La jerarquía praguense
Tendría sentido empezar este capítulo sobre Praga justo con el Diario de Praga. Si, aun con todo, renuncio sin ceremonias es porque el Diario de Praga forma la aureola de todos mis recuerdos y experiencias relacionados con Praga, la cima de todos los años de mi vida pasados en Praga, y en la cima no se puede empezar bien, ni siquiera en este caso, y menos aún cuando se presenta como tal a todas luces, y de verdad que no solo a mí. Para aquella Praga que tengo ahora en mente, para aquel extraño conglomerado de razas y culturas, cuyos remanentes germano-judíos de los tiempos de la monarquía siempre podían apelar al hecho de haber producido una literatura asociada a nombres como los de Kafka, Rilke, Werfel, Brod y Meyrink, de disponer de uno de los teatros alemanes más ricos en tradición y seguramente también de desempeñar un papel inconmensurable en el terreno económico-financiero, para esa Praga el Diario de Praga era tan representativo que con razón podría considerarse una de sus cumbres, y con más razón aún uno de los puntos de partida para elaborar cualquier informe sobre la ciudad.
Entretanto me gustaría (en un infatigable esfuerzo, a menudo ya fallido, de lograr una estructuración más o menos ordenada de mis recuerdos) empezar por alguno de los otros puntos de partida (no por ello menos razonables) que han ido surgiendo ya a lo largo de los capítulos anteriores. Estoy pensando sobre todo en la señora Löwenthal, la prominente anfitriona a la que ya hemos visto coronada de fama y que ya me ha dado la oportunidad de aludir a la reciprocidad tan característica de Praga entre la cocina de primera categoría y la posición social de primera categoría, a la rigidez jerárquica con que era dividida o se dividía a sí misma la sociedad praguense, pues fuera de ella nada de esto tenía validez, y dentro se consideraba tan indiscutiblemente «bueno» que el concepto de «buena sociedad» usual en cualquier otro lugar no se aceptaba de entrada (se contentaban con llamarla meramente «sociedad»). Tanto el espacio real como el de los recuerdos, cuyo trasfondo histórico-cultural solo puede describirse con impresiones y explicaciones superficiales, se concreta en una aceptación básica de esa mezcla de calidad y esnobismo, de pretensiones críticas y arrogancia provinciana, que se daba únicamente en Praga. El cronista queda limitado a anécdotas ejemplares, cosa que era su intención a priori, pues desde siempre las anécdotas le han parecido más concluyentes y esclarecedoras que los análisis excesivamente detallados.
No puede encontrarse mejor prueba de la jerarquía tan poco equilibrada que reinaba, por ejemplo, en el sistema bancario que aquella conversación que se cuenta del café Savarin en el Graben, donde a diario, tras el almuerzo, se congregaba el poder financiero de Praga a esperar la prensa vespertina con el cierre de las cotizaciones de la bolsa y las últimas noticias sobre economía: eran los presidentes, los directores generales y los apoderados de los grandes bancos, solo de los grandes, pues los modestos banqueros privados, aunque tuvieran una reputación igual de noble y de sólida, no tenían acceso a esos encuentros y, si se les hubiera preguntado, habrían respondido sin duda que tampoco les interesaban.
Así que allí, en el café Savarin, una tarde, mientras se encendía un puro, Winternitz, el director general del Banco Regional, considerado un experto en acciones, pronunció entre informales murmullos las siguientes palabras:
–Habría que deshacerse de Trifailer*. Antes de que las acciones caigan.
–¿Cómo lo sabe? –preguntó el señor Fanto, apoderado del Banco Mercurio, casi igual de casualmente y sin apenas levantar la vista del periódico, porque sin duda esperaba que la información de su colega procediera de alguna entidad puntera y no de una pequeña.
–Me lo ha dicho el bribón de Seelig –respondió Winternitz.
Como el Banco Seelig se contaba en efecto entre aquellos que los grandes tenían por completamente honrados –haciendo, en cualquier caso, la vista gorda–, la respuesta de Winternitz causó alguna sorpresa.
Fue Hecht, el director general del Banco Unión, quien la expresó:
–Pero ¿qué pasa? –preguntó indignado–. ¿Es que el Seelig también tiene «bribones»?
Naturalmente «bribones» no se refería en ese contexto a una persona, sino que era una forma en clave de aludir a una amplia red de contactos que no podía tener una empresa de escasa importancia como el Banco Seelig. Según el señor Hecht un banco de esa categoría no podía consistir más que en el propio banquero.
Un caso concreto de apellidos fue el de Nelkenblum, el ambicioso empleado de banca que quería cambiarse de apellido, como deseaban con mucha frecuencia por aquellos años quienes tenían apellidos extravagantes o que sonaban ridículos y, también manifiestamente judíos (en su mayoría como preparación para el bautismo).
Así pues, el señor Nelkenblum solicitó un cambio de apellido y fue conminado por las autoridades competentes a aportar una justificación de sus deseos.
El señor Nelkenblum adujo que el apellido Nelkenblum resultaba un freno para su carrera profesional.*
Las autoridades respondieron diciendo que eso debían confirmarlo sus superiores.
