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Reservada del museo del fin del mundo
Descripción del libro
Este texto se basa en la segunda edición de una crónica de viajes cuya curiosa historia es reflejo de los cambios y negociaciones geopolíticas que las potencias europeas del siglo XVIII realizaron sobre los territorios australes. Cuando el viaje del que habla el título comenzó (año 1763) Francia todavía podía aspirar a la colonización de los territorios malvinenses pero luego, en 1770, año de publicación de este texto, la situación política había cambiado y España había finalizado con todas las pretensiones francesas sobre el territorio de las islas.
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Información
Categoría
HistoriaCategoría
Historia del mundo HISTORIA
DE UN VIAJE
A LAS ISLAS MALVINAS
Introducción
Gracias a la cesión que hizo Francia a Inglaterra del Canadá, se concluyó la paz. El señor de Bougainville, caballero de Saint Louis y coronel de infantería, se propuso compensar a Francia de esa pérdida con el descubrimiento de las tierras australes y de las islas que se encontraran en el camino. La lectura del viaje alrededor del mundo del almirante Anson lo hizo decidirse por el reconocimiento de las Islas Malvinas. Le comentó parte de su proyecto al ministerio, que lo aprobó. Para ejecutarlo, el señor de Bougainville hizo construir en Saint-Malo una fragata y una corbeta a sus costas y bajo la dirección de los señores Guyot du Clos y Chenart de la Gyraudais, que debían comandarlas bajo sus órdenes. Cuando estaba a punto de partir recibí las órdenes del rey, por una carta del señor duque de Choiseul, ministro de la marina, de embarcarme con él; tal elección no podía más que halagarme y tomé con prontitud esta ocasión de ser útil a mi patria.
Me fui de París el 17 de agosto de 1763. El día 25 fuimos al puerto de Saint-Servant[27] para asistir a la ceremonia del bautismo de nuestras fragatas, que se hizo con toda la ceremonia a la usanza en tales circunstancias.
Durante la misa, las dos naves tiraron dos salvas de cañón, una para Dios y otra para el rey.
El primero de septiembre terminaron de embarcar nuestro equipaje y provisiones. Alrededor de las cinco de la mañana ya se había levantado un viento del noroeste y dejamos el puerto de Solidor. La fragata Aigle, donde yo estaba, tenía veinte cañones y una tripulación de cien hombres. La comandaba el señor Duclos-Guyot de Saint-Malo, capitán de brulote, le seguía la corbeta Sphinx, con una tripulación de cuarenta hombres, armada con ocho cañones y seis pedreros, comandada por el señor Chenart de la Gyraudais de Saint-Malo, teniente de fragata. La pequeña escuadra estaba bajo las órdenes del señor de Bougainville.
Sólo esperábamos un viento favorable para zarpar cuando se presentaron dificultades en el almirantazgo de Saint-Malo con respecto a nuestra partida.
El señor de Bougainville despachó inmediatamente un mensajero para informar al ministerio de guerra; ese mensajero, que era su criado, fue tan diligente que estuvo de vuelta en Saint-Malo con la respuesta cincuenta y nueve horas después de su partida. Ya libres de toda inquietud, aprovechamos un viento del sur sudoeste y el ocho de septiembre navegamos hacia las Islas Malvinas.
Capítulo I
Ruta marítima hasta el cruce de la Línea
A partir del tercer día después de nuestra partida el mar estaba agitado, cayeron lluvia y granizo con violencia, pero no hubo una verdadera tormenta y el barco no fue dañado.
Aproveché mi tiempo libre para hacer una experiencia con una droga del señor Seguin, destinada a preservar el agua de la contaminación en los viajes largos. Un químico le había dado al señor de Bougainville otra mezcla con el mismo fin. Era una pasta grisácea que parecía estar compuesta de arcilla y de polvo de antimonio crudo. Algunos decían que también había una mezcla de mercurio, pero como el señor de Bougainville recién me la mostró cuando estábamos a bordo de la fragata, no intenté analizarla. Con respecto a la mezcla del señor Seguin, como yo sabía que las cualidades de la sal eran su esencia y que hacía que el agua previniese el escorbuto o incluso lo curase, no dudé en probarla; ya veremos después lo que resultó de esta experiencia.
