Capítulo 1
Los estudios de las masculinidades
“No es fácil hacer encajar a las mujeres en una estructura que, de entrada, está codificada como masculina: lo que hay que hacer es cambiar la estructura.”
Mary Beard
El área de estudio propio denominado Men’s Studies comienza a desarrollarse en los últimos años del siglo XX y a asentarse en el espacio académico occidental, principalmente en los países anglosajones. Estos estudios tienen su origen en los estudios de las mujeres y de género (Women’s and Gender Studies), donde se encontraban implícitamente inscritos, como señala Olivia Tena (2010: 277):
Al des-cubrir a la mujer como sujeto social y objeto de estudio, se des-cubrió también al varón como tal e igualmente construido por la cultura […], al grado de aplicarse la metáfora de la “costilla de Eva” para ejemplificar el desprendimiento de los estudios sobre masculinidad de los feministas, en donde habían estado incluidos de manera implícita.
Esta área de estudio, al igual que los estudios de género, se caracteriza por ser interdisciplinar y heterogénea. Desde su surgimiento, los estudios de la masculinidad han tendido a ocuparse de la construcción de la identidad masculina y de las diferentes masculinidades. Hablamos de un área de estudio en constante transformación; no obstante, es importante destacar que en ocasiones no han dado cuenta del carácter relacional de la masculinidad respecto de la identidad femenina ni de la inscripción de la masculinidad dentro de la jerarquía de género o de las resistencias masculinas al cambio social (Viveros, 2002; Azpiazu, 2013). Tanto es así que se ha llegado a hablar de las misoginias implícitas en la teorización de la masculinidad para señalar la ausencia de perspectiva crítica de un número significativo de los estudios realizados en este campo (Tjeder, 2009). Esto ocurre porque una parte de los estudios de las masculinidades no reconocen su matriz feminista ni la genealogía de la dominación masculina. En este sentido, Jokin Azpiazu (2013) expresa que se ha tendido a priorizar el estudio del significado de lo que es ser un hombre para los propios hombres, en detrimento de un enfoque que tenga en cuenta la hegemonía masculina y las relaciones de poder sobre las mujeres.
Por ello, es importante destacar que, desde su origen, los estudios de la masculinidad han sido un campo de conocimiento muy masculinizado en el que han participado fundamentalmente hombres, citándose y reconociéndose unos a otros, en el que resuena y pervive una cultura androcéntrica que invisibiliza y silencia a las mujeres en prácticamente todas las áreas del conocimiento. Sin embargo, hay también mujeres investigando masculinidades. Precisamente, una de las grandes referentes de los estudios de la masculinidad es una mujer trans: la socióloga australiana Raewyn Connell.
A pesar de que cada vez hay más mujeres, el hecho de ser un área de conocimiento tan masculinizado podría animar a preguntarse sobre el lugar de enunciación epistemológica y cómo influye en el proceso investigador. Los estudios de la masculinidad surgieron como estudios desde la masculinidad y sobre la masculinidad y, por tanto, emergen como epistemologías desde el privilegio que, con frecuencia, no problematizan la masculinidad como una situación de poder, esto es, como si el género fuese un proceso de subjetivación sin significante político.
No se trata aquí de debatir acerca de la posición privilegiada o no de los sujetos para generar conocimiento, sino de cuestionar críticamente la idea de que el conocimiento se genera independientemente de la posición de partida. Tenemos que abordar la cuestión de la reflexividad y lo que Donna Haraway (1988) denominó los conocimientos situados para explicar que no hay posibilidad de tener una visión pasiva que no interfiera en el objeto de investigación. Esto es, no se trata solo de lo que investigamos, sino de cómo lo investigamos. Es fundamental realizar un ejercicio de situación frente al objeto de estudio para reconocer la influencia de nuestros bagajes en el proceso investigador (Hesse-Biber, 2007).
Al hilo de estos planteamientos, es interesante retomar la diferencia que establece Jeff Hearn (2004) entre los Critical Studies on Men y los Men’s Studies: en los primeros es central el análisis del poder, mientras que en los segundos el análisis del poder es soslayado y obviado. Hearn afirma que el poder no puede eludirse cuando se analiza la masculinidad, pues el poder y la dominación masculina son a su vez estructurales e interpersonales. Hemos de abogar por que los estudios de las masculinidades reconozcan su matriz feminista para analizar las relaciones de género como relaciones de poder. En caso contrario, los estudios de la masculinidad corren el riesgo de constituirse en epistemologías desde la ignorancia de los privilegios, un saber-poder que obvia la responsabilidad de la producción de conocimiento y la reflexividad en el proceso de la creación de saberes. Lo realmente relevante es que cuestionen y analicen las prácticas masculinas desde la perspectiva de género teniendo en cuenta la asimetría de poder. Por todo esto, los estudios de la masculinidad han de situarse y tener presente los mecanismos de (re)producción del orden social patriarcal. Esto es, los estudios de la masculinidad han de inscribirse en el contexto social en el que la masculinidad es construida, solo así se podrá dar cuenta del carácter relacional y de los desequilibrios de poder que atraviesan la producción de los géneros.
