Asesinato en el Jardín Botánico
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Asesinato en el Jardín Botánico

  1. 224 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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Asesinato en el Jardín Botánico

Descripción del libro

«En mis estanterías, entre los escritores que más aprecio, Santo Piazzese ocupa un lugar destacado». ANDREA CAMILLERIPor primera vez en castellano este clásico contemporáneo de la novela negra europea.¿Dónde han ido a parar los crímenes sanos, buenos, misteriosos; esos que hacen habitables todos los países civilizados de este mundo; los que tienen un móvil perfecto en el que ahondar, como hacía el comisario Maigret, para llegar así a los mecanismos elementales del ser humano y que tanto echamos de menos los lectores de novela negra? El ahorcamiento cometido en pleno siroco en el Jardín Botánico de Palermo es de esa clase: lúdico, inteligente, magistral.Dirige la investigación Lorenzo La Marca, docente universitario, detective circunstancial y heredero descreído del espíritu de Mayo del 68; un refinado, irónico y sentimental cruce entre el príncipe Fabrizio de El Gatopardo y el mejor Philip Marlowe. Una intriga a ritmo de blues y de jazz, de western y cine de la nouvelle vague, de libros y literatura, de humor y de amor en una Sicilia por la que dejarse guiar con la facilidad y la felicidad de quien sigue sin pensarlo los compases de una melodía familiar. Un indiscutible clásico moderno de la literatura policiaca europea.

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Información

Editorial
Siruela
Año
2017
ISBN de la versión impresa
9788416964291
ISBN del libro electrónico
9788416964871

