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Cuando sale la reclusa
Descripción del libro
La obra más ambiciosa y lograda de la reina de la novela negra europea.
«Cuando sale la reclusa, su novela decimocuarta y la novena protagonizada por el intuitivo comisario Jean-Baptiste Adamsberg, colma las expectativas creadas por esa obra maestra del género que es Tiempos de hielo. [...] La novela, de la que me resisto a contarles más por no chafarles la compleja y apasionante trama, es, además de la historia de una venganza, un alegato feminista contra la violencia y los abusos».MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO, Babelia
«Tengo a Fred Vargas como una de las mejores novelistas francesas del momento en cualquier categoría y género».FERNANDO SAVATER
«La autora más interesante del género policiaco en el presente». JOSÉ MARÍA GUELBENZU
El comisario Jean-Baptiste Adamsberg, tras unas merecidas vacaciones en Islandia, se interesa de inmediato a su regreso a Francia por la muerte de tres ancianos a causa de las picaduras de una Loxosceles rufescens, más conocida como la reclusa: una araña esquiva y venenosa, pero en ningún caso letal. Adamsberg, que parece ser el único intrigado por el extraño suceso, comienza a investigar a espaldas de su equipo, enredándose inadvertidamente en una delicada y compleja trama, llena de elaborados equívocos y profundas conexiones, cuyos hilos se remontan a la Edad Media. Un caso elusivo y contradictorio que se escapa a cada momento de las manos del comisario, haciéndole regresar a la casilla de salida. Solo sus intuiciones, tan preclaras como dolorosas, serán capaces de devolverle la confianza que necesita para salir ileso de la red tendida por la más perfecta tejedora...
Cuando sale la reclusa es sin duda la obra más ambiciosa de Fred Vargas, la reina indiscutible de la novela negra europea. En ella se entrecruzan con maestría todos los temas que han convertido la publicación de cada una de sus novelas en un auténtico acontecimiento literario, tanto para la crítica como para los lectores: el medievo, la arqueología, los mitos, el mundo de los animales y, por supuesto, la descripción detallada y poderosa de los oscuros laberintos del alma humana.
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XXXVIII
—Teniente —dijo Adamsberg parándose delante del porche de la brigada—, necesito algo más sobre esas dos mujeres, Bernadette y Annette. Dónde están, quiénes son; todo. Y sobre Louise Chevrier.
—Comisario, si pudiera… —empezó Mercadet en tono apurado.
Adamsberg examinó la cara de su adjunto. Las mejillas habían palidecido, los párpados se le arrugaban, los hombros se le encorvaban. El ciclo demoledor del sueño había empezado.
—Váyase a dormir. Veré esto con Froissy. Ya se reunirá con nosotros más tarde.
Froissy escuchó intensamente el relato que le hizo Adamsberg sobre las hijas de la pareja Seguin.
—Podemos ahora alertar a la brigada, teniente. Redacte un informe minucioso sobre el asunto de las secuestradas de Nimes y mándeselo a todos los agentes. Después vea qué puede encontrar sobre las hermanas Seguin, el hermano, y Louise. Y fotos, también; las más recientes, pero fotos donde sonrían.
—Comisario, en Identidad ya no se admiten las fotos con sonrisa. ¿Qué quiere ver?
—Sus dientes.
—¿Sus dientes?
—Es solo una idea. Un protopensamiento.
Froissy se quedó callada. Después de una frase de ese tipo, era inútil tratar de profundizar.
—Una burbuja gaseosa —dijo Froissy asintiendo—. Para Louise, como hizo de niñera, quizá pueda buscar en páginas del tipo «Nenes de antes», «Nuestras guarderías de ayer», en Estrasburgo y Nimes. Aunque francamente no sé si existen. En cuanto a las dos pobres niñas, Mercadet dice que no las encuentra, ¿no es así?
—No ha tenido tiempo. Ya ha realizado un trabajo considerable.
—Y ahora —añadió Froissy mientras consultaba el reloj— está durmiendo.
—Sí.
—Se ha adelantado.
—Es la emoción.
Froissy había cogido su teclado y ya no le escuchaba.
