Capítulo V
Resplandor moderno, consolidación de ideales y caída del fubismo
“Se contaba tan solo con un factor positivo: la voluntad inquebrantable de un número grande de estudiantes, y uno más reducido de profesores, de modernizar la institución. Los estudiantes no tenían ideas muy claras de lo que se debía y podía hacer, pero compensaban esta deficiencia con pasión renovadora, buena fe y deseo de colaborar. Sin ellos no se habría podido realizar la reforma, pues las nuevas ideas carecían de eco favorable en la mayoría de los profesores. Por otra parte, sin el apoyo estudiantil todo habría quedado en una reforma académica de nombres y etiquetas”. En Risieri Frondizi: La Universidad en un mundo de tensiones. Misión de las universidades en América latina, Paidós, Buenos Aires, 1971, p. 30.
1. Una nueva década, una nueva etapa
La década de 1960 se inició en la Universidad un año antes de lo que marca el calendario. El conflicto conocido como “Laica o Libre” y los nuevos estatutos, junto a la elección de Risieri Frondizi por cuatro años más al frente de la UBA, al igual que ocurría en otras universidades, dieron nacimiento a una nueva era universitaria. La década fue usualmente connotada en sus inicios como un período de esplendor intelectual e institucional, “época de oro” se la denominó posteriormente. La primera computadora científica en la Argentina que se instaló en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales en 1961 junto a nuevos institutos como el de Cálculo, el Instituto de Sociología bajo el liderazgo de Germani en la Facultad de Filosofía y Letras, las cientos de becas otorgadas con diversos fines y la prolífica labor de EUDEBA que llegó a editar más de dos millones de libros en sus primeros cuatro años de vida, poniéndose a la cabeza de los sellos de su tipo en el mundo, son solo algunos ejemplos que suelen ilustrar este crecimiento en la UBA.
Con todo, deslumbrada la crítica intelectual por el brillo de estos logros, pierde de vista que numerosas unidades académicas siguieron funcionando como lo habían hecho siempre. El caso arquetípico lo constituye la Facultad de Derecho dominada por un cuerpo docente reacio a las innovaciones científicas, a quienes sus detractores contemporáneos irónicamente llamaban “Facultad de Derecha”. Como se vio, esta facultad había funcionado, y así lo seguirá haciendo, como duro contrapeso de los sectores renovadores. Pero este caso no sería una excepción. En ese sentido, la operación intelectual tan habitual que caracteriza al todo por la parte, a la Universidad argentina por la UBA y a esta por su sector renovador, ofrece un panorama vago de esos años.
No obstante, lo que no es equivocado remarcar en sintonía con dicha mirada es que estos tiempos se vivieron efectivamente como nuevos. Claudio Suasnábar ha remarcado que “[…] una mirada más atenta al clima cultural de la Argentina de los sesenta nos muestra una serie de rasgos (que se harán evidentes en la reconstrucción de las discusiones universitarias) cuyo denominador común fue el profundo optimismo […]”. Efectivamente, las autoridades docentes porteñas imbuidas en el proceso de transformación creían fervientemente que estaban en la cresta de una ola que avanzaba, no sin escollos, a buen ritmo. La Guía de Actividades editada en esos años con el propósito de ofrecer una imagen global de la actual Universidad sentenciaba:
El cambio producido en los últimos años se refiere justamente a sus misiones: la Universidad de Buenos Aires dejó de ser una federación de Facultades profesionales para transformase en un organismo de cultura superior. Se ha fortalecido la investigación científica, se acrecienta y profundiza la enseñanza, y se comienza a orientar la formación profesional de acuerdo a las necesidades reales del país.
Esperanzadamente sus autoridades se enfrentaban así a una realidad compleja: día a día la Universidad debía pulsear por cada peso que entraba a sus arcas e institucionalmente debía hacer equilibrio frente a una situación política sumamente inestable.
En los capítulos anteriores se resaltó que sin atender debidamente a la militancia estudiantil sería imposible comprender cabalmente las transformaciones desarrolladas en estos años en la UBA. Su peso decisivo fue reconocido en más de una ocasión por los propios profesores que propugnaban la modernización universitaria. Para estos los estudiantes reformistas constituían un aliado central con quien seguir recorriendo el anhelado camino innovador. Los estudiantes, reformistas y humanistas, militantes y simples alumnos, valoraban el esfuerzo de dichos docentes y autoridades en pos de mejorar la enseñanza y acercarlos a parámetros educativos de calidad ponderados internacionalmente. Nadie podía decir que los profesores llevaban a cabo su trabajo solo por un sueldo, mejor que en períodos anteriores pero todavía bajo en comparación con el ámbito laboral privado y con lo que muchos de ellos podrían ganar en universidades del exterior deseosos de contratarlos, o que únicamente buscaran un prestigio personal que les permitiera saltar como un trampolín a los puestos mencionados. El compromiso abnegado de los profesores con el progreso de las potencialidades plenas del país y con una sociedad que emulara los desarrollos de las naciones del norte era a todas luces evidente.
