El cielo de los animales
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El cielo de los animales

  1. 352 páginas
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El cielo de los animales

Descripción del libro

Comparado con Richard Ford y Alice Munro, la aparición de David James Poissant produjo una conmoción literaria en los Estados Unidos. Sus cuentos se inscriben en esa gran tradición que incluye a Antón Chéjov y Raymond Carver, una tradición que siempre suele darse por concluida, hasta que aparece un nuevo escritor y la revitaliza. Es lo que sucedió con este libro.El cielo de los animales es un deslumbrante volumen de relatos sobre personas agobiadas por la pérdida, la culpa o lo implacable del amor. Padres que han roto la relación con sus hijos y descubren demasiado tarde el daño que han hecho, matrimonios envueltos en el desasosiego, hermanos que dejaron en el olvido la complicidad y ahora deben purgar ese rencor, amistades que un día son puestas a prueba y dejan paso a la traición. Vidas que no están a la altura de las emociones que generan, donde la presencia de un animal recuerda la existencia de lo inesperado, lo lúdico, lo brutal.Con una escritura límpida, que sabe ser quirúrgica y no escapa al humor, Poissant narra historias al límite, sacudidas por la impiedad y la tristeza. No deja de ser extraño que al terminar de leerlo el sentimiento sea de felicidad. Es el efecto que depara un hallazgo literario.

