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Travesías de los imaginarios y de los lenguajes políticos en el pensamiento de Mariano Moreno

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Travesías de los imaginarios y de los lenguajes políticos en el pensamiento de Mariano Moreno

Descripción del libro

Este libro presenta una biografía política atravesada por las tensiones y por la dramaticidad que supone la lucha por el poder y su consolidación. Pero también, por las contradicciones, memorias y vocabularios que se suscitaron en las últimas décadas del Virreinato del Río de la Plata y que fueron atravesando de diversas maneras la consolidación de las elites revolucionarias. Una biografía que proyectada en la construcción de un orden político actualizará, resignificará y articulará un conjunto de imaginarios, representaciones y vocabularios para fundamentar su intervención en la historia política y para crear nuevas realidades. Una vida política es una travesía, como también es un cuerpo histórico donde anclan y anidan, bajo los designios azarosos de la historia, ideas, prácticas e imaginaciones que esa misma vida, ante determinados sucesos, utiliza, padece y compone. La de Mariano Moreno fue una existencia política y escritural rica, fugaz y apremiante, capaz de dejar vocablos y experiencias que todavía poseen alguna resonancia enigmática en nuestras historias e instituciones.

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Información

Editorial
Eudeba
Año
2016
ISBN del libro electrónico
9789502321110
Categoría
Geschichte
Categoría
Weltgeschichte

CAPÍTULO III
MARIANO MORENO: DEL DESPOTISMO Y DEL AMOR A LA PATRIA

3.1 Biografía política e intelectual en chuquisaca

La vida intelectual de Mariano Moreno[150] se forjó en la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca. Junto con la Academia Carolina, ambas se convirtieron en ámbitos donde se recrearon y afianzaron las relaciones sociales y políticas. Al mismo tiempo, se instituyeron como espacios legítimos para la formación de letrados y hombres de saber que luego se incorporarían a la planta de empleos que ofrecía la Audiencia y la administración virreinal. El estrecho vínculo entre la universidad y las instituciones virreinales se evidenciaba no sólo en las promesas de empleo sino a través de la intervención política que la universidad, como cuerpo, realizaba sobre los asuntos públicos. Resulta importante considerar esto último puesto que parte de las elites revolucionarias altoperuanas y rioplatenses estarán constituidas por sujetos que trabajaban o mantenían una relación estrecha con la administración virreinal.[151] Por lo tanto, frente a la ausencia de esferas de representación como las Cortes, las instituciones se convirtieron en ámbitos de disputa, intrigas y rencillas entre funcionarios de diversos rangos que se fueron agudizando ante la crisis de la monarquía.
Esos ámbitos de socialización política crearon lazos de amistad y fraternidad entre generaciones de universitarios y doctores a raíz de las tareas universitarias y de la intervención en los asuntos públicos de la ciudad. Las reformas borbónicas, los sucesos de la sublevación indígena, las condiciones de los indios en las minas y luego el cautiverio del rey, fueron preocupaciones comunes que atravesaron los Claustros, las aulas y la Academia Carolina. Esta situación impulsó a muchos a vincularse y participar activamente en los procesos políticos que se abrirían a partir de la crisis monárquica. Cabe mencionar, entre otros, a Matías Terrazas, quien había permitido a Mariano Moreno el uso de su biblioteca, los hermanos Manuel y Jaime Zudáñez, Pedro Domingo Murillo, Manuel Rodríguez de Quiroga, Bernardo de Monteagudo, Juan José Paso, Mariano Michel, Juan José Castelli y Juan Manuel de Güemes. La Plata se transformó en una ciudad dividida y tensionada por las diversas intervenciones políticas y todo acto público se volvió un espacio propicio para que los actores sociales dirimiesen intereses y posiciones.
