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1819: Campaña de la Nueva Granada
Descripción del libro
Bajo la lluvia incesante, el Ejército Libertador atraviesa los llanos de Casanare y el páramo de Pisba para desafiar a las tropas del rey en el altiplano cundiboyacense. Las dificultades de la expedición, la desnudez y la pobreza generalizada destinan a los revolucionarios a una nueva derrota, pero el apoyo masivo del pueblo neogranadino transforma súbitamente la campaña. La noticia de una batalla perdida en Boyacá aterroriza al virrey y a las principales autoridades reales, que huyen de Santa Fe. Buena parte del territorio neogranadino cae entonces en manos de los republicanos por un efecto dominó: es el desplome inesperado y definitivo de la monarquía.
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Historia del mundoSegunda parte
Nueva Granada

Un cuerpo moribundo
Tras poner fin a las disputas de los patriotas del Casanare y organizar una división, Santander informó a Bolívar acerca de los progresos alcanzados, la opinión favorable de los pueblos de la Nueva Granada y las grandes posibilidades que había de vencer a la Tercera División en una batalla decisiva. De conseguirlo, se apoderarían de provincias pobladas y ricas, retaguardia inmejorable para adelantar con éxito la campaña de Venezuela.
Bolívar recibió el informe en la población de Mantecal, en los llanos del Apure, y le pareció tan convincente que el 20 de mayo de 1819 avaló la idea de atacar conjuntamente las posiciones realistas de la Nueva Granada. “La rapidez será la divisa de esta campaña”, declaró en una carta en la que explicó sus planes al vicepresidente de Venezuela, Francisco Antonio Zea. Quería decir que el éxito dependía en buena medida de la sorpresa que causara la incursión de sus hombres por una zona que el enemigo había conservado sin sobresaltos durante los tres últimos años. Pero el triunfo dependía también de mantener simultáneamente varios frentes de guerra. En el oriente de Venezuela debían proseguir por lo tanto las hostilidades y con ello la dislocación de las fuerzas del rey, mientras que José Antonio Páez distraería con sus hombres a la Segunda División del Ejército de Costa Firme en Barinas y avanzaría con parte de ellos hacia los valles de Cúcuta para llamar la atención de la Tercera y facilitar de este modo la incursión patriota por el altiplano a través de la provincia de Tunja. Por último, se esperaba que el aventurero escocés Gregor MacGregor, al mando de una expedición financiada desde Londres por el agente de las Provincias Unidas de Nueva Granada, completase el plan, invadiendo algún punto de la costa de Riohacha o Santa Marta.
La campaña de la Nueva Granada empezó en la estación lluviosa por dos razones: el enemigo, que descartaba un movimiento emprendido con tamañas dificultades, estaría desprevenido y las inundaciones de los Llanos cubrirían la retaguardia patriota en el Apure. En caso de que Morillo lograra volar en auxilio de las fuerzas que defendían la ciudad de Santa Fe, las tropas que batallaban en Venezuela podrían asegurarse fácilmente el control de Caracas y su provincia. De fracasar la expedición, Bolívar confiaba en poder regresar a tiempo a los Llanos para participar de nuevo en aquella guerra.
Santander no esperó la decisión de Bolívar para hacer preparativos y ordenó a uno de sus hombres internarse por la cordillera hasta el valle de Tenza, sin duda con el propósito de averiguar si la expedición proyectada era viable: a la cabeza de un escuadrón, el teniente coronel francés Reynal Sasmajous, uno de los numerosos extranjeros atraídos por la causa independentista, logró sorprender varios destacamentos enemigos en pueblos de la zona, penetrando imprudentemente por Macanal y Garagoa hasta Guateque, a tres jornadas de Santa Fe, antes de caer prisionero y morir fusilado. Santander envió además a uno de sus capitanes a Sogamoso, de donde era natural, a tomar noticias exactas y recibió también comisionados de patriotas del altiplano. Los informes lo convencieron de que guerrillas patriotas formaban un “cordón” en las provincias de Santa Fe, Tunja, Socorro y Pamplona, causaban mucho daño al enemigo y protegían a los desertores. Pudo comprobar también que el pueblo era muy favorable a la causa, que abundaban los chismes sobre una expedición inminente desde Venezuela y sobre invasiones de tropas revolucionarias por Guayaquil y Popayán, y que no eran pocos los ofrecimientos de haciendas, armas y ganados: “hasta las indias” afirmaban reservar sus mantas “para abrigar soldados patriotas, a quienes llaman buenos cristianos”.
