Te encontraré en la oscuridad
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Te encontraré en la oscuridad

  1. 368 páginas
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Te encontraré en la oscuridad

Descripción del libro

EL THRILLER PERFECTO. UN GLORIOSO ENCUENTRO ENTRE DEXTER Y EL TALENTO DE MR. RIPLEY. «Trepidante y morbosamente adictiva. Una novela rebosante de innovación y suspense».  IAIN REID «Un thriller perversamente inteligente, a la vez irónico y escalofriante. Trama vertiginosa, gran elenco de personajes y un fantástico ojo para los detalles y el diálogo. Justo cuando crees que ya lo tienes todo resuelto, la historia vira hacia lugares insospechados y aún más oscuros...».  AMY STUART Martin Reese tiene un pasatiempo: los crímenes. Meticulosa y obsesivamente, se entrega desde hace años a ese perturbador hobby a espaldas de su mujer y de su hija adolescente: tras obtener en el mercado negro los expedientes de los más variados asesinos en serie, los utiliza para localizar y desenterrar los cuerpos de aquellas víctimas que la policía nunca logró descubrir. Saca fotos, las guarda en su viejo portátil y solo entonces da un aviso anónimo a la comisaría sobre el hallazgo. Esta afición es para él un servicio público, una reparación de daños allí donde los investigadores fracasaron. Pero para la detective Sandra Whittal y su meteórica carrera en el cuerpo gracias a su eficacia cerrando casos, el tema es algo personal. Desconfía del macabro denunciante porque, aunque él no sea el autor de los delitos, ¿cómo puede estar segura de que pronto no empezará a serlo? Pero Whittal no es la única interesada en el misterioso desenterrador: alguien más —alguien dispuesto a matar— tampoco está nada contento con el trabajo de ese aficionado empeñado en sacar a la luz los cadáveres que tantas molestias se tomó él para ocultar bajo tierra... A mitad de camino entre la acidez de Dexter y la eficacia de El talento de Mr. Ripley, cada una de las páginas de este trepidante y morbosamente adictivo thriller rebosa innovación, oscuridad y suspense.

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Información

Editorial
Siruela
Año
2020
ISBN de la versión impresa
9788417860172
ISBN del libro electrónico
9788417996468

