La llamada Generación del 37 entregó a la literatura nacional piezas fundamentales para su constitución como tal. Entre ellas, son insoslayables dos de las creaciones literarias más conocidas de Esteban Echeverría: La cautiva y El matadero. La primera, una pieza poética donde se expresa la evidente filiación romántica de su autor; el segundo, considerado como la primera manifestación de ficción en las tierras argentinas. Esta edición incluye además un prólogo a cargo de Carlos Gamerro que ofrece una mirada actual e interesante de estas piezas ya consagradas.

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SERIE DE LOS DOS SIGLOS
Descripción del libro
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Información
Editorial
EudebaAño
2016ISBN de la versión impresa
9789502317977
ISBN del libro electrónico
9789502318912
Categoría
LiteratureCategoría
ClassicsLA CAUTIVA
Female hearts are such a genial soil for kinder feelings, whatsoever their nation. They naturally pour the "wine and oil" Samaritans in every situation. Byron
Primera parte EL DESIERTO
Ils vont. L'espace est grand. Hugo
Era la tarde, y la hora
en que el sol la cresta dora
de los Andes. El Desierto
inconmensurable, abierto,
y misterioso a sus pies
se extiende; triste el semblante,
solitario y taciturno
como el mar, cuando un instante
al crepúsculo nocturno,
pone rienda a su altivez.
Gira en vano, reconcentra su inmensidad, y no encuentra la vista, en su vivo anhelo, do fijar su fugaz vuelo, como el pájaro en el mar. Doquier campos y heredades del ave y bruto guaridas, doquier cielo y soledades de Dios sólo conocidas, que Él sólo puede sondar.
A veces la tribu errante sobre el potro rozagante, cuyas crines altaneras flotan al viento ligeras,
lo cruza cual torbellino, y pasa; o su toldería[1] sobre la grama frondosa asienta, esperando el día
duerme, tranquila reposa, sigue veloz su camino.
¡Cuántas, cuántas maravillas, sublimes y a par sencillas, sembró la fecunda mano de Dios allí! ¡Cuánto arcano que no es dado al mundo ver! La humilde yerba, el insecto, la aura aromática y pura; el silencio, el triste aspecto de la grandiosa llanura, el pálido anochecer.
Las armonías del viento, dicen más al pensamiento, que todo cuanto a porfía la vana filosofía pretende altiva enseñar. ¡Qué pincel podrá pintarlas sin deslucir su belleza! ¡Qué lengua humana alabarlas! Sólo el genio su grandeza puede sentir y admirar.
Ya el sol su nítida frente reclinaba en occidente, derramando por la esfera de su rubia cabellera el desmayado fulgor.
Sereno y diáfano el cielo, sobre la gala verdosa de la llanura, azul velo esparcía, misteriosa sombra dando a su color.
El aura moviendo apenas, sus olas de aroma llenas, entre la yerba bullía del campo que parecía como un piélago ondear. Y la tierra contemplando del astro rey la partida callaba, manifestando, como en una despedida, en su semblante pesar.
Sólo a ratos, altanero relinchaba un bruto fiero aquí o allá, en la campaña; bramaba un toro de saña, rugía un tigre feroz: o las nubes contemplando, como extático y gozoso, el yajá[2] de cuando en cuando turbaba el mudo reposo con su fatídica voz.
Se puso el sol; parecía
que el vasto horizonte ardía:
la silenciosa llanura
fue quedando más oscura,
más pardo el cielo, y en él,
con luz trémula brillaba
una que otra estrella, y luego
a los ojos se ocultaba,
como vacilante fuego
en soberbio chapitel.
El crepúsculo entretanto, con su claroscuro manto, veló la tierra; una faja negra como una mortaja, el occidente cubrió: mientras la noche bajando lenta venía, la calma que contempla suspirando, inquieta a veces el alma, con el silencio reinó.
Entonces, como el ruido, que suele hacer el tronido cuando retumba lejano, se oyó en el tranquilo llano sordo y confuso clamor; se perdió... y luego violento, como baladro espantoso de turba inmensa, en el viento se dilató sonoroso, dando a los brutos pavor.
Bajo la planta sonante del ágil potro arrogante el duro suelo temblaba, y envuelto en polvo cruzaba como animado tropel,
velozmente cabalgando; víanse lanzas agudas, cabezas, crines ondeando, y como formas desnudas de aspecto extraño y cruel.