Las tropas venezolanas se pusieron en movimiento desde Mantecal con dirección al occidente el 25 de mayo. Como ya estaban inundados los Llanos, muchos caballos de oficiales y mulas que conducían la artillería se ahogaron. De hato en hato, atravesaron el río Arauca el 4 de junio y ocho días más tarde llegaron a Tame, donde se encontraron con la división que comandaba Santander. Quedaron así reunidas las tropas de Venezuela con las del Casanare en un ejército compuesto por dos divisiones y 2.500 hombres, que recibió el nombre de “libertador”, por imaginarse que el pueblo neogranadino se encontraba reducido a la esclavitud y que su tarea era redimirlo del yugo español. Los soldados andaban prácticamente desnudos, “casi todos sin calzones ni camisa”, siendo raro el que “conservaba su chupa o pantalón” o “los restos de sus viejas chaquetas”. Los más ataviados llevaban puesto solo una especie de taparrabos llamado guayuco. El 18 de junio la expedición llegó a Pore, lugar en el que descansó cuatro días. Notando Bolívar que uno de los coroneles extranjeros se ponía la vieja casaca de su uniforme sin camisa, ordenó a su mayordomo que le diera una de las suyas, a lo que este respondió: “¿Cuál? […] Usted no tiene más que dos, la puesta y otra rota que la están lavando”.

El ejército reanudó su marcha el 22 de junio por el piedemonte hasta Morcote y comenzó el ascenso de la cordillera, que se hizo de forma escalonada: la división a cargo de Santander adelante, luego la que comandaba José Antonio Anzoátegui y finalmente la caballería que escoltaba el armamento y la Legión Británica, bajo la supervisión de Carlos Soublette. En la travesía de la montaña, según recordaría años después un testigo presencial, se perdió “una gran parte de los caballos y todo el ganado que se conducía” para alimento de la tropa. Bolívar es aun más dramático en su correspondencia: en cuatro días de ascenso “los furgones del parque de artillería se inutilizaron y el ganado de relevos pereció todo”, siendo rara la bestia de carga o silla que concluyó la travesía.
El 27 de junio, la vanguardia de la expedición se enfrentó por primera vez a los realistas, derrotándolos en la población de Paya. No obstante, el disgusto de los llaneros iba en aumento: a las dificultades del ascenso, el frío y las lluvias se sumaba la miseria: “había soldados que solo tenían por todo vestido un guayuco de palma y un sombrero de paja o cuero”. Por ello se planteó la posibilidad de abortar la campaña, desandar el camino e intentar la invasión de la Nueva Granada por Guasdualito y Cúcuta. Santander reunió entonces a los oficiales de la división de vanguardia y con su respaldo ofreció adelantarse para inspeccionar la provincia de Tunja y conocer la opinión del pueblo. Si tenía éxito, el ejército de Venezuela podría unírsele luego. De lo contrario, se preservaría para retomar la guerra en el Apure contra Morillo.
Entre Paya y los pueblos del altiplano se interpone el páramo de Pisba, que alcanza los 3.900 metros de altura. En la marcha lluviosa para coronarlo muchos soldados desertaron buscando volver al Llano, más de cien perdieron la vida, “un número mayor llenó los hospitales y el resto de la tropa quedó tan estropeado que no podía hacer la más pequeña marcha”. La caballería llegó sin sus bestias, sin monturas y sin armas “porque todo le parecía un estorbo al soldado para caminar y salir del páramo; quedaron abandonadas las municiones y provisiones, porque no hubo mulas que pudieran salir, ni hombre que se detuviera a conducirlas; preferían encontrar al enemigo a la salida en cualquier estado y morir heroicamente antes que perecer víctimas del frío”. Cuando el ejército se reunió en Tasco “era un cuerpo moribundo” (mapa 5).


Un mes de incertidumbre
Las primeras noticias sobre la expedición patriota se recibieron en Tunja a comienzos de junio de 1819, por la vía de Pamplona y Venezuela. El gobernador de dicha provincia avisó el día 7 a José María Barreiro, comandante de la Tercera División, que desde las poblaciones venezolanas de San Cristóbal y Guaca se anunciaba la reunión de las fuerzas de Bolívar y Páez en Guasdualito, y su intención de penetrar al virreinato por los valles de Cúcuta. A finales de mes, Barreiro recibió confirmación de los primeros desplazamientos y explicó al virrey Sámano que la invasión no se realizaría por donde se había pensado en un comienzo, sino por alguno de los pasos de la cordillera que mediaban entre el Casanare y las provincias de Tunja y Santa Fe: de producirse algún movimiento hacia Cúcuta, este sería, en su concepto, solo una distracción. Los riesgos se acrecentaban entonces por ser varias las opciones con que contaban los rebeldes para realizar su incursión al altiplano:
