Volver siempre a Buenos Aires
Si Venezuela se convirtió en el país de acogida para muchos argentinos fue por la gran generosidad, la amabilidad y la alegría de sus gentes. Gracias a la naturaleza desbordante, al clima agradable, la geografía y sus maravillosos paisajes, Venezuela contribuyó con gran eficacia a que las personas que llegaban marcadas por tragedias personales pudieran, sino olvidar, por lo menos adaptarse fácilmente a una nueva vida. Por otro lado, de la Argentina llegaron a Venezuela profesionales muy bien preparados que influyeron mucho en el pensamiento progresista venezolano y contribuyeron al desarrollo intelectual del país como profesores universitarios, científicos, periodistas, escritores, directores de periódicos, pensadores o filósofos. Unos y otros influyeron y se dejaron influir.
Desde Caracas, los Reig seguían los acontecimientos que ocurrían en la Argentina. El fracaso de la guerra de las Malvinas debilitó al régimen militar: la Iglesia, los grandes empresarios y los Estados Unidos dejaron de brindar su apoyo incondicional a los militares. La situación política evolucionó y una cierta apertura permitió que se empezara a hablar de desaparecidos y de partidos políticos. En octubre de 1983 hay elecciones democráticas en la Argentina. Gana Raúl Alfonsín, encabezando la Unión Cívica Radical (UCR), con el 51,7% de los votos, y asume la presidencia el 10 de diciembre de ese mismo año. El país inicia una transformación política y social. Empiezan a regresar al país muchos de los que se vieron obligados al exilio y se inician profundas transformaciones en la universidad y en el sistema científico. Asimismo, empiezan los juicios a los militares responsables de las desapariciones, con la consiguiente oposición de las Fuerzas Armadas, que presionaban por impedirlos.
En 1983 la USB le concede a Osvaldo un año sabático y decide irse a la Argentina. En octubre, cuando la UCR gana las elecciones, Osvaldo estaba en Buenos Aires participando de aquellos días de euforia. "Me embargó el entusiasmo" -decía Osvaldo- "Me sentí con el deber de sumar mi esfuerzo a la reconstrucción de nuestras instituciones y decidí quedarme en el país".
Sus amigos -entre ellos Erwin Auspitz, que había permanecido en Argentina durante el Proceso, eufemismo con el que se autodenominó la dictadura militar (Proceso de Reorganización Nacional)- no se lo aconsejaban. En Venezuela tenía un buen trabajo y estaba bien considerado profesionalmente; en la Argentina el futuro era incierto, se encontraría con menos sueldo y un menor reconocimiento profesional. Pero sus amigos vieron sin ninguna duda que la decisión estaba tomada. Osvaldo tenía claro que quería trabajar para su país, y su país era Argentina.
Volvieron una vez más a hacer las maletas, aunque esta vez sus hijos no los siguieron. Ellos optaron por quedarse, estaban haciendo su vida en Venezuela y se sentían más venezolanos que argentinos. Y Estela, muy sensatamente, puso como condición que invirtieran los ahorros del seguro que les daba la Universidad venezolana en comprar una casa donde vivir. Así lo hicieron y adquirieron un departamento en la calle Alsina, del popular barrio de Once en Buenos Aires, y de este modo se convirtieron por primera vez en propietarios de un inmueble.
El departamento, como todos los lugares en los que había vivido Osvaldo, siguió siendo el lugar de encuentro de profesores, colaboradores, viajeros de paso por Buenos Aires, científicos en periplo, amigos de toda la vida y nuevas amistades. Todos estábamos cómodos en su casa; seguía siendo el anfitrión acogedor y generoso que se interesaba por todos y cada uno de sus invitados.
Durante el exilio en Caracas, Osvaldo había mantenido contactos profesionales con Argentina; de hecho, con Susana Merani mantuvo correspondencia sobre los roedores del género Akodon en los que trabajaba el grupo del doctor Néstor Bianchi en La Plata. Desde Caracas también seguía los trabajos sobre Ctenomys de Marcelo Ortells y sobre Calomys de Alfredo Vitullo. Su objetivo era formar un grupo de biología evolutiva sólido dentro de la Argentina, ésta era su gran ilusión. A todos ellos, cuando volvió a Buenos Aires, los trató de convencer para integrar un grupo grande y potente en biología evolutiva. Si bien colaboraron y publicaron artículos científicos juntos, cada uno de ellos mantuvo su lugar de trabajo, al que no renunciaron. Otra cosa hubiera sido si el proyecto que Osvaldo tenía pensado desarrollar en el Museo de Ciencias Naturales se hubiese consolidado.