Las preocupaciones comunes y el desencadenamiento de los suce- sos en la Península habían recreado e instituido una generación política dispuesta a asumir la lucha por la apropiación del poder para erigir el autogobierno en sus ciudades y pueblos. Estos letrados, formados en los imaginarios y tradiciones jurídicas de las Siete Partidas, del pactismo y del constitucionalismo e inclusive del regalismo, compusieron lenguajes y discursos disponibles que fueron recuperados y resignificados en las diversas pugnas políticas. Es decir, estos imaginarios afirmaron su presencia en el orbe de las fórmulas políticas.
Lo significativo es que estos ámbitos de socialización pedagógica y política fundaron espacios para la recreación de una esfera de discusión y opinión pública. Más allá de las jerarquías institucionales, la socialización política desbordaba las propias instituciones extendiéndose a bibliotecas, tertulias y bares, de las cuales, muchas veces, surgieron panfletos, libelos que denunciaban y satirizaban las prácticas de las autoridades regias. Estas acciones políticas de tipo horizontal, tensionadas por prácticas de tipo vertical tanto en la universidad como en otros establecimientos, alimentaron paulatinamente la opinión pública reproduciendo la vida política de las ciudades. Es decir que, a pesar de las tensiones, surgía progresivamente una voz pública o rumor público que no estaba bajo la égida de la autoridad virreinal y que se desarrollaba en una esfera donde no existían las distinciones entre órdenes, cuerpos o estamentos. Las fisuras que abrían la disputa entre instituciones y autoridades, donde las legitimidades de las mismas eran puestas en cuestión, dieron lugar a que estudiantes o futuros doctores creasen ámbitos de pronunciamiento y reflexión más allá del control de los mandos. Los libelos, opúsculos y pasquines fueron una manera de dar a conocer, a través de una literatura anónima que intentaba erosionar la autoridad, la existencia de la opinión de hombres letrados. A su vez, estos pronunciamientos se establecieron en ejercicios intelectuales para un público lector constituido.
Durante sus estudios, Mariano Moreno conocería a Victorián de Villava y sus trabajos y documentos críticos de la mita y de las prácticas arbitrarias de los funcionarios regios. Se relacionaría también con María Guadalupe Cuenca, quien luego se convertiría en su esposa y, a través de sus cartas, lo mantendría informado del curso de la revolución rioplatense, aun, sin saberlo, cuando aquél ya había fallecido.
El impulso reformista de Villava y las conocidas controversias sobre los indios lo empujarían en el año 1802 a visitar las minas de Potosí. Comprobar la situación de los indígenas lo llevaría a preparar una disertación jurídica que sería presentada en agosto de ese mismo año en la Academia Carolina para su discusión y debate. Dos años más tarde egresó como abogado y en 1805 volvió a Buenos Aires, motivado entre otras cosas, por la persecución que la Audiencia de Charcas emprendió en su contra por haber defendido a un grupo de indios frente a sus patrones.