En el barco, con el título de pasajeros, había dos acadianos que estuvieron a punto de sembrar la discordia en nuestra pequeña sociedad. Se rehusaron, con pretextos absurdos, a ayudar en una maniobra en medio de una tormenta; cuando el peligro vuelve a todo el mundo activo y laborioso, encontramos a uno que estaba de brazos cruzados en el castillo de popa mirando tranquilamente el aprieto en que estaban marineros y pasajeros. El señor de Bougainville no pudo evitar reprochárselo. El acadiano se retiró bajo el puente sin contestar, reunió a su mujer, a su padre y a otras dos familias de acadianos y les expresó su descontento. Les hizo entender que ellos se habían embarcado bajo el título de pasajeros, no para hacer maniobras, y que hubiese sido mejor para ellos quedarse en Francia que estar constantemente expuestos a tales humillaciones. Las familias de acadianos, que un espíritu rebelde y sedicioso buscaba sublevar, residían en Saint-Servant y en Saint-Malo desde que los ingleses nos habían quitado la Acadia. El rey les dio una suma de dinero por cabeza, más o menos como a las tropas regulares. Esas familias no tenían ningún otro recurso más que esa especie de sueldo y el trabajo de sus manos. El señor de Bougainville les propuso embarcarlos y transportarlos a un país en que les daría tierras en propiedad y otras mil ventajas que no podían esperar en Francia. Incluso hizo que les dieran adelantos en especie y en dinero. En base al informe que le hicieron del discurso del impetuoso acadiano, dijo que sólo quedaba llevarlos a todos a tierra y reenviarlos a Saint-Servant: ya que les gustaba la miseria, que vivan allí miserablemente.
El acadiano y su padre, informados de las intenciones del jefe de escuadra, pidieron volver a Saint-Servant y esa misma tarde desembarcaron en Saint Cast el padre, el hijo y su mujer con todas sus pertenencias. El señor de Bougainville tuvo incluso la generosidad de dejarles el adelanto de dinero que había obtenido del rey. Las otras dos familias pidieron con insistencia quedarse en el barco y pudimos ver que, en realidad, estaban encantadas de verse liberadas de esos espíritus rebeldes e inquietos. La mujer era un poco malhumorada y el marido era tan celoso que no la dejaba sola ni un instante; observaba hasta sus mínimos gestos y sin la menor duda hubieran perturbado el buen entendimiento del que dependía nuestra felicidad. Esa tan deseada unión se pudo mantener entre las dos familias que hicieron el viaje con nosotros y que desembarcamos y establecimos en las Islas Malvinas. Estaban compuestas, la primera, del marido, su mujer, dos hijos, un varón de tres años y una niña de un año, y de las dos hermanas de la mujer, una de veinte años y la otra de diecisiete. La segunda familia estaba formada por el marido, la mujer, un niño de cuatro años y la hermana de la mujer, de dieciséis años. La mujer estaba a punto de dar a luz cuando nos fuimos de esas islas para volver a Francia. Nunca una colonia fue fundada sobre mejores auspicios.
El 18 de septiembre, como las olas se habían calmado y el viento apenas ondulaba la superficie del agua, bajamos en la isla de Agot para matar conejos. Pero los cazadores recorrieron la llanura en vano durante tres horas. En mi caso, como sólo iba a descubrir plantas, me dediqué a herborizar. Hacia el mediodía comenzamos a sentir hambre. Como no habíamos matado todavía nada, decidimos ir a pedir comida al prior de la abadía de Saint Jacut. Nos recibieron magníficamente y después de la comida nos permitieron cargar nuestras canoas con verduras del jardín.
El lunes 25 lanzamos un anzuelo de dos puntas y apenas lo lanzamos al mar agarramos un pez de treinta libras de peso, que tenía la forma y el color de una caballa; su carne era firme como la del atún y también tenía el mismo gusto. Encontramos ese pescado excelente aunque un poco seco, pero menos que el bonito; se lo llama orejudo.
