tercera parte
ESTILOS DE VIDA
Es difícil cambiar manteniéndose igual.
Principio de incompatibilidad de KNÖDEL
9
Cuerpo y espacio
Hay edificios mudos,
edificios que hablan,
edificios que cantan.
SÓCRATES
¿Qué le ocurre al cuerpo cuando pasa por experiencias espaciales diferentes? Intentemos entrar en un restaurante japonés, con mesas bajas, paredes de papel de arroz, silencio y luz difusa. Un espacio de este tipo, con características muy distintas de las que estamos acostumbrados, induce a un modo de ser y un estado psicofísico particulares, completamente distintos de los que serían evocados en un restaurante de barrio, con los cuadros muy tradicionales colgados en las paredes, los manteles a cuadros, las mesas muy cerca unas de otras, las luces de neón y el bufet de los entrantes de acero inoxidable colocado junto a la puerta. Inmediatamente uno puede notar, tal vez si se presta mayor atención al cuerpo, que en el restaurante japonés la respiración se alarga y se profundiza.
Y al revés, cuando buscamos nuestro lugar en la mesa de la fonda —donde para sentarnos debemos pedirle a la persona de la mesa de al lado si puede moverse un poco—, nuestro cuerpo se adapta a la situación ejerciendo una restricción, principalmente reduciendo la respiración. El cuerpo no pasa con indiferencia por las experiencias espaciales.
Si cualquier persona conoce bien la sensación de bienestar o malestar que se siente en ciertos ambientes, la reacción es en realidad mucho más articulada. Una pared asimétrica, un mueble demasiado pesado, una tabla de planchar en el centro de la habitación, la orientación o la exposición al sol de una sola parte de la casa, el hecho de tener un paisaje o no delante de la ventana, de estar en la planta baja o en el último piso, en una buhardilla desde donde se ve sólo el cielo o en un sótano escasamente iluminado en lugar de estar en un espacio ordenado, limpio y cuidado, o la falta de límites por no tener un cuarto propio, son suficientes para plasmar de manera más o menos inconsciente el modo de ser y producir un cambio a nivel psíquico o de personalidad. Eso no significa que la conexión sea ineluctable o inevitable, sino simplemente que hay una conexión.
Simplificando, se podría pensar que basta con cambiar de casa para resolver los problemas. Obviamente no es así, aunque en ciertos casos puede funcionar. Depende mucho de si es fuerte la identificación con el espacio propio y con el propio cuerpo: quien se refleja muy intensamente en el espacio que lo rodea, difícilmente podrá modificarlo si no cambia también alguna cosa dentro. Y la dificultad radica en el hecho de que cada cambio está estrechamente ligado a otros aspectos de uno mismo. Si la identificación es fuerte, cambiar sólo el coche puede ser una empresa titánica. Pero cuando la empresa se concreta, casi siempre genera otras transformaciones en el cuerpo y la personalidad. Análogamente, poder ver un nuevo paisaje desde la ventana puede contribuir a cambiar la propia perspectiva sobre la vida.
Espacio personal y estrategia de vida
La percepción del cuerpo y la del espacio exterior son dos procesos que se desarrollan simultáneamente en el niño, tanto que, la maduración de esta percepción está estrechamente ligada el desarrollo de la personalidad. Por lo tanto, no puede sorprender el hecho de que la organización del espacio se refleje sobre el cuerpo y la organización psíquica, sino también al revés, que los cambios psíquicos y de personalidad lleven a modificar las características del espacio circundante. Así, si la estrategia personal de un individuo prevé una respiración contenida, es probable que también su necesidad de espacio sea escasa, y que su identidad resulte restringida respecto a sus potencialidades. Mientras que si el tórax se expande más de lo que se precisa, la necesidad de espacio podría ser exagerada, hasta el punto de encontrarse, a menudo, con que se ocupa también el de los otros; así como es posible que el hecho de crecer en un espacio restringido induzca a reducir la propia necesidad de espacio (y la propia identidad). Por contra, dado que no existen dos personas iguales, puede ocurrir también lo opuesto, como sucede cuando uno se siente enorme e incómodo en un espacio pequeño e indefenso en un espacio demasiado amplio. En todo caso, la atención a la respiración nos proporciona la mejor indicación de lo que está ocurriendo.
La cantidad de espacio
Si la respiración es una de las maneras más evidentes de adaptarse al ambiente circundante, hay otros mecanismos que más o menos inconscientemente se ponen en acción para rellenar el espacio. Uno de éstos es el volumen, o la cantidad de espacio que se ocupa físicamente. Si inspirar es el sistema más veloz y reversible para modificar el volumen (gracias a la extensión torácica), de manera más estable, se puede ocupar más espacio engordando, tanto, que es bastante frecuente —en las relaciones con personas muy gordas — observar alteraciones de los equilibrios espaciales recíprocos (ejemplificadas, por ejemplo, en formas evidentes de intrusividad y confidencialidad).
