
- 396 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
La tercera virgen
Descripción del libro
PREMIO PRINCESA DE ASTURIAS DE LAS LETRAS 2018
«Realmente original... no existe nada igual en la novela negra contemporánea. Una delicia». Sunday Times
«Fred Vargas ha alcanzado la cumbre de su arte». Le Figaro Littéraire
El fantasma de una monja del siglo XVIII que degollaba a sus víctimas, cadáveres de vírgenes profanados, pociones mágicas que aseguran la vida eterna, un rival del pasado más lejano que habla en verso... Con todo esto se encontrará el comisario Adamsberg en esta inquietante y negrísima novela de Fred Vargas.
La resolución de este complicado puzzle podría volver loco a cualquiera, pero no a Adamsberg. El comisario conseguirá descubrir la verdad, aunque ello le cueste no la razón sino el corazón.
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Información
Editorial
SiruelaAño
2012ISBN de la versión impresa
9788417454708ISBN del libro electrónico
9788415723783XXI
Los estupas se habían visto obligados a desisitir, pero a Adamsberg también le había faltado poco. Dondequiera que pusiera su mirada, la marcha se bloqueaba y las puertas se cerraban a la investigación.
En el fondo, tampoco se estaba tan mal en esos taburetes suecos, porque no podías sentarte, pero sí encaramarte como a caballo, con las piernas colgando. Adamsberg se había instalado en uno, bastante a gusto, mirando por la ventana la triste primavera, tan embarrancada en su cielo encapotado como su investigación.
Al comisario no le gustaba estar sentado. Tras una hora de inmovilidad, experimentaba la necesidad hormigueante de levantarse y andar, aunque fuera para dar vueltas. Ese taburete demasiado alto le abría nuevas perspectivas, una postura mixta, medio sentado medio en pie, que dejaba las piernas libres de balancearse suavemente, como si se meciera uno en el vacío, como si corriera por los aires, algo muy del agrado de un paleador de nubes. A sus espaldas, sobre los cuadrados de espuma, Mercadet dormía.
Por supuesto, el humus pegado a las uñas de los dos hombres procedía de la tumba. ¿Y qué? Eso no ayudaba a saber quién los había enviado a Montrouge, ni qué habían ido a buscar en las profundidades de la tierra, acto lo suficientemente trágico como para que murieran dos días después. Adamsberg había comprobado la altura de la enfermera a primera hora, un metro sesenta y cinco. Ni demasiado alta ni demasiado baja para eliminarla de la lista.
Las informaciones acerca de la muerta enredaban aún más sus pensamientos. Élisabeth Châtel, de la aldea de Villebosc-sur-Risle, en la Alta Normandía, había sido empleada en una agencia de viajes de Évreux. No se trataba de viajes turísticos sospechosos ni de peregrinaciones salvajes, sino de benignos circuitos en autocar para personas de la tercera edad. No se había llevado el menor adorno funerario a la tumba. Las pesquisas en su domicilio no habían revelado ningún patrimonio oculto, ni pasión por ningún tipo de alhajas. Élisabeth había vivido con sobriedad, sin maquillaje ni joyas. Sus padres dijeron que era creyente y, según dieron a entender, siempre se había mantenido fuera del alcance de los hombres. No se cuidaba, como no cuidaba su vehículo, que fue lo que le causó la muerte en la peligrosa carretera de tres carriles que unía Évreux a Villebosc. Agotado el líquido de frenos, el coche fue arrollado por un camión. En cuanto al último suceso que había marcado a la familia Châtel, se remontaba a la Revolución, cuando la tribu se escindió entre constitucionales y refractarios, dejando un muerto. Los representantes de las dos facciones enemigas habían dejado de frecuentarse a partir de entonces, incluso en la muerte, ya que unos se hacían enterrar en el cementerio de Villeboscsur-Risle, y los otros en Montrouge.
Ese triste resumen parecía contener toda la vida de Élisabeth, desprovista de amigos, que no buscaba, desprovista de secretos, que no poseía. Así, un único hecho excepcional la había afectado, pero ya en la sepultura. Lo cual, pensaba Adamsberg dejando flotar las piernas, no tenía sentido. Por esa mujer que nadie había deseado en vida, habían muerto dos hombres después de haberse esforzado por encontrar su cabeza en su ataúd. Élisabeth había sido introducida en el féretro en el hospital de Évreux, y nadie se deslizó hasta allí a esconder nada en la caja.
A las dos de la tarde, coloquio rápido en la Brasserie des Philosophes, ya que la mitad de los agentes no habían acabado de comer. Adamsberg no tenía muchas manías en lo relativo a los coloquios, ni con su regularidad, ni con su emplazamiento. Recorrió los cien metros que lo separaban de la Brasserie buscando en un mapa que se doblaba con el viento dónde podía encontrarse Villebosc-sur-Risle. Danglard le indicó un puntito en el mapa.
–Villebosc depende de la gendarmería de Évreux –precisó el comandante–. Región con techos de paja y vigas vistas, ya conoce la zona, está a quince kilómetros de su Haroncourt.
–¿Qué Haroncourt? –preguntó Adamsberg tratando de volver a plegar el mapa, que resistía como una vela.
–El Haroncourt del concierto, adonde acompañó usted cortésmente a alguien.
–Ah sí, había olvidado el nombre del pueblo. ¿Ha notado que pasa con los mapas de carreteras lo mismo que con los periódicos, las camisas y las ideas peregrinas? Una vez desplegados, ya no hay quien vuelva a doblarlos.
