La piedra de moler
Una mezcla peculiar de confianza en mí misma y de cobardía ha caracterizado mi trayectoria vital: casi se podría decir que éstos son los elementos de los que está hecha mi vida. Tomemos, por ejemplo, la primera vez que intenté pasar la noche con un hombre en un hotel. Tenía a la sazón diecinueve años, la edad apropiada para ese tipo de aventuras, y, huelga decirlo, no estaba casada. Sigo sin estarlo, un hecho que tiene cierta importancia, pero ya volveremos sobre este punto. Si no recuerdo mal, el chico se llamaba Hamish. Sí, eso era, lo recuerdo perfectamente. Tengo que tratar en serio de no menospreciar a nadie. Después de todo, lo que admiro en mí no es la cobardía, sino la confianza.
Hamish y yo salimos de Cambridge para las vacaciones de Navidad. Lo habíamos planeado con mucha antelación y les habíamos dicho a nuestros respectivos padres que las vacaciones empezaban un día más tarde, a sabiendas de que no se iban a molestar en comprobarlo y de que, en el caso de que lo hicieran, no serían capaces de verificar el valor de su información. Así que llegamos juntos a Londres a última hora de la tarde y tomamos un taxi en la estación para llegar al hotel. Lo teníamos todo pensado e incluso habíamos reservado una habitación, lo que probablemente no hubiera sido necesario, pues el hotel que habíamos elegido era uno de esos inmensos del centro que tienen una decoración vulgar y pretenciosa, especialmente concebidos para aventuras como la nuestra. Yo me había puesto una anilla de cortina en el dedo. Habíamos decidido dar el apellido de Hamish, que, al ser muy común, Andrews, era fácil de olvidar y menos complicado que tener que inventarnos un pseudónimo. Estábamos los dos bien informados sobre los riesgos que entrañan estas ocasiones, ya que en algún momento de nuestra vida habíamos leído montones de novelas baratas, y, en verdad, mostramos un aplomo considerable. Llegamos, descargamos nuestras maletas, que llevaban las etiquetas con los nombres adecuados, y tocamos el timbre de la recepción para pedir la llave. Fue ahí donde cometí el error. Por alguna razón, me pidieron que firmara en el libro de registro: ahora sé que no es en absoluto habitual que las mujeres casadas firmen en los libros de registro de los hoteles, y solo puedo suponer que me pidieron que lo hiciera dada la índole del hotel, o sencillamente porque me quedé rondando por el mostrador, esperando que me lo pidieran. Sea como fuere, el caso es que cuando fui a firmar lo hice con mi nombre de soltera, mi nombre real: Rosamund Stacey, escribí, lo más grande que pude, con mi letra infantil, bajo un Hamish Andrews ingeniosamente ilegible. Ni siquiera me di cuenta de lo que había hecho hasta que no le devolví el libro a la recepcionista, que observó mi firma, suspiró, irritada, y dijo:
–Pero ¿qué quiere decir esto?
No lo dijo ni divertida ni con mala fe ni en tono reprobatorio, sino malhumorada, como si estuviera completamente harta. Le estaba haciendo trabajar más de la cuenta, me bastó un vistazo para saberlo: había detenido la maquinaria porque sin darme cuenta había dicho la verdad. Mi intención era mentir, y ella esperaba que yo mintiera, pero por alguna razón freudiana arraigada en lo más profundo de mi ser lo había olvidado. Mientras ella hacía consciente a Hamish de mi error, a mí me invadió un humor sombrío, entre desesperado y contrito. No había sido mi intención complicar las cosas. Hamish salió del paso lo mejor que pudo, haciendo unas cuentas bromas sobre lo reciente que estaba aún nuestra boda; la chica no sonrió, ni le siguió la corriente y, cuando Hamish terminó de decir bobadas, cogió el libro de registro y dijo:
–Bueno, pues tengo que ir a preguntar.
Y desapareció por la puerta que había detrás del mostrador de recepción, dejándonos a Hamish y a mí plantados uno al lado del otro, pero sin atrevernos a mirarnos. Pasado un rato, dije:
–¡Mecachis! Lo siento, cielo. No me fijé.
