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Medio siglo de revolución y guerra civil en La Rioja y la Argentina de Ángel Vicente Peñaloza (1810-1863)

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Medio siglo de revolución y guerra civil en La Rioja y la Argentina de Ángel Vicente Peñaloza (1810-1863)

Descripción del libro

El general de las causas perdidas. Nunca triunfador, jamás vencido, Ángel Peñaloza pelea por los suyos largas campañas que no puede ganar. Combate junto a jefes prestigiosos: Quiroga, Lavalle, Benavides, Urquiza. Enfrenta, lanza en mano, a los gobernadores porteños más poderosos del siglo: Juan Manuel de Rosas y Bartolomé Mitre. Ambos siguen contra él persecuciones de exterminio. Todos, aún sus enemigos, reconocen en Peñaloza un hombre de bien. Nadie lo acusa de haber torturado ni ejecutado a los vencidos en tiempos que todos lo hacían.Sarmiento y Hernández, las dos grandes plumas del siglo XIX, dedican sus propias biografías al Peñaloza. Hernández ve en Chacho "uno de los caudillos más prestigiosos, más generosos y valientes, que ha tenido la República Argentina". Hasta Sarmiento, su adversario implacable, termina admitiendo que "alguna cualidad verdaderamente grande debía de haber en el carácter de aquel viejo gaucho".Las guerras del Chacho remontan a valores, creencias y costumbres de una época ya lejana. Un mundo sin telégrafos, trenes, ni rutas transitables. Un tiempo en que la Argentina interior se ve sometida a la tensión del mayor cambio político, económico, demográfico, cultural e institucional de su historia.