—Teniente —le dijo con una palmada en el brazo—, ¿el próximo tren a Nimes?
—A las 15:15, llegada a las 18:05.
Adamsberg fue al despacho de Veyrenc.
—Volvemos allá, Louis, a Mas-de-Pessac. Este cabrón no lo ha largado todo.
—¿Cauvert? Me había parecido chiflado y simpático.
—Pero estaba protegiendo a su padre. Nos ha hecho perder días. Hay un tren a las 15:15, ¿te va bien? Volvemos esta misma noche.
Durante el viaje, Adamsberg expuso a Veyrenc los nuevos datos, sobre las secuestradas de Nimes y su certeza de que Seguin padre había trabajado en el orfanato. Y a Veyrenc, solo a él, la extracción operada en la isla de Ré. Veyrenc silboteó, una manera suya de expresar sus sentimientos. Según las melodías, Adamsberg sabía cuáles eran aquellos. En ese caso, una mezcla: choque, estupefacción y reflexión. Tres melodías.
—Así que ¿vamos a sacudir al bueno del doctor Cauvert sin la menor prueba de que Seguin haya trabajado en el orfanato? ¿Es eso?
—Sí.
—¿Cómo lo hacemos?
—Lo afirmamos. Tu tío trabajó allí un año, como profesor.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo se llama?
—Froissy me ha encontrado un profesor que fue suplente allí. Tu tío se llamaba Robert Quentin.
—Vale. ¿De qué asignatura?
—Catecismo. ¿Te molesta?
—A estas alturas... Entonces, afirmo saber por mi tío que Eugène Seguin estaba en La Miséricorde. Y ¿por qué mi tío me habló de eso?
—Te lo contó; eso es todo. No seas tan quisquilloso con los detalles, Louis.
—¿Y si Seguin nunca trabajó allí?
—Trabajó allí, Louis.
—Como quieras. ¿Duermes?
—Por prescripción facultativa. Fuera de bromas, Louis; es para cicatrizar, debido a la extracción. Si no, parece ser que me puedo hundir en un foso. Y el tío parecía de lo más serio.
Antes de someterse a las órdenes médicas, Adamsberg consultó sus mensajes. El psiquiatra pareció olvidar que con los móviles ya no era posible dormir. Ni deambular, ni vigilar las gaviotas cerniéndose sobre los peces muertos; ni tampoco dejar que se crucen burbujas gaseosas.
De Retancourt:
—Lambertin y Torrailles estaban allí. Ahora en el bar. Vigilancia de seguridad. Dejo a Justin y a Noël. Soy demasiado visible. Eco de conversación: Lambertin pasa la noche en casa de Torrailles.
—Recibido. No los deje.
De Irène:
—Durante la inhumación, Louise ha puesto sus sonrisitas secas de satisfacción, sobre todo cuando las paletadas de tierra han caído sobre el féretro. Yo diría que le gustan los entierros; hay gente así. Pero esas sonrisitas hay que decir que las hace todo el rato. A veces se le escapa una risita, y sin que se sepa nunca por qué. Madre de Dios; por suerte, en el cementerio no se le ha escapado. Creo que, por momentos, ya no puedo ni verla, lo cual no es muy amable por mi parte. En presencia de Louise, preparo el paquete que le mando con la bola de nieve de Rochefort. Ella se lo cree. Incluso dice que encuentra que está mal que un policía coleccione bolas de nieve, que no tienen tiempo que perder con esas cosas, que después nos extrañamos de no estar mejor protegidos. Yo le digo que, si los polis no coleccionan bolas de nieve o lo que sea, se vuelven majaras. Ciao, Jean-Bapt.
—Ciao, Irène —respondió Adamsberg—, y gracias.
De Froissy:
—Seguimos sin nada sobre las dos hermanas Seguin (se han esfumado). Nada en los hospitales psiquiátricos. El hermano, ídem. No hay fotos de Louise Chevrier sonriente en las páginas «Nenes de antaño». Voy a atacar las consultas de dentistas, Estrasburgo, Nimes. Los ficheros no están protegidos. Pero hay toneladas de consultas de dentistas.
