Tercera parte
Domingo
23
Lisa había visto la iglesia, pero hasta hoy no había entrado.
La First Baptist de Lake Christopher se yergue más allá del lado norte del lago. El lado norte es el menos poblado. No tiene marina, no tiene posada, las casas son más viejas y tienen menos pisos. El agua en el extremo norte es poco profunda, la línea de la costa escarpada, la erosión hace que el desarrollo inmobiliario sea demasiado costoso. Pobre al norte, rico al sur. Así se distribuye el prestigio en los lagos. Los ricos quieren agua profunda, costas cuidadas, buenos terrenos. A los lugareños les quedan las tierras que los ricos no quieren, tierras que comparten con la planta potabilizadora, la usina eléctrica, el basurero municipal.
Pasando el lago, en dirección norte por la I-64 y bajando por un camino secundario, está la iglesia, su estacionamiento de ripio atestado de autos.
Todas estas personas, ¿han venido como dolientes o como espectadores? A Lisa le gustaría creer que sus intenciones son nobles, ¿pero quién no cree lo mejor de sí mismo?
Esta mañana ya no se despertó triste sino enojada, furiosa con una furia sin destinatario, un claro signo de que ir a la iglesia le haría bien. Meditar un rato en la casa de Dios. Consolar a una familia cuyo dolor es mucho más grande que el suyo.
Baja del auto y se alisa el vestido. Marrón con estampado de flores, es uno de los que menos le gusta. La parte de arriba se infla y le aprieta la cintura, pero es modesto, anodino, apropiado para el tenor del día. Vestir de negro parecía cosa de mal agüero, dado que todavía no encontraron el cuerpo.
Llega tarde y tiene que escurrirse entre los autos para cruzar el estacionamiento.
La iglesia es blanca, de dos pisos, con techo en punta y una cruz de metal en la cima. El enlucido es de vinilo. Lisa no sabe qué sentir por una iglesia con revestimiento de vinilo. Pero, una vez más, el vinilo es práctico, duradero, barato. Si Dios existe, si Jesús es el hijo de Dios y si dijo todo lo que dicen que dijo, ¿acaso Dios no preferiría el vinilo al Vaticano? Ahórrate el baño de oro. Alimenta a los pobres. Amén.
Más allá de la iglesia, las piedras asoman en el jardín como dientes que nacen torcidos en las bocas de los niños. Las lápidas tienen diferentes alturas y tonalidades, algunas son altas, otras pequeñas y desmoronadas. Junto a la hilera de árboles hay nuevas lápidas, uniformes en color y diseño.
Si le preguntaran, Lisa no sabría decir dónde serán enterrados Richard y ella. Antes hubiera dicho que en el lago. Ahora supone que los pondrán a descansar en Florida. ¿En Florida sepultan a sus muertos? Tan cerca del nivel del mar, ¿los enterrados no asoman a la superficie y se van con la marea? Hay mausoleos, por supuesto, pero Lisa detesta la idea de ataúdes apilados sobre el nivel del suelo, esos catálogos de cadáveres pudriéndose al unísono, cada uno en su cajón.
Tal vez no será enterrada. Tal vez será mejor que la quemen, que sus cenizas sean esparcidas o conservadas sobre la repisa, no le importa. Que se arreglen los vivos. El destino de sus restos será cosa de ellos, no suya. Todo lo demás está por escrito, la orden de no resucitación indisputable, el testamento firmado, el dinero repartido: un tercio para Michael, un tercio para Thad, un tercio para la National Audubon Society. Que los muchachos decidan el resto, cuáles recuerdos familiares conservar o vender o regalar. Que respeten sus deseos o que lamenten no haber podido heredar hasta el último centavo.
En el caso de June, ella guardó un enterito en una bolsa Ziploc. Cuando añoraba a su hija —lo cual ocurría a menudo, muchas veces por día— abría la bolsa y respiraba su olor. Todavía conserva el enterito, aunque el olor se disipó hace mucho tiempo. Incluso ahora puede cerrar los ojos y evocar el perfume de June con el pensamiento: la dulzura húmeda, como almíbar de arce mezclado con musgo, o muffins apenas quemados.
El cuerpo de June fue donado a la facultad de medicina de Georgia, para que futuros médicos pudieran entender mejor el SMSL. Fue la decisión correcta, aunque algunos días se pregunta qué habrá sido de los restos de June, días en los que desearía que hubiera una tumba que visitar o una urna que sostener entre sus manos.
Lisa se queda parada en la escalinata de la iglesia. Mira su reloj. Ha llegado muy tarde.
Sólo quiere entreabrir la puerta, pero se abre de par en par para darle paso. Un hombre de traje gris la cierra a sus espaldas. Tiene lentes gruesos y la cabeza casi calva, unos pocos mechones peinados de una oreja a la otra. Sonríe y le ofrece un folleto de una pila que está junto a la puerta. En el frente hay himnos, en el dorso, versículos de la Biblia, más un resumen de la ceremonia: música, plegarias, ofrenda, sermón del pastor Lance, plegarias, comunión, música, plegarias de cierre.
El orden de la ceremonia está marcado con asteriscos y Lisa sigue los asteriscos hasta el pie de la página, donde se lee: POR FAVOR, LEVANTARSE. En Ithaca, el pastor de la pequeña iglesia interconfesional a la que asiste Lisa un par de veces por mes diría: “Por favor, levántese como quiera o como pueda”. A Lisa siempre le pareció pedante ese lenguaje, pero ahora entiende. En la fe, como en la vida, hay órdenes y hay invitaciones. Ha dejado atrás la tierra de las invitaciones. Ha entrado a una iglesia baptista sureña.