3.2 Cuerpo indígena y despotismo codicioso

El 13 de agosto de 1802 Mariano Moreno presentó en la Academia Carolina su Disertación Jurídica sobre el servicio personal de los indios en general y sobre el particular de Yanaconas y Mitaxios. El escrito, que recupera el Discurso sobre la Mita escrito en 1793 por Victorián de Villava, se establece como continuación de una contienda jurídica que mantenía como preocupaciones centrales la situación de los indígenas y del orden político. Esta polémica se insertaba en el marco de las polémicas que el documento del fiscal había provocado. En estas controversiales discusiones se enfrentaban los Magistrados a las autoridades regias, las Audiencias a los Gobernadores e Intendentes develando la pugna entre legitimidades y jurisdicciones. Unos reclamaban la observancia de la ley y otros reivindicaban una voluntad regia que debía guiarse más por la utilidad que por los preceptos normativos. Por lo tanto, mientras unos apelaban a las utilidades y beneficios de la monarquía, otros invocaban la ley y la justicia como la más útil consideración para limitar la arbitrariedad y, por consiguiente, fortalecer el orden político.
La Disertación discutía, por un lado, aquellas posiciones que consideraban a los indígenas como esclavos y, por otro, reflexionaba acerca de las pasiones o motivaciones que habían condenado a los indígenas a trabajos forzosos.
Para Moreno, reconocerlos como esclavos por naturaleza, apelando a la extravagante doctrina de Aristóteles, sólo perseguía el fin de sustraer la libertad y los derechos y, a su vez, negar las Cédulas Reales de 1542, que prohibían taxativamente sujetar a los indios a servicios forzosos. Esta situación se contrariaba inclusive con la lógica misma de la Conquista, que esperaba construir una comunidad formada sólo por católicos donde los indios fueran parte de una común ecclesia y parte de un mismo corpus de derechos y obligaciones. La religión incorporaría a los indios a la polis como católicos pero también como sujetos de derechos. Por ello, era “malicioso y procedido de codicia infernal y diabólica el pretexto que se ha querido para molestar a los indios y hacerlos esclavos diciendo que son como animales brutos e incapaces de reducirse al gremio y fe de la Iglesia Católica...”.[152]
Más allá de los imaginarios de la conquista, la realidad advertía que los indios habían sido transformados en siervos más allá de las leyes que los amparaban y reconocían como vasallos de la Corona de Castilla. Y ello se debía a que conquistadores, encomenderos y partidarios de la mita estaban más motivados por la codicia que por la construcción de una monarquía católica en sus plenos sentidos trascendentales y jurídicos. Pero, a su vez, motivados por la acumulación de poder político y territorial al interior de la monarquía.
La codicia, según Mariano Moreno, es la que ha movido a los es- pañoles a transformarse en amos y señores de hombres y tierras. Y es la codicia como principio, la que ha marcado la conquista de América. En el texto advierte:
“Al paso que el nuevo mundo ha sido por sus riquezas el objeto de la común codicia, han sido sus naturales el blanco de una general contradicción. Desde el primer descubrimiento de estas Américas empezó la malicia a perseguir a unos hombres, que no tuvieron otro delito, que haber nacido en unas tierras que la naturaleza enriqueció con opulencia” (Moreno, 1911: 377).
En esta reflexión, la codicia se vinculaba con la construcción del orden político. Ésta elaboró vínculos de obediencia y sujeción transformando a los indios en meras cosas. Ese afán depredador construyó las ciudades y sus lazos políticos despojando a los indios de “su nativa libertad”.
El conquistador y sus descendientes reivindicaron el arte de la codicia como voluntad de poder absoluto reclamando el derecho al dominio en el descubrimiento de América. Por ello, los conquistadores retomaron este argumento de los “bárbaros ejemplos de la antigüedad” o, más bien, fueron movidos “por los ciegos impulsos de su propia pasión” para justificar que “los indios debían según toda justicia, vivir sujetos bajo el grave y penoso yugo de una legítima esclavitud…” (Moreno, 1911: 378).
De este modo, Mariano Moreno establecería una correspondencia entre servidumbre y codicia, relación en la que se articula la configuración política y ética del orden. A su vez, esta asociación entre servidumbre y codicia habría impulsado las justificaciones del trabajo forzado. En este sentido, ambas destruían, desde diversos aspectos, el derecho de los indios. La voluntad de dominio y riqueza había disuelto las libertades.
Ahora bien, esa misma codicia que según Moreno había condenado a los indios a la vida de trabajo en los subsuelos de las minas y en los campos, también había configurado una tensión con respecto al poder del rey, puesto que los conquistadores y sus descendientes reclamaban un lugar de poder y representación en ese complejo andamiaje de la monarquía hispana. O mejor dicho, la codicia económica los había transformado en codiciosos del poder del rey y, en algunos casos, habían intentado disputárselo.
En la Disertación surge un discurso crítico a la situación de trabajo forzoso, a sus justificaciones, pero también a lo que el Rey en concreto había podido hacer frente a ello (no debemos olvidar que Felipe V en 1719 firma un documento de abolición de la mita en Potosí pero en vez de llegar a territorios americanos es devuelto al monarca). En efecto, las respuestas del monarca siempre se balancearon entre la posibilidad de mantener acuerdos y espacios de negociación y un férreo control sobre sus encomenderos.
