20 razones para que no te roben la historia de España
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20 razones para que no te roben la historia de España

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20 razones para que no te roben la historia de España

Descripción del libro

20 episodios de nuestra historia que a menudo se olvidan o se malinterpretan. 20 razones para sentirnos orgullosos de nuestro país.La narrativa de la nación española ha estado a menudo dominada por una visión conservadora. La apelación al pasado colonial y la exclusión cultural han servido como artefactos para construir la identidad propia, rasgos que todavía hoy siguen presentes cuando ciertos sectores hablan de España. Sin embargo, existe otra narrativa alternativa, que arranca en la tradición liberal, cuyos hitos históricos a menudo se olvidan o se malinterpretan. Bruno Estrada explora nuestro pasado con maestría y sutileza para mostrar una historia no tan conocida, y nos propone una resignificación de la idea de España. Frente a una España gris, que suena a conquista, a conservadurismo y atraso, este libro destaca otra nación diferente, que amalgama multitud de experiencias, anécdotas y visiones llenas de creatividad. El lector descubrirá en estas páginas partes de nuestro pasado diferentes de lo que está acostumbrado a leer. Estas veinte razones son una invitación a liberarnos de los prejuicios y a adentrarnos en otra historia de España de la que podemos sentirnos muy orgullosos.

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Información

Año
2019
ISBN de la versión impresa
9788490978351
ISBN del libro electrónico
9788490978474
Categoría
Historia