Sin embargo, el reformismo fubista comenzó a criticar crecientemente un compromiso mal entendido en muchos casos por estos profesores en tanto sus nobles intenciones no derivaban necesaria ni automáticamente en resultados positivos. El parámetro para juzgar todo ello fue eminentemente político mientras que muchos docentes preferían dejar de lado la política para fundamentar su actividad y optaban por reconocer su pertinencia en razones académicas. No es que lo académico no implicara una dimensión política en un sentido amplio, de hecho a los modernizadores los movía, como se sostuvo, un ideal de desarrollo y bienestar general de la población, un sólido compromiso con un futuro mejor para el país, una “misión para la Universidad”. Pero este compromiso era enunciado de modo muy abstracto y general frente a la política que practicaban los radicalizados reformistas que señalaba enemigos y aliados de manera más concreta y contundente.
Pese a todo, sería impreciso sostener que siempre entre autoridades docentes modernizantes y estudiantes radicalizados las disidencias y confrontaciones se perpetuaron. Una y otras vez, ocurrieron situaciones a contrapelo de estas divisiones que los obligarían a aunar fuerzas en pos de objetivos comunes. Así sucedió a lo largo del período con los reiterados reclamos por mayor presupuesto para las universidades públicas. No obstante, en los años en que este capítulo se detiene si bien se repiten los reclamos presupuestarios de boca del rector y del Consejo Interuniversitario Nacional, así como de centros y federaciones estudiantiles, las confrontaciones con el gobierno nacional no llegarían a las calles como sucedería más adelante. Un ejemplo asible en este período de esa búsqueda por superar mancomunadamente obstáculos y enemigos comunes lo hace observable el trascendente conflicto que tiñó la vida de la Facultad de Odontología durante 1960. En el mismo se detendrá este capítulo para avanzar más adelante hacia los temas que desde la óptica de los radicalizados estudiantes mellaban esas coincidencias. Cuestiones como los subsidios externos otorgados a la investigación científica y el impacto de la Revolución Cubana instalarían entre los reformistas un clima de desconfianza hacia la generación mayor que, empapada con sus convicciones modernizadoras, dirigía los destinos de la UBA. Antes de ello resulta conveniente detenerse en el contexto político nacional en el que el drama universitario se desenvolvía. Finalmente, se escudriñará cómo todo este proceso de radicalización política ascendente derivaría en un aislamiento del reformismo de izquierda, que en su auge coincidiría con el interregno represivo inaugurado por la presidencia de José María Guido. En sintonía con este proceso, el rectorado porteño pasaría a manos del humanismo cobrando la rama estudiantil de este movimiento un peso inédito.
2. Un país crecientemente inestable
Conceptos acuñados por las ciencias sociales argentinas como “asincronía”, “pretorianismo de masas”, “disyunción”, entre otros, poseen un denominador común: la profunda y creciente inestabilidad política que atravesó el país tras el golpe de Estado de 1955 a la que remiten. Probablemente haya sido Juan Carlos Portantiero con la noción de “empate hegemónico”, quien dio cuenta de la interpretación más célebre de la política argentina a partir de esos años. Según su razonamiento, el interior del bloque dominante nacional se encontraba signado por una no correspondencia entre el creciente poderío económico que adquiría el capital monopolista y su capacidad para trasladar esa fortaleza al plano estatal. Al no poder imponerse plenamente el gran capital en el terreno político, las fracciones económicas más débiles no terminaban de subordinársele, encontraba permanentemente obstruido su proyecto estratégico. El corolario que esta pugna social desa-taba era una galopante “crisis orgánica” de dominación social.
El gobierno de Frondizi, como ha razonado Halperín Donghi, asumió a consecuencia de una maniobra que le aportó el imprescindible voto peronista pero que, a su vez, lo obligó a reforzar este insuficiente aval político con un costoso apoyo de las fuerzas económicas, nacionales y extranjeras. Como se mostró en el capítulo anterior, el nuevo Ejecutivo privilegió de entrada las relaciones con el capital foráneo que bajo este impulso decisivo cobró una inusitada vitalidad en la estructura económica del país. Pero la debilidad relativa del capital extranjero todavía, vale subrayarlo, marcaba por ende la debilidad del gobierno que les abrió las puertas de par en par: no era el gran capital monopolista, pese al enorme terreno ganado, lo suficientemente fuerte aún para hegemonizar el bloque en el poder e imponer un Ejecutivo propio.