La idea de Reig, apoyado por las nuevas autoridades de Ciencia y Técnica, era reorganizar el Museo argentino de Ciencias Naturales y poner en marcha un instituto de investigación adjunto al museo. De la mano del secretario de Ciencia y Técnica, el matemático Manuel Sadosky, de larga trayectoria de lucha a favor de la democracia, con quien lo unía una gran amistad, discutía el proyecto que se convirtió en el gran objetivo de su retorno a la Argentina. Provisionalmente el titular del museo era José Ma Gallardo, descendiente del naturalista y político argentino que dio nombre a la Avenida Ángel Gallardo, donde se ubica el museo. Osvaldo, como candidato a dirigir el museo, trabajó en el proyecto intensamente, consiguió fondos internacionales y movilizó a su alrededor un grupo de colaboradores a los que cautivó con la idea. Diseñó lo que sería un proyecto de renovación, de modernización y de actualización científica para el Museo de Ciencias Naturales. Susana Merani, bióloga, actualmente profesora en la Facultad de Medicina de la UBA, recuerda cómo ella y otros jóvenes investigadores contribuyeron a dar forma al proyecto elaborado por Reig, se pasaron largas horas sentados ante la máquina de escribir poniendo sobre papel el dictado de Osvaldo. Su nombramiento se fue demorando y quedó en eso: en un proyecto que nunca se llevaría a cabo. Algunos periódicos influyentes de derechas de Buenos Aires orquestaron una campaña a favor de Gallardo que impidió que el proyecto llegara a buen término.
Osvaldo nunca fue nombrado director del museo y para el cargo fue confirmado el licenciado Gallardo, naturalista aficionado con una limitada trayectoria científica, que siguió en el cargo hasta su fallecimiento en 1994. El sueño de contribuir a convertir el Museo del Parque Centenario de Buenos Aires en un museo de nivel y prestigio internacionales se esfumó.
En noviembre de 2008, Susana Merani y yo hablamos de este período en su laboratorio de citogenética de la
Facultad de Medicina de Buenos Aires. Susana recuerda que acompañó a Osvaldo en varias ocasiones, juntos fueron a una reunión en el museo donde Gallardo dejó bien claro quién era, a qué familia pertenecía, sus creencias religiosas y políticas, y las teorías científicas que aceptaba; todo ello para marcar claramente distancias respecto al doctor Reig. Susana me cuenta que a la salida de la reunión le dijo a Osvaldo: "Doctor, usted nunca será el director de este museo". Pero Osvaldo, siempre entusiasta y optimista, en aquel momento no aceptaba esta posibilidad. Hubo otro intento fallido, esta vez en Mar del Plata: se trataba de la creación de un Instituto de Biología Evolutiva y Paleobiología, pero tampoco este proyecto se consolidó.
Entre otras salidas profesionales, se le ofreció la posibilidad de ser profesor en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, donde finalmente fue contratado como docente y así recuperó su cargo de profesor titular. Paralelamente ingresó en la carrera científica de CONICET, en la que consiguió el máximo nivel. En su calidad de profesor en Exactas, Osvaldo le pidió a Ovidio Núñez, que entonces no tenía cargo docente, que aceptara ser profesor en la facultad. Ovidio aceptó e impartió solamente un cuatrimestre: "Ya no estaba para eso, no aguanté las clases con 800 alumnos" -me contó el día que lo visité en La Plata- "la Facultad de Exactas estaba dividida por razones ideológicas en dos grupos antagónicos, siempre lo estuvo... intenté hacer de puente entre los dos grupos enfrentados" -sigue Ovidio Núñez- "porque me parecía mejor juntar esfuerzos y porque había personas válidas. No obstante, Osvaldo defendía sus teorías científicas a capa y espada y no estaba dispuesto a rebajar sus planteamientos".
En la Facultad, Osvaldo fue recibido con cierto recelo, en parte debido a su personalidad fuerte y arrolladora, a la aureola de científico competente que lo precedía, también por su ambición científica, y no se puede descartar el peligro que significaba para algunos tener un competidor en conseguir los escasos recursos que se repartían para investigación. Las cosas no le fueron fáciles en la UBA. Como ejemplo, Susana Merani recuerda que a Osvaldo no le dieron mobiliario y un profesor de otro laboratorio se brindó a cederle la silla de un colaborador que se encontraba ausente.