–¿De dónde ha sacado este mapa?
–De su despacho.
–Démelo, voy a guardarlo –dijo Danglard tendiendo una mano inquieta.
Danglard, por el contrario, apreciaba los objetos –y las ideas– que le imponían una disciplina. Día sí día no, encontraba su periódico ya consultado por Adamsberg y, por lo tanto, mal doblado, hecho un paquete apresurado encima de su mesa.
Si no pasaba nada más grave, eso era para él motivo de contrariedad. Pero no podía sublevarse contra ese desorden porque el comisario llegaba a la oficina al alba, que era cuando consultaba el periódico, y nunca había emitido un solo reproche acerca de los horarios laxos de Danglard.
Los agentes estaban apretujados en la Brasserie, en su zona habitual, un largo reservado iluminado por dos grandes vidrieras que arrojaban sobre ellos luces azules, verdes y rojas, según el sitio que ocuparan en la mesa. Danglard, que encontraba feas esas vidrieras y se negaba a tener la cara azul, se ponía siempre de espaldas a las ventanas.
–¿Dónde está Noël? –preguntó Mordent.
–En un cursillo a orillas del Sena –explicó el comisario mientras se sentaba.
–¿Qué hace?
–Observa las gaviotas.
–Vivir para ver –dijo con suavidad Voisenet, un positivista indulgente, y zoólogo.
–Vivir para ver –confirmó Adamsberg depositando un paquete de fotocopias encima de la mesa–. Estos días vamos a trabajar con lógica. Les he preparado hojas de ruta, con la nueva descripción del asesino. De momento, buscamos una mujer mayor, de un metro sesenta y dos aproximadamente, convencional, que podría llevar zapatos de cuero azul y que tiene algunos conocimientos de medicina. Volvemos a empezar la investigación en el Mercado de las Pulgas sobre esta base, en cuatro equipos. Cada uno se lleva un juego de fotos de Claire Langevin, la enfermera de las treinta y tres víctimas.
–¿El ángel de la muerte? –preguntó Mercadet, que se tomaba su tercer café antes que los demás para aguantar despierto–. ¿No está en la cárcel?
–Ya no. Hace diez meses pasó sobre el cadáver de un carcelero y voló. Podría haber aterrizado en las costas del canal de La Mancha, es probable que esté de nuevo en Francia. Enseñen la foto sólo al final de los interrogatorios, para no influir en los testigos. Es una simple posibilidad, sólo es una sombra.
Noël entró en ese momento en la Brasserie y se hizo un sitio, en luz verde, entre dos agentes. Adamsberg consultó sus relojes. A estas horas, Noël debería haber estado bajando hacia las gaviotas a la altura de Saint-Michel. El comisario vaciló, pero se calló. Por su expresión cerrada y sus ojos irritados de insomnio, estaba claro que Noël buscaba algo, lanzar un globo sonda por ejemplo, con fines de pacificación, o de provocación, y valía más esperar.
–En cuanto a esa sombra, vamos a ir hacia ella con cautela, el terreno es peligroso. Debemos averiguar si Claire Langevin llevaba zapatos de cuero azul, a ser posible recién abrillantados, a ser posible recién abrillantados por debajo.
–¿Por debajo?
–Así es, Lamarre, con betún en las suelas. Como se pone cera de vela debajo de los esquís.
–¿Para qué sirve?
–Para aislarse del suelo, para deslizarse por encima sin tocarlo.
–Ah, no lo sabía –dijo Estalère.
–Retancourt, usted irá a la antigua casa de la enfermera. Trate de averiguar, a través de la agencia inmobiliaria, dónde se depositaron sus cosas. Puede que las hayan tirado, o recuperado. Vaya a ver también a sus últimos pacientes.
–Los que no mató –precisó Estalère.
Hubo un ligero silencio, como sucedía a menudo después de las cándidas intervenciones del joven. Adamsberg había explicado a todos que el caso de Estalère se arreglaría seguramente con los años y que había que dar tiempo al tiempo. Así, todos protegían al joven cabo, incluso Noël. Porque Estalère no representaba para él un rival suficientemente verosímil como para combatirlo.
–Pase por el laboratorio, Retancourt, y llévese un equipo para las muestras. Necesitamos investigar a fondo el suelo de su casa. Si se aplicaba betún en las suelas, es posible que haya quedado algún rastro, en el parqué, en las baldosas.
–A menos que la agencia haya mandado limpiarlo todo.
–Claro. Pero hemos dicho que íbamos a trabajar con lógica.
–O ...
Índice
- Cubierta
- Portadilla
- La tercera virgen
- I
- II
- III
- IV
- V
- VI
- VII
- VIII
- IX
- X
- XI
- XII
- XIII
- XIV
- XV
- XVI
- XVII
- XVIII
- XIX
- XX
- XXI
- XXII
- XXIII
- XXIV
- XXV
- XXVI
- XXVII
- XXVIII
- XXIX
- XXX
- XXXI
- XXXII
- XXXIII
- XXXIV
- XXXV
- XXXVI
- XXXVII
- XXXVIII
- XXXIX
- XL
- XLI
- XLII
- XLIII
- XLIV
- XLV
- XLVI
- XLVII
- XLVIII
- XLIX
- L
- LI
- LII
- LIII
- LIV
- LV
- LVI
- LVII
- LVIII
- LIX
- LX
- LXI
- LXII
- LXIII
- LXIV
- LXV
- LXVI
- LXVII
- Notas
- Créditos