¿Quién es? ¿Qué insensata turba
con su alarido perturba,
las calladas soledades
de Dios, do las tempestades
sólo se oyen resonar?
¿Qué humana planta orgullosa
se atreve a hollar el desierto
cuando todo en él reposa?
¿Quién viene seguro puerto
en sus yermos a buscar?
¡Oíd! Ya se acerca el bando de salvajes atronando todo el campo convecino; ¡Mirad! Como torbellino hiende el espacio veloz. El fiero ímpetu no enfrena del bruto que arroja espuma; vaga al viento su melena, y con ligereza suma pasa en ademán atroz.
¿Dónde va? ¿De dónde viene? ¿De qué su gozo proviene? ¿Por qué grita, corre, vuela clavando al bruto la espuela, sin mirar alrededor? ¡Ved que las puntas ufanas de sus lanzas, por despojos, llevan cabezas humanas, cuyos inflamados ojos respiran aún furor!
Así el bárbaro hace ultraje al indomable coraje que abatió su alevosía; y su rencor todavía mira con torpe placer, las cabezas que cortaron sus inhumanos cuchillos, exclamando: "Ya pagaron del cristiano los caudillos el feudo a nuestro poder.
Ya los ranchos[3] do vivieron presa de las llamas fueron, y muerde el polvo abatida su pujanza tan erguida. ¿Dónde sus bravos están? Vengan hoy del vituperio, sus mujeres, sus infantes, que gimen en cautiverio, a libertar, y como antes nuestras lanzas probarán".
Tal decía; y bajo el callo del indómito caballo, crujiendo el suelo temblaba; hueco y sordo retumbaba su grito en la soledad. Mientras la noche, cubierto el rostro en manto nubloso, echó en el vasto desierto, su silencio pavoroso, su sombría majestad.
Notas
[1]1. Toldería\ el conjunto de chozas o el aduar del salvaje.
[2]2. Yajá el P Guevara, hablando de esta ave en su Historia del Paraguay, dice: "Al Yahá justamente le podemos llamar el volador y centinela. Es grande de cuerpo y de pico pequeño. El color es ceniciento, con un collarín de plumas blancas que le rodean. Las alas están armadas de un espolón colorado, duro y fuerte con que pelea... En su canto repite estas voces: Yahá, Yahá, que significa en guaraní, 'vamos, vamos', de donde se le impuso el nombre. El misterio y significación es que estos pájaros velan de noche, y en sintiendo ruido de gente que viene, empiezan a repetir Yahá, Yahá, como si dijeran: vamos, vamos, que hay enemigos y no estamos seguros de sus asechanzas". Los que saben esta propiedad del Yajá, luego que oyen su canto se ponen en vela, temiendo vengan enemigos para acometerlos... En la provincia se llama Chajá o Yajá, indistintamente.
[3]3. Ranchos: cabañas pajizas de nuestros campos.
Segunda parte EL FESTÍN
...orribile favelle,
parole di dolore, accenti d'ira,
voci alte e fioche, e suon di man con elle
facevan un tumulto...
