de la imposibilidad de ser lo que queremos para «serlo» al fin. Finalmente ponerse en marcha, apoyar los pies en el suelo y abandonar la posición horizontal. Levantarse de una vez por todas. Incorporarse. Ir a por otra cosa. Aunque todo esto solo es posible si se ha podido dormir previamente, en alguna de sus fórmulas: del insomnio al sonambulismo, pasando por el sueño profundo y reparador. Sin embargo, si no hubiera sueño previo, en las distintas modalidades del dormir, ¿podría haber despertar?
Hay despertares y despertares. Hay quien duerme siempre y no despierta; quien está siempre en vela y no consigue dormir... Quien duerme y se desvela, entonces sabe que ha dormido porque despertó, confuso y desorientado. Despertar es una forma de la certeza: el sueño es la condición del despertar, como este es la de aquel. Cuando estamos en el sueño, no nos hallamos del todo ahí. Solo cuando despertamos podemos decir algo de la manera en que estuvimos en el sueño, sin embargo, como dice Freud: «Todo lo que es en el sueño orden y trabazón solo se introdujo en él a raíz del intento de evocarlo».2
Desvelos e insomnios. Parecería que el recuerdo nos desvela y el olvido nos adormece, pero es al revés. A menudo creemos estar despiertos, pero es solo una falsa impresión. En realidad no lo sabemos con seguridad. Únicamente en el despertar como el momento en que dijimos «ya está» alcanzamos a saber que hubo un dormir anterior. Al incorporarnos, reconocemos un momento distinto de ruptura con el sueño, algo así como un poder «empezar de nuevo», sin continuidad con lo que hemos dejado, que era siempre todo lo mismo… o así nos pareció. Recordamos que un día olvidamos porque dormíamos y, al mismo tiempo, distinguimos al fin, entre brumas, que lo que hemos olvidado estuvo ahí, en nuestra actividad onírica o en nuestra imaginación. Al despertar, nos percatamos de la ausencia que estuvo presente en otro tiempo, pero no anulamos la ausencia, la vivimos, sigue ahí.
La literatura de Jorge Semprún describe la experiencia de vivir despierto, sin poder dormir, después de haber conocido la muerte. Este escritor nos enseña una profunda lección subjetiva sobre lo inolvidable imposible de recuperar: si retorna en la forma de recuerdo actualiza la muerte que dejó atrás. ¡En cuántas ocasiones la memoria constituye una amenaza! Semprún transmite en su literatura esta condición del sonámbulo que no sabe de sí mismo, o que sabe que, en la medida en que no despierte, mientras deambule dormido, podrá seguir deambulando. Muchos de nosotros circulamos en una especie de sonambulismo cuya condición de permanencia es la circulación o la hiperactividad. Circular es un modo de no tomar conciencia. Para no tomar conciencia la condición es persistir en mantener viva la totalidad de lo compacto, que responde siempre igual en su coherencia absoluta: el insomnio sería su reverso, el sonambulismo su anverso. En el primer caso no se duerme en la inactividad; en el segundo se duerme con la aceleración del caminar. Formas del Todo o del Uno que impiden que otra cosa surja como una grieta para resquebrajarlo: para producir el desenlace en la lucha del insomnio contra el reposo y dejar que el descanso tenga lugar al fin, sustituyendo al vigilante nocturno; para hacer tropezar al sonámbulo, quien, con la caída, aturdido, abre los ojos un poco asustado. El olvido es el temible tropiezo de la memoria adormecida: al tropezar con el olvido, el recuerdo desconfía de sí mismo. Es el miedo al olvido: tememos olvidar nuestros frágiles recuerdos; tememos recordar no sabiendo desde dónde. Tememos que algo retorne. El recuerdo y el olvido son una pareja inestable que teme cruzarse por la calle por si hubiera que saludar.
En agosto de 1945, en París, tres meses después de la liberación de Buchenwald, y «deshecho» tras una noche en vela sin pegar ojo, Jorge Semprún acudía a casa de su amiga Claude-Edmonde Magny, en la Rue Schoelcher:
Llamé al timbre de Claude-Edmonde Magny a las seis de la mañana. Yo sabía que se instalaba en su mesa de trabajo al alba. Me ofreció café de verdad.3
Solo el café de verdad despierta para una conversación amiga y complace con su sabor inédito, aunque en realidad sintamos en el paladar un ligero toque amargo, matizado por una cucharadita de azúcar. La amarga cortesía que desvela acecha una inquietud que, a fin de cuentas, no hemos podido dejar atrás del todo, como la muerte, el dolor, o la separación, y muchas otras cosas cuya pesadez no es precisamente la del sueño, y que no permiten ni siquiera un ligero sopor, o una cabezadita. Dichas cosas no tienen piedad con nosotros. Está claro que nos desvelan para el café del alba. Arriba: hay que recuperar algo, declara la tiranía del recuerdo.