–No te preocupes, seguro que no tiene importancia.
Y, por supuesto, no la tenía: pasados un par de minutos, la chica volvió, tan inexpresiva como antes, sin el libro de registro, nos dijo que no pasaba nada y nos dio la llave de la habitación. Supongo que mi nombre sigue en aquel libro de registro. Y su inscripción en tan sospechosa compañía es tan engañosa y falsa como todo lo que se refiere a mí y mi situación, porque Hamish y yo ni siquiera nos acostábamos, aunque durante un año pensamos casi a diario que estábamos a punto de hacerlo. Íbamos a hoteles y pasábamos muchas noches juntos en su college o en el mío, en parte, por jugar y, en parte, porque a los dos nos gustaba la compañía del otro. Por entonces, a esa edad, aquello era posible y permisible: cuando lo hacía, pensaba que estaba construyendo el amor y las condiciones del amor a mi manera y conforme a mi tiempo. No tenía en cuenta las normas más elementales sobre el sexo. No sabía que los patrones de conducta se fijan antes de que uno se haya dado cuenta y que lo que creemos que hacemos se convierte en la rígida cárcel que nos hace. En la más completa ignorancia y con la mayor inocencia levanté mi propia prisión y, para cuando fui lo bastante mayor para darme cuenta de lo que había hecho, ya no había tiempo para deshacerlo.
Cuando Hamish y yo nos quisimos durante todo un año sin llegar a hacer el amor, yo no era consciente de que con ello estaba cortando el patrón de mi vida. Se podrían ofrecer razones sin fin para nuestra abstinencia –el miedo, la virtud, la ignorancia, la perversión–, pero el hecho es que el patrón que se estableció con Hamish se repetiría infinitamente, a una velocidad cada vez mayor y cada vez más superficialmente, hasta el punto de que la idea de amar acababa por desvanecerse casi el mismo día que surgía. El éxito llama al éxito, según dicen, y desde luego lo mismo pasa con el fracaso. Los éxitos los tenía en el trabajo, así que supongo que era mucho esperar tenerlos en otras facetas de la vida. Me acuerdo bien de Hamish, pero no recuerdo por qué nos separamos. Nos separamos, y ya está. Además, no tiene mucho interés, sino como ejemplo de mi incompetencia, tanto práctica como emocional. Todas las cosas que he intentado hacer al margen del trabajo se han quedado siempre en tentativas abortadas. Mi intento de abortar, por ejemplo, podría ser una ilustración clásica de algo: de mí misma, al menos.
Cuando algunos años después del episodio de Hamish, descubrí que estaba embarazada, apenas experimenté algo más que la incredulidad y la consternación normales en un caso así y, por razones que sin duda no podré privarme de contar –no había nadie a quien decírselo, no había nadie a quien preguntar–, me vi obligada a recurrir una vez más a las experiencias que había oído vagamente relatar a algunas amigas y a la información que había ido recolectando a lo largo de los años en mis lecturas de novelas baratas. Nunca, en ningún momento, tuve intención alguna de ir al médico. Llevaba tantos años sin ponerme enferma que ni siquiera sabía cuál era el procedimiento a seguir y pensaba que, si llegaba a darse la ocasión, me regañarían como a una niña de escuela por mi estado. No tenía humor para que me anduvieran amonestando, así que me lo guardé para mí y me dije que me enfrentaría a ello yo sola o, al menos, lo intentaría. Armarme de valor me llevó algún tiempo: estuve un día entero en la biblioteca del Museo Británico con la mirada perdida en las páginas de Samuel Daniel y pensando, con sudores fríos, en la ginebra. Tenía una vaga noción del método de la ginebra: la quinina o algo así, creo, hacía no sé qué en el útero y, combinada con un baño caliente, a veces funcionaba. Así, pues, decidí que, si otras chicas habían pasado por ello, por qué no yo. Podría tener suerte. No sabía cuánta ginebra tenías que beberte, pero me daba la horrible sensación de que era una botella entera: esta perspectiva me molestaba tanto física como económicamente. Me daba rabia tener que gastarme dos libras en una botella de ginebra, y solo para ponerme malísima. Pero no podía engañarme diciéndome que no me lo podía permitir, y, comparada con otros métodos, era relativamente barata, conque seguí pasando tristemente las páginas de Daniel y decidí que lo intentaría. Mientras pasaba las páginas, me llamó la atención una imagen que me resultaría muy útil para la tesis, y la anoté. Afortunada en el trabajo, desafortunada en amores. El amor es algo excepcional en la vida del hombre, pero constituye toda la existencia de la mujer, observaba erróneamente lord Byron.