Dante
Noche es el vasto horizonte, noche el aire, cielo y tierra. Parece haber apiñado el genio de las tinieblas, para algún misterio inmundo, sobre la llanura inmensa, la lobreguez del abismo donde inalterable reina. Sólo inquietos divagando, por entre las sombras negras, los espíritus foletos con viva luz reverberan, se disipan, reaparecen, vienen, van, brillan, se alejan, mientras el insecto chilla, y en fachinales[1] o cuevas los nocturnos animales con triste aullido se quejan. La tribu aleve entretanto, allá en la pampa desierta, donde el cristiano atrevido jamás estampa la huella,
ha reprimido del bruto la estrepitosa carrera; y campo tiene fecundo al pie de una loma extensa, lugar hermoso do a veces sus tolderías asienta. Feliz la maloca[2] ha sido; rica y de estima la presa que arrebató a los cristianos: caballos, potros y yeguas, bienes que en su vida errante ella más que el oro aprecia; muchedumbre de cautivas, todas jóvenes y bellas. Sus caballos, en manadas, pacen la fragante yerba; y al lazo, algunos prendidos, a la pica, o la manea, de sus indolentes amos el grito de alarma esperan. Y no lejos de la turba, que charla ufana y hambrienta, atado entre cuatro lanzas como víctima en reserva, noble espíritu valiente mira vacilar su estrella; al paso que su infortunio, sin esperanza, lamentan rememorando su hogar, los infantes y las hembras. Arden ya en medio del campo cuatro extendidas hogueras, cuyas vivas llamaradas irradiando, colorean
el tenebroso recinto donde la chusma hormiguea. En torno al fuego sentados unos lo atizan y ceban; otros la jugosa carne al rescoldo o llama tuestan, aquél come, éste destriza, más allá alguno degüella con afilado cuchillo la yegua al lazo sujeta, y a la boca de la herida, por donde ronca y resuella, y a borbollones arroja la caliente sangre fuera, en pie, trémula y convulsa, dos o tres indios se pegan, como sedientos vampiros, sorben, chupan, saborean la sangre, haciendo murmullo, y de sangre se rellenan. Baja el pescuezo, vacila, y se desploma la yegua con aplausos de las indias que a descuartizarla empiezan. Arden en medio del campo, con viva luz las hogueras; sopla el viento de la pampa, y el humo y las chispas vuelan. A la charla interrumpida, cuando el hambre está repleta, sigue el cordial regocijo, el beberaje y la gresca, que apetecen los varones, y las mujeres detestan. El licor espirituoso en grandes bacías echan, y, tendidos de barriga
en derredor, la cabeza
meten sedientos, y apuran
el apetecido néctar,
que bien pronto los convierte
en abominables fieras.
Cuando algún indio, medio ebrio
tenaz metiendo la lengua,
sigue en la preciosa fuente,
y beber también no deja
a los que aguijan furiosos;
otro viene, de las piernas
lo agarra, tira y arrastra
y en lugar suyo se espeta.
Así bebe, ríe, canta,
y al regocijo sin rienda
se da la tribu: aquel ebrio
se levanta, bambolea,
a plomo cae, y gruñendo
como animal se revuelca.
Éste chilla, algunos lloran,
y otros a beber empiezan.
De la chusma toda al cabo
la embriaguez se enseñorea
y hace andar en remolino
sus delirantes cabezas.
Entonces empieza el bullicio,
y la algazara tremenda,
el infernal alarido
y las voces lastimeras.
Mientras sin alivio lloran
las cautivas miserables,
y los ternezuelos niños
al ver llorar a sus madres.
Las hogueras entretanto
en la oscuridad flamean,
y a los pintados semblantes
y a las largas cabelleras
de aquellos indios beodos da su vislumbre siniestra colorido tan extraño, traza tan horrible y fea, que parecen del abismo precita, inmunda ralea, entregada al torpe gozo de la sabática fiesta.[3] Todos en silencio escuchan; una voz entona recia las heroicas alabanzas, y los cantos de la guerra:
"Guerra, guerra, y exterminio al tiránico dominio del huinca;[4] engañosa paz: devore el fuego sus ranchos, que en su vientre los caranchos ceben el pico voraz." Oyó gritos el caudillo y en su fogoso tordillo
salió Brian; pocos eran y él delante venía, al bruto arrogante dio una lanzada Quillán. Lo cargó al punto la indiada: con la fulminante espada
se alzó Brian; grandes sus ojos brillaron, y las cabezas rodaron de Quitur, y Callupán. Echando espuma y herido
como toro enfurecido se encaró; ceño torvo revolviendo, y el acero sacudiendo: nadie acometerlo osó. Valichu[5] estaba en su brazo; pero al golpe de un bolazo[6]
cayó Brian como potro en la llanura: cebo en su cuerpo y hartura encontrará el gavilán.
Las armas cobarde entrega el que vivir quiere esclavo; pero el indio guapo no: Chañil murió como bravo, batallando en la refriega, de una lanzada murió.
Salió Brian airado blandiendo la lanza, con fiera pujanza Chañil lo embistió; del pecho clavado en el hierro agudo, con brazo forzudo, Brian lo levantó. Funeral sangriento ya t...
Índice
- La cautiva. El matadero
- ESTEBAN ECHEVERRÍA Y EL NACIMIENTO DE LA LITERATURA ARGENTINA
- LA CAUTIVA
- Epílogo
- El matadero
Preguntas frecuentes
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