Cómo encarar la soledad
La soledad se vuelve muy real cuando estamos sin pareja. Por eso voy a empezar este libro por ahí, porque la mayoría de nosotros la hemos experimentado en algún momento. Lo sé porque yo también la he vivido. Muchas veces. Olvídate del himno empoderador de «solo me necesito a mí mismo en este momento». Aunque no es erróneo, tenemos que recorrer un largo camino para llegar a ese momento. Formular esas palabras sin emprender ese viaje no nos empoderará automáticamente; será una simple promesa vacía hacia un falso estandarte.
Te diré por qué te sientes solo: porque lo que te da una pareja íntima no puedes tenerlo con nadie más. Porque esas conversaciones después del trabajo y desayunar tortitas juntos los sábados hacen que el mundo sea un poco mejor. Porque hacer la cucharita te ayuda a dormir como un bebé. Porque los besos con lengua son jodidamente maravillosos. Porque poder mirar a una persona a los ojos durante más de tres segundos te recuerda que no estamos hechos para vivir solos. Porque tener tus emociones al desnudo te hace sentir vivo. Porque no puedes contarle a diario a tus amigos qué tal te ha ido el día . . . o te quedarás sin amigos. Porque hemos nacido para dar y compartir, para perdernos y encontrarnos a través de otra persona . . . y para amar apasionadamente. Porque pedir comida a domicilio para dos siempre es mejor.
Te sientes solo porque quieres todas esas cosas y no has encontrado a alguien con quien vivirlas. Y no pasa nada, no hace falta que evites ese sentimiento y te obligues a embarcarte en un viaje a lo Come, reza, ama para corregir tu estado emocional. Bueno, salvo que creas que lo necesitas, pero mucha gente (y cuando digo mucha, me refiero a la mayoría) se siente sola porque no encuentra a alguien a quien amar. Así de simple. Olvídate de los prejuicios y de las etiquetas. Si no has dormido bien, vas a estar cansado. Si no has amado a nadie desde hace tiempo, seguro que echas mucho de menos esa experiencia y te sientes solo.
Pero existe una diferencia entre «sentirse» y «estar» solo. Lo primero es una experiencia, una emoción que va y viene; lo segundo es una identidad estrechamente ligada a lo que crees que vales. En lugar de identificar la emoción y aceptarla, le has atribuido un significado. Estás solo. Como te sientes solo, crees que hay algo malo en ti. Porque estás mayor, demasiado gordo o quién sabe. Pero resulta que no es tu culpa: te han programado para pensar así. ¿Cuántas series o películas has visto en las que el o la protagonista sea feliz aunque no encuentre el amor? ¿Cuántos no consiguen a la chica? ¿Y cuántas no encuentra nunca al «hombre de su vida»? La soledad es un obstáculo que hay que superar. Sólo cuando hayas conquistado esa montaña podrás ser feliz.
Seguro que entiendes el origen de ese sentimiento, pero entenderlo no quita que lo sientas de una forma real y constante. No es algo temporal, como el hambre o la excitación. Es un estado continuo que te puede desanimar mucho y hacerte preguntar si volverás a encontrar el amor. No voy a intentar razonarlo contigo, porque tú sientes lo que sientes y esa mierda es real. Lo sé porque yo también la he sentido. Cuando nos sentimos solos durante una buena temporada, empezamos a pensar que nadie quiere estar con nosotros; que siempre estaremos solos. A mí me pasó. La soledad se convierte en desesperanza y se convierte en un doble golpe.
Pero sentirse solo no es igual que tener los ojos marrones o los pies pequeños. Es hora de reevaluar la situación. Tienes que desterrar tus antiguas creencias y dejar de asumir que sentirse solo es lo mismo que estar solo.
Primero, deja de lamentarte por ese sentimiento de soledad. Deja de alimentar al monstruo. Deja de preguntarte si alguna vez encontrarás al amor de tus sueños. Quizá no lo encuentres, pero si eso pone tu mundo patas arriba, significa que lo último que necesitas ahora mismo es tener pareja, porque lo único que hará esa desesperación es envenenar cualquier relación sentimental que tengas. Hagamos frente a tu miedo, ahora mismo y mirándolo a la cara. Respira profundamente y hazte la siguiente pregunta, de ser posible varias veces: ¿y si nunca más encuentras pareja?