De camino a casa, me paré en Unwin y compré una botella de ginebra. Cuando el hombre del mostrador me la entregó, envuelta en papel de seda, deseé estarla comprando por alguna razón más festiva. Recorrí un trecho de Marylebone High Street con ella en la mano, mirando los escaparates con la sensación de que era la última vez que posaba la vista en las prohibitivas fruterías, los conejitos de chocolate y las hogareñas antigüedades. No me habría importado, sin embargo, estar viendo por última vez los trajes de premamá: era mala suerte, a la vista de los futuros acontecimientos, que la zona en la que vivía por entonces estuviera llena de tiendas de ropa y boutiques para la futura mamá y el bebé. Me llegaron a obsesionar hasta el punto de que no podía avanzar por la calle sin toparme con la imagen reprobadora de alguna modelo de vientre plano y perfectamente vestida, que exhibía con estudiado donaire y cabello de cristal blanco una prenda elegante y con clase. Verlas aquella noche me hizo agarrar con más fuerza el cuello de la botella de ginebra, y cuando doblé la esquina al llegar a mi calle, estaba completamente decidida.
Por entonces vivía en el piso de mis padres, lo que suponía una peligrosa distorsión de mi verdadero estatus económico. Mis padres se habían ido dos años a África; mi padre era profesor de economía y estaba en una universidad recién creada, iniciándolos en el buen camino. Él mismo estaba en el buen camino o, de lo contrario, no le habrían invitado. Habían pagado un traspaso de quince años por este piso, y me dijeron que lo podía utilizar mientras ellos estaban fuera, lo que era muy generoso por su parte, pues podrían haberlo alquilado por un montón de dinero. Pero se oponían firmemente a la condición de propietarios, y no estaban dispuestos a participar en ella si no era con cierto sufrimiento o sacrificio: de modo que su actitud no era del todo generosa, sino que, al menos en parte, era una manera egoísta de evitar la culpabilidad. Yo me aprovechaba de ello, en cualquier caso: era un piso precioso, en la cuarta planta de un gran edificio de principios de siglo, y a mano de Regent’s Park y Oxford Circus, de Marylebone High Street y de Harley Street, en realidad, de todos los lugares de interés que uno pueda imaginarse. La única desventaja era que mucha gente se empeñaba en suponer que, viviendo allí, tenía que ser necesariamente rica, lo que, conforme a la mayoría de los estándares humanos, no dejaba de ser cierto: entre las becas de investigación y otras ayudas sacaba unas quinientas libras anuales; pero esto, claro está, no era ser rica a los ojos de quienes suponían que lo era. De hecho, si hubieran sabido la verdad, me habrían clasificado entre quienes se encuentran al borde de la inanición y habrían dejado de hacer comentarios sobre el estado de mis zapatos. Más allá de dejarme vivir en su casa, mis padres no me pasaban dinero. Habrían podido permitírselo, pero creían en la independencia. Me habían inculcado tan profundamente la idea de que no tenía que depender de nadie que creía que la dependencia era un pecado horrible. Una mujer emancipada: ésa era yo, abriendo la puerta de mi propia casa con mi propia llave y una botella de ginebra en la mano.