Los excesos de la masculinidad hegemónica
En el estudio de las masculinidades se ha retomado el concepto de hegemonía propuesto por Antonio Gramsci en la primera mitad del siglo XX y que han desarrollado con posterioridad teóricos contemporáneos. La hegemonía sirve para analizar las estrategias ideológicas por las que una clase social define la cultura, la moral y las prácticas sociales que se generalizan y aparecen como neutras en un determinado contexto histórico. La sociedad interioriza esa cultura siendo la hegemonía un principio organizador de la vida individual de los sujetos que incorporan como propios los valores hegemónicos en torno a los cuales articulan sus prácticas cotidianas. De tal forma que esa hegemonía cultural, social, moral, económica y política de la clase dominante se sostiene en el consentimiento de las clases dominadas. La violencia explícita es utilizada cuando el consentimiento es quebrado.
En el caso de la masculinidad, en estos estudios se ha recuperado el concepto de hegemonía en el sentido gramsciano y lo aplican al análisis de las masculinidades y las relaciones de género para referirse a la masculinidad hegemónica, así como a la hegemonía de los hombres. Una de las primeras investigadoras en introducir el término hegemonía en el área de la masculinidad fue Raewyn Connell en 1987, teorizando en los años noventa la relación de la masculinidad hegemónica con lo que ella denomina la feminidad enfatizada —y que aquí nombraremos también indistintamente como hiperfeminidad—, por un lado, y con otras masculinidades, por otro.
La feminidad enfatizada es aquella que se espera por parte de las mujeres, y que se construye y representa para los hombres, es decir, es esa feminidad que busca satisfacer al hombre y que se adapta a la organización del poder masculino. Se corresponde con la exaltación de algunos de los valores del modelo normativo de feminidad que desde la teoría e investigación feminista se han problematizado ampliamente. En palabras de Connell: “La feminidad enfatizada se define por la adecuación a los intereses y deseos de los hombres” (1987: 183). Este modelo de feminidad es necesario para la producción y reproducción de la masculinidad hegemónica. Connell argumenta que no existe una feminidad hegemónica en el sentido de la masculinidad, pues la hegemonía implica poder social.
De esta forma, el concepto feminidad enfatizada da cuenta de los mandatos que se articulan en torno al mantenimiento de la masculinidad hegemónica, y con este concepto se hace alusión a las prácticas, comportamientos, gestualidades, etc., que llevan a cabo las mujeres y que tienen como sentido principal la complacencia masculina. Esto es, son proyecciones de hiperfeminidad que se ubican en la complacencia, el agrado de los deseos masculinos y la disponibilidad e incondicionalidad frente a los hombres.
Un ejemplo paradigmático de esta proyección de hiperfeminidad ha sido tradicionalmente el papel de la buena esposa o la buena madre-esposa, representada como la mujer privada. Esta, a su vez, tiene su correlato en otro ejemplo de hiperfeminidad: el que representan las mujeres públicas en los espacios de prostitución.
Por tanto, el término hiperfeminidad no tiene que ver con una noción estática de la feminidad, sino que el valor de este concepto es hacer hincapié en el carácter relacional de la masculinidad hegemónica con la hiperfeminidad; es decir, su sentido y utilidad reside en la contribución a la reproducción de la masculinidad hegemónica y, con ello, a la construcción y reconstrucción del orden de género.
Dicho concepto no se centra en lo que comúnmente se define como una mujer femenina, que se espera que sea —tanto en su apariencia física como en su comportamiento— débil, dócil, delicada o recatada, entre otros rasgos. La definición de la feminidad enfatizada se centra en la expresión y exaltación de atributos femeninos cuyo sentido reside en ser funcional a la masculinidad hegemónica a través de la disponibilidad e incondicionalidad frente a los deseos de los hombres. Por tanto, es la feminidad que enfatiza las características fundamentales que definen a los sujetos(objetos) femeninos en relación al mantenimiento del privilegio masculino. Estas características po...