El anzuelo con el que lo pescaron tiene una forma particular: está compuesto de dos ganchos de hierro del grosor del mango de una pluma de escribir, que están pegados uno al otro; la varilla de los dos ganchos unidos se cubre con estopa dándole la forma de un huso; la estopa se cubre con una tela fuerte y blanca y con una placa de plomo; después se agregan dos o cuatro plumas blancas de manera que estén ubicadas como aletas extendidas. De esta manera el anzuelo se parece bastante a un pez volador. La punta de la varilla se gira en un anillo en el que se pasa un hilo de latón no demasiado grueso y de un largo aproximado de dos pies y medio; todo se tira al mar atado a una cuerda del tamaño del dedo meñique y con un largo aproximado de seis brazas. Esta cuerda está atada por un lado a la popa del barco y por el otro al anzuelo que sigue la estela del barco.
Cada tanto, el tedio del viaje era interrumpido por algunas naves. El 26 vimos algunas de lejos pero no se acercaron lo suficiente como para que pudiésemos ver a qué nación pertenecían. Sólo pudimos ver que venían de pescar bacalao en los grandes bancos de Terranova.
Al día siguiente vimos otra que se acercó a la Sphinx. Tenía un porte de unos trescientos toneles, no llevaba cañones, su tripulación era de cincuenta hombres y viajaba de Terranova a Bayona.
El primero de octubre el mar estaba muy agitado; vimos un barco desarbolado y el sentimiento de humanidad que en momentos de apuro es aun más necesario para los marinos que para el resto de los hombres, nos obligó a ir hacia él para darle toda la ayuda posible. Hablamos con sus tripulantes a las diez. Era un barco mercante holandés que venía de Curasol y que al recibir un golpe de viento a cien leguas de las Bermudas se había visto obligado a cortar su palo de mesana y el palo mayor. Les preguntamos si necesitaban algo y nos contestaron que tenían cinco damas francesas a bordo, que las llevaban a Francia, pero que no podrían bajar su bote para embarcarlas. Entonces les hicimos entender que, de todos modos, nosotros acabábamos de irnos y no volveríamos a Francia por varios meses y no podíamos encargarnos de esas damas, pero que si necesitaban jarcias u otras provisiones se las podíamos dar. El intérprete repitió que no podían poner el bote en el mar. En efecto, era muy grande, y como no nos atrevimos a exponer el nuestro, tuvimos la pena de no haber podido ser útiles a esa nave más que deseándoles que tuvieran un mejor viaje.
El 5 de octubre, la vista de otro barco nos puso en un estado de justificada alarma. Estábamos en las zonas donde, a veces, los salentinos hacen sus campañas de corso. Y sabíamos que en el mar había una de sus fragatas, llamada Oiseau, de treinta y seis cañones y una tripulación de trescientos hombres, que les habían vendido los ingleses. El comando lo tenía un capitán provenzal, que era un renegado, hombre de mar y de coraje. También tenían una corbeta de doce cañones con una tripulación de cien hombres. Teniendo en cuanta esto, el comandante de nuestras dos fragatas dio sus órdenes para que pudieran actuar en conjunto si había algún ataque. La posición para el combate estaba decidida. Los cañones y las armas estaban en condiciones; cada uno se puso en el puesto que le fue designado y bogamos con confianza. Habíamos convenido que si en efecto era la fragata salentina, la Sphinx llevaría el pabellón inglés y pretendería estar haciendo todos los esfuerzos para alejarse de los cañones enemigos y, por lo tanto, nosotros teníamos que enarbolar el pabellón francés y hacer como que perseguíamos a la Sphinx tirándole cañonazos para exigir que se detuviera. En el momento en que la fragata salentina se encontrase entre la Sphinx y nosotros, esta última debía enarbolar pabellón francés y descargar todos sus cañones de tal forma que los corsarios se encontrarían entre dos fuegos. Con esta maniobra esperábamos compensar nuestro número y maltratar a los salentinos con un vigoroso combate que los obligase a rendirse.
Nuestra tripulación tenía un aspecto alegre y determinado. En efecto, tenían mucha confianza en los conocimientos y el coraje de nuestros capitanes y de los otros oficiales, con quienes habían hecho largas navegaciones en la última guerra, habiendo capturado algunos barcos ingleses al abordaje.