1

Esa vez tardé más de lo normal en dejar recogido el sitio donde había cavado, así que apenas pude dormir. Me acosté un par de horas en la tienda y estaba de vuelta en la autopista de Seattle a eso de las cuatro de la mañana, con un termo de café y unas cuantas bebidas cargadas de estimulantes legales de las que usan los camioneros. Habría llegado al club una hora antes, si al tráfico le hubiera preocupado tanto como a mí lo de llegar a tiempo para recoger a mi hija de su entrenamiento.
Miré hacia el asiento trasero para comprobar que no había olvidado nada y que solo quedaba material de acampada a la vista. Todo normal. Mi álbum de recortes estaba bien escondido bajo el asiento al que Kylie iba a lanzar la bolsa de deporte. Me fijé en que había restos de tierra —o de algo todavía peor— en el tapizado de los asientos y a punto estuve de estamparme con un viejo Camry que invadió mi carril. Pisé el freno, primero un toque y luego a fondo. Oí que pitaron por detrás y continué la marcha con calma, hasta llegar a mi destino y detenerme junto al arcén.
—Llegas tarde —me saludó Kylie, mientras se dejaba caer en el asiento delantero y lanzaba al de atrás la bolsa, que me golpeó en el párpado con el asa.
Sin cerrar la puerta, se despidió de Danielle, Ramona o la catorceañera de turno. Era espeluznante cuánto se parecían todas las chicas del equipo después de nadar, con el cuello subido y el pelo mojado y recogido debajo de un gorro de lana. Guardó la cartera bajo los pies y me fulminó con la mirada. Pocos en su sano juicio estarían dispuestos a coger el coche para ir hasta el Club Deportivo de Seattle a las cinco de la mañana la mitad de la semana y a las cinco de la tarde la otra mitad. Yo no lo habría hecho por orgullo, y por amor, seguramente tampoco (desde luego, no por el amor marital que sentía por Ellen). Lo hacía por Kylie, a veces incluso para mi propia sorpresa. En dos años había llegado tarde ocho veces y esa era la novena.
Kylie se parecía bastante a mí (las cejas oscuras y los ojos azules) y también a Ellen (la nariz fina y una boca amplia de sonrisas generosas y reproches repentinos), así que cuando me miraba de aquel modo, era igual que enfrentarme a mi esposa y a una versión decepcionada de mí mismo a la vez.
—Vámonos antes de que me vean contigo, papá. Sal pitando.
Me puse en marcha a velocidad normal, pero había captado el mensaje.
—Lo siento, he venido directamente de la acampada; de haber sabido que iba a avergonzarte, habría parado para lavar el coche en una gasolinera.
—¿Dónde has estado?
—Por Tacoma, era bonito.
De hecho, había reservado y pagado una plaza en una zona de acampada en Kent, cerca de Tacoma. Incluso planté una pequeña tienda antes de poner rumbo a California. Lo había hecho así para tener algún papel que lo demostrara, por si me preguntaba Ellen o quien fuera. Cuando salía a cavar, todo lo pagaba en efectivo. Además, solía «olvidar» en casa el cargador del móvil y dejaba que el pequeño rastreador que todos llevamos encima se quedara sin batería en cuanto me alejaba unas cuantas millas de la ciudad. Otras veces, si sabía que Ellen tenía que llamarme por algo, desactivaba todas las aplicaciones que pudieran servir para localizarme. Veinte años de trabajo en el campo de la tecnología me habían servido para aprender alguna que otra cosa, no solo para amasar dinero.
—Has llegado tarde y apestas —me dijo Kylie.
—Tú también.
—El cloro no apesta, solo huele fuerte.
—Y yo huelo a pinos, a aire fresco y a las maravillas del campo, no a una sustancia química que tienen que echar a la piscina para neutralizar el pis.
—A lo que hueles es a viejo que no se lava, papá.
Estaba mirando el teléfono, y yo, la calzada, pero sabía que estaba conteniendo la risa, lo mismo que yo. Desde hacía más o menos un año, nos divertíamos pinchándonos el uno al otro, pero nada de lo que decíamos era en serio. Nunca la había ido a recoger directamente después de una salida al campo y me sorprendió lo rápido que resultó pasar de una tarea a la otra. Después de poner mi granito de arena para crear a Kylie, mis agujeros son lo mejor que he hecho en la vida y nada de lo que haya podido suceder desde que empecé las búsquedas me ha hecho cambiar de idea.
Al llegar a nuestra manzana, le hice a Kylie la pregunta que debería haber hecho nada más recogerla en la piscina para poder mentalizarme.
—¿Qué tal con mamá? ¿Ha estado todo bien en mi ausencia?
—Uf, qué va. —Kylie se metió en la boca el cuarto pedazo de ese chicle natural tan insípido que le compraba Ellen con la intención de mantener la sangre de toda la familia libre de azúcar y de aspartamo.
—Vaya. —Vi que el coche de Ellen, un modelo de Volkswagen del año anterior, se acercaba a la casa en dirección contraria; el sol se estaba poniendo a su espalda y su luz anaranjada le recortaba la silueta contra la luneta trasera. Frené un poco para que entrara ella en el garaje antes de poner el intermitente y seguirla.
