1 La caja de Skinner, abierta
La lucha por la supervivencia de B. F. Skinner
B. F. Skinner, el principal neoconductista estadounidense, nació en 1904 y murió en 1990. Es conocido en el campo de la psicología por sus famosos experimentos con animales, en los que demostró la importancia de la recompensa y el refuerzo en la formación de la conducta. Con comida, palancas y otros estímulos ambientales, demostró que las respuestas aparentemente autónomas están impulsadas en realidad por determinados estímulos, y con ello puso en cuestión la tan valorada noción del libre albedrío. Pasó gran parte de su carrera científica estudiando y perfeccionando lo que llegó a denominar condicionamiento operante o instrumental, los medios por los que unos humanos pueden adiestrar a otros humanos o a animales en la ejecución de series completas de tareas y habilidades utilizando el refuerzo positivo.
Skinner defendía que la mente, o lo que entonces se denominaba mentalismo, era irrelevante e incluso inexistente, y que la psicología debía concentrarse en exclusiva en conductas concretas y mensurables. Tenía la visión de una comunidad mundial gobernada por psicólogos conductistas que condicionaran o adiestraran a la ciudadanía formándola en falanges de robots benéficos. Es posible que sus experimentos y las conclusiones que extrajo sobre la naturaleza mecanicista de hombres y mujeres sean los más denostados de todo el siglo xx, y sin embargo, continúan siendo relevantes en nuestra época, cada vez más tecnológica.
La historia podría ser así. Existe un hombre llamado Skinner, nombre feo donde los haya, nombre armado de un cuchillo,* que sugiere un pez despellejado dando coletazos en el muelle, el corazón visible apenas entre los pliegues de los músculos, bumbaaa. Si pronunciamos el nombre de Skinner ante veinte personas con estudios universitarios, la mayoría responderá con uno u otro sinónimo de «maldad». Sé que es cierto porque he hecho la prueba. Sin embargo, en 1971, Time Magazine lo nombró el psicólogo vivo más influyente. Y, según una encuesta de 1975, era el científico más conocido de los Estados Unidos. Y, todavía hoy, sus experimentos gozan del mayor prestigio en todas partes.
Entonces, ¿por qué tanta infamia? He aquí la respuesta. En la década de los sesenta, Skinner concedió una entrevista al biógrafo Richard I. Evans en la que admitió abiertamente las implicaciones fascistas de sus esfuerzos en ingeniería social y la posibilidad de que fueran utilizados con fines totalitarios. La historia dice que Skinner deseaba nada menos que formar –y «formar» es aquí palabra operativa– la conducta de personas por medio de mecanismos, cajas y botones, convirtiendo en automatismo cuanto de humano tocaba. Cuenta la leyenda que construyó una caja para bebés en la que tuvo a su hija Deborah dos años cumplidos con el fin de adiestrarla, tomando nota de la trayectoria gráficamente. La leyenda cuenta también que cuando la niña cumplió treinta y un años lo denunció por malos tratos ante un verdadero tribunal de justicia, perdió el caso y se suicidó de un disparo en una bolera de Billings (Montana). Nada de todo eso es cierto, y sin embargo, el mito persiste. ¿Por qué? ¿Qué tiene Skinner que nos inspira tanto miedo?
Si escribimos «B. F. Skinner» en la barra del buscador, encontraremos miles de resultados, entre ellos, el sitio web de un padre indignado que lo condena por asesinato de una niña inocente; otro sitio web con una calavera y las siguientes palabras de Ayn Rand: «Skinner está obsesionado con el odio a la mente y la virtud humanas, un odio tan intenso y devorador que se devora a sí mismo y nos deja al final con sólo unas cenizas grises y un resto de cisco maloliente»; una especie de homenaje a Deborah, supuestamente fallecida en la década de los ochenta: «Deborah, nuestro corazón te acompaña». Y también, un minúsculo vínculo rojo que dice: «Enlace con la verdadera Deborah Skinner, pinche aquí». Pinché. Poco a poco fue apareciendo la imagen de una mujer madura de cabello castaño. El pie de foto decía que era Deborah Skinner, que su suicidio era un mito, que estaba viva y bien de salud.
Mitos. Leyendas. Cuentos. Cuentos chinos. ¿Cuál es el verdadero legado de Skinner? Para llegar a comprender los experimentos de Skinner quizá sea necesario discriminar en primer lugar, separar el contenido de la polémica, pasarlo todo por la criba. El psicólogo e historiador John A. Mills afirma: «[Skinner] fue un misterio envuelto en una adivinanza envuelta en un enigma».
