
- 388 páginas
- Spanish
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- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Del dolor y la razón
Descripción del libro
En esta diversa y rica colección de ensayos, Joseph Brodsky dedica una mirada reflexiva a sus tempranas experiencias de vida en Rusia y posterior exilio en Estados Unidos. Dando prueba de una extraordinaria erudición, Brodsky explora en esta obra temas tan variados como la dinámica de la poesía, el arte de la lectura, la naturaleza de la historia y las dificultades que asolan al escritor émigré. Incluye también el hilarante relato de un desastroso viaje a Brasil, consejos a sus alumnos, un homenaje a Marco Aurelio, y estudios sobre Robert Frost, Thomas Hardy, Horacio y otros autores y pensadores que merecieron su estudio y atención. Asimismo recoge íntegro el discurso que pronunció en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de 1987, titulado «Inusual semblante», en el que parafraseando a Ajmátova afirma que: «El verso crece en verdad de la basura; y las raíces de la prosa no son más honorables».
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Información
Editorial
SiruelaAño
2015ISBN de la versión impresa
9788416280520ISBN del libro electrónico
9788416280858Cortejar a lo inanimado
Cuatro poemas de Thomas Hardy20
I
Hace más o menos una década, un destacado crítico inglés publicó en una revista americana un comentario sobre un libro de poemas del poeta irlandés Seamus Heaney y señaló que la popularidad de este poeta en Gran Bretaña, sobre todo en círculos académicos, reflejaba la imperturbabilidad del gusto literario inglés, así como el hecho de que, pese a la prolongada presencia física de los señores Eliot y Pound en suelo británico, la poesía moderna nunca arraigó en Inglaterra. La segunda parte de este comentario (desde luego no la primera, pues, en un país o un entorno donde todos desean lo peor al otro, la malevolencia equivale a una póliza de seguros) despertó mi interés, pues sonaba a la vez nostálgica y convincente.
Poco después tuve la oportunidad de conocer en persona a ese crítico, y aunque en la mesa no hay que hablar de trabajo, le pregunté por qué creía que la poesía moderna no había dado en su país el fruto deseado. Me contestó que la generación de poetas que podría haber protagonizado la renovación había sido aniquilada en la Primera Guerra Mundial. La respuesta me pareció demasiado mecanicista, teniendo en cuenta la naturaleza de este medio artístico; demasiado marxista, si se quiere, pues la literatura aparecía subordinada en exceso a la historia. Pero al fin y al cabo aquel hombre era un crítico, y eso es lo que los críticos suelen hacer.
Pensé que debía haber otra explicación, si no para el destino de la poesía moderna a ese lado del Atlántico, al menos para el aparente auge del verso tradicional en nuestros días. Existen, sin duda, múltiples razones para ello, algunas de ellas tan evidentes como el profundo placer de escribir o de leer un verso memorable, o la lógica puramente lingüística –y la necesidad– del metro y de la rima. Pero nuestra mente actual tiende a operar de forma más tortuosa, y en aquellos momentos solo se me ocurrió que lo único que, en definitiva, salva a la poesía de convertirse en un fenómeno demográfico es una buena rima. Y pensé en Thomas Hardy.
Después de todo, quizá mis pensamientos no eran tan tortuosos (por lo menos aún no) y lo que ocurrió fue que la alusión a la Primera Guerra Mundial activó mi memoria y me hizo recordar los versos de Thomas Hardy: «After two thousand years of mass/ We’ve got as far as poison gas»21. En tal caso nada de tortuosos tendrían mis pensamientos. O quizá fue la alusión a la poesía moderna la que disparó mi imaginación. En este caso... Un ciudadano de una democracia no debería alarmarse por pertenecer a una minoría, aunque quizá sí irritarse. Si cupiera comparar un siglo con un sistema político, una parte significativa del ambiente cultural de nuestra época podría muy bien calificarse de dictadura: la de la estética moderna. O, para ser más precisos, la de aquellos que la utilizaron como estandarte. Y quizá pensé en Hardy porque en esa época, hace una década, se le solía considerar «premodernista».
Como definición resulta razonablemente halagadora pues implica que ese autor ha preparado el terreno para el florecimiento de los (estilísticamente) felices tiempos actuales. El inconveniente es que jubila al autor relegándolo al pasado: se le brindan, por supuesto, todos los beneficios derivados de su interés académico, pero despojándolo en realidad de relevancia. Aquí el uso del pretérito verbal equivale a la placa conmemorativa.
Ninguna forma de ortodoxia, sobre todo si es reciente, puede mirar con honestidad hacia el pasado, y la modernidad no constituye una excepción. Mientras que la modernidad probablemente sale beneficiada al asignar tal etiqueta a Thomas Hardy, me temo que él no se beneficia en absoluto. En ambos casos la definición lleva a conclusiones erróneas, pues me atrevería a decir que la producción poética de Hardy no solo ha prefigurado la poesía moderna sino que la ha rebasado ampliamente. Si, por ejemplo, T. S. Eliot, en la época en que leía a Laforgue, hubiera leído a Hardy (como creo que hizo Robert Frost), la historia de la poesía inglesa de este siglo, o al menos la de nuestros días, podría haber sido un poco más estimulante. Mientras que Eliot necesita un puñado de polvo para percibir el terror, a Hardy, como muestra en su poema «Shelley’s Skylark», con una pizca le basta.