En la UBA creó y organizó el Grupo de Investigación en Biología Evolutiva (GIBE) con la finalidad de estudiar los mecanismos de especiación en animales, aplicando las nuevas técnicas citogenéticas descritas en aquellos años, y así profundizar en los modelos cuantitativos, e incorporar técnicas de genética bioquímica y de biología molecular. En el GIBE se iniciaron en la investigación algunos de los que fueron sus primeros doctores de este período: Alicia Massarini y María Susana Rossi trabajando en Ctenomys, Rosa Liascovich con los roedores del género Akodon, Esteban Hasson trabajando en la mosca Drosophila. También Marcelo Ortells y Alfredo Vitullo, que iniciaron su colaboración en años anteriores, cooperaron, por aquella época, con el grupo del GIBE aunque no formaron parte de él; y María Alicia Barros, que volvió como él de Venezuela en la misma época y trabajó con los tuco-tucos del género Ctenomys.
Las diferentes líneas de investigación desarrolladas en el GIBE se llevaron a cabo colaborando con otras instituciones con las que Osvaldo había establecido sólidas y fructíferas relaciones. El estudio de los marsupiales lo llevó a cabo asociado con Kirsch, de la Universidad de Wisconsin y los de Drosophila en estrecha colaboración con Antonio Fontdevila, de la Universidad Autónoma de Barcelona. Posteriormente estableció la colaboración para el estudio de los mecanismos de especiación de los Ctenomys con el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, y con Montserrat García y conmigo misma, de la Universidad Autónoma de Barcelona.
El interés de Osvaldo siempre se concentró en los vertebrados terrestres, especialmente roedores y marsupiales; por ello parece sorprendente que en Buenos Aires iniciara una línea de investigación en la mosca Drosophila. La razón de ello me la cuenta Antonio Fontdevila, compañero de facultad en la Universidad Autónoma de Barcelona: Antonio y Osvaldo se conocieron en Venezuela a través de Moritz Benado, un chileno que trabajaba en el laboratorio de Osvaldo. Fontdevila, genetista de la mosca del vinagre, era entonces profesor en la Universidad de Santiago de Compostela, en España. Enseguida congeniaron. Para Antonio, Osvaldo era una persona científicamente muy válida y muy abierta a las propuestas científicas. Aunque trabajaban en especies animales diferentes, los problemas a estudiar eran los mismos: cómo funcionan los mecanismos de formación de nuevas especies. Hablaban y discutían sobre los aspectos teóricos de la evolución, incluso Fontdevila acompañó al grupo de Osvaldo de campaña por los bosques en galería venezolanos a buscar ejemplares del roedor Proechimys. Se volvieron a encontrar en Argentina, allá por el año 1983, cuando Osvaldo ya estaba en la UBA. Acordaron crear un grupo conjunto para el estudio de las moscas drosófilas de Argentina; de este modo en el GIBE se inició el estudio de la especie argentina Drosophila buzzati. Drosophila es un modelo de estudio de genética de poblaciones desde que el genetista Dobzhansky lo difundió ampliamente por los países donde fue realizando sus trabajos. Tanto en Brasil como en Chile, países donde estuvo Dobzhansky, en los años 80 había grupos de genetistas investigando sobre las poblaciones de moscas drosófilas, pero no los había en Argentina. El primer estudiante argentino que hizo el doctorado entre la UBA y la UAB fue Esteban Hasson. La colaboración de Esteban, que actualmente es profesor de la UBA, con el grupo de la UAB sigue vigente en la actualidad.
Gracias a esta colaboración con la Universidad Autónoma de Barcelona, conocí a Osvaldo el año 1988, cuando estuvo en mi universidad como profesor invitado. Ya he relatado cómo fue el primer encuentro, al que siguieron otros en los que departíamos sobre los modelos de espe-ciación cromosómica en primates por los pasillos de la Facultad. Los primates son el grupo de mamíferos, en el que tanto Montse García como yo, profesoras ambas de la UAB, hemos trabajado durante muchos años.
Nos volvimos a encontrar en Buenos Aires, donde fui invitada por la profesora Marta Mudry, experta pri-matóloga, investigadora del CONICET, con quien he colaborado muchos años estudiando los cromosomas de los primates argentinos. Marta, que entonces tenía su laboratorio de investigación en la Academia Nacional de Medicina, era además profesora en el mismo departamento que Osvaldo.
El escritorio del profesor Reig en el GIBE, donde lo visité varias veces, era un inmenso caos. Era un desorden de papeles, volúmenes amontonados, libros abiertos, revistas con papelillos que marcaban páginas, folios escritos con su letra, había separatas de otros científicos y opúsculos de diferentes temas, y los inefables ceniceros llenos de colillas junto a la taza de mate o de café. Entre aquel desorden siempre encontraba el papel escrito que le había sugerido tal o cual idea, y te lo comentaba como si tú también lo acabaras de leer.
A través de un cristal se lo veía inmerso en el estudio; en cualquier cosa que estuviera haciendo parecía que se le iba la vida. Si conseguías que te atendiera era sólo para hablarte de cualquiera de los temas interesantes que rondaban por su cabeza.