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Información

Editorial
EDHASA
ISBN del libro electrónico
9789876286077
Año
2021

El cielo de los animales

Dan Lawson había hecho ese viaje antes. Después de enterarse de que su hijo Jack era gay y de haberlo arrojado por la ventana del living, después de haber sido abandonado por su familia, después de dejar el alcohol y de trabajar durante años para redimirse a los ojos de su hijo –el lenguaje del arrepentimiento se expresaba en cheques que cubrían los gastos universitarios de Jack–, había hecho el viaje. Jack se había graduado en biología marina y había conseguido un puesto de investigador oceánico en la costa del Pacífico. Dan había alquilado un camión de mudanzas, había enganchado el auto de Jack y habían hecho juntos la larga travesía de tres días hasta California. Y ahora, diez años más tarde, volvía a hacerlo. Esta vez solo.
Esa tarde, Jack había llamado desde La Jolla para avisarle que estaba por morirse. Tenía a alguien que lo acompañaba, pero realmente quería que Dan estuviera a su lado, así que ¿tal vez podría ir, lo antes posible?
El teléfono tembló en la mano de Dan como un pez recién sacado del agua. Su pensamiento derivó hacia el cáncer, la plaga que se había llevado a sus padres, empujado a tantos amigos a la tumba antes de tiempo y, por último, segado la vida de Lynn, su ex esposa y madre de Jack, una mujer que, igual que su hijo, si no había sido buena para vivir en este mundo, indudablemente había sido demasiado buena para él.
Pero el problema no era el cáncer.
–Tengo una neumonía fatal –dijo Jack. Su voz sonaba áspera, irreconocible. Hacía pausas entre una oración y otra para recuperar el aliento.
–No entiendo –dijo Dan. Imaginó lo peor, y Jack se apresuró a confirmar sus temores.
–Tengo SIDA –dijo. Le contó a Dan sobre los hospitales. Le habló de las drogas que lo habían mantenido vivo durante años y que probablemente lo habrían ayudado a vivir muchos, muchísimos años más si no hubiera tardado tanto en empezar el tratamiento.
–No soy el único que pensó que, si lo ignoraba, el virus desaparecería –dijo–. Maté a muchos hombres. Sé que lo hice. Y lo que hice es imperdonable.
Jack le contó que durante años lo había sospechado y había tenido miedo de averiguarlo hasta que Marcus, un amigo, se dio cuenta y lo obligó a hacerse los exámenes.
–El cuerpo no sabe guardar secretos –dijo Jack–. Esta enfermedad te tatúa su nombre en moretones.
Había rastreado el origen de la enfermedad hasta su profesor de historia de la escuela secundaria. Jack tenía dieciocho años y era un chico impresionable y ese hombre le había enseñado todo excepto a ser responsable. Ahora, quince años después, la enfermedad había seguido su curso.
Se hizo un largo silencio y Dan trató de llenarlo.
–Lo lamento –dijo.
Tres días por semana, le dijo Jack, Marcus metía su silla de ruedas en el baúl del auto y lo llevaba a San Diego, a media hora de allí, a un hospital donde un técnico le clavaba una aguja entre las costillas para extraer el líquido de sus pulmones. Pero Jack ya estaba harto. Seguiría yendo al hospital sólo si Dan le prometía que iría a visitarlo; después de eso, esperaba hundirse serenamente en su último sueño. Pidió disculpas por la morbidez de la confesión, pero no por haber sido tan franco.
Dan no podía hablar. Sentía que iba a desmayarse. Se aferró al teléfono con fuerza, como si temiera que, si lo soltaba, se alejaría flotando.
–Entiendo que te estoy pidiendo que aceptes en cuestión de minutos algo que a mí me llevó años –dijo Jack.
Esa palabra, años. Dan entrecerró los ojos al oírla. Se llevó la mano a la frente, que estaba húmeda.
No hacía tanto tiempo había ayudado a Jack a instalar su oficina y mudarse a la casa de La Jolla. Era imposible que hubiera pasado una década así nomás, sin haber ido a visitarlo y sin que él lo invitara.
Hacía tanto tiempo que Jack estaba callado que Dan temió que se hubiera cortado la comunicación.
–Estoy aquí –dijo Jack.
Resultaba extraordinario pensar que cuando habían cruzado juntos el país, el virus ya estaba con ellos, ya había anidado en las entrañas de Jack sin que ninguno lo supiera. ¿Desde cuándo lo sabía Jack, entonces? ¿Desde cuándo lo sabía y no había dicho nada? Y si lo hubiera dicho, ¿acaso Dan se habría mudado para estar cerca de él? ¿Qué hacían los padres en esos casos?
Tendría que haberse esforzado más, eso por lo menos.
–Tengo que cortar –dijo Jack y, antes de que Dan pudiera contestarle, colgó.
Esa noche Dan salió de su casa, cruzó la autopista y caminó hasta la orilla del mar. Contempló las aguas quietas y frías del Golfo de México. Había dos hombres sentados en la playa. Uno estaba cortando un bonito para usar de carnada. El pez plateado partido en rodajas gordas y rojas; la arena tiñéndose de rosa debajo. El otro abasteció tres ganchos para carnada del tamaño de una pelota de béisbol y luego arrojó la línea lo más lejos que pudo sobre las olas. Tenían cuatro cañas de pescar enterradas en la arena.
A Jack no le gustaba pescar. Dan lo había llevado una vez cuando era niño, pero había llorado con el primer pez que sacaron del agua. Se había preocupado por el bienestar del pez, por el anzuelo plateado que tenía clavado en la boca. Parado junto al balde, mirando lo que había adentro, no paró de llorar hasta que Dan metió la mano, agarró el pez y lo devolvió al agua.
De adulto Jack siguió siendo así, sensible, enamorado del mundo, de todas las criaturas vivientes dentro y fuera del agua. Más tarde, las raras veces que hablaban por teléfono, las conversaciones inevitablemente se centraban en el trabajo de Jack, en sus investigaciones de alguna especie en peligro o en su último hallazgo. Las preferidas de Jack eran las focas, que lo miraban trabajar. Hablaba de ellas a menudo, de lo juguetonas que eran, de su curiosidad, le contaba que los días de calor se echaban en las piedras y rodaban. Como bolitas, había dicho una vez. Como piedras sobre piedras. Y Dan, sentado en su silla, con los codos apoyados sobre la mesa de la cocina a miles de kilómetros de distancia las había visto, había visto los animales y las rocas, y la visión lo había sorprendido, como cuando se abre un cajón y se atisba la intimidad de los cuchillos y las cucharas.