Cuando me vi sola en el piso, me empezó a entrar miedo. Hacer aquello me parecía violento e inquietante, casi tan violento e inquietante como el acto que había generado esta necesidad, y, encima, esta vez no tenía compañía. Esta vez estaba sola. En cierto modo eso mejoraba las cosas: al menos no me veía nadie. Dejé la botella en el aparador de la cocina, al lado de otras que estaban prácticamente vacías, un dedo arriba o abajo, y miré la hora. Eran las seis y media. No me parecía que las seis y media fuera una hora apropiada para empezar aquello, pero tampoco había otra cosa que hacer: no me veía sentándome a trabajar para un par de horas. Y, aunque tenía bastante hambre, me parecía que era mejor no comer nada. Así que me puse a ir y venir por el pasillo y estaba entrando en el dormitorio para desvestirme cuando llamaron al timbre. Di un respingo, como si me hubieran sorprendido in fraganti, y, al mismo tiempo, sentí un gran alivio, como si me hubieran indultado: cualquier cosa era mejor que lo que estaba considerando, y la gente que me encontré al abrir, muchísimo mejor. En cuanto los vi, supe lo encantada que estaba de verlos y les dije que entraran con la mejor disposición y gran contento.
–No estarías preparándote para salir, ¿no, Rosamund? –dijo Dick, entrando en la cocina y sentándose a la mesa–. Nunca sabe uno contigo. Llevas una vida tan secreta. Pensábamos llevarte a ver la última de Fellini. Pero igual ya hace semanas que la viste.
–Qué simpáticos –dije.
–¿La has visto? –me preguntó Lydia–. Si la has visto, no nos digas nada; tengo la sensación de que me va a gustar y, si a ti no te ha gustado, tampoco me gustará a mí. Y lo mismo, si te ha gustado. Bueno, que no nos digas tu opinión.
–No, no la he visto. ¿Dónde la ponen?
–En el Cameo-Poly. En Regent Street.
–¡Oh! No, ahí no voy. Ya no paso nunca por Regent Street.
–¿Y por qué no?
–Porque no. Eso es todo –dije. Y era verdad, además, y me consoló decírselo, mientras no supieran la razón o, de saberla, no les importara un comino.
–Un poco más de tu vida secreta –dijo Dick–. ¿No vas a venir, entonces?
–No, de verdad que no. Quería trabajar un poco esta noche.
–¿Has visto a Mike últimamente? –me preguntó Dick, que siempre temía, aunque no tuviera razón o precedente alguno para ello, que fuera a darle una clase sobre los sonetos isabelinos.
–No, hace semanas que no lo veo.
Alex, quien hasta ese momento había estado callado, arrancando trocitos de la barra de pan que traía y llevándoselos a la boca, soltó de pronto:
–¿Y por qué no nos vamos todos a tomar una copa?
Yo era una chica bien educada. Inmediatamente, sin pensármelo dos veces, dije:
–¡Oh, no! ¿Por qué no nos la tomamos aquí?
Y, como Dick, Lydia y Alex entraban en la categoría de quienes sobreestimaban mis medios económicos, todos aceptaron al instante. No bien había dicho esas palabras, me di cuenta de que los cuatro tenían la vista fija en la botella de ginebra: probablemente me habían seguido desde la tienda. Les serví un vaso a cada uno; entonces decidí que no tenía sentido que precisamente yo me abstuviera y serví otro para mí. Luego se dirigieron todos al salón y empezaron a charlar. Dick contó que aquel mismo día había intentado enviar un paquete y que en la estafeta de correos le dijeron, primero, que pesaba demasiado y, después, que el cordel no valía, para terminar cerrando mientras él lo estaba reforzando. Le preguntamos qué había en el paquete, y nos dijo que una construcción de juguete que le enviaba a su sobrino por su cumpleaños. Luego Lydia nos contó que, cuando había enviado su primera novela a su primer editor, había puesto el paquete en el mostrador y había preguntado educadamente, con esa voz supuestamente modesta de chica de clase media: «¿Puedo certificarlo, por favor?», esperando que la respuesta fuera: «Sí, claro que puede, señorita». Pero el funcionario le había espetado: «No, no puede». Luego resultó que no era más que una cuestión de lacre y cordel, pero ella se lo había tomado como una estimación profética del valor del paquete, y esta inesperada negativa la había dejado ...