"Salía de su despacho con ideas de trabajo que proponía al primero que encontraba. Proponía todo a todos, y el que estaba capacitado para entender, entendía; y todos, sin excepción, quedaban fascinados", recuerda María Susana Rossi, en relación a la época en que estuvo trabajando en su tesis doctoral en el GIBE.
Osvaldo se imponía con su presencia física, era grande, voluminoso, con una voz profunda, hablaba con conocimiento de causa, intransigente en sus opiniones, arrollaba con cantidad de ideas, argumentaba y teorizaba sobre lo último que había leído y pocos se atrevían a discutirle y menos a contradecirlo. Pero era capaz de entusiasmar y dar confianza a los jóvenes que crecían a su lado.
Trabajar con él era estar siempre dispuesto. No tenía horario. Abrumaba. Llamaba a sus colaboradores a cualquier hora del día para preguntarles sobre aspectos concretos de su investigación, por una idea que se le había ocurrido o porque estaba inmerso en la redacción de algún artículo. Trabajaba hasta cualquier hora de la noche, igual los llamaba por teléfono a su casa para dictarles un informe o un artículo para una revista. Era capaz de suplir la falta de un artículo en la revista de una sociedad científica de la que era miembro activo o editor, en el último momento, escribiéndolo él y entregándolo unas horas antes de cerrar la edición.
Su interés por la investigación científica eran los datos obtenidos en las observaciones y en la experimentación, cómo relacionarlos, cómo agregar lo nuevo a aquello que ya se sabía. Cuando realmente disfrutaba era integrando, escribiendo revisiones, entonces era cuando sus colaboradores lo veían entusiasmado encerrado en su despacho. Nunca fue un obsesionado por publicar en la medida que lo son los científicos actuales, que lo que buscan es la cantidad de trabajos y el impacto de la revista. Se obtenían los datos para conocer, para saber, para relacionar, y luego se publicaba.
Alberto Solari, profesor de la Facultad de Medicina, reconocido citogenetista por sus rigurosos y pulcros trabajos, coincidió con Osvaldo en el Directorio de CONICET. Solari había sido propuesto en el cargo por Manuel Sadosky, secretario de Ciencia y Técnica, con el mandato de hacer lo que su conciencia y experiencia científica le dictara para llevar a cabo lo más conveniente para la República Argentina. Si ésta era la comisión de Solari, imagino que a Osvaldo se lo propusieron con el encargo de una tarea equivalente. Ambos coincidieron en lo que se debía hacer, y conociéndolos, en lo que no estuvieron de acuerdo en absoluto fue en la forma de hacerlo. Solari era más prudente y cauto, negociador y dispuesto a ceder si era estratégicamente conveniente. Osvaldo más impulsivo, embestía y no aceptaba un paso atrás. Se enfrentaron a los poderes fácticos con su empeño de hacer ciencia con rigor y de calidad, y tratando de imponer criterios objetivos y científicos en el reparto de los presupuestos. Siendo ambos miembros del Directorio se investigaron casos de corrupción y tuvieron que intervenir centros e iniciar procesos judiciales por malversación de fondos y otras irregularidades.
Todos los expedientes se pararon a partir de 1989. "Hicimos lo que teníamos que hacer, yo no me arrepiento de nada, y Osvaldo seguro que tampoco se arrepintió, pero todo lo que hicimos lo pagamos más tarde" -me explica Solari-. "A mí me dejaron diez años sin subsidios de CO-NICET y Osvaldo se marchó. España le dio un respiro y le abrió nuevas opciones".
Las fuerzas militares argentinas se negaban a aceptar los juicios a militares y hubo diversos levantamientos que amenazaban el gobierno de Alfonsín. Todo ello obligó a que se dictara la ley de Punto Final, en 1986. Después del levantamiento de Aldo Rico al mando de los carapintadas en la semana santa de 1987, Alfonsín tuvo que ceder y permitir que se aprobara la ley de Obediencia Debida. Las presiones, la fuerte crisis económica en la que estaba inmerso el país y la incapacidad del gobierno para que se aceptaran los cambios sociales propuestos, provocaron una fuerte caída de la popularidad de Alfonsín. Las presiones de los militares y de las otras fuerzas que los habían apoyado obligaron a adelantar unos meses las elecciones y en consecuencia a traspasar el gobierno a Carlos Menem, el presidente elegido democráticamente en mayo de 1989.
Paralelamente, en Buenos Aires Osvaldo recuperó a sus viejos amigos argentinos: Jorge Braguinsky, Erwin Auspitz, Roberto Piterbarg y León Rozitchner, entre otros. Se volvieron a encontrar con los que se habían quedado en el país durante el período de la dictadura militar y...