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Información

Editorial
Eudeba
Año
2016
ISBN del libro electrónico
9789502321820
Categoría
History
Categoría
World History
CAPÍTULO 1
La Rioja vieja y la Revolución de Mayo
Los días transcurren, circulares, en el virreinato del Río de la Plata. Y aún más previsibles en la tenencia de La Rioja, dependiente de la gobernación-intendencia de Córdoba. No abundan datos de aquellos días virreinales. Apenas informes fragmentados.
Todos se conocen en la poco poblada La Rioja. Hasta que, entre 1778 y 1795, se produce una explosión demográfica y un cambio cualitativo. Los mestizos y mulatos pasan de 1.906 a 6.633; ya no son el 20% de la población sino el 47%. ¿Qué ha ocurrido? Para algunos, la existencia de tierras sin dueño ha producido una fuerte migración de esclavos libertos a la búsqueda de afincarse en rancho propio. En los llanos, “gran parte de la población gaucha está formada por gente de ascendencia africana” que ha emigrado en el último medio siglo por la existencia de tierras disponibles. Al mismo tiempo “la relativa pobreza de la economía ganadera de los Llanos y el consiguiente status económico más bajo de los criadores llanistas se tradujo en una brecha cultural menos profunda entre los criadores más grandes y los gauchos, lo que facilitó la identificación, mientras que los terratenientes más ricos y mejor educados de Famatina estaban culturalmente más alejados de sus potenciales clientes” (De la Fuente).
Famatina, la región más importante, exhibe grandes haciendas de españoles y sus descendientes criollos en Chilecito, Nonogasta, Sañogasta. Las poblaciones indígenas han sido confinadas a tierras más pobres: Vichigasta, Malligasta, Tilimuqui, Pituil. Las bautizan Los Pueblos.
La tranquilidad es arrasada por los ruidos de la guerra. Las invasiones británicas vencidas por Buenos Aires en 1806 y 1807 militarizan la capital virreinal y crean “una nueva élite: la que forman los comandantes y jefes de los cuerpos milicianos” (Halperin Donghi).
Ese nuevo liderazgo aprovecha en 1810 la disolución del gobierno provisional español, ahogado por la invasión de Napoleón Bonaparte. El Cabildo de Buenos Aires usa la excusa para formar gobierno propio.
Late la voluntad política, faltan el dinero y la fuerza para sacudir el coloniaje. Han aumentado los recursos de la aduana y vibran tropas fogueadas en la lucha militar contra los británicos. Los siete batallones de infantería miliciana se convierten en cinco cuerpos de infantería veterana, uno de granaderos y uno de castas. “Era el núcleo de un nuevo ejército, destinado, no a la defensa de una ciudad, sino a seguir las rutas de la guerra” (Halperin Donghi).
Sale al interior el Ejército Auxiliar a las Provincias, base del futuro Ejército del Norte. Su jefe es Francisco Ortiz de Ocampo, quien ha peleado contra los invasores ingleses y comanda el Regimiento de Arribeños (así llamado por integrarlos hombres de las provincias de arriba). Según Sarmiento, Facundo Quiroga es enrolado en 1810 en el mismo regimiento de Arribeños. El primer general de la Revolución y su desconocido soldado han nacido, ambos, en La Rioja.
La columna, de quinientos hombres, debe garantizar el gobierno de los amigos de la Junta. Si la elección de los pueblos recayese en adversarios del nuevo orden, el ejército garantizará que la elección se anule y se elija a un amigo de Buenos Aires.
El 25 de mayo de 1810 es el grito de Buenos Aires. Pero la gran mayoría del virreinato rehúsa plegarse. De las ocho gobernaciones-intendencias, seis niegan a la Primera Junta: todas la altoperuanas (Potosí, Cochabamba, La Paz, Charcas) pero también el Paraguay y hasta Córdoba. La decisiva gobernación militar de Montevideo, donde recala la flota, también se opone. El aparato colonial español resiste masivamente.
A favor de Buenos Aires hay muy poco: apenas las gobernaciones de Salta del Tucumán, luego de áspera lucha interna y de la propia Buenos Aires.
La Rioja espera. Las simpatías despuntan por Buenos Aires, pero depende política y militarmente de Córdoba. Y Córdoba decide luchar con las armas contra la Junta porteña. Al frente de sus tropas, Santiago de Liniers, el ex virrey, el héroe contra los invasores británicos, el hombre más popular del virreinato.
Luego de la primera indecisión y de la derrota cordobesa, La Rioja decide, no sin debate, acompañar a Buenos Aires.
Sin el Alto Perú ni el Paraguay, el Virreinato del Río de la Plata es un inmenso territorio vacío. Apenas 700 mil habitantes: setenta mil en Buenos Aires y el litoral, veinte mil en Cuyo, 210 mil en las provincias interiores.
DOS ARGENTINAS
José Luis Romero describe a los revolucionarios: “europeizante e ilustrado, el grupo criollo de Buenos Aires descendía de manera directa de los liberales españoles de la época borbónica; algunos de los espíritus más inquietos habían tomado contacto directo con el pensamiento francés o inglés”.
Frente a esa burguesía que mira a Europa, la Argentina tucumanesa. Daniel Larriqueta percibe que las provincias interiores cultivan un “lenguaje común con el vasto mundo de la Hispanidad indiana. Una tradición de trabajo y éxito que daba a sus grupos dirigentes una fuerte confianza en sí mismos y en sus ideas. Y una densidad cultural capaz de fundar la nacionalidad. Pero también una visión vertical de la sociedad, autoritaria de la política, permisiva de la violencia, omnipresente de la Iglesia, censora de la cultura, cerrada de la economía, temerosa de lo externo y acrítica de la herencia”.