CAPÍTULO 1

La cueva de Altamira: los falsos bueyes pintados por los curas españoles

Henri Moore consideró a la cueva de Altamira como “la Real Academia del Arte Rupestre”. Miró, Tàpies, Millares, Merz se han inspirado en ella. Miquel Barceló llegó a decir: “Creer que el arte ha avanzado mucho desde Altamira a Cézanne es una pretensión occidental, vana”. Hoy en día estamos orgullosos de las pinturas de la cueva, pero no siempre fue así.
Dar pasaporte nacional a restos humanos de hace varios milenios es una osadía, pero lo que muestra el caso de la cueva de Altamira es todo lo contrario.
El labrador que descubrió la cueva llena de huesos se llamaba Modesto, lo cual ya nos indica que la cosa no empezó bien. La noticia del hallazgo llegó a los oídos de un hidalgo montañés, Marcelino Sanz de Sautuola, un hombre ilustrado de la época con amplios conocimientos en ciencias naturales, botánica y geología. Casualmente es tatarabuelo de la actual presidenta del Banco Santander, pero esto no tiene que ver con esta historia.
Este buen hombre visitó París varios años después, lo que le permitió conocer los fascinantes descubrimientos que los arqueólogos franceses habían hecho en el valle de Vézère. Volvió durante varios veranos a la villa que tenía cerca de la cueva, con la esperanza de encontrar piezas prehistóricas de sílex y hueso similares a las que había visto en París.
En una de esas excursiones, su hija descubrió las pinturas: “¡Mira, papá! ¡Bueyes pintados!”, parece que es lo que dijo. El erudito Marcelino publicó en 1879 el hallazgo en varias revistas, lo que causó conmoción en Francia. Era la primera vez que se insinuaba que homínidos primitivos de la Edad de Piedra podían haber hecho semejantes obras de arte, y además en España.
Sin poner un pie en la cueva de Altamira, los grandes arqueólogos y antropólogos Gabriel de Mortillet y Émile Car­­tailhac rechazaron inmediatamente su autenticidad y tildaron de falsario a Marcelino, que fue humillado públicamente. Le llegaron a acusar de haber pintado él los dibujos. Hasta aquí no es una historia muy novedosa: los franceses, pioneros en el estudio de la arqueología y la antropología, eran quienes repartían los certificados de autenticidad. Y les costaba admitir que un descubrimiento tan espectacular no hubiera tenido lugar en el país más avanzado, incluso en la lejana Edad de Piedra.
El bueno de Marcelino siguió reivindicando su hallazgo frente al desprecio de los científicos franceses, ya que el hidalgo montañés, además de ser una persona curiosa, era tozudo. Y esto da a lugar a la parte más jugosa y lamentable de esta historia: la mayoritaria actitud de rechazo de los intelectuales españoles al hallazgo del cántabro.
Para zanjar el debate sobre la autenticidad de las pinturas rupestres, una persona tan ilustre como Francisco Giner de los Ríos, a la sazón director de la Institución Libre de Enseñanza, solicitó un estudio a Rafael Torres, uno de los geógrafos españoles más importantes del siglo XIX, y a Francisco Quiroga, el primer catedrático europeo de cristalografía. En ese estudio los sabios españoles negaron la versión de Marcelino, apoyando la opinión de los ilustres franceses sobre la existencia de un fraude. Era imposible que hombres prehistóricos, y sobre todo nacidos en la península ibérica, hubieran realizado aquellas pinturas. El 1 de diciembre de 1886, en la sesión de la Sociedad Española de Historia Natural, el director de la Calcografía Nacional dictaminó: “Tales pinturas no tienen caracteres del arte de la Edad de Piedra, ni arcaico, ni asirio, ni fenicio, y solo son la expresión que daría un mediano discípulo de la escuela moderna”. ¡Toma ya!
El notable complejo de inferioridad de la mayor parte de nuestros intelectuales del siglo XIX les hizo ser incapaces de re­­conocer como propios los aciertos de nuestros ancestros, aunque fueran de hace más de 22.000 años.
Marcelino murió dos años después en la más absoluta ignominia intelectual. Y así hubiera permanecido en la historia si no llega a ser por las pinturas que Henri Breuil, un cura francés, encontró quince años después en varias cuevas de Vézère, muy similares a las encontradas en Altamira. Estos hallazgos confirmaron la autenticidad de Altamira: si había pinturas rupestres de tal calidad en Francia, también podía haberlas en España.
El propio Émile Cartailhac publicó un breve texto en 1902 con un subtítulo muy explícito: “La caverna de Altamira, España, mea culpa de un escéptico”. En él reconoce: “Soy partícipe de un error, cometido hace veinte años, de una injusticia que es preciso reconocer y reparar públicamente”, y admite que Marcelino Sanz “me puso al corriente de sus descubrimientos y los publicó poco después. […] Muy prudente, nuestro colega no afirmaba la contemporaneidad de las pinturas y el depósito paleolítico. Se contentaba con plantear la cuestión”.
¿Cuáles son las razones del profundo desprecio con el que Cartailhac respondió a las cartas que el empecinado cántabro le envió? En el Congreso Internacional de Antropología y Arqueología Prehistórica de Lisboa de 1880 llegó a abandonar, mostrando ostensiblemente su repugnancia y su desdén, la conferencia que estaba dando Marcelino Sanz, donde hizo una presentación formal del descubrimiento mostrando los dibujos de algunas de las pinturas de la cueva.
Émile reconoció que las razones de su desconfianza provienen de que pidió consejo a Gabriel de Mortillet, arqueólogo veinte años mayor que él, y que este le respondió: “¡En guardia! ¡Se quiere jugar una mala pasada a los prehistoriadores franceses! […] ¡Desconfía de los clericales españoles!”.
Mortillet y Cartailhac tenían un enorme prejuicio sobre nuestro país, ya que identificaban a España como una nación culturalmente atrasada y dominada por la Iglesia. Además, consideraron que unas pinturas tan antiguas, y de tanta calidad, vendrían a poner en cuestión la teoría de la evolución, enunciada por Darwin tan solo unos veinte años antes. Por eso creyeron sinceramente que todo obedecía a un montaje de la curia española para desacreditar a los evolucionistas.
En 1902, 21 años después de haber rechazado la primera invitación de Marcelino Sanz, Cartailhac entró por fin en la cueva de Altamira. Expresó su profundo entusiasmo con aquel arte primitivo en una carta enviada desde Santander: “Querido amigo, el padre Breuil y yo desearíamos que estuviese usted aquí, en la cueva de Altamira. Es la más hermosa, la más extraña, la más interesante de todas las cavernas con pinturas […] Estos bisontes prehistóricos, estos caballos, estos ciervos, estos jabalíes, todos tan asombrosos […] Vivimos en un mundo nuevo”.