Cuando llegamos, Ellen ya nos esperaba dentro con una bolsa del súper en cada mano y el asa de cuero del bolso agarrada entre los dientes. Kylie se entretuvo a propósito en coger sus cosas, así que bajé del Jeep y fui directo hacia mi esposa. Al subir de un salto los dos peldaños de la entrada, noté que tenía las piernas y los brazos entumecidos después de pasar horas cavando y luego, al volante. La ayudé con las bolsas y ella se encargó de abrir la puerta de casa.
—¿Me espera otra semana de malos humos entre las dos? —le pregunté a Ellen en voz baja, aunque Kylie seguía sentada en el todoterreno, de donde no iba a moverse hasta que su madre y yo hubiéramos entrado en la cocina y pudiera subir a darse una ducha sin tener que oírnos.
—Oh, Martin, cuánta razón tienes. Ya nos disculpará el señor, no vaya a ser que le molestemos con nuestras cosas... —Mientras me regañaba, tenía una media sonrisa. Luego, me dio un beso.
A Ellen no se le daba nada bien hacer de esposa cabreada mucho rato, aunque había tenido tiempo más que de sobra para practicar. Dejó de ser mi novia para convertirse en mi esposa hacía ya dieciocho años.
—Apestas —dijo.
—El encanto de tu hija opina lo mismo.
—El sábado tuvimos un pequeño encontronazo. Debería haber sido cosa de nada, pero estábamos las dos cansadas y se nos fue de las manos. Quería quedarse a dormir en casa de Jhoti después de cenar. Lo de la cena estaba acordado, pero lo de dormir, no. Así que no la dejé.
—¿Fuiste muy tajante?
Empecé a vaciar una de las bolsas, artículo por artículo, con mucho cuidado de no dejar nada por encima de las salpicaduras de tomate frito ni sobre los cercos resecos de vasos de leche que cubrían la encimera: cuando estaba en el campo, la casa se abandonaba al desorden, sobre todo en la cocina. Ellen me estaba observando, así que volqué la bolsa para vaciarla de golpe. Se me da bien hacerme el despreocupado.
—Cuando la cosa va de pasar la noche fuera, siempre soy tajante, ya lo sabes, Mart. Pensaba que no tendría que volver a discutir sobre este tema, ni con ella ni contigo. Así son las cosas.
—Claro.
Abrí una bolsita de ciruelas con la uña del pulgar. Aún llevaba algo de tierra metida dentro, de cuando me había deshecho de las herramientas. Nunca me quitaba los guantes si estaba trabajando, para que mi piel no entrara en contacto en ningún momento con los hallazgos. La fruta rodó por una fuente de madera que había sobre la encimera, dejando sepultada una lima arrugada y algo pasada.
—De todas formas, creo que deberíamos tener una charla todos juntos, y no esperar demasiado. Cumplirá los quince en... ¿cuánto queda? ¿Cinco semanas? —Y sin darle tiempo a responder, añadí—: Hiciste bien en mantenerte firme en lo que habíamos acordado para el fin de semana, no tenías por qué hablarlo conmigo. Lo que hay que decidir es si podremos ser algo más flexibles a partir de ahora, siempre que nos avise con tiempo. Nada de cambios de última hora, claro, pero, al fin y al cabo, ya no es una niña.
—Estaría menos preocupada si lo fuera —dijo Ellen, sin rastro de esa sonrisa amarga que pensé que habrían añadido casi todos los padres.
Podía reprimir las lágrimas, pero la preocupación jamás se iba, como un zumbido de fondo, una angustia sofocante que incluso llegaba a palparse cuando no sabía dónde estaba Kylie. Comenzó a meter la compra en el frigorífico sin quitarse el chubasquero mojado, que la hacía parecer una especie de tubo lleno de arrugas y ocultaba la combinación de ropa elegante y líneas supertonificadas que lucía desde que había nacido Kylie. Yo no había dado a luz a ningún bebé destructor de figura, pero era el orgulloso custodio de una barriguita sana que todas las noches me ocupaba de cuidar con una cerveza (y si no orgulloso, al menos, desacomplejado).
Oí a Kylie subir las escaleras y aproveché la oportunidad para marcharme.
—No sé si lo dices en serio, pero entiendo a qué te refieres. Voy a sacar las cosas del todoterreno, portaos bien las dos hasta que vuelva, para poder discutir todos juntos, ¿te parece?
Recogí el material de acampada en el garaje. Siempre volvía menos cargado de lo que me marchaba, porque, en el camino de vuelta, me iba deshaciendo de las herramientas de cavar, de los sensores y del detector de metales en diferentes contenedores, después de tratarlo todo con disolventes, lejías y productos cáusticos lo bastante fuertes como para comerse la pintura del acero y destruir cualquier resto de ADN. Las cosas que traía de vuelta no habían estado ni remotamente cerca de los agujeros. Mientras trabajaba, me concentraba siempre al máximo, pero en cuanto daba con lo que estaba buscando, me inundaba tal subidón de adrenalina que debía ceñirme a unos pasos estrictamente fijados para evitar despistes. Así, nunca montaba el campamento a menos de tres millas del lugar donde iba a cavar, solo cavaba entre primera hora de la tarde y la puesta del sol, yendo con más cuidado cuando creía estar lo suficientemente cerca como para sacar los pinceles...

Índice

  1. Portada
  2. Portadilla
  3. Créditos
  4. Dedicatoria
  5. Bella Greene salió del apartamento...
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  47. 42
  48. 43
  49. 44
  50. 45
  51. 46
  52. 47
  53. 48
  54. 49
  55. 50
  56. Agradecimientos

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