Si te ha gustado
Delibes en bicicleta
te queremos recomendar
El día del perro
de Caroline Lamarche
Los del Journal des Familles deben de estar contentos por haber recibido una carta de un camionero. Seguro que no les ocurre muy a menudo. He escrito: «El otro día, en la autopista, un perro abandonado corría por la mediana. Eso es muy peligroso, podría haber creado un accidente mortal». Luego pensé, después de haberlo escrito, que quizá crear no era la palabra exacta, pero la dejé porque no encontré otra mejor, y porque crear es mi curro, aunque añadí: «Curro de camionero». Después dije que los perros abandonados eran un gran problema, que no era la primera vez que veía algo así, y quería dejar constancia de ello, no solo para que los lectores se dieran cuenta, sino también por mis hijos, para que sepan que un camionero puede ver más cosas en la vida que un tipo que no sale de la oficina, y tiene cosas que decir, aunque nunca haya estudiado. Por ejemplo, escribí, cuando salgo por las mañanas con el camión, como no tengo nada que hacer más que observar, me doy cuenta de cualquier anomalía, y lo explico. Lo explico cuando puedo, cuando encuentro a gente que tiene ganas de escuchar, lo cual no es muy frecuente porque en las áreas de servicio donde paramos nadie dice gran cosa, por el cansancio. Y además yo, por naturaleza, no suelo hablar mucho. Y apenas veo a mis hijos. Menos mal que su madre se ocupa de ellos, es un ángel. Pero yo, cuando ya esté jubilado y ellos vayan a la universidad, tendré que contarles cosas, si no, me mirarán por encima del hombro, como todos los hijos miran a sus padres; no pretendo que nuestra familia sea una excepción, aunque ellos vayan a estudiar lo que yo nunca pude, precisamente a causa de mis padres.
Escribí, y esperé la respuesta. Escribo a los periódicos con frecuencia y, en general, les gusta que un hombre que normalmente nunca tiene nada que decir tenga, precisamente, algo que decir. Por ejemplo, cuando salgo por las mañanas, me mantengo muy atento y observador, y veo que la ventana de una casa vecina está siempre abierta a esa hora. Entonces pienso: «¡Vaya!, ese que vive ahí también madruga». Y entonces un día resulta que hay una funda de almohada puesta a secar, sobre el tejado, y me digo: «Así que se ha mojado, o ensuciado, por la noche, así que hay un niño que ha vomitado» —y de repente pienso en mi hijo, o en mis hijos, depende del día, que a veces también se ponen malos, como todo el mundo, por haber comido demasiado, o por no tener ganas de ir a la escuela, ya se sabe—.
Cuando se me ocurre una idea nueva, escribo a otra revista, Femme moderne, por ejemplo, que mi hijo vomita cada mañana antes de salir para la escuela, qué es lo que se puede hacer, y que mi mujer no se atreve a decírselo a nadie, pero yo me tomo la libertad de escribir y espero que me contesten. Entonces me contestan, muy contentos, dicen que probablemente hay un psicólogo en la escuela de mi hijo al que puedo pedir consejo, o quizá se trata de una falta de comunicación en la familia, en fin, una dificultad —utilizan las palabras con cuidado para no hacerte sentir culpable—, una dificultad con respecto a la cual habría que intentar que hablara el niño, de una forma amable, por ejemplo empezar a explicarle mi día en el trabajo, lo que he visto en el camión, la almohada en la ventana, es muy buena idea, señor, es usted muy observador, tiene que aprovecharlo, y explicar lo de la almohada en la ventana, y luego preguntar a su hijo qué le parece, si cree que ahí hay otro niño que vomita antes de ir a la escuela y por qué. Y su hijo, al imaginar —es la palabra que escriben— la vida de otro, empezará a hablar de sí mismo. Eso es. Y usted, además de su curro de camionero, habrá hecho su «curro de padre» —escriben curro, porque yo dije «curro de camionero», ser padre puede ser un curro, y no solo un «trabajo» para gente con traje y zapatos relucientes—.
Todo podría ser un curro. Incluso crear. Porque yo no tengo hijos, y mi mujer se marchó. Puede que al perro también lo haya creado yo, pero paré el camión, salí de la cabina y empecé a pedir ayuda a la gente para que fuera más despacio, y ellos, dócilmente, aunque circulaban a ciento veinte o ciento cuarenta, frenaban, pensaban que era un accidente, un poco más lejos —a los camioneros se nos respeta, al menos cuando estamos dentro del camión o al lado—. Así que reducían, quizá por un perro imaginario, o por un accidente creado, pero yo creo que vi al perro correr como un loco por la mediana. No era más que una observación como la funda de la almohada sobre el tejado, pero hice lo que debía, detuve el camión. La multitud de coches frenó por mí, y al fin pude ver los rostros que nunca veo porque suelen pasar demasiado rápido. Esos rostros me miraban extrañados, me daban las gracias con un gesto, y alguno bajaba la ventanilla y preguntaba: «¿Qué pasa?». No siempre me daba tiempo a respon...