En su documento la mina aparecía como la metáfora de un orden político injusto y arbitrario que despojaba a ciertos hombres de su primigenia libertad. Frente a ello sólo restaba apelar a un soberano que volviera a exigir a los partidarios de la mita que se ajustaran a la ley. América no podía ser una gran mina sino un territorio donde reinara la agricultura, la industria y el comercio. Es decir, no podía ser tratada como una colonia –donde lo significativo radicaba en la extracción de minerales y frutos– sino como un reino o provincia con las mismas atribuciones, libertades y derechos de establecer los mejores medios para su felicidad pública.
Mariano Moreno, que se había encargado de citar la jurisprudencia previa, le reclamaría al Rey que limitara los deseos e intereses de los encomenderos y que exigiera a éstos reconocer a los indios como sujetos libres. La Cédula Real de 1542[153] había dejado establecido que por “ninguna causa de guerra u otra alguna aunque sea a título de Rebelión, ni por rescate ni de otra manera alguna puede hacer esclavo Indio alguno y mandamos que sean tratados como vasallos nuestros de la Corona de Castilla, pues lo son” (Moreno, 1911: 380).
Pero el cuerpo normativo de cédulas y reglamentaciones al que se remitía Mariano Moreno chocaba con aquellas reformas que provocaban, frente al aumento del precio de los metales, la intensificación del trabajo forzoso para su extracción. Éste no sólo significaba, como indica Moreno, penosos trabajos y crueldades para los indios sino una forma de tiranía que violaba una libertad otorgada por Dios en su creación. En este sentido, las normas y cedulas se enfrentaba a la fuerza de los hechos.
La servidumbre y la utilidad económica podían articularse poniendo en cuestión, inclusive, aquella intención que portaba la legislación o normativa de los monarcas. Por eso, el autor de la Disertación se preguntaba: “¿Cómo se podría pretender sujetar y violentar a los Indios a determinados servicios, después de tan terminantes decisiones, con que nuestros monarcas afirman que es su intención hacerlos enteramente libres y exentos de cualquier servidumbre?” (Moreno, 1911: 381). Parecía, así, que la decisión presente del monarca avasallaba el peso y la historia de las normas y reglamentaciones, poniendo por encima de toda dignidad el beneficio del reino y su Corte. Ello también implicaba un enfrentamiento entre los derechos naturales y las prerrogativas de la Corona, entre la ética que estos derechos suponían y la razón pragmática de los funcionarios y ministros del rey.
El yanaconazgo, que al igual que la mita consistía en una especie de servidumbre, debía ser prohibido, ya que negaba la condición de lo humano y, con ello, vulneraba sus derechos naturales. En otras palabras, vulneraba el reconocimiento de los indígenas como seres con alma y, por ende, como potenciales católicos y vasallos. Si ellos eran considerados libres e iguales por creación divina y, por esto, reconocidos como vasallos de Castilla, la religión y el rey debían frenar los actos abusivos de los encomenderos, corregidores y de los funcionarios que los avalaban. Según Mariano Moreno, lo que podía observarse era la violencia con que eran sacados “estos infelices de sus hogares y Patria para venir a ser víctimas de una disimulada inmolación” (Moreno, 1911: 591).
Luego de demostrar a los partidarios de la mita que lo que ellos de- fendían era una forma de trabajo contraria a las leyes, vuelve a considerar que el trabajo en las minas cuestionaba el orden político. Así, a partir de una cita de San Ambrosio, Mariano Moreno (1911: 592) recomendaría a los monarcas que “es mejor conservar la vida de los mortales que la de los metales”, reafirmando que el mejor tesoro que posee un rey es su pro- pio pueblo. Con ello, también les advertía sobre la estabilidad que podía lograr el orden político ya que si “aligeran o derivan cargos graves de los hombres, de sus Vasallos, y les quitan las ocasiones, que les puedan ser de daños, escándalo, o desconsuelo entonces ellos descansan seguros, y se conservan en paz y quietud”.
Con su Disertación, Moreno indicaba asimismo que en ocasiones el criterio de utilidad o beneficio del reino podía poner en cuestión la durabilidad del orden político y erosionar la fidelidad al rey. Las sublevaciones indígenas habían demostrado que ello podía ser una realidad.
Es posible observar en su trabajo una reafirmación de los indios como parte de los pueblos que integraban la Corona de Castilla y, por ende, beneficiarios de un corpus normativo que los amparaba y protegía. Como se ha señalado, este escrito jurídico se inscribía también en una perspectiva ético-política que cuestionaba aquellos argumentos que valoraban sobre todas las cosas la razón regia. En este sentido, Moreno en su crítica al regalismo recuperaba el planteo ciceroniano que indicaba que lo útil puede combinarse con lo honesto, es decir, una práctica ética del poder puede lograr un mejor orden y otorgarle, además, una mayor perdurabilidad. La codicia, como mal, puede ser detenida y frenada por ...

Índice

  1. AGRADECIMIENTOS
  2. INTRODUCCIÓN
  3. CAPÍTULO I CRISIS ATLÁNTICA, CONMOCIÓN POLÍTICA Y CONCEPTUAL
  4. Capítulo II Tradiciones reformistas y constitucionalistas en Europa e Hispanoamérica
  5. CAPÍTULO III MARIANO MORENO: DEL DESPOTISMO Y DEL AMOR A LA PATRIA
  6. CAPÍTULO IV OPCIÓN REPUBLICANA Y SOBERANÍA POPULAR. APUNTES SOBRE EL PODER Y LA INSURGENCIA. (1809-1813)
  7. BIBLIOGRAFÍA