Capítulo 2

Cuando en la península era plata
todo lo que relucía: Argantonio, rey de Tartessos

Eran los tiempos en que en la lejana Asiria estaba llegando a su fin el reinado del gran Asurbanipal, el último de los grandes reyes asirios, el conquistador de Egipto, el que engalanó Nínive con la primera biblioteca del mundo repleta de tablillas de barro escritas en alfabeto cuneiforme.
Los fenicios llevaban ya más de trescientos años recorriendo el Mediterráneo y fundando factorías para comerciar en ambas orillas, como Cartago y Gadir (Cádiz). Los griegos se extendían por Sicilia, lo que luego sería conocido como la Magna Grecia. Roma era un diminuto asentamiento en el Lacio sin salida al mar, sin cárcel, en el que ni siquiera había un puente para cruzar el caudaloso río Tíber. En el siglo VII a. C. estrenaba a su cuarto rey, tras Rómulo, Anno Marcio.
¿Y qué sucedía en nuestra península? Los pueblos que la habitaban ¿se caracterizaban por ser poblaciones rurales dispersas y muy atrasadas culturalmente?
Dos barcos fenicios que por esas fechas naufragaron junto a las costas de Mazarrón, en Murcia, nos ofrecen alguna información relevante sobre ello, ya que sus bodegas rebosaban de productos de plata.
Argantonio (“hombre de plata”) había sido entronizado hacía pocos años como el rey de Tartessos. Era esta una civilización tan rica que durante su rei...

Índice

  1. PRESENTACIÓN .por Ramón Górriz y Diego López Garrido
  2. PRÓLOGO. por Joan Herrera
  3. CAPÍTULO 1. LA CUEVA DE ALTAMIRA: LOS FALSO BUEYES PINTADOS POR LOS CURAS ESPAÑOLES
  4. CAPÍTULO 2. CUANDO EN LA PENÍNSULA ERA PLATA TODO LO QUE RELUCÍA: ARGANTONIO, REY DE TARTESSOS
  5. CAPÍTULO 3. GADIR, CIUDAD TRIMILENARIA
  6. CAPÍTULO 4. HILERNO, UN NONATO HÉROE NACIONAL QUE NO ENCONTRÓ A SU JULIO CÉSAR
  7. CAPÍTULO 5. ¿CÓMO FUE POSIBLE QUE TRAJANO Y ADRIANO FUERAN ORIGINARIOS DE LA BÁRBARA HISPANIA?
  8. CAPÍTULO 6. EL RENACIMIENTO HISPÁNICO DEL SIGLO VII: LA PROVINCIA BIZANTINA DE SPANIA
  9. CAPÍTULO 7. DE LA DESCOMPOSICIÓN DE LA PATRIA GOTHORUM AL ESPLENDOR DE AL-ÁNDALUS
  10. CAPÍTULO 8. CUANDO SILICON VALLEY ESTABA EN CÓRDOBA
  11. CAPÍTULO 9. SANTIAGO ¿O PRISCILIANO? DE COMPOSTELA
  12. CAPÍTULO 10. ESPAÑA: ESLABÓN ENTRE LA CRISTIANDAD Y EL ISLAM
  13. CAPÍTULO 11. CUANDO ARAGÓN MIRABA HACIA ORIENTE
  14. CAPÍTULO 12. LAS HERMANDADES DEL SIGLO XV. LA NUEVA ARMA DE LA BURGUESÍA URBANA
  15. CAPÍTULO 13. A LOS PIES DE LA ALHAMBRA. Y CON DINERO DEL PAPA, SE FORJÓ EL VIAJE AL NUEVO MUNDO
  16. CAPÍTULO 14. LAS PRINCIPALES APORTACIONES DE ESPAÑA EN EL SIGLO XVI: LA ABOLICIÓN DE LA ESCLAVITUD Y LA CASA DE CONTRATACIÓN DE SEVILLA
  17. CAPÍTULO 15. JUAN RELINQUE: EL DEFENSOR DEL PUEBLO DE VEJER
  18. CAPÍTULO 16. CUANDO EN ESPAÑA SE TRADUCÍA A CONFUCIO
  19. CAPÍTULO 17. EL OTRO SIGLO DE ORO
  20. CAPÍTULO 18. LA INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA
  21. CAPÍTULO 19. EL " ASALTO A LOS CIELOS " EN ESPAÑA
  22. CAPÍTULO 20. LAS MUJERES EN LA MODERNIZACIÓN
  23. NOTAS

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