1. Remontando el río Casanare para salir a los pueblos de La Salina y Chita.
2. Por Puebloviejo y el páramo de Pisba hasta Socotá y Socha.
3. Por la vía de Paya hacia Labranzagrande, Tópaga y Gámeza.
4. Siguiendo el curso del río Upía para salir a Miraflores y Ramiriquí.
5. A través de Medina, a espaldas del páramo de Chingaza, para acceder a la sabana por Gachalá y Gachetá.
6. Trepando a la cordillera por Cáqueza, es decir, una ruta semejante a la actual carretera que de Villavicencio conduce a Bogotá, y
7. Por las múltiples entradas del valle de Tenza.
Barreiro consideraba que las cinco primeras opciones eran muy poco probables: el paso por páramos y montañas tan ásperas, de suyo difícil para hombres provenientes de tierra caliente, se hacía mucho más complejo por las bajas temperaturas que traía consigo la estación lluviosa. La vía de Cáqueza, de sendas estrechas, atravesada por grandes quebradas y muy distante del lugar de reunión del ejército independentista, podía descartarse también. Según Barreiro, los rebeldes llegarían por alguno de los caminos que ascendían al valle de Tenza, pues eran los más cercanos a la capital virreinal, la cordillera era más baja en aquella zona y el clima, más benévolo (mapa 6).

Tratándose de especulaciones, los espías tomaron una importancia fundamental para conocer a tiempo el verdadero plan de operaciones del enemigo. Barreiro, entre tanto, concentró parte de sus tropas en Santa Rosa para atender la eventual llegada de los revolucionarios por Gámeza, Pisba o Miraflores, redujo las guarniciones de Chita y Paya a 150 hombres cada una y declaró al virrey su intención de reunir la mayor cantidad de fuerzas posible alrededor de Tunja, “como punto más céntrico”, para responder a cualquier amenaza (mapa 7).

La situación comenzó a definirse el 21 de junio, cuando el comandante realista de la columna avanzada de Paya anunció a Barreiro que una partida bajo su mando había detenido a un grupo de insurgentes en el sitio de El Morichal, muy cerca de Yopal. Estos informaron de la reunión del ejército invasor en Pore (90 km al nororiente), tras cruzar el río Casanare. El día 27, el mismo jefe de Paya informó el avistamiento de unos 1.200 infantes y 200 caballos, el primer intercambio de tiros por algo más de cuatro horas y su retirada hacia Labranzagrande con todos los habitantes de la zona, que lo siguieron a la fuerza. El camino de Pisba quedó así libre de tropas del rey, aunque sin puentes, pues aquellas tuvieron la precaución de cortarlos para entorpecer la marcha de los rebeldes. Cuando Barreiro supo, un par de días después, que otros 400 infantes enemigos habían llegado a Paya, vio más claramente el lugar por el que entraría la expedición enemiga al altiplano. Ordenó, en consecuencia, retirar las tropas de La Salina, pero mantuvo las del valle de Tenza, porque temía que por allí ingresara otro cuerpo rebelde que pusiera en riesgo a Santa Fe.
El 5 de julio, Barreiro informó al virrey que las guerrillas del Socorro habían avanzado hacia la provincia de Tunja para unirse con la expedición patriota. A pesar de la persecución de los soldados del rey, lograron pasar la cabuya, la tarabita o el puente de cuerdas de Socha, internándose por el páramo de Pisba. Sin embargo, ese mismo día, el virrey comunicó a Barreiro la pérdida del punto de Medina, por lo que aún no podía descartarse un movimiento combinado de tropas por dos pasos de la cordillera: hacia Tunja y hacia Santa Fe. Estas sospechas se vieron reforzadas con los avisos que dio casi al mismo tiempo el comandante militar del valle de Tenza sobre la presencia de vigías patriotas en las inmediaciones de Miraflores, de modo que se propuso dar un rodeo por Macanal para sorprenderlos por la retaguardia.
La poca claridad sobre los verdaderos designios del enemigo no alteraba un hecho sustancial: si España quería conservar la capital virreinal, guarnecida por poco más de 400 hombres, la responsabilidad dependía por completo de la Tercera División. Como estaba en inferioridad numérica con respecto a los invasores, constando aproximadamente de 1.500 soldados y 350 caballos, no podía aventurar su suerte internándose por el páramo de Pisba. Aun así, Barreiro era optimista al suponer que las tropas bajo su mando estaban mejor entrenadas que las del enemigo y que las vencerían sin dificultad cuando salieran al altiplano. El 7 de julio se enteró de que los rebeldes habían emboscado a las 2 de la madrugada una partida realista en el pueblo de Corrales y de que 600 de ellos se habían presentado en la tarde en el convento de Belén, a menos de 5 kilómetros de Sogamoso.
