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La pulsera de granates
- 120 páginas
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La pulsera de granates
Descripción del libro
La princesa Vera, la esposa de un noble venido a menos, recibe cartas de amor de un empleado de rango menor que dice amarla incondicionalmente. La pulsera de granates, escrita en 1910 sobre la base de un suceso real, es una historia de amor trágica, quizá una de las más bellas de la literatura rusa, y también el retrato de una aristocracia en decadencia.
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Información
Categoría
LiteratureCategoría
ClassicsVIII
Anna y Bajtinski iban delante, y detrás, a veinte pasos de distancia, iba el comandante del brazo de Vera. La noche era tan negra que en los primeros instantes, hasta que los ojos se acostumbraron a la oscuridad, fue necesario encontrar el camino tanteando con los pies. Anósov, que a pesar de los años conservaba una vista notablemente aguda, tuvo que ayudar a su acompañante. De vez en cuando su mano, fría y grande, acariciaba con ternura la de Vera, que se apoyaba liviana sobre su manga doblada.
—Es cómica esa Liudmila Lvovna —rompió de pronto el silencio el general, como continuando en voz alta el flujo de sus pensamientos—. Cuántas veces en la vida lo he visto: en cuanto una mujer se acerca a los cincuenta, y sobre todo si es viuda o solterona, le empieza a resultar tan atractivo merodear alrededor del amor ajeno… Ora espía, se regodea con la desgracia de los otros y chismea, ora se mete a forjar la felicidad ajena, ora suelta almíbares acerca del amor sublime. Quiero decir que la gente de nuestro tiempo se ha desacostumbrado a amar. No veo auténtico amor. ¡Ya en mis tiempos tampoco lo veía!
—Pero ¿cómo es eso, abuelo? —replicó Vera con suavidad, apretando apenas la mano del general—. ¿A qué vienen esas calumnias? Usted mismo ha estado casado. Eso significa que, pese a todo, ha amado, ¿cierto?
—Justamente, no significa nada, querida Viérochka. ¿Sabes cómo me casé? Veo que se sienta cerca de mí una muchachita rozagante. Respira y su pecho se alza y hunde debajo de la blusa. Deja caer las pestañas, que son así de largas, y de pronto se ruboriza. La piel de sus mejillas tan tierna, su cuellito bien blanco, inocente, y sus manos, blanditas, tibiecitas. ¡Demonios! Y papito y mamita todo el tiempo alrededor, escuchando tras las puertas, mirándote con unos ojos así de tristes, de perro, fieles. Y cuando te vas, detrás de la puerta, unos besitos fugaces… A la hora del té, una pierna te roza debajo de la mesa como por descuido… Y listo. «Querido Nikita Antónich, he venido a pedirle la mano de su hija. Créame, esta santa criatura…». Y papito ya tiene los ojos húmedos, ya se acerca a besarte… «¡Querido! Hace tiempo lo presentía… Quiera Dios que… Mira, solo cuida este tesoro…». Pues bien, a los tres meses, el santo tesoro anda con una bata raída, en pantuflas y sin medias, los cabellos ralos, sin peinar, con papelitos en la cabeza para rizar el pelo; intercambia palabras soeces igual que una cocinera con los ordenanzas;(11) coquetea con los oficiales jóvenes, cecea, lanza chillidos, pone los ojos en blanco. Al marido, por alguna razón, delante de terceros lo llama Jacques; sabes, así, con una voz nasal, estirando las palabras, lánguidamente: «Ja-a-a-ques». Una derrochadora, una actriz, una desalineada, una codiciosa. Y los ojos siempre falsos, falsos… Ahora ya todo ha quedado atrás, se ha calmado, se ha arreglado. Incluso le estoy agradecido de alma a esa actrisucha… Gracias a Dios no tuvimos hijos…
—¿Los perdonaste, abuelo?
—Perdonar no es la palabra, Viérochka. Al principio estaba lleno de rabia. Si entonces los hubiera visto, por supuesto, los habría matado a ambos. Pero después, de a poco, ese sentimiento se me fue pasando y pasando hasta que no quedó sino desprecio. Mejor así. Dios me libró de derramar sangre innecesariamente. Y además, evité la suerte que corre la mayoría de los maridos. ¿En qué me habría convertido si no hubiera sido por aquel vil suceso? En un camello de carga, en un vergonzoso complaciente, en un encubridor, en una vaca lechera, en un biombo, en algún objeto imprescindible de la casa… ¡No! Todo fue para bien, Viérochka.