—No olvide la cena, esta noche.
—¿De los mirlos?
—Sí.
—¿Cómo iba a olvidarla?
—Antes de las consultas de dentistas, busque si un miembro de la familia de Cauvert padre fue sospechoso de colaboracionismo. ¿Él? ¿El padre? ¿El tío?
—¿Otra historia de familia?
—Claro.
Los dos hombres llamaron a las seis y media pasadas a la puerta del doctor Cauvert. Adamsberg no había querido avisarlo y lo molestaban en pleno trabajo.
—¿Ahora? —dijo Cauvert de bastante mal humor—. Ni siquiera me han telefoneado.
—Estábamos por la zona —comentó Veyrenc—. Hemos probado suerte.
—Es por un detalle que nos falta —subrayó Adamsberg.
—Bien bien —admitió el doctor.
Los dejó pasar y desapareció en la cocina, de donde volvió al cabo de cinco minutos, más vivaracho, con una bandeja cargada.
—Té de Ceilán —propuso—, té verde, café, descafeinado, infusión, zumo de fresas, bizcocho de Saboya. Sírvanse.
Rehusar habría afligido al doctor, que ya se había puesto a distribuir los platos de postre, las tazas, los vasos. En cuanto le hubo servido café, Adamsberg atacó el meollo del tema.
—¿Sin duda habrá oído hablar, de joven, de las secuestradas de Nimes?
—¿Esa abominación? ¡Por supuesto; yo y toda la ciudad; el país entero! ¡Seguíamos el juicio, paso a paso!
—¿Sabría, entonces, que el padre, Eugène Seguin, alquilaba a su hija a jóvenes violadores?
El doctor sacudió la cabeza con el gesto consternado de un psiquiatra infantojuvenil que no da un duro por el porvenir de la pequeña. Adamsberg había sentido una vaga tensión al pronunciar el apellido Seguin.
—Sí. El testimonio del hermano fue espantoso. ¿Cómo se llamaba, por cierto?
—Enzo.
—Enzo; eso es. Un joven valiente.
—A diferencia del padre de usted, que hizo lo posible por tapar el hecho de que Seguin trabajara en La Miséricorde. De que mandara a los chicos de la Pandilla de las Reclusas a violar a su hija. Con la ayuda del conserje Landrieu.
—¿Qué? —exclamó Cauvert irguiéndose—. Pero ¿de qué está hablando?
—Acabo de decírselo. De la presencia de Seguin en La Miséricorde.
—¿Está insultando a mi padre? ¿En esta habitación? Maldita sea, si hubiera sabido que un Seguin traficaba con la Pandilla de las Reclusas, su prioridad habría sido ir a declarar.
—Pero no lo hizo.
—Porque nunca tuvimos ningún Seguin.
—Sí que lo tuvieron —dijo Veyrenc.
—Maldita sea, mi padre odiaba a esa banda de pequeños cabrones, y usted lo sabe. Era un hombre de bien, ¿entiende? Un hombre de bien.
—Precisamente. Reconocer la presencia de Seguin en su establecimiento era la caída, la deshonra de un «hombre de bien», por falta de vigilancia y falta profesional. Pero sin duda había otra cosa, y no pudo decidirse. Al final, calló y borró a Seguin de los archivos. Y, tras él, usted ha ocultado la verdad.
El doctor, sudando de indignaci...
Índice
- Cubierta
- Portadilla
- I
- II
- III
- IV
- V
- VI
- VII
- VIII
- IX
- X
- XI
- XII
- XIII
- XIV
- XV
- XVI
- XVII
- XVIII
- XIX
- XX
- XXI
- XXII
- XXIII
- XXIV
- XXV
- XXVI
- XXVII
- XXVIII
- XXIX
- XXX
- XXXI
- XXXII
- XXXIII
- XXXIV
- XXXV
- XXXVI
- XXXVII
- XXXVIII
- XXXIX
- XL
- XLI
- XLII
- XLIII
- XLIV
- XLV
- XLVI
- XLVII
- XLVIII
- Notas
- Créditos
Preguntas frecuentes
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