¿Se te ha parado el corazón? Quizá se detuvo un segundo pero, más allá de lo que hayas sentido, sigues vivo. Mira, no te voy a decir que jamás encontrarás el amor. Lo que quiero que entiendas es que hacerte esa pregunta en bucle es como llevar un nubarrón negro contigo encima y es lo que está impidiéndote exprimir la vida al máximo. Ese enorme «Qué pasaría si . . .» que sigues preguntándote te está impidiendo vivir de verdad. En su lugar, estás esperando que te ocurra algo, y esa espera sólo te hace sentir más soledad. Pero en realidad no es la soledad a la que estás haciendo frente. En el fondo, es la profunda convicción de que siempre estarás solo. Es la desesperanza. Y eso es lo que te paraliza. Para encender las luces y deshacerte de esta oscura sombra debes plantarle cara a esa convicción. ¿Cómo? Aceptándola. Aceptándola del todo.
La aceptación radical es la práctica de aceptar la vida en los términos que ésta nos ofrece y no resistirse a lo que no se puede cambiar. La aceptación radical consiste en decir «sí» a la vida, tal y como es.
En este caso, aceptar el estar sin pareja. Lo cual no significa que renuncies al amor. No significa negar tus deseos. Y, desde luego, no significa retirarse del mercado, borrar todas las aplicaciones de citas y quedarse en casa todas las noches. En realidad, significa todo lo contrario: salir y vivir. Deja de esperar, de desear y de tener miedo.
Sin embargo, antes de poder hacerlo, debes aceptar la posibilidad de que tal vez nunca encuentres a tu media naranja. Repito, eso no significa que no vayas a encontrarla. La aceptación sólo implica que, si no encuentras a esa persona elegida, el mundo no se acaba. Ni el cielo se te va a caer encima. Seguirás construyendo una vida maravillosa y con sentido. He ayudado a muchos clientes a construir una vida increíble sin pareja. Clientes que vinieron a verme porque se sentían incompletos e inferiores a otras personas porque no habían encontrado el amor. Personas que empezaron a moverse en el juego de la vida de la casilla «nosotros» a la del «yo» y empezaron a apostar por ellos mismos. Lograron muchas cosas, como montar un negocio, ponerse en forma y hacer grandes amistades. En definitiva: construyeron una vida más feliz. Comieron en nuevos restaurantes, retomaron la pintura, se apuntaron a clases de baile. Se aficionaron al fitness, aprendieron a montar en moto o a hablar un segundo idioma. Escalaron rocas, viajaron y dejaron trabajos a los que detestaban ir. Desarrollaron nuevas pasiones e hicieron lo que quisieron. Encontraron la libertad y la comodidad en su propio ser y se dieron cuenta de que, sí, puedes querer una pareja, pero la vida no tiene por qué detenerse porque no la tengas.
Cuanto más aceptes esta verdad, antes dejarás de asociar el estar sin pareja a una sensación de menor valía, menos te repetirás a ti mismo que necesitas encontrar a alguien para ser feliz y estarás más presente en tu propia vida, en lugar de obsesionarte con el futuro. Al aceptar esta verdad, correrás a tus propios brazos y no a los de la siguiente persona que se ponga delante. Y cuando por fin conozcas a alguien (porque claro que lo harás), podrás aportar a la relación una serie de aprendizajes y vivencias mucho más interesantes y atractivos. En lugar de conocer a alguien que te salve de tu situación, conocerás a alguien que quiera compartir tus alegrías.
Mira, nadie quiere estar solo. Ni tú ni yo ni nadie. Lo único que queremos es compartir nuestra vida con alguien más. Hace diez años, la pregunta ¿Qué pasa si nunca encuentro a la persona ideal? me habría hundido moralmente. Me aterraba imaginarme viviendo solo mi vida. Sin nadie con quien compartir las comidas. Sin nadie a quien abrazar o en quien pensar. ¿Con quién haría sexting? ¿Con quién me quedaría en casa para descansar? Pero hace diez años tampoco tenía una vida muy plena que digamos. Ésa es la diferencia entre la persona que era antes y la que soy ahora. Sigo siendo un romántico empedernido. Sigo buscando el amor con la misma intensidad. Pero ahora tengo una vida más rica y estimulante. Una vida que no depende de nadie más. Eso es lo que me volvió a dar el poder, el preguntarme ¿Hacia dónde me dirijo? antes que ¿Quién va conmigo?
