
- 232 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Los nombres de las cosas
Descripción del libro
Todos los jueves, tres amigos se reúnen en un bar. Uno es director de cine y parece difuminar constantemente el límite que separa lo real de lo imaginario. Otro es novelista, aspira a la máxima libertad posible en la escritura y en la vida y tiene tantas caligrafías como amigas. El tercero trabaja en un ministerio y siente que no sabe casi nada de su esposa ni de su hijo. Haciendo gala de un extraordinario oído para el diálogo, asociaciones de ideas imprevisibles y una ironía efervescente, con su segunda novela Mariano Peyrou se aventura sin aspavientos a plantearnos una serie de preguntas sobre el amor, las relaciones familiares, la política y el arte.
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Información
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LiteratureCategoría
Literature GeneralLOS EQUILIBRADOS
–Yo soy el que no sabe quién habla cuando habla –dijo Amundsen.
–¿Qué? –le pregunté.
–Que no sé de dónde viene esa necesidad de soñar. El sueño de la estabilidad con ella –dijo Amundsen–. Si fuera un poco más equilibrado, no me
–Son muchos sueños distintos los que hay ahí. Eso del equilibrio también es un sueño. Ése que es más equilibrado en realidad no existe –dijo Garzía.
–Me estás dando la razón –dijo Amundsen–. Yo sueño que soy ése. No sólo sueño con la que me acompaña, sino con el que sería yo.
Eso fue cuando Amundsen estaba enamorado de Valeria. Se quedó muy triste.
–¿Qué es eso de los equilibrados? –pregunté–. Siempre estáis con esas categorías, con esos dualismos. ¿Quién es equilibrado?
–Tú –dijeron los dos al mismo tiempo.
–¿Yo? Pero si
–Está clarísimo, ¿no?
–Pero ¿qué es el equilibrio? –pregunté de nuevo.
–Tiene que ver con lo práctico –dijo Amundsen–. Y también con la ausencia de locura, con cierto orden que se tiene en la cabeza y que
–Tiene que ver con la falta de imaginación –dijo Garzía.
–Gracias –le dije.
–Y con instalarse cómodamente en lo previsible –dijo Amundsen.
–Tú piensas que es lo mismo, ¿no? –le pregunté.
–Los equilibrados son los que ya tienen todo lo que desean –continuó Garzía–. O al menos algo.
–Más bien son los que desean lo que tienen –dijo Amundsen–. Su deseo no es suyo, nunca se dan cuenta de lo que desean en realidad.
–Nunca ven las cosas desde los extremos –dijo Garzía.
–Son los que creen estar en un solo lugar en cada momento –añadió Amundsen, y aquí me acuerdo de cuando dijo que Hugo Ball había afirmado que sus piezas eran al mismo tiempo una bufonada y una misa de réquiem.
–Yo en realidad creo que los equilibrados no existen –dijo de nuevo Garzía–. Son un mito que a la vez nos desequilibra y nos equilibra a los demás. Un mito que recoge y anuda lo que deseamos y lo que rechazamos.
–Acabas de definir la muerte –dijo Amundsen.
–¿Yo existo? –les pregunté. Ya no sabía muy bien de qué estaban hablando.
–Tú más o menos, pero los equilibrados no –dijo Garzía.
–Sí que existen –dijo Amundsen–. Vaya si existen.
–Mira, voy a dibujar un círculo –dijo Nico.
–Yo ahí veo una elipse.
–Es un círculo, aunque no sea perfecto.
–Yo no discuto sobre su perfección, sino sobre su nombre –le expliqué.
–¿Sobre su nombre? Qué soso.
Amundsen apagó dos velas y dijo:
–Hoy os he traído un documento impresionante. Lo encontré ayer en la consulta del dentista.
Sacó de su bolsa una revista roja con unas letras negras y blancas en la portada.
–¿La robaste? –pregunté.
–No. Me limité a llevármela.
–¿Qué es? –pregunté.
–Tiene cosas maravillosas. Mira cómo se presenta este artículo: Son tiempos extraños. El crecimiento es débil. Los tipos de interés son negativos. ¿Hay alguna salida?
–¿Qué tiene eso de maravilloso? A mí me parece
–Es una ventana que da a otro mundo –dijo Garzía.
–Exacto –dijo Amundsen, entusiasmado–. Mira esto otro. –Y le enseñó a Garzía una página en la que se veía un gran reloj de pulsera y la frase WELCOME TO OUR WORLD.