El señor Nelkenblum se fue a ver a sus jefes a la dirección del Banco de Comercio de Praga, les expuso su intención y salió del despacho de la dirección con un documento que decía lo siguiente: «A petición del señor Bernhard Nelkenblum confirmamos la necesidad del cambio de apellido que solicita, puesto que el apellido Nelkenblum podría tener efectos negativos en una carrera profesional. (Firmado) Feilchenfeld, director general. Rosenblatt, apoderado*».
Hay una especie de contrahistoria, relatada por el mismo informante, mi amigo Viktor von Kahler, al que ya he citado varias veces dándole las gracias.
El hijo de una apreciada familia de Innsbruck, Jakob Tschurtschenthaler, se había dado a conocer ya en sus años mozos como un genio de las matemáticas y las finanzas y parecía predestinado a una carrera en la banca. Rápidamente se la ofrecieron los amigos de Praga y con atractivas condiciones, entre las que se contaba una invitación a ciudad, que se le hizo aún más irresistible.
Tschurtschenthaler anduvo un par de días por Praga, se decidió a aceptar la oferta y allí mismo presentó una solicitud para cambiarse de apellido. Se temía que no se tomaran en serio a un Tschurtschenthaler en los círculos financieros de Praga. A partir de ese momento quería apellidarse Taussig*.
En la cúspide de la jerarquía económica estaba indiscutiblemente la familia Plessnik. En realidad se apellidaba de otra forma, pero, como no solo era una familia rica, sino también muy sensible, a ningún coste (que en caso de urgencia no podría pagar) habría querido entrar en conflicto con sus descendientes emigrados a ultramar… ¿Quién sabe?, a lo mejor se escandalizaban con alguna de las anécdotas que giran en torno a su apellido, a su casi legendaria riqueza, que tuvo su origen en uno de los grandes bancos praguenses y en el liderazgo de la industria minera del país. No se les envidiaba: al contrario, en Praga se estaba más bien orgulloso de los Plessnik, igual que en Frankfurt de los Rothschild; se les concedía que tuvieran dinero y se les concedía… pero eso seguro que se entiende mejor con una anécdota.
Tiene lugar en el Graben, igual que otras muchas historias de Praga, en el paseo dominical del mediodía, entre un praguense de pura cepa y un amigo suyo que ha venido de fuera a visitarlo y al que va poniendo al corriente de las personalidades que se van encontrando (igual que de todo lo que merece la pena saber). De repente se para y señala la acera de enfrente:
–¡Mira, por allí van las dos hijas de Plessnik!
Praguense de pura cepa como es, conoce de sobra la fealdad sin competencia de las dos herederas. El forastero no lo sabe, no quiere prederse la oportunidad inesperada de ver de cerca a dos jóvenes millonarias, se apresura a cruzar, bordea a discreta distancia a ambas paseantes, regresa hasta donde está su amigo y pronuncia solo tres palabras:
–Dios es justo.
Los Plessnik tenían también un hijo y primogénito, llamémoslo Tommi, de cuya infancia la memoria praguense ha conservado algunas anécdotas que no pueden pasarse por alto. Reproducirlas se da de plano con las dificultades fonéticas de las que me he quejado en repetidas ocasiones, porque Tommi, un niño introvertido y malhumorado, hacía sus escasas declaraciones con el soniquete del clásico alemán de Praga y desde muy pronto evitó como la peste cualquier vocal modificada. Constantemente cuidado y protegido por gobernanta, institutriz, preceptor y otro personal, supo afirmarse contra esa permanente vigilancia con una notable táctica de doble filo: la aceptaba con todas las fórmulas al uso de la docilidad y tras ese camuflaje hacía con mayor inflexibilidad lo que le apetecía.
En una merienda de niños, entregándose a su gula sin reparos y devorando tarta tras tarta, recordó de pronto las cuentas que debía rendir a su gobernanta (estaba en el cuarto contiguo con otras personas de compañía adultas) y exclamó a través la puerta abierta:
–¡Señorita! ¡Dentro de un ratito m’ iré!
Tras esta advertencia (en la que se utilizaba la forma abreviada en praguense de «vomitaré») continuó jalando*.
Es sabido que unas vacaciones en un lago del Salzkammergut tienen que aprovecharse para bañarse y en esta ocasión fue la institutriz la que lo llevó a la orilla con este fin. Tommi, que era tan sensible al frío que hasta en verano llevaba orejeras, y obedecía a disgusto, se inclinó, sin gana ninguna metió un par de veces los dedos en las aguas cristalinas y utilizando la lengua inglesa de forma consecuente y especulativa (sin desatender por ello el acento praguense) dijo decidido:
–Much too cold for a child!*
Incluso las leves muestras de temperamento que empezaba a dar ocasionalmente se coordinaban de inmediato con la persona encargada de vigilarlo en cada momento. Un enfrentamiento en la zona de juegos del parque municipal de Praga no terminó en una pelea como habría sido lo normal, sino con la pregunta de un Tommi muy comedido:
–Señorita, por favor, ¿puedo escupir a ese niño? No quiere dejarme su patinete…
Con motivo de una visita a sus parientes de Viena pudieron éstos hacerse una enigmática idea de la fuerza imaginativa de su alma infantil. Lo habían llevado al parque de atracciones y se las habían enseñado todas. Tommi lo soportó obediente, no mostró ni entusiasmo ni des...