La economía está haciendo diferencias entre las dos Argentinas. La aduana porteña recauda 2.676.601 pesos durante 1810. El cobro de derechos por el comercio internacional brindará a los primeros gobiernos patrios –y luego a la provincia de Buenos Aires– una masa de recursos infinitamente superior al resto del país. Una segunda ventaja habrá de ser la impresión de papel moneda. A poco andar, los gobiernos porteños se financiarán con emisión monetaria. El interior, en cambio, jamás podrá montar un esquema de producción de billetes; se limitará al uso de monedas españolas, bolivianas y chilenas de oro, plata y cobre.
La acumulación de recursos materiales y la existencia de una ágil burocracia virreinal –Belgrano y Castelli vienen trabajando en el Consulado– permitirá a la capital gozar de una estructura estatal moderna. Y financiarla.
Buenos Aires dirige la revolución, pero el interior acompaña con enormes esfuerzos. En 1812, en Famatina, son fabricados los primeros cañones. Iniciativa de Nicolás Dávila y Francisco Brizuela y Doria.
“Buenos Aires ha aprendido a no confiar sino en sí misma, a identificar la expansión del movimiento revolucionario con la de su hegemonía” (Halperin Donghi). Así, en la Asamblea del Año XIII abundan diputados que representan distritos en los que no han nacido, y a veces ni siquiera conocen, como el caso del presidente Carlos María de Alvear, elegido por Corrientes, Balcarce (Tucumán), Monteagudo (Mendoza), Larrea y Posadas (por Córdoba).
La Asamblea del Año XIII cambia la sociedad para siempre: abole los títulos de nobleza, los mayorazgos, la inquisición, los elementos de tortura, la mita, el yanaconazgo y todo servicio exigido a los pueblos originarios, garantiza la libertad de prensa y la libertad de vientres: los hijos de esclava serán libres. Sus miembros no juran obediencia al rey sino a la Asamblea, erradican la efigie de Fernando VII y las monedas se acuñan bajo la inscripción Provincias del Río de la Plata. En Unión y Libertad. Corren días de iniciativas audaces, se hacen cosas que nunca se han soñado.
Brizuela, teniente gobernador de La Rioja (asume el 13 de junio de 1814) levanta un censo: 14.092 habitantes en total. La primera minoría, 5.017, son libertos, personas de color. En seguida vienen 4.751 españoles americanos o criollos; 3.178 indios; 1.076 esclavos; 64 españoles europeos; 9 extranjeros. Por fuera se computan 19 frailes y 14 clérigos. La Rioja en 1814 exhibe una población morena: 6.000 de raza negra, más de 3.000 indios, menos de 5.000 criollos.
La provincia sigue aprovisionando los ejércitos criollos. Novecientas mulas son destinadas al Ejército del Norte. San Martín prepara en Mendoza el cruce de los Andes.
Mientras, un Congreso debate el futuro de la revolución. Hay ausencias importantes: La Banda Oriental, Corrientes, Entre Ríos, la flamante provincia de Santa Fe (antes dependía de Buenos Aires) simbolizan el rechazo de Artigas. Asisten delegados de Buenos Aires, Catamarca, Córdoba, La Rioja, Mendoza, Jujuy, Salta, San Juan, San Luis, Santiago del Estero, Tucumán. También de las regiones altoperuanas de Mizque, Charcas, Chichas. El delegado riojano, Pedro Ignacio de Castro Barros, un doctor en teología de gran influencia, presidirá el Congreso en mayo. El 9 de julio el Congreso reunido en Tucumán declara que las Provincias Unidas ya son “una Nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli, y de toda otra dominación extranjera” y elige a Juan Martín de Pueyrredón, único gobernante que se mantendrá tres años seguidos en el poder durante esa década revolucionaria. Su elección “revela la existencia de un terreno de acuerdo entre sectores políticos de la capital y el interior” (Halperin Donghi).
DE FAMATINA A LOS LLANOS
Chilecito, capital de Famatina, es el centro económico provincial. Armando Bazán marca que “desde el punto de vista económico más importancia que la ciudad tenía el Oeste. Región de configuración montañosa, en los valles de Famatina y de Vinchina se encontraban los más ricos predios rurales, las tierras de pan llevar, regadas por los arroyos que bajan de la montaña. Viñedos y olivares, trigales, alfalfares y otras plantas de Castilla representaban los productos que alimentaban el intercambio y una incipiente industria. En Famatina están los ricos y mentados yacimientos de oro y plata, trabajados con procedimientos muy rudimentarios y explotados en corta escala por falta de capitales”. De aquí se envía aguardiente a Tucumán y Córdoba.
Consecuencia política: “el Oeste es una comunidad de tipo feudal donde se hace sentir incontrastable la autoridad del señor autoritario y soberbio. De allí provienen algunos de los linajes más encumbrados, la aristocracia de la tierra, de la cual fueron exponentes los Dávila y Ocampo, protagonistas de una larga querella patrimonial con graves derivaciones en el terreno político”.