–Ah, ¿está en inglés? –pregunté.
–Sí –dijo Amundsen y nos enseñó de nuevo la portada. La revista se llamaba Bloomberg Businessweek.
–Pero no entiendo –dije–. ¿Eso es una noticia?
–No, es un anuncio. Los anuncios también son increíbles. No me
–¿A ver? –dijo Garzía, quitándole la revista de la mano–. Por qué los bancos están recortando en obras de caridad.
–Porque en cultura es en lo primero que se recorta –dijo Amundsen.
Garzía sonrió.
–Sí, aunque los publicistas dicen que es en publicidad –dijo–. Y en este caso parece que tienen
–Pues aquí en publicidad no han recortado mucho. Hay anuncios por todas partes, y muchos son de seguros de salud. Se ve que están muy preocupados por su salud –dijo Amundsen.
–Yo también estoy preocupado por mi salud –dije, pensando en que últimamente había fumado poquísimo.
–Esos anuncios no tienen que ver con la salud, sino con el dinero –dijo Garzía.
–Hay uno que me encanta –dijo Amundsen, apagando la última vela–. Está un poco más, ah, ése es.
Garzía miró la página y me enseñó la foto. Había una mujer en un bote de remos, en un paisaje idílico, consultando el terminal.
–Entiendes lo que dice, ¿no? –me preguntó Garzía–. Las mejores cosas de la vida no ocurren en la oficina –tradujo–. Cuando llame el mercado, cógelo.
–Pero es que es todo así. Mira esto otro: Puede que pronto sea más sencillo demandar a tu banco.
–¿Eso es un anuncio? –pregunté.
–No, una noticia –me dijo Amundsen.
–No sé por qué ahora quieres ir al psicólogo –dijo el señor.
–Bueno, hay mucha gente, casada o no, que necesita ir al psicólogo –dijo la señora.
–Papá, ¿podemos ir un rato a la pescadería? –me preguntó Nico.
Yo quería seguir escuchando la conversación y le dije que sí. Siempre me pongo triste en la pescadería.
–Al principio, los peces le parecieron un regalo maravilloso. Estaba encantado con ellos. Pero ya nunca los mira, no les hace ni caso –les conté.
–La infancia es la mejor metáfora de la vida –dijo Amundsen, y apagó una vela.
–Eso es lo que digo yo siempre –dije yo, contento.
–Pero tú lo dices por otra cosa –me explicó Garzía.
–Tiene que ser muy listo, si es notario –oí que decía la señora cuando nos bajábamos.
–También hay muchos anuncios de relojes –les dije.
–Es un símbolo del trabajo, de la jornada laboral –dijo Garzía.
–Del control del trabajo, propio y ajeno –añadió Amundsen.
–Es un símbolo del dinero –dijo Garzía.
–En todos los relojes son las dos y diez –dije yo.
–Sí, por lo visto es la disposición de las manecillas que más equilibrio transmite –dijo Amundsen–. El horario en el dos y el minutero
–¿El horario? –pregunté–. ¿No se llama «horero»? Debería
–Se llama «horario» –insistió Amundsen.
–Es lo que hay –dijo Garzía.
–A mí me gusta pensar, pero no pepensar –dijo Nico.
–¿Qué es «pepensar»? –le pregunté.
–Pensar como piensan los de derechas –me contestó.
–Vaya si existen –dijo Amundsen.
–No existen –dijo Garzía– ni han existido
–Son los que fingen como todos los demás, pero sin darse cuenta –dijo Amundsen.
–Y han estado más de un siglo promoviendo la difusión de la cultura y de la ciencia, sin olvidarse de celebrar la entrada de la mujer en la política, lo cu...
Índice
- Portada
- Créditos
- Los nombres de las cosas
- Formas de decepcionar
- Acampada
- Los efectos mágicos
- El colegio
- Catastro
- Rebe
- Inglaterra
- París
- Holanda
- La muerte
- El amor
- El matrimonio
- La hernia
- La seducción
- En la cocina
- Teatro
- Llorar
- Las manos / la extrañeza
- La violencia imaginaria
- ¿Colonial?
- Muerte de mi madre
- Hay dos cielos
- La publicidad
- Elogios
- Canciones
- La responsabilidad
- El futuro
- Los equilibrados
- Valeria
- Alemania
- Películas
- La interioridad
- El pasado
- Lo que nadie sabe
- Uno y trino