El gran Gatsby
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El gran Gatsby

Francis Scott Fitzgerald, Jesús Ferrero, Hugo Castignani

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El gran Gatsby

Francis Scott Fitzgerald, Jesús Ferrero, Hugo Castignani

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«El gran Gatsby tiene pocos rivales como la gran novela americana del siglo XX. Al volver a leerla, una vez más, mi inicial y primera reacción es de renovado placer». Harold BlommEn los felices años veinte, en la era del jazz, la ciudad de Nueva York es el centro del universo. Hay música desenfrenada, noches en blanco y champán a raudales; hay contrabando, tiroteos y bonanza económica; y además está Gatsby. Jay Gatsby, enigmático, millonario y hecho a sí mismo, que organiza fiestas de ensueño en su babilónica mansión de Long Island, bailes a los que acude el mundo entero. Y eso incluye a la arrebatadora Daisy Buchanan, la mujer que una vez lo amó, antes de que la abandonase para luchar en Europa, antes de que permitiera que se casara con otro, tan deslumbrante, tan imposible de recuperar como lo es todo tiempo pasado...Una de las grandes novelas de la literatura estadounidense del siglo XX que se ofrece aquí en una nueva traducción, una obra única que, como escribe Jesús Ferrero en su esclarecedor prólogo, «hay que abordar como quien se adentra en un espacio oscilante y mágico, donde todo está matizado y sugerido hasta el dolor y la extenuación, y donde el lenguaje discurre como música de jazz, emitiendo en cada párrafo la luz resplandeciente y líquida de la más profunda y evanescente melancolía».

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Información

Editorial
Siruela
Año
2021
ISBN
9788418708374
Edición
1
Categoría
Literatura
Categoría
Clásicos