Tras una noche muy lluviosa y oscura, Barreiro abandonó la ciudad de Tunja, dirigiéndose al lugar de las hostilidades. Un mes de incertidumbre había terminado. Muy pronto los dos ejércitos iban a verse finalmente las caras.

Gámeza
El 6 de julio, una vez concluida la travesía por la cordillera, llegó a Socha el ejército patriota “reducido a un verdadero esqueleto”, de forma que “parecía imposible que pudiera resistir al español”. El poblado estaba ubicado en la provincia de Tunja, más precisamente en el valle de Sogamoso, que se convertiría en el cuartel general de la Tercera División. Como casi todos los caballos habían perecido en el tránsito del páramo y los soldados habían abandonado sus monturas y armamento para acelerar el paso, los oficiales republicanos se concentraron en conseguir bestias y sillas de remplazo, en auxiliar las fuerzas que aún luchaban por salir de la montaña, en concentrar hombres y pertrechos, y en establecer contactos con las guerrillas que operaban en los alrededores. La expedición contó con el auxilio eficaz de los habitantes de la zona, para quienes “la repentina aparición del ejército republicano […] fue un golpe eléctrico”. Los habitantes de Socha y Socotá fueron en busca de los soldados emparamados y de las bestias cansadas que se rezagaron en la montaña, y cargaron en sus espaldas los fusiles y municiones regados por el camino.
El apoyo sincero de los hombres y mujeres de la provincia de Tunja a la causa se tradujo en noticias fidedignas, reclutas, víveres y armas. Al respecto dijo Bolívar:
Los españoles temen no solamente al ejército sino al pueblo, que se manifiesta extremadamente afecto a la causa de la Libertad. Muchos pueblos distantes del centro de mis operaciones han venido a ofrecer cuanto poseen para el servicio del ejército, y aquellos que encontramos en nuestro tránsito, nos reciben con mil demostraciones de júbilo. Todos arden por vernos triunfar y prestan generosamente cuanto puede contribuir a darnos la victoria.
Como en especial eran urgentes los caballos, la ropa y las cobijas para la tropa desmontada y desnuda, una y otras se remitían “a guisa de enjalma” sobre las monturas cedidas. Las mujeres se destacaron por su generosidad con los soldados, despojándose aun de enaguas y camisones para la fabricación de prendas de vestir (calzoncillos, camisas, chaquetas).
Los oficiales realistas notaron con estupor la adhesión popular al movimiento independentista. Barreiro indicó al virrey Sámano, por ejemplo, que todos los pueblos subordinados al de Gámeza habían “recibido con las mayores demostraciones de alegría a los rebeldes, saliéndoles al encuentro y teniéndoles prevenido provisiones y demás auxilios necesarios, sin que uno solo haya dejado de presentárseles”. El jefe de la Tercera División se refirió también a la colaboración prestada al enemigo por los curas y alcaldes, que no le comunicaron “la más pequeña noticia” y permanecieron en sus pueblos “obsequiando a los rebeldes”. Según explicó, solo eran fieles al rey los indios, que hacían rogativas en su favor, les regalaban huevos, carneros, aguardiente y otras cosas a la División, y aprehendían y le presentaban como prisioneros a los soldados patriotas dispersos que caían en su poder.
Barreiro llegó a Sogamoso en la noche del 9 de julio. A la madrugada del día siguiente ordenó un reconocimiento de los pueblos de Corrales y Gámeza. Los treinta hombres que envió al primer punto se encontraron con más de 300 rebeldes que los rodearon y acuchillaron. En Gámeza se produjo otro incidente al llegar la partida realista, que sufrió el ataque de los invasores. No obstante, siendo muy superior en número, los destrozó por completo. Tras estas escaramuzas se trabó un combate más formal, al cabo del cual 1.000 hombres de infantería y 180 de caballería del ejército realista despedazaron dos columnas independentistas, una de caballería de 300 unidades y una de infantería de 200. Los numerosos prisioneros resultantes apenas lograron llegar al campamento de la Tercera División: allí, los soldados del rey los mataron a todos con el consentimiento de Barreiro, que consideraba necesario ensangrentar a sus soldados, según comunicó al virrey Sámano poco después. Los independentistas reaccionaron con dos divisiones que o...
Índice
- Cubierta
- Portada
- Créditos
- Contenido
- Preámbulo
- Primera parte: Venezuela
- Segunda parte: Nueva Granada
- Tercera parte: Colombia
- Epílogo
- Nota al lector
- Referencias
- Contraportada
Preguntas frecuentes
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