Otro mecanismo es el olor: exactamente como los perros y los gatos delimitan su territorio señalándolo químicamente, el olor de una persona incide en la apropiación del espacio; trátese de olor a humo, a comida, a perfumes caros, a sudor o a otros olores, que al impregnar un ambiente con las emanaciones propias se vuelve propio. Para algunas personas es importante poder dejar la propia marca olfativa por todos lados, casi como los estilistas que ponen su marca en cualquier tipo de objeto. Muy a menudo, también, un olor que se propaga, que ocupa un gran espacio, está acompañado de una renuncia a tomarse los espacios propios conscientemente, por lo que una persona por un lado renuncia y por el otro, propaga.
En este punto, parecería evidente que el espacio del que uno se rodea no es más que otra metáfora de la estrategia básica de un individuo y, en este sentido, no es para nada cierto que cuanto más hay, mejor es, o viceversa. En cierta medida, también el modo en el que se estructura no es distinto de como una persona estructura su propio cuerpo. Como se verá mejor más adelante, también las formas de las casas y de las ciudades se refieren a organizaciones peculiares del sistema nervioso. La primera cuestión verdadera es, por lo tanto, identificar cuál es la cantidad adecuada de espacio, la cantidad fisiológica para uno mismo. Y eso vale tanto para el volumen del cuerpo y la respiración como para la casa donde uno vive, para la ciudad donde se elige vivir, etc. Si en una casa demasiado pequeña una persona siente que se ahoga, en una demasiado grande podría resultarle imposible ocuparla toda, incluso dejaría vacías algunas habitaciones. Además cuesta esfuerzo, dinero, hay que limpiarla y mantenerla ordenada. Pero la misma metáfora podría aplicarse a nuestro cuerpo: ¿logramos ocuparlo todo, tenerlo bien organizado y funcional? ¿Respiramos lo suficientemente profundo como para manifestarnos dentro de él o lo dejamos deshabitado?
En teoría, la cantidad adecuada de espacio —y de cuerpo— podría ser la que resulta más funcional y tranquilizadora desde el punto de vista físico, es decir, junto a la que uno siente mejor. Por otro lado, si una persona ha sufrido un trauma psicológico o ha corrido el riesgo de que otros le quiten su espacio, es bastante frecuente que desarrolle una necesidad de límites más amplios: recibe poco espacio, siente una invasión del propio espacio natural y como reacción tiene ganas de tener más. Para cada uno la cantidad de espacio crítica, es decir, más idónea, eficaz, eficiente, armoniosa para el propio equilibrio, está definida también por los traumas, la historia personal, las necesidades básicas y la propia estrategia de vida. Es frecuente encontrar en el lenguaje de personas obesas o asmáticas (cuyo síntoma está caracterizado por la dificultad de expulsar el aire) frases del tipo: «Me sofoca, no me da espacio, me quita el aire, me invade», sintomáticas de una alteración de la relación natural con el ambiente causada por el hecho de haber sido molestadas y provocadas justamente en el área del espacio vital. A menudo, para sobrevivir a una situación en la que los padres o un maestro, los hermanos o los compañeros requieren muchísimo espacio, el único modo para poder convivir es reducir el propio. Y como hemos visto, la tendencia a ocupar menos espacio del que sería natural favorece que se establezca una estrategia basada en la necesidad. Por otro lado, si la reacción a la misma situación es del tipo «No quiero ser aplastado», la molestia en la gestión del espacio puede manifestarse de manera más similar a la delineada para las estrategias basadas en el poder, también con un conflicto en la primera fase de la evolución (pertenencia). En este caso, el individuo busca coger todo el espacio que puede, no tiene suficiente con una mansión sino que necesita tener una casa muy grande o más de una, y así sucesivamente.
Estas dos alteraciones de la relación con el espacio representan una respuesta automática, es decir, sin elección, porque es inconsciente e incontrolada, que repite siempre el mismo procedimiento sea cual sea la situación y que, por lo tanto, no puede llegar a una satisfacción. ¿Nunca os ha ocurrido que os sentáis en el cine, en un tranvía o en un avión y os encontráis junto a una persona que os invade con el cuerpo o con las palabras, solicitando una cantidad elevada de atención? Inmediatamente se puede verificar cómo reacciona uno, cómo se siente psicológicamente, qué le ocurre a la respiración, a los músculos, al volumen del cuerpo. Otro experimento que se puede hacer es observar por un momento cómo se siente el lector ahora, mientras lee este libro.
Hay que mirarse alrededor y tomar nota de cómo se siente uno en relación con el ambiente en el que está. Ahora hay que empezar a respirar, llevando el aire a la parte alta de los pulmones y vaciándolos completamente, llevándolo a la parte posterior (en este caso se nota si las últimas costillas se alargan para hacerle espacio) y vaciándolos de nuevo, llevándolo hacia abajo e incluso a los lados, debajo de las axilas y así sucesivamente. Hay que continuar por unos minutos llenando y vaciando completamente el pecho, tratando de enviar el aire a cada rincón, como si uno estuviese haciendo una limpieza a fondo de los pulmones. Incluso uno se puede imaginar que los pulmones, llenados de esta manera, pueden extenderse hacia los brazos, el vientre, las piernas. Luego hay que volver a respirar normalmente.
¿Cómo os sentís ahora? ¿Ha...