En la década de 1890, August Strindberg interrumpe su producción literaria para explorar distintos campos artísticos y de conocimiento en busca de una unidad y un sentido de la existencia. En la llamada «crisis de Inferno», un Strindberg intuitivo, curioso, escéptico, necesitado de respuestas sobre nuestro lugar en el Universo se vuelca de lleno en el estudio de la alquimia, la figura de su compatriota y místico Emanuel Swedenborg (1688-1772), la cábala, la botánica y otras ciencias naturales. Se dedica también a la pintura, experimenta con la fotografía y con los procesos fotográficos y llega a manifestar que puede producir oro. Es una época de viajes —Berlín, París, Austria, Suecia—, matrimonios, separaciones y encuentros con artistas como el pintor noruego Edvard Munch. En París entra en contacto con los círculos ocultistas del fin de siècle y con personajes de la Orden Martinista como Papus o François Jollivet-Castelot. El resultado de sus investigaciones será una poética original que culminará con el retorno de Strindberg a la literatura y la publicación de dos novelas autobiográficas: Inferno (1897) y Leyendas (1898).El presente volumen presenta los ensayos de esta particular e importante etapa vital de Strindberg que hasta la fecha no se habían publicado reunidos en lengua castellana. En ellos emerge la penetrante mirada del polifacético artista en busca de la infinita coherencia del Universo.

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Una mirada al Universo
Ensayos sobre alquimia, ciencias naturales, misticismo, fotografía y pintura
- 272 páginas
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Una mirada al Universo
Ensayos sobre alquimia, ciencias naturales, misticismo, fotografía y pintura
Descripción del libro
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IV
Ensayos y artículos 1896-1907
Un recuerdo de la Sorbona
(1896)
La Sorbona estará cerrada a los extranjeros, se comenta, y tendrán lugar manifestaciones para intentar que la junta directiva retire la propuesta. En contra está un millar de estudiantes de todas las nacionalidades, excepto la francesa; intentan convencer a París de que se está cometiendo una injusticia renunciando al papel de soberano que ha tenido como centro de investigación desde comienzos de la Edad Media.
La vida ahora fluye de manera rápida y uno puede escribir sus recuerdos un año después de lo vivido.
Es por esto, y también por otras razones, que quiero contar algo acerca de las dos semanas del pasado año que trabajé en el laboratorio químico de la Sorbona, inscrito a los cuarenta y seis años de edad en la Facultad de Filosofía como auditeur.
Cuando en 1894 expuse mis ideas en Antibarbarus acerca de la composición del azufre, estas no estaban basadas en vanas especulaciones sino en la experiencia de la observación y en la reflexión. Había incluso investigado en un laboratorio de Berlín la relación del azufre con los distintos disolventes y me di cuenta de que poseía las características de la resina en todos los sentidos.
En el verano de 1894 seguí con las investigaciones y logré demostrar la presencia de carbón por combustión incompleta de azufre y una serie de experimentos con soplete. En el otoño del mismo año continué obteniendo carbón en cantidades suficientes en la chimenea de la habitación de mi hotel en París. Los crisoles que utilicé despertaron una atención incómoda, especialmente después de la ejecución de Caserio, ya que el empleo de productos químicos no especializados no solo estaba prohibido sino que producía desagradables consecuencias.
Cuando en enero de 1895 fui ingresado en el hospital Saint-Louis por una dolencia en las manos, que empeoró a causa de los experimentos frente a un fuego muy vivo, mis enemigos diseminaron el rumor de que me había quemado las manos por el manejo imprudente de materiales explosivos.
Unos reporteros vinieron al hospital para escuchar lo ocurrido y aproveché la oportunidad para liberarme de sospechas injustificadas. Escribieron en un artículo para Le Temps acerca de las circunstancias reales de lo ocurrido, sobre mis análisis de azufre, adjuntando un certificado de un departamento de analítica química que queda cerca del hospital que decía que era carbono lo que obtuve después de la combustión incompleta de azufre puro.
El asunto fue recogido por los periódicos y no suscitó ninguna oposición, porque todos los expertos en química han estado de acuerdo durante mucho tiempo en que los supuestos elementos no eran simples.