A medida que nos acercábamos al barco que habíamos descubierto, nos pareció reconocer que era de construcción inglesa. Nosotros sabíamos que los ingleses habían vendido varios barcos a los salentinos y como no tenía ningún pabellón creímos que podía ser un barco salentino que venía a descubierto, por eso le tiramos dos cañonazos a intervalos y nos dirigimos hacia él. Cuando estuvo cerca nuestro enarboló un pabellón inglés y reconocimos que el capitán era de Guernesy, y que había servido de práctico a los ingleses en la última guerra, cuando éstos habían bajado a Cancale y a Saint Cast. Le hicimos las preguntas de costumbre en francés: de dónde era, de dónde venía, a dónde iba y cómo llamaba a su barco. No contestó nada. El señor de Belcourt tomó el megáfono y le hizo las mismas preguntas en inglés, y agregó a su discurso términos enérgicos usados por los marinos. Le dijo al capitán que hubiese merecido que lo hundiéramos al fondo del mar por haber tardado tanto en izar su pabellón. Entonces el inglés respondió y se excusó diciendo que su pabellón estaba mezclado con sus mercaderías. Era un barco mercante con dos mástiles que venía de Lisboa y que se dirigía a las Azores. A éste no le deseamos un buen viaje.
El 13 pescamos un piloto y tres bonitos. La figura se encuentra en la lámina I, figura 8. El primero de estos peces sólo tenía ocho pulgadas de largo, los otros pesaban cada uno al menos veinte libras.
[El pez que conocemos con el nombre de piloto es una de esas especies de rémora, famosa entre los poetas de la antigüedad (no hablo de los naturalistas) por su capacidad para detener un barco cuando navega a toda vela. En cuanto al bonito, es un pez muy fino y delicado en los mares de Europa, no así en la costa de África, donde su carne es un alimento muy peligroso. Sin embargo, los negros de la costa de oro adoran al bonito que los envenena.]
Los naturalistas pretenden, seguramente siguiendo el informe de algún marino, que el piloto precede siempre al tiburón y que éste es el motivo por el que se lo llama piloto, como si dirigiese el camino del otro. A veces he observado uno o dos pilotos delante o cerca de cada tiburón que hemos pescado, pero a menudo hemos visto pilotos sin tiburón así como también tiburones sin piloto.
El padre Feuillee, página 173, confunde el piloto con una lamprea y piensa que son el mismo pez. “Los tiburones, dice, están acompañados de peces pequeños que no se separan de ellos y prefieren morir antes que abandonarlos; siempre están sobre su cuerpo a una distancia tal que el tiburón no los puede agarrar, por eso se les da el nombre de piloto. No pescamos ningún tiburón sin encontrar uno de esos pequeños peces pegados en su espalda gracias a una lámina amarillenta y cartilaginosa de forma redonda que tienen debajo de su cabeza y que tiene una infinidad de pequeños agujeros con fibras que aparentemente les sirven para extraer de la piel del tiburón alguna sustancia para su alimentación”.
Ese viajero sólo vio tres hileras de dientes en los tiburones, una de las cuales tiene dientes triangulares y más largos que las otras. Yo conté en la boca de todos los tiburones que pescamos siete hileras de dientes, todos móviles y triangulares. La lamprea tampoco tenía una ventosa redonda sino más bien larga y redondeada como está en el dibujo. [Se ve en la fig. 11 el lado de la ventosa que está sobre la cabeza. La fig. 12 representa al pez visto del vientre. La lamprea que sirvió de modelo a este gravado medía siete pulgadas.] El 14, la corbeta Sphinx despertó nuestra atención al poner el pabellón blanco en el mástil de la mesana, que era una señal previamente establecida de presencia de tierra conocida. En efecto, al poco tiempo reconocimos la Isla de Palma, la más septentrional y occidental de las islas Canarias. Parecía estar a aproximadamente quince o dieciocho leguas de distancia, tal cual está representada en la figura de la primera lámina.
Al mismo tiempo, descubrimos otra más al sudoeste similar a la de la figura B. El conocimiento de estas tierras nos permitió corregir nuestros cálculos. Confirmamos que estábamos aproximadamente veinte leguas más al oeste de lo que habíamos estimado y corregimos nuestro diario de navegación.
