Presentación
Entré por primera vez en un centro penitenciario para dar una charla en calidad de dramaturga. Los internos de un módulo, a través del proyecto LÓVA1 (La Ópera, un Vehículo de Aprendizaje), iban a crear un espectáculo teatral organizándose como una compañía profesional de teatro. Mi intervención sería breve, únicamente iba a dar algunos consejos para la escritura de los textos, pero aquellos presos me cautivaron de tal manera que, semana tras semana, continué acudiendo como voluntaria a las sesiones. Me quedé atrapada por el proceso brutal, extraordinario e increíble que suponía ver cómo el TEATRO articulaba en ellos una magia tan poderosa que superaba con creces cualquier experiencia creativa en la que yo hubiera participado jamás.
No. No eran actores, ni dramaturgos, ni escenógrafos, ni maquilladores, ni músicos profesionales.
Probablemente nunca habrían subido a un escenario por elección propia. ¿Trabajar en equipo necesitando al otro? NO. ¿Para algo artístico? Rotundamente NO.
Pero lo hicieron: memorizaron textos, cantaron, contaron historias emocionantes que ellos mismos escribieron –y donde se intuían sus dolores y anhelos–, crearon con sus manos una mesa de oficina, unas camas de hospital, la barra de un bar y hasta un jamón.
No puedo describir la emoción de ver el resultado de tantos meses de trabajo duro, la satisfacción que sentían porque habían sido capaces de hacerlo, el orgullo de sus familiares disfrutando de un auténtico espectáculo con el que reímos y también lloramos.
Fue un viaje alucinante, en el que me cuestioné muchas cosas: conceptos básicos como libertad o familia, para qué sirve la prisión, qué es el teatro profesional, qué es el llamado teatro social y, en cualquier caso, qué herramienta tan poderosa es siempre el TEATRO, así, con mayúsculas, y cuánto nos estaba enriqueciendo a todos.
El proceso fue una aventura llena de contratiempos: participantes que abandonaban el módulo expulsados por razones que a veces era mejor desconocer, nuevas incorporaciones de internos que “disfrutaban” el privilegio de estar en ese módulo, al que llegaban tras aceptar un compromiso de abandono de drogas que no siempre podían cumplir…
Las tardes eran intensas y muy divertidas, estábamos en una cárcel pero el teatro nos hacía libres... también a los voluntarios, que llegábamos con nuestras propias cárceles aunque cruzábamos sin problema las diecisiete puertas que a ellos los mantenían alejados del mundo exterior. Cuando alguno comenzaba a disfrutar de días de permiso era asombroso escuchar cómo habían vivido sus primeras horas de libertad, sus miedos a lo que encontraban fuera. Su visión del mundo era muy distinta a la que recordaban… tanto, que algunos preferían permanecer dentro, donde se sentían más seguros porque su cárcel más peligrosa les acechaba afuera.
En el proceso de creación, cada semana un recluso diferente era el encargado de registrar en un cuaderno lo que había sucedido en la última sesión. Era el cuaderno de bitácora. Una tarde, por error, uno de los internos lo llamó El cuaderno de Pitágoras, rebautizando ya para siempre el nombre de esos registros y dando título a esta obra.
Quiero destacar que, una vez iniciado el proceso de escritura en el laboratorio, entré en contacto con otros colectivos que colaboran en cárceles con mujeres y cuyo trabajo desconocía. Me parecía importante contrastar las experiencias de hombres y mujeres y plasmar las diferencias sustanciales que para mí habían pasado desapercibidas.
La principal es que el sistema penitenciario está concebido teniendo en cuenta que el 97 por ciento de los reclusos son varones; esto agrava la discriminación de la mujer en materia de oportunidades de formación y reinserción. También, con respecto a la normativa interna, al no existir apenas cárceles exclusivas de mujeres, en las mixtas están obligadas a convivir en el mismo módulo reclusas preventiva...