1.1 MICHEL FOUCAULT Y LOS FUNDAMENTOS DE LA BIOPOLÍTICA
FERNANDO RAMÍREZ, LUCIANA SMALINSKY Y ALEXANDRA BELNICOFF
La constitución del cuerpo en un verdadero territorio de lucha política llevará ya, sin duda, el sello distintivo de Michel Foucault como aquel que ha convertido esa concepción en un horizonte que nos guía para entender, con la sufciente amplitud y honestidad, la subjetividad contemporánea.
Si quisiéramos ser justos con Foucault, quien tanto suscribía una historia de los bordes, de los umbrales, de las discontinuidades y en oposición al sentido propiciado por una razón teleológica que habría encontrado su verdad en el presente moderno y encarnada en el sujeto correspondiente, tendríamos que afrmar que la irrupción del cuerpo constituye el verdadero acontecimiento que irrumpe en su obra para disparar una multiplicidad de problemas con los que hoy confrontamos sus efectos.
En efecto, la introducción del problema político en el dominio del cuerpo que Foucault realiza nos conduce a pensar cómo indujo a resignifcar una cadena de conceptos: verdad-saber-individuo-estrategias-población-sujeto, tan caras a la reproducción y nunca lo bastante acabadas para tranquilizar las conciencias que han vivido para planifcar el modo de ejercer el poder.
Los fundamentos del marxismo para el abordaje que Foucault utilizó sobre la locura defnidos en su obra Enfermedad mental y personalidad habían sido relegados en aras del Grado Cero de la historia para su tesis bajo la dirección de Georges Canguilhem en su Historia de la locura en la época clásica, donde la identidad de la razón requiere la exclusión permanente de la otredad-locura, olvidando y reprimiendo esa desgarradura originaria en la que locura y razón permanecían unidas. El estructuralismo era tomado como método para el análisis de las prácticas sociales contra el sujeto sartreano, referente del humanismo, del que una generación pronto vería la luz para desembarazarse, sin por ello olvidar los respetos y tributos que el maestro de La náusea y El ser y la nada merecía. Las palabras y las cosas, junto a La Arqueología del saber, coronaban esta senda. Los sistemas del inconsciente, de las estructuras del parentesco y los mitos, de las prácticas sociales estructuradas como totalidades desiguales, complejas y sobredeterminadas indicaban el rumbo para desligarse del sentido originario que cualquier “conciencia constituyente” quisiera otorgar a la historia. Pero el “giro acontecimental” no tardaría en llegar y desafaría el poder formal de las estructuras frente al acontecimiento, la genealogía del encuentro en el dominio de los cuerpos y toda concepción del sujeto remitida a los mecanismos disciplinarios del poder.
La estructura cuestionada
Foucault declaraba en una entrevista, su defensa del acontecimiento-suceso:
Se admite que el estructuralismo ha sido el esfuerzo más sistemático para evacuar el concepto de suceso no sólo de la etnología sino de toda una serie de ciencias e incluso, en el límite, de la historia. No veo pues quién puede ser más antiestructuralista que yo. Pero lo que es importante es no hacer con el suceso lo que se ha hecho con la estructura. No se trata de colocar todo en un cierto plano, que sería el del suceso, sino de considerar detenidamente que existe toda una estratifcación de tipos de sucesos diferentes que no tienen ni la misma importancia, ni la misma amplitud cronológica, ni la misma capacidad para producir efectos.
El problema consiste al mismo tiempo en distinguir los sucesos, en diferenciar las redes y los niveles a los que pertenecen, y en reconstruir los hilos que los atan y los hacen engendrarse unos a partir de otros. De aquí el rechazo a los análisis que se referen al campo simbólico o al dominio de las estructuras signifcantes; y el recurso a los análisis hechos en términos de genealogía, de relaciones de fuerza, de desarrollos estratégicos, de tácticas. Pienso que no hay que referirse al gran modelo de la lengua y de los signos, sino al de la guerra y de la batalla (Foucault, 1992: 189-190).
Se trataba hasta aquí de entender cómo era posible explicar los acontecimientos y la política del poder actuando sobre los cuerpos en una serie de estrategias y tácticas que permitieran obtener una disposición heterogénea en sus flas pero efcaz, tanto para anudar el territorio de los cuerpos en los dispositivos disciplinarios como para soldar los saberes sobre ello. Se trataba ya de la sociedad disciplinaria dejando atrás la hegemonía del poder soberano y el panóptico como el emblema que reemplazaba el suplicio inscrito en la superfcie corporal por la vigilancia constante que hace de las conductas una prevención virtual de ordenamiento y corrección de los cuerpos.