Como se pudo advertir desde el capítulo anterior, el gobierno de Frondizi comenzó a reestructurar fuertemente la economía argentina. Carlos Altamirano, al referirse a la dramatización oficial de los cambios pergeñados, ha afirmado que estos eran presentados de modo que “Las reformas que exigía el desarrollo no eran solo necesarias, eran impostergables y acuciantes, su cumplimiento apenas si dejaba ya tiempo”. Efectivamente, la rápida introducción de capitales extranjeros que el Ejecutivo propugnó como medio para alcanzar el objetivo público de un desarrollo industrial a semejanza del de las potencias centrales planteó una verdadera bisagra con la política económica heredada del peronismo. Si el modelo populista se vertebraba sobre la demanda del mercado interno, como ha subrayado Katrhryn Sikkink, el desarrollista tenía como objetivo acrecentar los encadenamientos productivos mediante la inversión en áreas claves. El nuevo modelo de crecimiento se desarrolló en consonancia con una nueva etapa del imperialismo mundial marcada por el peso que adquirieron los conglomerados y las empresas multinacionales. En esta fase, continuando la reflexión de Mónica Peralta Ramos, preponderaba la exportación de tecnología desde las metrópolis centrales hacia la periferia orientada a la explotación del sector manufacturero. Ese cambio de estrategia imperialista, ya que la exportación de capital dinerario orientada hacia la exportación del sector manufacturero de la época de los monopolios financieros había pasado a un segundo plano, determinó en países subordinados como la Argentina una creciente dependencia tecnológica de los países centrales. En lo inmediato, desde el discurso desarrollista la infraestructura energética se proyectó como fundamental para dotar al país de condiciones productivas soberanas que le permitan ampliar su base de desarrollo. En lo concreto, el problema político que ello generó con las clases dominadas, básicamente los trabajadores, se puede resumir en el hecho de que si bien se les auguraba un futuro mejor, inminentemente se les exigía un gran sacrificio. Este se tradujo en una caída del consumo alcanzado en el modelo populista, en tanto los recursos públicos y privados se destinaron a grandes obras de ingeniería. Además, este sacrificio conllevó a un férreo intento por reconfigurar drásticamente el poder en los lugares de trabajo ya que el modelo necesitó incrementar la productividad laboral. A diferencia de los obreros brasileños, por ejemplo, los trabajadores argentinos podían comparar su presente con un pasado más holgado en lo económico, siendo el resultado de ese balance una fuente de malestar político constante hacia los nuevos gobiernos.
En buena medida fue a partir del segundo año de gobierno frondicista, bajo las urgencias que impuso una crisis económica en ciernes causada por un progresivo deterioro de la balanza comercial, que estos planes oficialistas se llevaron a cabo con más ímpetu, propalándose las contradicciones con la base popular del modelo. Además, los nacionalistas que habían confiado en las ideas industrialistas del gobierno expresadas en su programa “nacional y popular”, al igual que sucedió con ciertas izquierdas, se alejaron ante el predomino que adquiría el capital extranjero en la nueva escena económica. Su lugar fue ocupado por funcionarios asociados a un perfil liberal y represivo como el nuevo ministro de Economía y ministro interino de Trabajo y Bienestar Social, Álvaro Alsogaray o el general Elbio Anaya, nombrado ministro de Guerra, quienes se sumaron al gobierno durante 1959 tras la estridente renuncia del vicepresidente Alejandro Gómez y el relevo en bambalinas de Rogelio Frigerio de su cargo al frente de la Secretaria de Relaciones Económico-Sociales. Téngase en cuenta que a fines de 1958 el Congreso oficialista aprobó una Ley de radicación de capitales extranjeros que se propuso atraer estas inversiones a las industrias básicas. A partir de entonces se redujeron los aranceles en la aduana y los recargos a los bienes de capital importados. Estas medidas se implementaron en sintonía con el Plan de Estabilización y Desarrollo iniciado a fines de diciembre de 1958, que ligaba a la Argentina con las políticas que promovía el Fondo Monetario Internacional (FMI) en toda la región. Si bien el funcionariado frondicista mostró cierta capacidad para negociar con ese organismo internacional, no rebajándose a cumplir al pie de la letra cada uno de sus designios, lo cierto es que la política de estabilización monetaria implementada cuadró con la receta ortodoxa impulsada por aquella entidad financiera. En la práctica, la contención del gasto y la devaluación inflacionaria del peso propugnadas a cambio de la “ayuda”, derrumbó los salarios a los niveles que se habían registrado cuatro años atrás. Paralelamente se restringieron las vacantes en el Estado y se aumentaron las tarifas públicas a la par que se privatizaron organismos estatales como el Frigorífico Lisandro de la Torre a comienzos de 1959, todo un símbolo de la época peronista fenecida.
La enorme represión que se asestó sobre los obreros que resistieron la medida en esa oportunidad, hizo público una vez más hasta dónde el gobierno estaba dispuesto a llegar para imponer su política económica. Al mismo tiempo, daba muestras renovadas de la combatividad de la clase obrera para resistir el embate oficial. Frente a tal panorama que mostraba un crecimiento de la lucha de clases, las huelgas de bancarios, metalúrgicos y textiles produjeron su expresión más contundente, la represión fue el medio que encontró el gobierno para sostener un modelo que generaba rechazo entre un sector tan vasto de la población. Fue así que en marzo de 1960 se puso en vigencia el Plan de Conmoción Interior del Estado (Plan CONINTES) que otorgó, junto con otros Decretos, un enorme poder a las Fuerzas Armadas para ejercer la represión sobre los civiles. Al respecto, la literatura sobre el período ha sostenido que la clase obrera experimentó una fuerte derrota expresada nítidamente en ...