IV
Darline

A las ocho ya estaba en la calle porque había una reunión del consejo de departamento y Fifì es siempre puntual, como si fuera hijo de los ferrocarriles suizos y no de un maquinista de Caltanissetta. Una paranoia mítica. Pasé por delante del hotel pero no había tiempo de buscar a la chica. Continué hasta el departamento y subí directamente a la sala de reuniones del séptimo piso. En el ascensor, me encontré con Peruzzi.
—Hola, La Marca.
Sentirme llamar por el apellido me deja siempre atónito. Peruzzi lo hace con todo el mundo. Y se pega, porque yo todavía no he conseguido aprenderme su nombre de pila.
—¿Qué tal, Peruzzi?
Tuvo que pensarlo por lo menos un par de siglos antes de decidirse a empezar con una andanada de gafas y un sube y baja de la cabeza, lo cual, en su argot gestual, quería decir «bien». Los encuentros con él siempre me dejan la sensación de que debería sentirme deprimido.
Hubo algún comentario trivial sobre el asunto de Raffaele, y Fifì declaró abierta la sesión. Muchas ausencias. No querrían comprometerse demasiado con el asunto de don Mimì. Era el único punto de cierto peso en el orden del día, en torno al cual se preveía un mínimo de beligerancia. Yo, por lo menos, estaba dispuesto a «beligerar». Casi con seguridad contaba con la colaboración de Peruzzi, que no ve la hora de hacerle la cama a Fifì. Pero yo esperaba sobre todo el apoyo de Giovanni, aunque él, oficialmente, pertenecía a la oposición.
Dicho crudamente, se trataba de echar a don Mimì de la casa del Jardín. La propuesta venía de Mauro que, desde la reunión anterior, insistía en introducir el asunto en el orden del día. Una vez expulsado el viejo, el objetivo de Mauro, y el de Milly, era convertir la casa en un pequeño laboratorio especial para investigaciones de ingeniería genética aplicada a las plantas. Por eso necesitaban un lugar aislado, fácilmente localizable y sobre todo sin demasiada gente alrededor. Obviamente necesitaban también de la discreta aprobación de Filippo Serradifalco. Y el hecho de que el tema estuviera allí, estampado negro sobre blanco en el orden del día, demostraba que contaban con su consentimiento. Por supuesto, se declaraba solemnemente la voluntad de buscar una solución alternativa para don Mimì. Tal vez una cabaña en un árbol o un puñado de monedas.
No obstante, Mauro nos dejó a todos de piedra cuando declaró tranquilamente que retiraba la propuesta. Y tuvo incluso la indecencia de aducir razones humanitarias.
—Don Mimì ya es mayor —balbuceó con su mejor voz de oveja zamba—, ¿adónde iría?
Como si la idea de echar al viejo de la casa se le hubiera ocurrido a uno de esos caciques cerriles y machistas de la Liga Norte. Estuve tentado de hacer un comentario corrosivo, pero me abstuve para no reavivar las llamas. Fuera como fuese, para don Mimì había pasado el peligro, aunque a mí todo aquel rollo no me había convencido en absoluto.
Miré de reojo el rostro de Filippo Serradifalco. Habría podido hacerlo sin disimulo, ya que todos miraban hacia él. Fifì, insondable por definición, no hizo un gesto. Mauro, por el contrario, estaba bastante desmoralizado. Igual que Milly. Durante todo el tiempo que Mauro empleó en recitar su chorrada sociosentimental, ella continuó fingiendo que se lo comía con los ojos. Es una cuestión de estómago. Ahora parecían una pareja de bacalaos enamorados. Románticos como dos huevos estrellados.
No había prácticamente nada más que discutir, así que la reunión se clausuró antes de lo previsto. Me levanté con todos los demás y, de camino a la salida, me crucé con Giovanni.
—¿Tú sabías algo de esto?
—Nada de nada.
Seráfico y con la mirada ausente. ¿Debía creerlo? En ese momento recordé mi encuentro del lunes anterior con don Mimì. ¿Existía alguna relación entre su visita al departamento y el cambio de planes de Mauro? ¿O había que atribuir el cambio a Fifì? ¿Y por qué no a Giovanni e incluso a Milly?
Dentro de su grupo rigen unos equilibrios extraños, hechos de vetos cruzados y concesiones recíprocas. Y Fifì no siempre adopta posiciones claras. Metafóricamente hablando, puede que todo se redujera a un problema de jefes y matones. Mauro, destinado a expulsar a don Mimì, había terminado por expulsar sus propios planes. Pero ¿quién daba las órdenes?
Mientras me alejaba, oí que Peruzzi contaba un chiste de trasfondo sexual, inmediatamente seguido de la risa emancipada de Milly.
Bajé a mi despacho y llamé al hotel. Me dijeron que la chica acababa de coger el ascensor para subir a su habitación y que esperara al aparato porque seguramente me contestaría de un momento a otro.
—No, no importa, estoy ahí en un momento.
Esa vez no la dejaría escapar.
De nuevo hacía calor, un calor húmedo de invernadero, y había unos nubarrones cuajados y vengativos como una clara a medio cocer (las claras de mi tía Carolina siempre eran vengativas, como toda su cocina, en general; de ahí que yo desconfíe de las promesas de la cocina casera). Los del hotel ya me consideraban uno más de la casa. Me acerqué al mostrador y pedí que me pusieran con la chica.
—Sí, estoy aquí.
La propietaria de la voz se había levantado de uno de los sofás del vestíbulo y se acercaba a mí.
—Soy Darline Campbell.
Bravo por Raffaele...
Ciertamente me habría costado encuadrar a la chica como posible porquera del Midwest más polvoriento. Aunque por lo demás... En resumen, que en la mejor de las hipótesis me habría esperado una Brenda cualquiera, una de esas chicarronas americanas de las películas demenciales, toda ella vaqueros, chicle y culo ancho. Pero me encontré delante de una Darline inesperada.
Intentad pronunciar esos nombres. Envolvedlos alrededor de la lengua y en lo alto del paladar. Dar-li-ne. Bren-da. ¿Notáis la diferencia? Música de arroyo de montaña contra orugas de carro blindado. Yo debería haberlo intuido todo por el nombre. Además, ¿no decía el viejo Kerouac que las chicas de Des Moines eran las más bonitas del mundo?
Bravo por Raffaele...
Entendámonos, no imaginéis vaya usted a saber qué. Nada de curvas que quitan la respiración, nada de melena roja, nada de andares felinos ni de ojos chispeantes o de «un no sé qué de erótico y sensual que evocaba un sonido salvaje de tambores lejanos».
Darline era más bien la chica que uno le presenta a su abuela. Delgada, rubia, agraciada, con un rostro delicado, un poco asimétrico, de una belleza difícil, y una bonita nariz recta. Y el encanto de una azafata tailandesa; una especie de asiática rubia, pero de un rubio suave y reposado. Quizá, también un agua mansa. Tenía unos ojos serenos de un castaño muy claro, rodeados de leves depresiones oscuras que yo atribuí a su reciente casi-viudez. Llevaba unos vaqueros blancos y una chaqueta de corte masculino, de linón en color cuerda, un bolso colgado del hombro, de tela y cuero, y un fular sin firma anudado a la bandolera. Le calculé una edad de diecinueve o veinte años. En realidad, tenía veintiséis.
Sobre todo me impresionó la voz. Era una voz que yo había oído —mentalmente— y que me remitía a un episodio relatado por Raffaele al regreso de un viaje a Inglaterra.
En Londres había encontrado una tienda microscópica ...

Índice

  1. Portada
  2. Portadilla
  3. Créditos
  4. Índice
  5. Dedicatoria
  6. Nota del autor
  7. I Siroco
  8. II Raffaele
  9. III Escenas de un funeral
  10. IV Darline
  11. V Quien bebe cerveza...
  12. VI Don Mimì
  13. VII Los últimos fuegos
  14. VIII Siroco