Los sujetos nunca podían ser el producto de una conciencia, de una razón de Estado o de una dialéctica constituyente heredada del hegelianismo, sino del armado de mecanismos disciplinarios, de estrategias de los micropoderes que animan la reproducción social. Foucault afrma sobre ello:
Es preciso en principio descartar una tesis muy extendida según la cual el poder en nuestras sociedades burguesas y capitalistas habría negado la realidad del cuerpo en provecho del alma, de la conciencia, de la idealidad. En efecto, nada es más material, más físico, más corporal que el ejercicio del poder... ¿Cuál es el tipo de inversión sobre el cuerpo que es preciso y sufciente para el funcionamiento de una sociedad capitalista como la nuestra? Pienso que desde el siglo XVIII hasta comienzos del XX, se ha creído que la dominación del cuerpo debía ser pesada, maciza, constante, meticulosa. De ahí esos regímenes disciplinarios formidables que uno encuentra en las escuelas, los hospitales, los cuarteles, los talleres, las ciudades, los inmuebles, las familias... y después, a partir de los años setenta, se da uno cuenta de que este poder tan pesado no era tan indispensable como parecía, que las sociedades industriales podían contentarse con un poder sobre el cuerpo mucho más relajado. Se descubre entonces que los controles de la sexualidad podían atenuarse y adoptar otras formas... Queda por estudiar de qué cuerpo tiene necesidad la sociedad actual (Foucault, 1992: 113-114).
De estas afrmaciones, se desprenden las fundamentaciones que Foucualt encontraría para las ciencias humanas y sociales con los fnes de mejorar, corregir, rectifcar en mejor provecho y efcacia el dominio de los cuerpos, esbozando el “materialismo foucaultiano”, si nos permitimos una licencia flosófca en esos términos. Ya no se trata de la ideología, la verdad, el sujeto de la conciencia, la estructura sistemática autorregulada como principio analítico, conceptos todos tachados de idealistas sin escrúpulos por Foucault. Ellos darían paso a los “regímenes de veridicción” y un saber que remite al modo de dominar los cuerpos. Nietzsche elevaba así los prolegómenos necesarios para la comprensión de lo que de aquí en más debía ser considerado un sujeto. En una de sus conferencias, Foucault resalta lo siguiente: “Creo que en Nietzsche se encuentra un tipo de discurso en el que se hace el análisis histórico de la formación misma del sujeto, el análisis histórico del nacimiento de un cierto tipo de saber, sin admitir jamás la preexistencia de un sujeto de conocimiento” (Foucault, 2003a: 18).
En forma consecuente con lo que expone sobre el flósofo de la Voluntad de Poder, remarca que
cuando Nietzsche dice que el conocimiento es siempre una perspectiva, no quiere decir, en lo que sería una mezcla de kantismo y empirismo, que aquel se encuentre limitado en el hombre por ciertas condiciones, límites derivados de la naturaleza humana, el cuerpo o la propia estructura del conocimiento. Cuando Nietzsche habla del carácter perspectívico del conocimiento, quiere señalar el hecho de que sólo hay conocimiento bajo la forma de ciertos actos que son diferentes entre sí y múltiples en su esencia, actos por los cuales el ser humano se apodera violentamente de ciertas cosas, reacciona a ciertas situaciones, les impone relaciones de fuerza. O sea, el conocimiento es siempre una relación estratégica en la que el hombre está situado (Foucault, 2003a: 30).
En este panorama nos encontramos dentro de un momento, en la obra de Foucault, en el cual los espacios cerrados-disciplinarios y los cuerpos de los individuos constituyen el blanco predilecto para la crítica del poder teorizado por el saber imperante en las ciencias sociales. El modo de subjetivación es el modo en que han hecho de un individuo un cuerpo dócil. Cárceles, Escuelas, Fábricas, Hospicios son las muestras regias de ello, pero el conjunto de instituciones donde transcurre la reproducción social cumplen la función prescrita conjugando sus efcacias y traspasando el poder “central” que el Estado mantenía en la conciencia del Derecho y una variedad de ideologías para pensar la política. El poder más que reprimir produce saberes, es esencialmente positivo y ejerce sus formas “sin misterio” ante los cuerpos y las mentes. El pasaje del poder “soberano”, con el centro en el individuo-Estado, por caso el rey o fguras similares, dejaba paso al poder disciplinario con el consecuente “descentramiento” del poder.