—No, no, abuelo, discúlpeme; todavía habla en usted la antigua ofensa… Traslada su desafortunada experiencia a toda la humanidad. Tómenos, sin ir más lejos, a mí y a Vasia. ¿Acaso puede calificarse de infeliz nuestro matrimonio?
Anósov calló bastante. Luego continuó con voz pausada:
—Bueno, está bien… digamos que ustedes son una excepción… Pero en la mayoría de los casos ¿por qué se casa la gente? Consideremos a la mujer. Le da vergüenza quedarse soltera, especialmente cuando sus amigas ya se han casado. Es duro ser una boca más que alimentar en la familia. El deseo de ser ama de casa, la más importante en el hogar, una dama, una mujer independiente… Además, existe la necesidad, la necesidad estrictamente física de convertirse en madre y de empezar a hacer el nido. Los hombres, en cambio, tienen otros motivos. En primer lugar, están cansados de la vida de solteros, del desorden en las habitaciones, de las comidas en las tabernas, de la suciedad, de las colillas, de los juegos de sábanas rotos y mezclados, de las deudas, de los compañeros sin modales, etcétera, etcétera. En segundo lugar, sientes que vivir en familia es más ventajoso, sano y económico. En tercer lugar, piensas: vendrán los hijos, yo moriré y aun así una parte de mí permanecerá siempre en el mundo… una suerte de ilusión de inmortalidad. En cuarto lugar, la atracción de la virginidad, como en mi caso. Además, a veces también se piensa en la dote. ¿Y dónde está el amor? ¿El amor desinteresado, abnegado, que no espera recompensas? ¿Aquel del que se ha dicho que es «fuerte como la muerte»? ¿Entiendes? Ese amor para el cual realizar cualquier hazaña, dar la vida, entregarse al martirio no constituye ningún esfuerzo, sino solo alegría. Espera, espera, Vera, ¿me quieres hablar ahora otra vez de tu Vasia? En verdad, yo lo quiero. Es un buen muchacho. Quién sabe, quizás el futuro también te muestre su amor a la luz de una gran belleza. Pero entiende de qué tipo de amor estoy hablando. El amor debe ser trágico. ¡El misterio más grande del mundo! Ni las comodidades de la vida, ni las conveniencias ni los compromisos deben afectarlo.
—¿Alguna vez ha visto un amor semejante, abuelo? —preguntó Vera con voz queda.
—No —respondió decididamente el anciano—. En verdad, conozco dos casos parecidos. Pero uno fue producto de la estupidez, y el otro… bueno… fue de una amargura tal… tan lastimoso… Si quieres, te cuento. No es largo.
—Por favor, abuelo.
—Pues bien. En un regimiento de nuestra división —no en el nuestro— estaba la esposa del comandante. Te diré, Viérochka, que tenía una jeta terrible. Huesuda, colorada, larga, flaca, de boca grande… El revoque se le desprendía como el de una vieja casa moscovita. Pero, ya comprendes, era la Mesalina del regimiento: temperamental, autoritaria, desdeñosa con la gente, amante de la diversidad. Además, era adicta a la morfina.
»Una vez, en otoño, les enviaron a su regimiento a un alférez recién salido del horno, todo un pichoncito que acababa de egresar de la escuela militar. Un mes más tarde esa vieja yegua ya se había apoderado por completo de él. Era un paje, un criado, un esclavo, su eterno caballero en los bailes; le llevaba el abanico y el pañuelo; salía solo con su uniforme a la helada para pedirle el coche. Es horrible cuando un pequeñuelo puro y lozano pone su primer amor a los pies de una vieja, de una zorra experimentada y ambiciosa. Incluso si hoy saliera ileso, en el futuro dalo por muerto. Es una marca para toda la vida.
»Para Navidad, ya la había hartado. Ella regresó con uno de sus anteriores y confiables amores. Pero él no podía vivir sin ella. La seguía como un espectro. Estaba completamente abatido y demacrado. Para decirlo con palabras elevadas: “la muerte yacía ya en su frente”. Padecía unos celos horribles. Decían que pasaba noches enteras bajo sus ventanas.
»Y bien, una vez, en primavera, en el regimiento organizaron un picnic o excursión campestre. Yo los conocía a ambos en persona, pero en aquella ocasión no estuve. Como siempre sucede en tales ocasiones, se había bebido mucho. Regresaban a pie, de noche,...
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