El amor y las relaciones son sólo una parte de tu vida, no toda. Hay tantos aspectos de tu vida enriquecedores y con valor propio. Tu sentido artístico. Tu carrera. Tu forma de hacerte escuchar y la huella que vas a dejar en este mundo. Tus amistades. Tu familia. Tus aficiones y pasatiempos. Tu curiosidad por explorar, aprender, crecer y ampliar horizontes. Cuando construyes tu vida de verdad, una vida sincera para contigo mismo y con unos principios propios, el miedo a estar solo comienza a desaparecer.
Me encontré a mí mismo gracias a las donas, las pesas y mi moto
He aquí la clave. De niños, éramos increíblemente curiosos, no teníamos miedo, trepábamos descalzos a los árboles y siempre buscábamos una nueva aventura. Pero eso no era todo: muchos también pasamos por auténticos tormentos. Nos acosaban y se reían de nosotros por repetir camisa o por no llevar comida que valiera la pena intercambiar. Vimos a nuestros padres tirar sillas, divorciarse o beber demasiado. Y el dinero, siempre parecía que no había suficiente. Por eso nos vimos obligados a crecer rápido, ponernos a trabajar y cuidar de nuestros hermanos. Si eres mujer, te educan para ser amable, servicial y callada. No respetan tus límites. Siempre te arrebatan algo. Si no es tu virginidad, tu voz. Tres de cada cinco mujeres a las que he ayudado han sufrido algún tipo de violación o abuso sexual en su juventud. Ésa es la realidad, y si no le hacemos frente, nunca arrancaremos el motor de nuestra vida. Si eres un hombre, seguro que te han educado —si no tu padre, en los vestidores y la propia sociedad— para que te busques la vida solo, sin pedir ayuda, y que suprimas tus sentimientos; para que seas «un hombre de verdad».
Todo esto nos moldea hasta cierto punto. Nos volvemos más temerosos, nos bloqueamos más emocionalmente y nos sentimos más vulnerables. Nos hacemos dependientes de otras personas y de lo que opinan de nosotros porque no tenemos un concepto propio sobre nosotros mismos. Pero aún no nos han explotado con trabajos de mierda y relaciones fallidas. No nos hemos enfrentado a deudas de tarjetas de crédito, a los impuestos o al rechazo. No nos han engañado con otra persona, mentido o hecho ghosting. Aún no nos han roto metiéndonos miedo o falsas esperanzas. Nuestro reloj interno está aún en modo «Explorar». Queremos saltar desde lugares altos. Probar a qué saben las hormigas. Hay tanto por descubrir que cada día es una nueva aventura. El mundo es inmenso y nuestra curiosidad también lo es. No tenemos miedo.
A medida que nos hacemos adultos, nos damos cuenta de que somos distintos. No somos tan guapos, altos, atléticos o inteligentes como otras personas. Por eso, hacemos lo que sea para encajar. Algunos conseguimos entrar en el club; otros, no. Los que no lo consiguen se convierten en marginados. Es entonces cuando nos creemos peores que los demás e intentamos compensarlo de otras formas. Y así es como empezamos a desconectarnos de nosotros mismos. Nuestro afán por conseguir lo que nos falta marca el patrón tóxico de nuestra vida de afuera hacia dentro, no de dentro hacia afuera. Escondemos partes de nosotros que una vez mostramos orgullosos y sacando pecho. Nos convertimos en versiones reducidas de nosotros mismos para gustar a otros. O fingimos. En cualquier caso, ahora nos escondemos y aprendemos a conseguir la aprobación y validación exterior, una búsqueda que durará muchos años. Al final, nos vuelve invisibles.
Después, entramos en el mundo de las relaciones. Nos sentimos importantes y valorados. Deseados. Y como nos prestan atención, creemos que nos hemos encontrado a nosotros mismos. Pero lo que ha pasado en realidad es que hemos comenzado a perdernos en otra persona. Descubrimos la codependencia, el amor tóxico y qué es un corazón roto. Al final, llegamos a pensar que no sólo somos defectuosos, sino imposibles de amar. No conseguimos desarrollar buenas estrategias para afrontar todo esto y acabamos en una espiral de autodestrucción. Eso sólo nos lleva a una mayor desconexión a medida que dejamos de confiar en los demás, pero, sobre todo, en nosotros mismos. Nos volvemos maleables y fáciles de manipular por los demás. Hacemos lo que sea para demostrar que importamos, que tenemos valor y que somos dignos de amor. Compramos cosas para llenar ese vacío y nos quedamos bloqueados en el modo «Lograr».
La vida sigue haciéndonos mella mientras buscamos un propósito y un significado, pe...