Recordar significa despertarse sin rodeos para recrear lo olvidado desde el presente. También significa en cierto modo seguir durmiendo porque creemos que nuestros recuerdos son verdaderos y que permiten un lazo con el pasado. El olvido está en el recuerdo que cree funcionar bien. Si siguiéramos dormidos, sería como si hubiéramos olvidado no despertarnos y, en ese caso, ¿cómo empezaríamos en el sentido de decir «desde dónde» partimos para hacer otra cosa? El olvido rompe la continuidad del recuerdo.
Para empezar de verdad hay que partir de algún lugar distinto, no hace falta que sea verdadero, perfecto o exacto, ni siquiera impecable en su totalidad, o de una pureza absoluta, o eficaz, bastará un pequeño lugar, un modesto punto de partida incierto que nos permita rastrear despacio, deshaciendo lentamente la ruta que nos conduce a un comienzo posible. Seguir con atención el rastro de las miguitas de pan que no alcanzamos a ver claramente en mitad del bosque. Recorrer el trazo de la genealogía, cuyo proceder, dijo Foucault, es «gris, meticuloso y pacientemente documental. Trabaja con pergaminos embrollados, borrosos, varias veces reescritos».4 El recorrido hacia el comienzo supone una «indispensable cautela: localizar la singularidad de los acontecimientos, fuera de toda finalidad monótona».5
«Fuera de toda finalidad monótona»: desperezarse y buscar un comienzo más allá de lo conocido en el roce constante del día a día. Abandonar un alma anestesiada con la mediocridad de lo cotidiano, que persiste en la huida hacia delante, y, en ese particular instante de desidia, al dejar caer lo monótono y localizar otra cosa, despejar la cabeza para recordar, al fin, lo que hemos olvidado.
Al despertar abrimos los ojos para reconocer en el «haber dormido» la experiencia del olvido. Pero no recordamos necesariamente el contenido de lo que hemos olvidado, únicamente el olvido como experiencia de la ausencia en el recuerdo. Se puede recordar algo pero también nada.
Toda historia se abre, entonces, en algún lugar que sea un comienzo nuevo, diferente, del que tenemos noticia o que deseamos «anotar». Sin embargo, ese comienzo no es del todo seguro: surge de la irreparable pérdida del origen. Hubo un origen que no podemos actualizar en el presente. Origen y comienzo no son lo mismo: el origen es irrecuperable; el comienzo, en cambio, se puede construir.6 Para lo nuevo, tenemos el principio. Para lo irrecuperable, el origen. Este es el olvido que recordamos: nos percatamos de que el origen quedó atrás, y ahí, en ese hueco, surge un comienzo que nombramos al despertar. Surge en el lugar irrecuperable de lo que hemos perdido pero permanece como ausencia. Desde la ausencia evocamos la libertad del relato en su modo de existir como historia, alejándose del origen para imaginar un comienzo. El olvido pegado al origen conduce a la desesperación; el que inventa un comienzo construye algo nuevo. Olvidar en ambos casos no es exactamente lo mismo, puesto que, por decirlo así, «recorremos» dos rutas distintas de la experiencia del olvido: en el primer caso el olvido es humanamente inaceptable, hay que superarlo, es decir, hay que recordar; en el segundo caso, el olvido es la condición para «hacer otra cosa», sirve de trampolín para sobrepasar la angustia del retorno constante hacia lo que queremos, desesperadamente, recuperar. Serían también como dos grados de olvido: por un lado, el olvido del arraigo permanente en la memoria irrecuperable; por el otro, el olvido del desarraigo o del exilio, vuelto hacia el presente que permite que surja algo nuevo. El presente existe a su manera porque hubo olvido, al igual que existe el despertar porque hubo sueño. Sin embargo, el olvido siempre vela un recuerdo que lo disfraza o lo acompaña, pero ¿qué recuerdo? El que olvidamos, junto con lo que creemos poder recuperar… y nunca coinciden. Extraño destino el de la memoria que incluye el olvido, el del olvido que permanece en la memoria. Finalmente, recuerdo y olvido son las dos caras de la memoria como condición existencial para una historia particular e irrepetible, para cada uno de nosotros, y también para la historia de los pueblos. Después de haber imaginado un comienzo para esa historia podemos relatarla, como cuando leemos un cuento a un niño pequeño cuya demanda atendemos antes de acostarlo. La pausada sucesión de los acontecimientos en la historia adormece y pacifica, en una repetición anticipada por el pequeño que escucha el cuento en boca del adulto. ¿Qué viene a continuación? El niño ya lo sabe de antemano, así acompaña el tiempo que queda para el final de los acontecimientos del relato, en una versión del pensamiento mágico, oracular. Los párpados del pequeño se cierran en la tranquilidad de lo que ya sabe cómo va a terminar. Frente a la contingencia de los sucesos del día, la pausada repetición de los acontecimientos del cuento al anochecer pacifica.
