1.
De aquel episodio maldito yo recordaba retazos, fragmentos sueltos que mi familia supo completar con miedo. Dijeron que Ella intentó matarme y no admitieron atenuantes. La extirparon de nuestra vida y quedó decidido que yo debía odiarla. Entre el silencio y los años, lograron este olvido cruel y conveniente, más cómodo que el odio.
—Ella tenía tu edad cuando empezó a volverse loca —dijo mi madre, cuando le conté que buscaría a mi abuela Aída.
Y como Ella no se mencionaba, no se recordaba, no se invocaba, Ella sonó a bofetada. Pues Ella era escombro y de escombros nadie hablaba porque hablar de ellos hacía que un cierto olor a naftalina, cucaracha o alcanfor impregnara todo lo que aún sobrevivía y con esos olores nadie aguantaba existir. Por eso Ella debía continuar silente en el cadalso al que la mandamos, a pesar del descubrimiento de esos papeles pretéritos, súbitamente futuros, que ahora yo tenía en las manos.
Mi día había comenzado en la casa del abuelo Ignacio, que estaba mudándose para un apartamento más moderno y más fácil de mantener. Fui allí con una maleta, dispuesta a llevarme apenas lo que cupiera en ella, y salí con el peso de un aniquilamiento. Abuelo quería deshacerse de la insana cantidad de muebles y chécheres acumulados. Por chécheres, léase: libros. Aquellos que en una era previa a la tragedia fueron el tesoro de la casa, habían sido inútiles durante todos esos años y ahora la verdad era que estorbaban. Por fin, el abuelo asumía el carácter decorativo de las centenas de títulos que cubrían las paredes de la sala desde que Ella no estaba para leerlos.
A mi madre le daba igual lo que él hiciera con los libros, se había ofrecido para donarlos a alguna biblioteca local, pero antes tuvo la inusitada delicadeza de dejarme escoger los que yo quería para mí. Ella y yo sabíamos, aunque ninguna lo dijera, que esos libros eran el último rastro de la presencia de Ella en nuestras vidas.
Como yo estaba viviendo en un apartamento compartido desde que me separé de Franco, no quería llevarme muchas cosas, pues acabarían atiborrándome el cuartico que había alquilado. Los doce tomos de la Enciclopedia Salvat quedaron de inmediato excluidos de mi selección. Los bajé por grupos, les sacudí un poco el polvo y los metí en una de las cajas para donaciones. El peso del último trío de tomos me sorprendió; mis músculos estaban preparados para levantar el mismo peso que ya habían levantado otras tres veces, pero se quedaron con las ganas. La levedad inesperada, sumada al impulso innecesario que mis brazos prepararon, me desequilibró. Libros, silla y yo acabamos en el piso.
Libros caídos, abiertos, desnudos. Libros preñados de hojas ajenas. Mutilados con sumo cuidado, cada uno de los volúmenes conservaba el borde de todas las hojas intacto, pero el cuadrado central había sido removido, haciendo de cada obra un cofre y de cada cofre un lamento textual de la innombrable que, dieciséis años después, se atrevía a convocarme.
Diccionario Enciclopédico Salvat
Varios autores, 1972
Hojas en libro cofre
17/09/1981
Todo lo que sabes del mundo es mentira y te lo voy a probar. Mi secreto es secreto de Estado. El doctor Urbino quiere que le cuente por escrito lo que no le digo en las consultas. Pero mi secreto es secreto de Continentes. Los habitantes de los Continentes del Afuera no sabrían lidiar con lo que yo sé. El doctor Urbino no es estúpido. Si él quiere saber es porque quiere evitar que mi misión tenga éxito. Pero en caso de que eso ocurra, lo cual es muy probable, será mejor dejarle orientaciones a mi Sirena. Doctor Urbino, contaré por escrito lo que no cuento en las consultas, pero usted nunca sabrá leerme. Hoy le parezco una persona incompetente para la vida. Si usted supiera, si supieran todos, que mis capacidades son gigantes y no paran de crecer. Doctor Urbino, usted hace bien su trabajo. Por eso, usted nunca conocerá mi caligrafía.
Sofía, mi Sirena, estas páginas que él quiere para sí, son solo tuyas. Hablan de ti y de mí, pero son tuyas. Para que, si yo fracaso, sepas cómo llegar a casa. Yo soy tu Centinela de Mar. Ha sido una tarea ingrata y tengo miedo de lo que puedan hacer conmigo, pero, sobre todo, temo lo que puedan hacer contigo. Como sé que es difícil de entender, voy a empezar por el comienzo. Por aquel día en que dejé de ser Aída, la señora de Montiel, y volví a ser Aída Rojo, comisionada para grandes hechos y mujer con derecho a su alegría completa. A.
17/09/1981
Era una noche caliente a pesar de ser invierno. Un viaje a Argentina y Brasil que debía ser lindo. Pero no lo era. Estábamos ahí solo para que se me olvidara lo de mis cuadros. Lo de la fogata que tu abuelo hizo con mis cuadros cuando Anselmo dijo que había una galería interesada en ellos. Íbamos de la mano, pero yo iba sola. Mi marido, el navegante. Su mujer, pintora de la puerta para adentro. Pasamos días caminando por las playas, conociendo Florianópolis. Y a mí a veces se me olvidaba la fogata. Ignacio es Ignacio, para lo bueno y para lo malo. Ignacio es un cobarde. Paseamos en barco al atardecer. Ignacio no me pidió perdón. Pero yo lo miraba y ahí estaba mi Ignacio. Él cree que tiene razón, pero se arrepiente de la fogata. Todo en silencio. Callada, le dije que la vida seguía y que él era mi Ignacio. Volvimos al hotel y entonces comenzó todo. Yo pregunté si en Florianópolis había metro e Ignacio dijo que...