Varios libros habían mostrado ya crecientes dudas al respecto, y un catecismo químico sin importancia de Hirzel, destinado a las escuelas, mencionaba de forma clara que el níquel y el cobalto no se podían considerar más como elementos simples, ya que las sales de esos metales podían transmutarse bajo determinadas circunstancias. El año anterior un químico en Berlín había advertido la pérdida de azufre mediante la electrólisis de sulfato de bario, que le llevó a manifestar sus dudas acerca de la naturaleza simple del azufre. Sin embargo, Lockyer había presentado mucho antes un informe a la Académie des Sciences en París donde, mediante el análisis espectral, consideraba que el fósforo era de naturaleza compuesta.
Todo estaba bien planteado, pero el concepto «elemento» estaba tan arraigado que no se pudo erradicar durante un tiempo, sino que brotaba por doquier.
Las objeciones se formularon más o menos así: ¿por qué el azufre, si es un compuesto, no se descompone por el método de electrólisis?
Mi respuesta: porque es una resina y como tal no es conductora de electricidad.
Y más. La suposición de que el azufre es un cuerpo orgánico: ¿por qué no se puede disolver por medio del análisis orgánico ordinario con óxido de cobre que dará ácido carbónico, entregando su oxígeno?
Mi respuesta: porque el azufre mismo contiene oxígeno e hidrógeno, además de carbón, por lo que el comportamiento del ácido carbónico en este caso no demuestra nada, y la compleja naturaleza del procedimiento impide cualquier conclusión sobre el proceso; en ese caso el azufre, como el alcohol, normalmente se consume por completo, sin dejar cenizas.
Sin embargo, los fabricantes de ácido sulfúrico de Rouen habían empezado a alterarse y a tener discusiones inútiles. Viajé a Rouen y deliberamos sobre dos cuestiones principales para la fabricación de ácido sulfúrico: la primera, sobre la divulgación del ácido nítrico; la segunda, sobre la producción de ácido sulfúrico a partir de yeso, que sería muy beneficiosa para Francia.
De vuelta a París comencé a hacer experimentos con cal de ácido sulfúrico pero no avanzaba mucho, cuando cayó en mis manos un tratado de química de Orfila de la década de 1830. En este libro leí lo siguiente: «El azufre ha sido clasificado entre los elementos simples. Los ingeniosos experimentos de Davy y Berthollet hijo parecen probar que contiene hidrógeno, oxígeno y una base particular, que todavía no ha resultado posible aislar».
Más adelante, Orfila señala los procedimientos de ambos químicos para la producción de sulfuro de carbono. Pasaron el vapor de azufre sobre ascuas y aparte de sulfuro de carbono obtuvieron: azufre carburado, hidrógeno oxicarburado (¿?) e hidrógeno sulfurado.
Orfila menciona la idea de Thénard en torno al extraño comportamiento de los gases en la unión de dos elementos simples, azufre y carbón. El hidrógeno derivaría del azufre y el carbón, «los cuales nunca están libres de hidrógeno». El oxígeno provenía del agua en los corchos que se utilizaban para sellar los tubos.
Es decir, los elementos simples con sus condiciones necesarias: impurezas.
Y: el azufre es un elemento simple, pero nunca libre de hidrógeno.
¿Quiere eso decir que el azufre y el carbón contienen hidrógeno?
—No —era la respuesta—, porque son elementos simples.
—Sí, pero ¿cómo pueden ser simples cuando tienen dos cuerpos? Etc., etc.
El actual profesor de Química de la Sorbona se llama Troost. Abrí su libro para leer sobre el sulfuro de carbono. Y leí, aún en 1895: «Se desarrolla a partir de los gases derivados de la influencia del azufre en el hidr...
Índice
- Portada
- Portadilla
- Créditos
- Índice
- Introducción
- Nota a la edición
- I. De ANTIBARBARUS I
- II. DE VIVISECCIONES II
- III. De SYLVA SYLVARUM. LIVRAISON Ire /JARDIN DES PLANTES II
- IV. Ensayos y artículos 1896-1907
- V. De LIBRO AZUL I, II
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