Capítulo VII

Justo en el momento en el que la curiosidad acerca de Gatsby se hallaba en su apogeo, las luces de su casa no se encendieron un sábado por la noche y, de la misma forma tan misteriosa como había empezado, su carrera de Trimalción llegó a su término28.
Solo de forma gradual comprendí por qué los automóviles que llegaban expectantes a su casa permanecían apenas un minuto y luego se marchaban enfurruñados. Preguntándome si estaría enfermo, me acerqué a su casa para averiguarlo. Un mayordomo desconocido con cara de maleante me echó desde la puerta abierta una mirada de soslayo y llena de desconfianza.
—¿Está el señor Gatsby enfermo?
—No. —Después de una pausa añadió «señor» de forma oblicua y reticente.
—No lo he visto últimamente y estaba un poco preocupado. Dígale que el señor Carraway ha pasado por aquí.
—¿Quién? —preguntó con grosería.
—Carraway.
—Carraway. Muy bien, se lo diré.
Y cerró de un brusco portazo.
Mi finlandesa me informó de que Gatsby había despedido a todo el servicio de su casa la semana anterior, y los había reemplazado por media docena de personas que jamás iban al pueblo de West Egg para ser sobornados por los comerciantes, sino que encargaban una moderada cantidad de provisiones por teléfono. El chico de la tienda de comestibles contó que la cocina parecía una pocilga, y la opinión generalizada en el pueblo era que la nueva gente no estaba conformada ni siquiera por criados.
Al día siguiente Gatsby me llamó por teléfono.
—¿Te vas? —pregunté.
—No, compañero.
—He oído que has despedido a todos tus sirvientes.
—Quería gente que no chismorreara. Daisy viene bastante a menudo, por las tardes.
Así que todo el ferial se había desplomado como un castillo de naipes ante la desaprobación de los ojos de Daisy.
—Es una gente por la que Wolfshiem quería hacer algo. Son todos hermanos y hermanas. Solían regentar un hotelito.
—Ya veo.
Me llamaba a petición de Daisy. ¿Iría a almorzar con ella mañana? La señorita Baker estaría allí. Media hora después Daisy me llamó y pareció aliviada al saber que iría. Algo pasaba. Y sin embargo no alcanzaba a creer que hubieran escogido aquella ocasión para montar una escena, en especial para la más bien angustiosa escena que Gatsby había perfilado en el jardín.
Al día siguiente hizo un calor sofocante, y fue casi la última y desde luego la más calurosa jornada de aquel verano. Al emerger mi tren del túnel hacia la luz del sol, tan solo las cálidas sirenas de la fábrica de la National Biscuit Company («Compañía Nacional de Galletas») rompían el hirviente silencio del mediodía. Los asientos de paja del vagón estaban al borde de la combustión; la mujer sentada a mi lado sudó delicadamente un rato bajo su blusa blanca y luego, con el periódico humedeciéndose en sus dedos, se entregó con desesperación al intenso calor con un grito de desolación. Su bolso se le cayó al suelo.
—¡Ay, Dios! —jadeó.
Lo recogí, doblándome con cansancio, y se lo entregué, sosteniéndolo con el brazo estirado, y sujetándolo por la punta de uno de sus ángulos, para indicar que no me movía propósito alguno al hacerlo, pero todos y cada uno de los presentes, incluyendo a la mujer, me miraron con suspicacia.
—¡Qué calor! —dijo el revisor a los rostros familiares—. ¡Vaya temperatura!... ¡Qué calor!... ¡Qué calor!... ¡Qué calor!... ¿No tienen mucho calor? ¿No hace mucho calor? ¿No hace…?
El billete de viaje me fue devuelto con una mancha oscura dejada por sus dedos. ¡Con semejante calor, ¿a quién podían importarle los labios rojos que besaba o qué cabeza humedecía el bolsillo de su pijama a la altura de su corazón?!
Por el vestíbulo de la casa de los Buchanan soplaba un viento suave, acercando el sonido del timbre del teléfono a Gatsby y a mí mientras esperábamos en la puerta.
«¡El cuerpo del señor! —rugió el mayordomo ante el aparato—. Lo siento, señora, pero no podemos proporcionárselo… ¡Está demasiado caliente para tocarlo a mediodía!».
Pero lo que en realidad dijo fue:
—Sí... Sí..., voy a ver.
Dejó el teléfono y vino hacia nosotros, brillando un poco por el sudor, para hacerse cargo de nuestros rígidos sombreros de paja.
—¡La señora los espera en el salón! —exclamó, indicando de forma innecesaria la dirección. Con semejante calor cualquier gesto de más era una afrenta a la reserva de vida que todo hombre posee.
La sala, bien protegida por toldos, estaba oscura y fresca. Daisy y Jordan se hallaban tendidas sobre un enorme sofá, como ídolos de plata, sujetando sus vestidos blancos contra la susurrante brisa de los ventiladores.
—No podemos movernos —dijeron juntas.
Los dedos de Jordan, empolvados de blanco sobre su bronceado, descansaron un momento en los míos.
—¿Y el señor Thomas Buchanan, el atleta? —pregunté.
Simultáneamente oí su voz, áspera, apagada, ronca, en el teléfono del vestíbulo.
Gatsby se erguía en el centro de la alfombra carmesí y miraba a su alrededor con ojos fascinados. Daisy lo observaba y recurría a su dulce y excitante risa; una minúscula nube de polvo de tocador se proyectó en el aire desde su pecho.
—Se rumorea —susurró Jordan— que la chica de Tom es la que está al teléfono.
Guardamos silencio. La voz del vestíbulo se elevó con irritación.
—Muy bien, entonces ya no le vendo el coche... No tengo con usted ninguna obligación... Y, en lo referente a molestarme con esto a la hora de almorzar, ¡no se lo voy a perdonar!
—Ni siquiera sujeta el auricular —exclamó Daisy con cinismo.
—Te equivocas —le aseguré—. Es un negocio de verdad. Por casualidad estoy al tanto de ello.
Tom abrió impetuosamente la puerta de par en par, la bloqueó por un instante con su enorme cuerpo y se abalanzó hacia el salón.
—¡Señor Gatsby! —Ofreció su mano ancha y aplanada con un bien disimulado desprecio—. Me alegro de verlo, señor Gatsby..., Nick...
—Prepáranos una bebida bien fría —exclamó Daisy.
Mientras Tom dejaba la habitación de nuevo, ella se levantó y caminó hasta donde se hallaba Gatsby, luego atrajo hacia sí su rostro dándole un beso en la boca.
—Sabes que te quiero —susurró.
—Te olvidas de que estás en presencia de una señorita —dijo Jordan.
Daisy miró a su alrededor con expresión dubitativa.
—Besa tú también a Nick.
—¡Qué mujer tan grosera y ordinaria!
—¡No me importa! —exclamó Daisy y comenzó a cargar el hogar de la chimenea de ladrillo. Entonces recordó el calor y se sentó avergonzada en el sofá, justo en el momento en que entraba en la habitación una niñera de uniforme recién planchado llevando a una niña de la mano.
—An-ge-li-to pre-cio-so —canturreó, extendiendo los brazos—. Ven con tu mamá, que te adora tanto.
La niña, liberada por la niñera, corrió por la habitación y se sumergió con timidez en el vestido de su madre.
—¡Mi an-ge-li-to pre-cio-so! ¿Ya te ha empolvado mamá tu precioso pelo dorado? Ponte de pie y di: «¿có-mo-es-tán-uste-des?».
Gatsby y yo nos agachamos consecutivamente y apretamos la pequeña y reacia mano. Después Gatsby siguió mirando a la niña con sorpresa. No creo que hubiera creído de verdad en su existencia hasta entonces.
—Me vestí antes del almuerzo —dijo la niña, volviéndose de forma enérgica hacia Daisy.
—Eso es porque tu mamá quería presumir de ti. —Su rostro se hundió en la única arruga de su leve cuello blanco—. Mi locura, mi pequeña locura.
—Sí —admitió la niña con tranquilidad—. La tía Jordan también tiene un vestido blanco.
—¿Te gustan los amigos de mamá? —Daisy le dio la vuelta para que pudiera mostrar su cara a Gatsby—. ¿Te parecen guapos?
—¿Dónde está papi?
—No se parece a su padre —explicó Daisy—. Se parece a mí. Tiene mi pelo y la forma de mi cara.
Daisy se sentó de nuevo en el sofá. La niñera dio un paso adelante y la tomó de la mano.
—Ven, Pammy.
—¡Adiós, amorcito!
Con una reticente mirada hacia atrás la obediente niña cogió la mano de la niñera y se dejó llevar fuera del salón, justo cuando Tom regresó, precedido por cuatro Gin Rickeys que tintineaban llenos de hielo.
Gatsby cogió el suyo.
—Desde luego parecen muy fríos —dijo, con visible tensión.
Dimos largos sorbos ansiosos.
—Leí en algún sitio que el sol se calienta más cada año —dijo Tom afablemente—. Por lo visto el Sol se tragará muy pronto a la Tierra. No, esperad, es al revés: el Sol se enfría más cada año.
—Salgamos fuera —le sugirió a Gatsby—. Quiero que veas la casa.
Los seguí hasta la galería. En el verde Sound, estancado en la canícula, un pequeño barco velero se arrastraba despacio hacia el mar más frío. Los ojos de Gatsby lo siguieron momentáneamente; levantó la mano y señaló hacia el otro lado de la bahía.
—Vivo justo enfrente.
—Vaya.
Nuestros ojos se elevaron por encima de los rosales y el caliente césped y los despojos de los días de calor aplastante mezclados con la maleza en la playa. Lentamente las blancas alas del bote se agit...

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