Allá voy, despacito.
Nació en 1904. Ese dato es seguro. Aparte de eso, lo único que encuentro es una maraña de contradicciones. Fue uno de los principales conductistas estadounidenses, un hombre verdaderamente estricto que dormía en un cubículo japonés amarillo intenso llamado beddoe, pero, al mismo tiempo, era incapaz de trabajar si su escritorio no estaba atiborrado y, a propósito del curso de su vida, decía: «La cantidad de casualidades triviales que han confluido en un hito es asombrosa […]. No creo que mi vida estuviera planificada en ningún aspecto». Sin embargo, escribió a menudo que se sentía como un dios y como una «especie de salvador de la humanidad».
Cuando enseñaba en Harvard, conoció a una mujer llamada Yvonne, de la cual se enamoró y con la que posteriormente contrajo matrimonio. Los veo los viernes por la noche de camino a Gull Pond, en Monhegan, en un descapotable negro, con la capota abierta y una balada sombría de jazz sonando en la radio. Llegan al lago, se quitan la ropa y se bañan desnudos, las aguas salobres sobre la piel, el fresco aire nocturno, y la luna como un tijeretazo en el cielo. En un texto polvoriento, en el sótano de una biblioteca, leo que, después de las sesiones de adiestramiento, sacaba las palomas de la jaula, las sostenía en su enorme mano y les acariciaba la suave cabeza con el índice.
Me sorprendió mucho descubrir que, antes de ir a Harvard a estudiar psicología en 1928, aspiraba a ser novelista: se había pasado los dieciocho meses anteriores escondido en el desván de casa de su madre escribiendo prosa lírica. No me queda claro cómo se pasó de la prosa lírica a las ratas amaestradas con refuerzos... cómo puede un hombre dar un giro tan brusco. Escribe que, alrededor de los veintitrés años, leyó un artículo de H. G. Wells en The New York Times Magazine donde el autor afirmaba que, si tuviera que escoger entre salvar la vida a Iván Pavlov o a George Bernard Shaw, escogería a Pavlov porque la ciencia redime más que el arte.
Y el mundo necesitaba redención, sin duda. Hacía diez años que había terminado la Primera Guerra Mundial. Los soldados alcanzados por los obuses experimentaban crisis de retroceso al pasado y depresión, los manicomios estaban a rebosar, era urgente encontrar algún programa de tratamiento. Cuando Skinner ingresó en Harvard en 1928 como estudiante graduado, el psicoanálisis dominaba el panorama. Todo el mundo, en todas partes, se tumbaba en el sofá de piel a pescar efímeros cotilleos del pasado. Reinaba Freud, junto con el venerable William James, autor de Variedades de la experiencia religiosa, un texto sobre estados anímicos introspectivos sin un solo dato matemático. Así se encontró Skinner la psicología cuando se matriculó; un terreno sin números, más cercano a la filosofía que a la fisiología. Una pregunta fundamental típica de la materia podría ser: «¿Qué hay en nuestro interior que ve, siente y piensa en todo momento cuando estamos despiertos, desaparece temporalmente cuando dormimos y deja de existir permanentemente o al instante cuando morimos?».
Introspección y mentalismo fueron los tropos en los que entró Skinner, un joven delgado con un casquete de pelo tieso peinado hacia atrás con brillantina. Tenía los ojos de un azul intenso, como fragmentos de una fuente de porcelana. Según escribe, quería cambiar las cosas, hacer las cosas palpables a las manos y al corazón. Situado entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda, que no tardaría en comenzar, quizá intuyera –aunque él rechazaría una palabra tan intangible– la necesidad de acción, de intervenciones y resultados que pudieran bañarse en bronce, uno por uno, como balas de fusil.
Así pues, evitaba todo lo «blando», lo no concluyente. Empezó estudiando los reflejos de las ranas en el curso de psicología de Hudson Hoagland. Pinchaba a una rana en la piel tensa del muslo y medía el tirón que daba el animal, y después, el salto. Las manos le olían a cenagal y rebosaba vigor.
Un día, al comienzo de su carrera en Harvard, llegó al Taller de Psicología de Emerson Hall y vio una serie de instrumentos, recipientes rojos de estaño, cinceles, clavos y tuercas en cajas de cigarrillos Salisbury. Supongo que las manos le hormiguearían, quería hacer algo grandioso y siempre había manejado tijeras y sierras con destreza y precisión. Y fue allí, en ese taller minúsculo, donde empezó a construir sus famosas cajas, con restos de alambre, clavos oxidados y desechos ennegrecidos que encontraba.