Sin embargo, hacía tiempo que nos habíamos dado cuenta que la Sphinx no era tan buen velero como nosotros; su andar lento y mesurado nos había retrasado al menos cien leguas. No nos habíamos querido separar antes para ayudarnos mutuamente si nos encontrábamos con los salentinos, pero en cuanto estuvimos alejados de las zonas donde navegan, decidimos ir más rápido, ya sea para llegar antes o para que todas las provisiones que la corbeta pudiera necesitar estuviesen listas a su llegada y que no tuviésemos que prolongar nuestra estadía. Le hicimos una señal a la Sphinx, enseguida desplegamos nuestras velas y por la tarde ya los habíamos perdido de vista.
Hacía ya tiempo que habíamos llegado a la latitud en donde, de acuerdo a todos los navegantes, se deben encontrar los vientos alisios, pero en vez de ellos sólo reinaban vientos suaves y variables, a veces también nos sorprendía una calma. El señor de Bougainville criticó mucho la manera en que los hidrógrafos aseguran que siempre hay vientos alisios en esas regiones. Y se prometió que al regresar a París daría un informe a la Academia de Ciencias para demostrar que no existen. Mientras pensaba en ese proyecto estábamos detenidos por una fastidiosa calma y en el cielo no había ni una nube ni el más ligero viento perturbaba la superficie del mar. Este clima tan alabado por los poetas es la desesperación de los navegantes.
Intentamos consolarnos pescando bonitos, dorados y atunes. El 22 vimos una docena de peces voladores que al querer volar por encima de la fragata chocaron contra la velas y cayeron dentro del barco. Los sirvieron para comer y los encontramos muy delicados. Guardé uno para pintarlo, cuya figura se encuentra en la lámina I, fig. 4.
En estas regiones, ese pez tiene un color azul en la parte dorsal que cambia de intensidad gradualmente hasta debajo del vientre, que es de un azul platinado. Lo que parecen alas son dos aletas alargadas que se extienden a lo largo, en la mayoría hasta la cola y en otros sólo hasta la mitad del cuerpo. A pesar de que todos los peces de esta especie tienen la misma forma, tamaño y largo, el que vimos, cuya figura está aquí, medía diez pulgadas de la cola a la cabeza.
[Este anfibio, a quien la naturaleza le dio tantas ventajas dándole la facilidad de vivir en los dos elementos, es en el fondo muy desdichado ya que tiene como enemigos a todos los pájaros de presa, a todos los peces voraces y a los hombres. No puede nadar ni volar sin poner en peligro su vida, por eso su especie desaparece día a día; ahora ya no se los encuentra más que en los trópicos.]
Un atún de sesenta y dos libras que nuestros marineros habían pescado me dio la oportunidad de hacer un comentario de historia natural. Al examinarlo de cerca, vi sobre sus orejas algunos animales que estaban pegados, por así decirlo. Se ve la figura en tamaño natural en la lámina I, figuras 5 y 6. La figura D representa la superficie casi transparente del cuerpo del animal, que permitía ver un conjunto de tripas. Dos pequeños puntos negros situados por encima de la boca, B, eran los ojos. Se sostiene agarrado por dos piernas, C, y por dos otras de menor tamaño, D.
Recogí agua de mar y la puse en un vaso de vidrio limpio para conservar a ese animal vivo y poder observar sus movimientos. En esa agua vi un punto negro que tomé inicialmente por una partícula de polvo. Cuando intenté sacarlo con la punta del dedo vi a la supuesta partícula escaparse de mi dedo y nadar entre dos aguas. Observé sus movimientos y reconocí un ser vivo cuya estructura externa, en tamaño natural, era tal como se la ve en la lámina I, fig. 7. Era una especie de cilindro formado por diez anillos, tan pequeños y transparentes que había que poner el vaso entre la luz y el ojo d...
Índice
- ESTUDIO PRELIMINAR por Alejandro Winograd
- ACERCA DE ESTA EDICIÓN
- HISTORIA DE UN VIAJE A LAS ISLAS MALVINAS
- AVISO DE LOS LIBREROS
- DISCURSO PRELIMINAR
- HISTORIA DE UN VIAJE A LAS ISLAS MALVINAS - PRIMER TOMO
- HISTORIA DE UN VIAJE A LAS ISLAS MALVINAS - SEGUNDO TOMO
- OBSERVACIONES SOBRE EL ESTRECHO DE MAGALLANES Y SOBRE LOS PATAGONES
- RECETAS DE ALGUNOS REMEDIO