Pero supongamos que el adulto se ha olvidado del final del cuento... bueno, pues siempre puede inventarse ese final, mientras el relato no se modifique en sus partes importantes. Además, el final a veces no se sabe, «¿cómo termina?», preguntan a menudo los más pequeños en su deseo impaciente de alcanzar el desenlace a toda costa. En realidad, sin comienzo no habría final, ni tampoco relato. ¿Entonces, cómo empezar? Por supuesto, existe el «érase una vez», fórmula casi teúrgica de empezar un relato, pero se trata de una mentira del principio... Sin final el cuento permanece abierto a sus infinitos desenlaces posibles. Sin principio no puede haber cuento, la fórmula estándar del «érase una vez» sería una trampa para sustituir de manera engañosamente homogénea el principio singular e irrepetible que no se recuerda: esa trampa no vale. Para que haya un principio no se puede recurrir a una fórmula genérica. El principio debe ser único como tal, en lo que Foucault llamó la «singularidad del acontecimiento».
¿Y entonces, se puede contar algo, aunque no sea ese cuento, sin lo inédito del principio? Si seguimos dormidos (o anestesiados) en lugar de estar despiertos, no sabemos «que podemos construir un principio». Porque saberlo sería haber abierto los ojos al fin. Entonces seguir durmiendo sería una especie de ignorancia de lo que puede hacerse, en cambio, despertar del mito del sueño significa que vamos hacia otra cosa y, en ese dirigirnos hacia otra cosa nos permitimos dejar atrás una pérdida, sin volver la cabeza. La llamada «realidad» del ahora no es más que esa «otra cosa» inventada desde un sueño que hemos olvidado al despertar. Dice Freud que todo relato onírico es una construcción, siempre hay algo que no podemos contar literalmente, tal y como sucedía en el sueño... El sueño es siempre insuficiente o está inacabado, siempre es envolvente y encubridor. Entonces, ¿qué podríamos contar como comienzo del relato que realmente «diga algo» y no sea una fórmula estándar? Surgiría de repente el sobresalto del olvido, cuya presencia como ausencia daría la impresión de impedir que empiece el relato… pero, al mismo tiempo, si acogemos el olvido como experiencia de lo que no encontramos, podríamos decidirnos a trazar una pérdida ahí donde quedó el vacío del olvido. Imaginar una fantasía o una ficción, un invento desdibujado que viniera al lugar del olvido como lo que vendría al abandonar la fórmula mágica del «érase una vez». Fundaríamos así un nuevo relato.
Nada ni nadie puede ocupar el lugar de lo que hemos olvidado. Hemos olvidado que, ahí donde hubo pérdida, puede haber un inicio como condición fundamental para construir su versión novelesca. Una versión inédita, nunca incluida en el «érase una vez» de todo cuento. La novela es el cuento que pacifica a los adultos, la ficción del comienzo; no es la mentira de lo estándar, para todos igual.
Estamos dormidos y despertamos para dibujar una forma que circunscriba lo que se deslizó anteriormente en el sueño: esa forma es el olvido. «El café de verdad», la metáfora del olvido que surge como presencia, al provocar un despertar definitivo que deja atrás el dormir. El café de verdad se lo sirvió a Semprún una amiga, Claude-Edmonde, al alba. Un gesto afectuoso permite despertar para ver algo. La cafeína —en general el sabor verdadero del café humeante— nos desvela. Pero sólo una mano amiga, en su hospitalidad, nos permite saber que hay un más allá del sueño del olvido, de lo que no recordamos haber soñado. Sabemos que hemos dormido; no sabemos qué hubo ahí. No obstante, una mano amiga nos acompaña en la incertidumbre.
Despertar del sueño nos permite recordar (aunque sea literalmente a medias) que hemos olvidado «algo». Si hemos olvidado y lo recordamos (es decir, tenemos la conciencia de haber dejado algo atrás) entonces podemos imaginar un principio más allá del origen. El recuerdo se aferra al origen. El olvido se despega de él, se aleja volando. Pero también se puede recordar que hemos olvidado: podemos dejar que algo se aleje y entonces hacer otra cosa. Siempre ...
Índice
- Cubierta
- Portada
- Créditos
- Dedicatoria
- ÍNDICE
- Citas
- PREFACIO
- 1. DESVELARSE Y OLVIDAR
- 2. EL OLVIDO Y LA INVENCIÓN
- 3. CARTOGRAFÍAS DE LA MEMORIA
- 4. OLVIDAR EL FUTURO
- 5. OLVIDO Y FILOSOFÍA
- 6. APORÍAS DEL OLVIDO
- 7. OLVIDO E INTERPRETACIÓN
- 8. LO INDECIBLE DEL OLVIDO
- 9. EL OLVIDO COMO RECUERDO ENCUBRIDOR
- 10. ACERCA DE LO INOLVIDABLE
- 11. SE DECRETA NO OLVIDAR
- EPÍLOGO
- NOTAS
- INFORMACION ADICIONAL