¿Sabía lo que estaba construyendo y los enormes efectos que tendría en la psicología estadounidense? ¿Iba en busca de una visión preconcebida o, sencillamente, seguía el impulso lírico de un poema de estaño y alambre y lo que vio finalmente le sorprendió incluso a él: una caja que funcionaba con aire comprimido, un mecanismo silencioso, todo artilugios y engranajes; la caja, un objeto cualquiera que, como las escaleras de mano, los espejos y los gatos negros, adquirió inmediatamente una especie de aura densa?
Dice, a propósito de esa época: «Empecé a entusiasmarme de modo insoportable. Todo cuanto tocaba me inspiraba cosas nuevas y prometedoras que hacer».
Entrada la noche, en su habitación de alquiler, Skinner lee a Pavlov, con quien contrae una enorme deuda, y a Watson, con quien contrae una deuda menor pero muy significativa también. Pavlov, el gran científico ruso, había vivido prácticamente en el laboratorio, tal era su dedicación. Había dedicado años al estudio de las glándulas salivales de sus queridos perros. Descubrió que era posible condicionar la segregación de las glándulas al sonido de una campana. A Skinner le atrajo la idea, pero quería ir más allá de la pequeña membrana mucosa, quería llegar a todo el organismo; ¿qué poesía había en la saliva?
Pavlov descubrió el llamado condicionamiento clásico. Significa sencillamente que una persona puede condicionar un reflejo existente en un animal, como parpadear, sobresaltarse o salivar, de modo que se produzca en respuesta a un estímulo distinto. De ahí que los perros de Pavlov aprendieran a asociar la famosa campana –el estímulo– con la comida y que salivaran al oírla. Aunque ya no nos parezca un gran descubrimiento, en su día fue enorme. Fue tan explosivo como la fisión del átomo o la posición singular del sol. Jamás hasta entonces, en toda la historia de la humanidad, se había comprendido hasta qué punto nuestras supuestas asociaciones mentales eran psicológicas. Jamás hasta entonces se había comprendido la absoluta maleabilidad de la inmutable forma animal. Los perros de Pavlov babeaban irremediablemente y el mundo dio dos vueltas de campana.
Skinner pensaba. Estaba allí arriba, en su habitación, y había construido algunas de sus cajas, no famosas –o tristemente célebres– todavía, que no había llenado aún; abajo, por los patios de Harvard, siempre merodeaban ardillas. Las miraba y se preguntaba si sería posible, por ejemplo, condicionarlo todo, y no sólo una simple glándula. Es decir, ¿una persona podía determinar una conducta –lo que Skinner dio en llamar un operante o instrumental– que no fuera un reflejo? La salivación, condicionada o no, era, es y siempre será un reflejo, un acto plenamente formado que ocurre por sí mismo, además de ser estimulado por una campana. Sin embargo, cuando nos sobresaltamos, o cantamos «Howdy Doodie»* o accionamos una palanca con la esperanza de recibir comida, no se trata de un acto reflejo. Es, simplemente, una conducta. Operamos sobre el entorno. Si es posible condicionar un reflejo, ¿sería excesivo intentar dar un paso más y condicionar la voltereta lateral o cualquier otro movimiento supuestamente voluntario? ¿Sería posible tomar un movimiento completamente al azar, como volver la cabeza a la derecha, y premiarlo sistemáticamente de modo que, al cabo de poco tiempo, la persona siguiera mirando a la derecha, con el condicionamiento operante inscrito? Y si fuera posible, ¿hasta dónde se podría llegar? ¿Por qué clase de aros seríamos capaces de aprender a saltar, con cuánta facilidad pasmosa?, se preguntaba Skinner. Me imagino que movería las manos expresivamente. Se asomaría a la ventana sacando fuera más de medio cuerpo y olería las ardillas, un olor almizclado de noche y heces, de pelaje y flores.
En junio de ese mismo año, un estudiante que se licenciaba le regaló ratas. Skinner las guardó en una caja y empezó. Mucho después, años, en realidad, descubrió que esas ratas, con un cerebro no mayor que una judía cocida, podían aprender rápidamente a presionar una palanca si en recompensa recibían alimento. Así pues, mientras Pavlov se había centrado en la conducta de los animales en respuesta a un estímulo previo –la campana–, Skinner se centró en la conducta de los animales en respuesta a una consecuencia posterior al acto: la comida. Era un matiz sutil y no excesivamente emocionante con respecto al trabajo anterior de Pavlov, además de una franc...