No es la dominación global la que se pluraliza y repercute hacia abajo; pienso que hay que analizar la manera cómo los fenómenos, las técnicas, los procedimientos de poder funcionan en los niveles más bajos, mostrar cómo estos procedimientos se desplazan, se extienden, se modifcan, pero sobre todo cómo son investidos y anexionados por fenómenos más globales y cómo poderes más generales o benefcios económicos pueden insertarse en el juego de estas tecnologías al mismo tiempo relativamente autónomas e infnitesimales del poder (Foucault, 1992: 153).
Con estas caracterizaciones, el flósofo no dejaba dudas respecto de hacia dónde quedaba direccionada su analítica del poder. Este no había sido concebido durante siglos más que bajo el modo jurídico de su ejercicio, el derecho de prohibición y legislación basado en el “decir no”. Desde la monarquía hasta la burguesía, como clase ascendente esta concepción, dominó en forma hegemónica las maneras de comprender la naturaleza del poder, en la cultura occidental. El mismo psicoanálisis tampoco escaparía a esto sustentando la posibilidad de la subjetividad en la represión constitutiva para el deseo y las pulsiones. Foucault se desvive en su obra por probar que el poder es algo que no necesita fundamentalmente el horizonte jurídico del “no”, la prohibición y la represión, sino que su base se encuentra en lo que él denomina como el conjunto de sus tecnologías para la garantía de su efcacia, con un valor puramente positivo y prescriptivo.
Antes de ampliar el problema de las “tecnologías” del poder, de las cuales Foucault ha trazado su historia, es necesario agregar algunas consideraciones más en torno a la nueva problemática que el flósofo estaba explorando. Para poder comprender la manera en que la biopolítica se convierte en el centro de las preocupaciones del autor, hay que entender los efectos que las huellas de sus obras referidas a un conjunto de prácticas sociales han dejado como legado indiscutible hoy por hoy en el pensamiento contemporáneo para dilucidar la subjetividad en el horizonte actual de nuestra cultura bajo el capitalismo.
Cuerpo y delincuencia
El cuerpo solo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido. (Foucault, 2006a: 33).
Foucault desarrolla, en Vigilar y castigar, a modo de tesis general, la existencia de una “economía política” del cuerpo en los sistemas punitivos de nuestras sociedades. Planteará que “incluso si no apelan a castigos violentos o sangrientos, incluso cuando utilizan los métodos ‘suaves’ que encierran o corrigen, siempre es del cuerpo del que se trata “del cuerpo y de sus fuerzas, de su utilidad y de su docilidad, de su distribución y de su sumisión” (Foucault, 2006a: 32).
En su recorrido por la historia de la delincuencia y la prisión, comenzará situando la modalidad del suplicio en la Edad Clásica, siglo XVIII: “en carreta, desnudo, atenazadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas (...) sobre las partes atenazadas se verterá plomo derretido y aceite hirviendo (...) y a continuación su cuerpo será estirado y desmembrado por cuatro caballos, y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas, y sus cenizas arrojadas al viento” (Foucault, 2006a: 11). Al realizar el recorrido desde el nacimiento de la prisión, el autor observará que el castigo a lo largo de la historia tiende a convertirse en la parte más oculta del proceso penal. Así, ante el rechazo por la brutalidad de los castigos físicos, el siglo XIX implicará el pasaje a una nueva penalidad que tomará al cuerpo como instrumento o intermediario, y no ya como superfcie directa sobre la que producir sufrimiento físico. Ejemplos de esta nueva penalidad (como la reclusión, los trabajos forzados, el presidio, la deportación) son una muestra del viraje del castigo como “arte de las sensaciones insoportables, a una economía de los derechos suspendidos” (Foucault, 2006a: 18), donde el cuerpo y el dolor no serían el objetivo último de la acción punitiva. Se observa entonces la permanencia del cuerpo del delincuente como territorio de aplicación de la pena, con la diferencia de que el verdugo, anatomista inmediato del sufrimiento, cederá su lugar a un ejército de técnicos, como es el caso de psicólogos, psiquiatras, vigilantes, médicos y educadores.