II
Sin duda todo esto les parecerá un tanto polémico. Y se deben de estar preguntando con quién quiere polemizar este que les habla. Es cierto que apenas hay estudios dedicados a la labor de Hardy como poeta. Existen dos o tres trabajos académicos de cierta amplitud; contamos, asimismo, con dos o tres biografías del autor, incluida la escrita por él mismo aunque firmada por su mujer; vale la pena leerlas, sobre todo esta última, en el caso probable de que piensen que en la vida del autor se encuentra la clave para comprender su obra; si no lo creen así, no perderán nada prescindiendo de ellas, pues lo que aquí nos interesa es la obra.
A lo que me opongo es a juzgar a este poeta desde la óptica de los que vinieron después. En primer lugar, porque estos últimos, sobre todo los de este lado del Atlántico, solían ignorar la faceta de poeta de Thomas Hardy. La falta de estudios sobre su obra lírica constituye a la vez la prueba y el eco actual de esta ignorancia. En segundo lugar, porque, en general, no vale la pena analizar lo grande a través del prisma de lo pequeño, por muy numeroso y vociferante que sea este último; nuestra disciplina no es la astronomía. Pero sobre todo porque la presencia de Hardy como novelista perjudica desde el principio nuestra perspectiva, y no conozco a ningún crítico capaz de resistir la tentación de unir al prosista con el poeta, con la inevitable disminución del interés por los poemas (aunque solo sea por el hecho de que el crítico escribe en prosa).
No es extraño, por lo tanto, que a los críticos les parezca complicado analizar la obra de Hardy. Para empezar, si en la vida del autor se encuentra la clave para comprender su obra, como suele defenderse, en el caso de Hardy la pregunta es: ¿qué obra? Determinada desgracia de su vida ¿se refleja en esta novela o bien en aquel poema, o en ambos? Y si se refleja en la novela, ¿para qué escribió el poema? Y viceversa. Recordemos, además, que su obra la constituyen nueve novelas y unos mil poemas. Poniéndonos freudianos, ¿qué partes de esa obra suponen una forma de sublimación? ¿Y cómo se explica que uno siga sublimando hasta los ochenta y ocho años, teniendo en cuenta que Hardy siguió escribiendo poemas hasta el último momento (su último libro, el décimo, fue póstumo)? ¿Debe trazarse una línea divisoria entre el novelista y el poeta, o es mejor mezclarlos, como hace la Madre Naturaleza?
Yo me inclino por separarlos. De hecho, eso es lo que estamos haciendo en esta sala. Dicho en pocas palabras, no hay más prisma para analizar a un poeta que el de sus poemas. Además, en rigor, Thomas Hardy solo fue novelista durante veintiséis años. Y puesto que simultaneaba la escritura de sus novelas con la de poemas, podemos afirmar que fue poeta durante sesenta años seguidos; como mínimo, durante los últimos treinta años de su vida, pues, tras las críticas desfavorables recibidas por Jude the Obscure, su última y, a mi juicio, mejor novela, abandonó la ficción y se dedicó por completo a la poesía. Este hecho (los treinta años de práctica poética) debería bastar para otorgarle la condición de poeta. Después de todo, treinta años suele ser el promedio de una carrera, incluso de una vida.
Así pues, dejemos a un lado a la Madre Naturaleza y centrémonos en los poemas del autor. Dicho de otro modo: recordemos que el artificio humano es tan orgánico como cualquier obra maestra natural, que, según los naturalistas, es también el resultado de una tremenda selección. Como puede verse, existen más o menos dos maneras de ser natural en este mundo. Una consiste en quedarse –como mínimo– en paños menores y exponerse, por así decirlo, a los elementos; sería, para entendemos, la manera a lo D. H. Lawrence, adoptada en la segunda mitad de nuestro siglo por numerosos cretinos plumíferos, siento decir que sobre todo en nuestros lares. La otra queda muy bien definida en la siguiente estrofa del gran poeta ruso Ósip Mandelstam:
Roma, gemela de la naturaleza, reflejo a su vez de Roma.
Vemos su poderoso civismo, los signos de su decoro,
en el aire transparente, bóveda azul del firmamento,
en las columnatas de árboles y en el foro de los prados.
Mandelstam es ruso, como he dicho. Pero estos cuatro versos vienen a cuento porque, curiosamente, tienen más que ver con Thomas Hardy que cualquier fragmento escrito por el británico D. H. Lawrence.
Sea como fuere, lo que ahora me interesa es comentar con ustedes algunos poemas de Thomas Hardy, que espero que ya hayan podido memorizar. Los repasaremos verso a verso, para que, aparte de estimular su interés por el poeta, puedan ustedes ser testigos del proceso de selección que se produce durante la escritura, un proceso que recuerda y –si se me permite decirlo así– eclipsa el descrito en El origen de las especies (aunque solo sea porque el resultado...
Índice
- Cubierta
- Para Roger W. Straus, con agradecimiento.
- Botín de guerra
- La condición a la que llamamos exilio (o levando chanclas)
- Un lugar como cualquier otro
- Inusual semblante
- Discurso de aceptación
- Después de un viaje, u homenaje a las vértebras
- Altera ego
- Cómo leer un libro
- Elogio del aburrimiento
- Perfil de Clío
- Discurso en el estadio
- Pieza de coleccionista
- Una proposición inmodesta
- Carta a un presidente
- Del dolor y la razón
- Homenaje a Marco Aurelio
- El maullido de un gato
- Cortejar a lo inanimado
- Noventa años después
- Carta a Horacio
- En memoria de Stephen Spender
- Notas
- Créditos