En la playa, una de las cañas de pescar empezó a curvarse. Dan se acercó. El hombre de la caña clavó los talones en la arena. El otro hombre llegó corriendo para tirar de las demás líneas.
–¿Un punta negra? –gritó el hombre.
–Más grande –dijo el otro. El carrete chilló cuando el tiburón se llevó más y más línea. Dan sabía que si no le ofrecían resistencia, la línea se acabaría y se cortaría y el tiburón se iría nadando con un kilómetro de tanza trazando una estela.
Pero la línea no se acabó. El zumbido se redujo al giro constante del carrete.
Dan imaginó a los hombres sacando un tiburón toro de ocho metros, una bestia plateada por la luz de la luna cayendo sobre la arena.
No se quedó a verlo. En cambio, caminó por la playa hasta un bar y pidió un escocés sin hielo. Se quedó mirando el vaso largo rato. Ese trago sería el primero en... mil años, desde el día en que se había parado, borracho e incrédulo sobre las flores del jardín cubiertas de esquirlas de vidrio, a mirar el cuerpo yaciente de su hijo mientras Lynn le gritaba al otro chico que llamara a emergencias.
Su dolor más profundo. Su vergüenza más grande. Un acto para el cual no existía castigo concebible. Una vez pagada la última cuota de la universidad, y con Jack instalado lo más lejos posible de su padre, recién entonces Dan pudo reconocer que lo que más quería en el mundo era algo que jamás tendría, y por lo tanto abandonó toda esperanza de obtener perdón. Un amigo le sugirió que tal vez ya había sido perdonado. Que al aceptar su dinero, al pedirle ayuda a su padre, el chico había cedido. ¿Esa clase de concesiones no tenían algo que ver con el amor? La idea era fácil de creer, pero era una mentira. Porque Jack no le había pedido nada por amor. Le había pedido todo por necesidad. Los llamados solicitándole ayuda, cuando llegaban, eran imperiosos. Jack había entrado en la universidad pero no podía pagarla. Había encontrado un trabajo fabuloso, pero la persona que iba a llevarlo hasta allí le había fallado y él tenía que presentarse en California ese fin de semana. Dan era el último recurso, siempre. Y lo sabía. Lo sabía y no le importaba, así como sabía que una década de tarjetas de Navidad y las llamadas ocasionales desde California no eran producto del amor sino del sentido del deber de un hijo para con su padre.
Pero la de esta noche no. La de esta noche tenía un elemento nuevo: una oportunidad, la última, pero llena de posibilidades. Y como Dan sabía que no merecía ser perdonado, no buscaba el perdón. Estaban cada uno en una punta. Dan no podía recuperar los años perdidos, pero podía cruzar el país.
Llamó a su hijo desde el teléfono público del bar.
–Por supuesto que voy a ir. Saldré mañana mismo, a primera hora –dijo.
Jack le dio las gracias y colgó.
Dan volvió a la barra, pagó y le pasó el vaso, todavía lleno, al hombre sentado junto a él. Después volvió a su casa, caminando por la playa.
Se quedó dormido casi al amanecer.
* * *
Y se despertó tarde. Se insultó por eso, y volvió a insultarse cuando el auto no arrancó. Era un auto viejo que se descomponía a cada rato. El motor se sobrecalentaba. Se ahogaba. Perdía aceite como un perro se sacude el agua.
Revisó el encendido, y con un suspiro de alivio fue al galpón. Bajó una batería de un estante. Era nueva, la había robado en el taller mecánico. No le pagaban bien, pero era un trabajo sencillo y sin exigencias. Sobre todo cambiaba aceite, un servicio muy simple por el que la gente pagaba sumas impresionantes para no tener que ensuciarse las manos. Los dueños del taller no prestaban demasiada atención al inventario y, con el correr de los años, Dan había robado piezas de repuesto y otros artículos por valor de varios miles de dólares.
Esa mañana llamó a Steven para avisarle que se ausentaría un tiempo, quizá varias semanas.
–Si te vas, no esperes tener trabajo cuando vuelvas –dijo Steve. Y Dan lo mandó a la mierda. No pensaba quedarse cambiando neumáticos en San Peter mientras su hijo se estaba muriendo en la otra punta del país.
Pero en realidad no se enojó con él. Steve no sabía que él tenía un hijo. Casi nadie lo sabía. Estaba seguro de que le pediría perdón cuando regresara, apoyándole una mano en el hombro. Los primeros tiempos trabajarían en un respetuoso silencio y poco a poco, en los descansos o en la fosa, volverían a hacer chistes y a darse codazos cómplices, volverían a hablar de mujeres y de las mejores estrategias para llevárselas a la cama. Steve sería el último en olvidar. Tal vez diría “Si alguna vez quieres hablar del tema”, y los dos comprenderían que era sólo una manera de decir.
A media mañana, el auto por fin se dignó a arrancar. Dan salió de la ciudad llevando en el baúl filtros de aceite, cinta de freno, otra batería, talismanes contra cualquier fuerza que pudiera obstaculizar su viaje. Al mediodía ya había cambiado la I-75 por la I-10, la carretera que lo llevaría a la costa oeste, un camino directo a través de seis estados hasta que, al norte de Tucson, tomara la I-8. Después seguiría los carteles hasta San Diego, y luego al norte hacia La Jolla. No necesitaba un mapa. Conocía el camino como si lo hubiera hecho ayer, no diez años atrás.
* * *
El puente era color óxido y temblaba cuando lo cruzaban los vehículos. Del otro lado, un cartel señalaba el límite interestatal y el sol caía a plomo sobre la autopista. Dan estaba impresionado. Abajo, el turbulento río Pearl, lodoso y marrón como leche chocolatada. Arriba el cielo, rosa y naranja, un poco más azul hacia el este, como borroneado con el dedo pulgar.
Cruzó el agua y frenó a un costado de la ruta. Hacía varias horas que no paraba y le dolían los huesos. Siguió un sendero entre el pasto alto y bajó por una pendiente empinada hasta la orilla del río. Los autos pasaban volando arriba. Los camiones bramaban. Se bajó el c...

Índice

  1. Cubierta
  2. Portada
  3. Sobre este libro
  4. Créditos
  5. Índice
  6. Dedicatoria
  7. El Hombre Lagarto
  8. La amputada
  9. 100% Algodón
  10. El fin de Aarón
  11. Reembolso
  12. Knockout
  13. El último de los grandes mamíferos terrestres
  14. Lo que quiere el lobo
  15. La geometría de la desesperación
  16. Cómo ayudar a tu marido a morir
  17. James Dean y yo
  18. Nudistas
  19. El bebé brilla
  20. El niño que desaparece
  21. El cielo de los animales
  22. Agradecimientos
  23. Sobre el autor