Las comunidades indígenas son despojadas de sus mejores tierras y enviadas a reducciones en Vichigasta, Malligasta, Tilimuqui, Pituil. Los pueblos. Aunque ya no se habla quechua, muchas tierras son comunales. Muchas otras, mercedes sometidas a un régimen jurídico específico que complica su sucesión.
LA FAMILIA PEÑALOZA
Hacia 1760 llega a esas tierras duras el aragonés Francisco Peñaloza. Se casa con una viuda, Teodora de Ávila. Nicolás, uno de sus seis hijos desposa a Melchora Agüero. Tres vástagos: Fulgencio, Antonia y Esteban. Fulgencio “organizaría un ejército en los llanos para cooperar en la campaña libertadora de San Martín; Antonia fue esposa de Basilio Castro Barros, hermano del congresal de Tucumán; y Esteban, casado con Úrsula Rivero, que fueron los padres del Chacho” (Fernández Zárate).
La leyenda apunta que el 2 de octubre de 1796 hay fiesta en el pueblo de Guaja. Guitarra y baile festejan el nacimiento de Ángel Vicente Peñaloza. Abuelos maternos son Bernardo Rivero, hijo de un portugués, y Mercedes Torres. El bebé nace súbdito español del Virreinato del Río de la Plata. Dice alguien que la fiesta se anima con la llegada de Juan Facundo Quiroga. La memoria engaña: Facundo tendría apenas nueve años.
La casa de los Peñaloza eran “construidas de adobes y tierra apisonada, como se edificaba antiguamente, con serie de piezas y galería. No podían vivir en ranchos quienes usaban utensilios de plata y otros objetos de uso común del mismo metal” (Fernández Zárate). El Chacho tiene varios hermanos: Ramón, Pedro, Mercedes y Brígida.
Los datos, fragmentarios, hablan de un huérfano. Primero muere la madre; el padre del Chacho se vuelve a casar, esta vez con Dolores Funes. La familia de los Funes habita Córdoba y San Luis. Su biógrafo menciona la tragedia infantil: “El niño adorado en Guaja, cuando cuenta apenas nueve años de edad, ve irse, definitivamente, a sus padres, uno a uno, quedando en una orfandad digna, bajo el amparo tutelar de la familia”.
Al Chacho lo cría, se repite, su tío abuelo, el sacerdote Pedro Vicente Peñaloza. El religioso lo llamaba al grito de ¡Chacho! para abreviar ¡Muchacho! en los primeros años de su vida. De ahí nacerá su alias de toda la vida. Las sombras sobre la infancia siguen: el religioso fallece en 1801, cuando su sobrino tenía solo cinco años. Acaso por eso no pudo enseñarle a escribir. ¿Por qué el Chacho pudo ser analfabeto? Fernández Zárate contesta: “se explica sin dificultad. Por la falta de escuelas en la época, ya que la primera abrióse de 1870 a 1872”. Fermín Chávez, en cambio, afirma que Peñaloza está alfabetizado.
¿EL CHACHO CON SAN MARTÍN?
En 1815, más de veinte quintales de pólvora son enviados al ejército que prepara San Martín desde Mendoza para atacar Chile. La Rioja hace su aporte al cruce de los Andes que organiza San Martín. “Son las provincias andinas las que ofrecen la mayor parte de los recursos para la expedición a Chile” (Halperin Donghi). El ganado y las cabalgaduras se compran en todo el Oeste, con fondos que remite Pueyrredón desde Buenos Aires.
La clausura de la ruta a Chile y el Alto Perú empobrece los pueblos andinos. Entorpece el comercio y el intercambio de productos locales pero también mercaderías europeas que cruzan la cordillera. De ahí en más, deberán conseguirse en Buenos Aires.
Manuel Belgrano, que se ha hecho cargo otra vez del Ejército del Norte, decide en combinación con San Martín enviar al coronel oriental Benito Martínez a gobernar La Rioja. En secreto, debe preparar un contingente para atravesar la cordillera. En agosto de 1816, Martínez ordena al comandante de Famatina, Nicolás Dávila, junte hombres en el oeste y norte de la provincia y los adiestre. Lo mismo ordena al comandante de Los Llanos Fulgencio Peñaloza. El 22 de enero de 1817, 200 llanistas y 120 hombres del oeste y norte provinciales se concentran en Guandacol, listos para trasponer la cordillera por el Paso de Come Caballo, por donde anualmente cruza ganado en pie para vender en Chile. Son arrieros, labriegos, mineros, baquianos, rastreadores [para Halperin son 130 hombres en total]. Allí convergen con el coronel Francisco Zelada, enviado por Belgrano con doce veteranos. Zelada encabeza, Nicolás Dávila marcha como segundo jefe. El 1º de febrero la columna penetra en Chile, captura una patrulla realista en Castaño. Ahí se bifurca: Dávila con 80 hombres avanza a Copiapó y Zelada hacía Huasco. El 12 de febrero, “los riojanos han tomado Copiapó” (Halperin Donghi). Ese mismo día San Martín aplasta a los realistas en Chacabuco...

Índice

  1. Portada
  2. Legales
  3. Portadilla
  4. Dedicatoria
  5. Prólogo
  6. Capítulo 1. La Rioja vieja y la Revolución de Mayo
  7. Capítulo 2. Cabalgando con Facundo, el unitario de los federales
  8. Capítulo 3. Peñaloza contra Rosas
  9. Capítulo 4. Todos contra el Chacho
  10. Capítulo 5. La vuelta a los Llanos
  11. Capítulo 6. Cuando Urquiza mandaba
  12. Capítulo 7. Peñaloza, el hombre fuerte del Oeste
  13. Capítulo 8. El triunvirato Urquiza, Mitre, Derqui
  14. Capítulo 9. El derrumbe de la Confederación
  15. Capítulo 10. El Chacho y Mitre
  16. Capítulo 11. De La Banderita al Grito de Guaja
  17. Capítulo 12. Los silencios de San José
  18. Capítulo 13. Derrota y asesinato
  19. Capítulo 14. La indignación nacional
  20. Epílogo
  21. Bibliografía