De todos modos, observará el autor que en esta nueva modalidad de mediados del siglo XIX la acción sobre el cuerpo no se ha suprimido por completo. Echa luz a un postulado que continúa operando como crítica respecto del sistema penitenciario, y que plantea que en el fondo es justo que un condenado sufra físicamente más que los otros hombres. No se juzga ya el cuerpo, sino que se corrige el alma: pasiones, instintos, anomalías, inadaptaciones, entre otras tantas. En este sentido, el sistema penitenciario aplicará “medidas de seguridad” que acompañan la pena (libertad vigilada, tutela penal, tratamiento médico obligatorio), y que no están destinadas a sancionar la infracción, sino a controlar al individuo, a neutralizar su estado peligroso y modifcar sus disposiciones delictuosas (Foucault, 2006a: 25).
Un recorrido por la historia de la delincuencia permite concluir que desde el siglo XVI al XIX se ha desarrollado un conjunto de procedimientos para encauzar a los individuos a través de vigilancia, ejercicios, maniobras, puntajes, clasifcaciones, exámenes. Someter a los cuerpos a través de la disciplina y el control, en un intento de dominar las multiplicidades humanas.
Cuerpo y locura
Foucault se preguntará, yendo al ámbito de la locura, ¿cómo se presenta la instancia del poder disimétrico y no limitado que atraviesa y anima el orden universal del asilo?
Momento clave en la historia de la psiquiatría del siglo XIX, en que el saber psiquiátrico se inscribe dentro del campo médico y a la vez gana su autonomía como especialidad. Un tratado de Fodere de la época (1818) retrata los cuerpos que deberían tener los médicos psiquiatras:
Un hermoso físico, es decir, un físico noble y varonil, es acaso, en general, una de las primeras condiciones para tener éxito en nuestra profesión. Es indispensable, sobre todo, frente a los locos, para imponérseles, tener cabellos castaños o encanecidos por la edad, ojos vivaces, un continente orgulloso, miembros y pecho demostrativos de fuerza y salud, rasgos destacados, una voz fuerte y expresiva: tales son las formas que en general surten un gran efecto sobre individuos que se creen por encima de todos los demás. El espíritu, sin duda, es el regulador del cuerpo; pero no se lo advierte de inmediato y requiere las formas exteriores para arrastrar la multitud (Fodere, cit. en Foucault, 2003b: 19).
Por lo tanto, la relación psiquiátrica quedará entablada a partir de esa primera mirada. Allí el medico es en esencia un cuerpo, más precisamente es un físico, una morfología determinada, bien defnida, que actúa como cláusula de disimetría absoluta en el orden regular del asilo. El asilo funciona, de este modo, como un campo polarizado por una disimetría esencial del poder, que toma su inscripción física en el cuerpo mismo del médico (Foucault, 2003b: 19).
Foucault dirá que “sólo hay poder porque hay dispersión, relevos, redes, apoyos recíprocos, diferencias de potencial” (Foucault, 2003b: 17), por lo tanto el poder en el asilo o manicomio funcionará en ese sistema de diferencias, como relevos alrededor de la fgura y el poder del médico. Entre ellos, se presentan personajes como los vigilantes, de quienes se esperará “una contextura corporal bien proporcionada, músculos llenos de fuerza y vigor, una voz cuyo tono sea fulminante... y de una docilidad absoluta a las órdenes del médico” (Fodere, cit. en Foucault, 2003b: 20). También cumplen su función en este dispositivo los sirvientes, que emergen como el último relevo de esa red de poder, por debajo incluso de los enfermos. De ellos se precisará: “Que sean altos, fuertes, inteligentes. A fn de tratar con tiento la extrema sensibilidad de algunos alienados, convendrá que los sirvientes aparezcan ante ellos como sus domésticos y no como sus guardianes” (Foucault, 2003b: 21). Sin embargo, como tampoco deben obedecer a los locos y a menudo se ven obligados a reprimirlos, será su tarea insinuar hábilmente a los enfermos que obedecen órdenes.
El asilo se organiza entonces como un campo de batalla, y a quien debe dominarse es, por supuesto, al loco. Así aparece efectivamente el loco dentro del discurso y la práctica psiquiátricos de principios del siglo XIX. Hasta que se produce un viraje donde desaparece el criterio del error para la atribución de la locura. El elemento por el cual se atribuirá la locura ahora será la insurrección de la fuerza, la suposición de que en el enfermo se desencadena cierta fuerza, no dominada y quizás indomeñable. Ya no se trata de reconocer el error, sino de ubicar e...