La iglesia no está adornada, no tiene un lugar para el coro ni una pila bautismal, no tiene mosaicos ni vitrales, sólo una alfombra roja y bancos de madera. Los bancos están llenos y todas las sillas plegables del fondo también están ocupadas, de modo que Lisa avanza entre las sillas y se para junto a una mujer que está apoyada contra la pared. La mujer sonríe. Es joven, poco más de veinte años. Lleva un vestido amarillo y un collar de perlas.
El hombre en el frente de la iglesia está hablando desde que Lisa entró. Parado en un púlpito color ámbar, una mesa a su izquierda, un piano a su derecha. A sus espaldas, una pared sin ventanas. Allí donde, en otra iglesia, quizás habría una ventana, un crucifijo de yeso retrata a Cristo en la cima de su agonía, la cabeza echada hacia atrás, los ojos vueltos al cielo. Debajo de la cruz, y un poco hacia la izquierda, pende una bandera estadounidense.
El pastor Lance, en el púlpito, es alto y flaco como Ichabod Crane. No tiene sotana ni alzacuello, ni vestiduras ni estola. Lleva un saco deportivo negro y, bajo el saco, una camisa abotonada hasta arriba sin corbata. La camisa es blanca. El cabello corto. Es apuesto, joven, demasiado joven para predicar la palabra de Dios, piensa Lisa, pero trata de no juzgar. Otra región del país, otro estilo de fe.
La mujer que está parada junto a Lisa está enamorada del hombre detrás del púlpito. Imposible equivocarse, por la manera en que lo mira, mientras acaricia con aire ausente su collar de perlas.
—Hermanos y hermanas —dice el pastor Lance, y su voz, más que retumbar, canturrea—. La muerte no es el final. La muerte es la puerta.
Sonríe y a Lisa le hormiguean los dedos. Ese hombre no tiene carisma debido a su juventud, sino a pesar de esta.
—“Mirad, yo estoy en la puerta y golpeo.” Entonces, ¿qué dice Jesús? “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en él, y cenaré con él y él conmigo.”
Sin importar si, más allá de estas paredes, el pastor Lance confía, la confianza que proyecta es genuina. Sin importar si es sabio, la sabiduría que proyecta no es fingida. El pastor habla y Lisa comprende por qué alguien tan joven tiene su propia iglesia.
—Pensemos en eso —dice el pastor Lance—. Pensemos en cómo será comer con Jesús. Imagino que los buenos modales en la mesa serán importantes.
Vuelve a sonreír y la congregación ríe. No es una mañana que invite a la risa, pero él les ha dado permiso para sentir alegría. Con gentileza, los ha desarmado con sus palabras. Sonríe una sonrisa radiante y sus ojos se dirigen al primer banco. Permanecen allí tanto tiempo que Lisa tiene que mirar.
Y allí están: Wendy, Glenn y Trish. El padre sentado entre su esposa y su hija, abrazándolas.
—Tal vez conozcan a la familia Mallory. Son nuevos en Lake Christopher, pero nos han visitado todas las semanas desde abril. Donantes generosos. Fieles asistentes a la escuela dominical. Uno siempre sabe que Glenn está presente por su risa. Y Wendy trajo la tarta de duraznos más sabrosa que probé en mi vida a nuestro pícnic de primavera. Trish empezará la universidad en Duke este otoño. Es una chica brillante, muy aguda.
El pastor Lance desvía la mirada. Sus ojos se posan en la mujer que está al lado de Lisa y la mujer asiente, como diciendo prosigue.
—Y tal vez recuerden a su hijo, Robbie —dice.
Robbie. Cómo gritaba Wendy ese nombre, llamando a su hijo. Es un nombre que Lisa jamás volverá a escuchar sin recordar esa voz.
—Ese niño era pura energía —dice el pastor Lance—. Una mancha de luz en un día oscuro. Robbie era una pistola, diría mi padre. La mejor clase de pistola que existe. No de las que disparan balas. No. De las que disparan el amor a Dios.
A Lisa la alarma la dirección que está tomando el sermón, pero el pastor Lance no parece tener prisa por llegar a destino.
—Hermanos. Hermanas. Hoy compartiré con ustedes una dura verdad, y permítanme dejar en claro que no me produce ningún placer hacerlo. Lo que me da placer es imaginar la decisión que espero que ustedes tomen. Hoy. Una decisión que, si la llevan a cabo, cambiará el resto de sus vidas.
Espera, como si el esfuerzo que le requerirá decir lo que va a decir fuera demasiado grande. Respira hondo y Lisa tiene que mirar hacia otro lado. Espera que no diga eso que ella sabe que va a decir, y entonces lo dice.
—La verdad es esta —dice el pastor—. Hermanos. Hermanas. El infierno existe.
Lisa se apoya y la pared la sostiene. Mira a la mujer a su lado, pero la mujer parece imperturbable. El hombre que recibe a los fieles en la puerta parece imperturbable. La congregación no se revuelve en el asiento ni protesta ni habla y, pese a que hay tantos cuerpos en la iglesia, de pronto Lisa se siente muy, pero muy sola.
—“Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” ¿Oyen esto, hermanos y hermanas? Nadie. Ni ustedes. Ni yo. Piensen en la mejor persona que conozcan. La más amable. La más buena. La que da todo su dinero para alimentar a los pobres. Esa persona tampoc...