
- 440 páginas
- Spanish
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eBook - ePub
Monstruos rotos
Descripción del libro
«Tengo que decirlo: ¡este libro es alucinante, una fantasmagoría criminal! Esta espléndida novela es un manual para explorar la decadencia humana elevada a la enésima potencia». James Ellroy
En Detroit, la ciudad que se ha convertido en el símbolo de la muerte del sueño americano, una ciudad embargada, desahuciada, un asesino en serie pretende redimir sus frustraciones artísticas a través del horror. La detective de homicidios Gabriella Versado ha visto muchos cadáveres a lo largo de sus ocho años de carrera, pero este es demasiado macabro incluso para los estándares de Detroit: el tronco de un niño de doce años aparece pegado a la parte trasera de un ciervo, en una suerte de fusión repulsiva. A medida que la policía va hallando cadáveres cada vez más inquietantes, surge una pregunta: ¿cómo se puede sobrevivir en esa ciudad, escombrera del sueño americano?
Monstruos rotos es un thriller que trasciende el género y que muestra ciudades rotas, sueños rotos y personas rotas que buscan recomponerse. Lauren Beukes se mueve sin esfuerzo entre los distintos submundos de la ciudad, ya sean comisarías de policía, las vidas secretas de unas adolescentes obsesionadas con internet, refugios para indigentes o los vecindarios moribundos de una ciudad renqueante, todo mientras se asoma al universo perturbadoramente hermoso y casi sobrenatural que existe en las fronteras.
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MONSTRUOS ROTOS
Domingo 9 de noviembre
Bambi
El cuerpo. El-cuerpo-el-cuerpo-el-cuerpo, piensa. Las palabras pierden el sentido cuando las repites. Lo mismo les sucede a los cuerpos, aun con todas sus variantes. Un muerto es un muerto. Los cómos y los porqués son lo único que cambia. Repasemos. Por congelación. Disparo. Puñaladas. Apaleamiento con un objeto romo, con un objeto afilado, sin objeto alguno cuando los puños bastan. Pim pam y arreando. ¡No sabes lo que te va tocar! Pero hasta para la violencia hay límites creativos.
Gabriella querría que alguien se lo hubiese dicho al cabrón degenerado que ha hecho esto. Porque esto es una cosa dis-tin-ta. Que es como se llamaba, casualmente, la trabajadora sexual a la que soltó con un aviso la semana pasada. Eso es casi lo único que hace el Departamento de Policía de Detroit últimamente, repartir avisos inútiles en La. Ciudad. Más. Violenta. De. Estados. Unidos. Tararán. Le parece oír la voz de su hija, el tono teatral de película de miedo que emplearía Layla para enfatizar esas palabras. Todos los apelativos con los que carga Detroit, arrastrando su tremendo simbolismo tras de sí como las latas que cuelgan de un coche con la inscripción de «Recién casados». ¿Hay alguien que siga haciendo eso, latas y espuma de afeitar?, se pregunta. ¿Lo ha hecho alguien alguna vez? ¿O es algo que se han inventado, como lo de que un diamante es para siempre, el Santa Claus vestido de rojo Coca-Cola o que las madres estrechan lazos con sus hijas frente a un par de yogures helados desnatados? Ella ha descubierto que las mejores conversaciones que mantiene con Layla son las que se desarrollan en su cabeza.
—¿Inspectora? ¿Está usted...? —pregunta el agente de uniforme. Porque está ahí plantada en la penumbra del túnel, mirando fijamente al chico con las manos enterradas en los bolsillos de la chaqueta. Se ha dejado los puñeteros guantes en el coche y tiene los dedos entumecidos por el viento helado que se cuela desde del río. El invierno enseña los dientes, aunque justo acaba de empezar noviembre.
—Sí, perfectamente —lo interrumpe mientras lee el nombre de la placa—. Estoy pensando en el adhesivo, agente Jones.
Porque solo con superglue no habría manera. Mantener unidas las partes mientras movían el cuerpo. Aquí no es donde murió el chico. No hay bastante sangre en el escenario. Y ni rastro de la mitad que falta.
Negro. No es ninguna sorpresa en esta ciudad. Diez años, diría. Tal vez más si tenemos en cuenta una posible malnutrición o problemas de desarrollo. Pongamos entre diez y dieciséis. Desnudo. Desnudo hasta donde le es posible estarlo. Es más que probable que el resto del cuerpo lleve pantalones, la cartera en el bolsillo de atrás y un móvil sin saldo que aun así haría que llamar a su madre fuese muchísimo más fácil.
Dondequiera que esté el resto.
Está tumbado de lado, las piernas encogidas, los ojos cerrados, aspecto sereno. La posición de recuperación. Solo que él no se va a recuperar nunca y que esas no son sus piernas. Delgado como un fideo. La piel bonita, a pesar de que se ha vuelto amarillenta por la pérdida de sangre. Preadolescente, determina. Sin marcas de acné. Sin arañazos ni heridas, ni señal alguna de que opusiera resistencia ni de que nada malo le haya pasado. Por encima de la cintura.
Por debajo de la cintura es otra historia. Madre mía. Eso es otro cantar. Tiene un tajo oscuro justo encima del sitio en el que deberían empezar las caderas, y por ahí de alguna manera... lo han ensamblado a los cuartos traseros de un ciervo, pezuñas incluidas. La veta blanca de la cola asoma tiesa como una alegre banderita. El pelaje marrón está encrespado a causa de la sangre seca. Las carnes parecen fundirse en la juntura.
El agente Jones se ha quedado un poco más atrás. El olor es horroroso. Gabriella deduce que los intestinos han sido seccionados, en ambos cuerpos, y están soltando mierda y sangre en las cavidades unidas. A esto hay que añadir el fuerte hedor proveniente de las glándulas odoríferas del ciervo. Se compadece del forense que tenga que abrir este desastre. Mejor eso que el papeleo, de todas formas. O que tratar con los puñeteros periodistas o, peor aún, con la alcaldía.
—Tenga. —Se saca del bolsillo un botecito de brillo de labios. Lo compró en un arrebato con la intención de aplacar a Layla. Un cosmético con sabor a caramelo: eso fijo que salva la brecha que hay entre ellas—. No es mentol, pero algo es algo.
—Gracias —responde él agradecido, cosa que lo señala como un PN. Puto Novato. Moja el dedo en el botecito y se extiende la untuosa crema bajo la nariz; un moco con sabor a cereza. Y con brillantina, descubre ahora Gabi, pero no se lo dice. Pequeños placeres.
—No manche la escena del crimen —le advierte.
—No, no, de ninguna manera.
—Y no se le ocurra hacer fotos con el móvil para enseñárselas a sus colegas. —Mira a su alrededor, el túnel cubierto de grafitis que crecen como sarro en los muros desnudos de esta ciudad, el peso de la oscuridad minutos antes del amanecer, el tráfico escaso—. Vamos a mantener este asunto bajo control.
No lo controlan ni por asomo.
Anoche me salvó la vida una DJ1
Un codazo en la mandíbula saca de golpe a Jonno de las simas más profundas del sueño. Se despierta estremecido y desorientado y se sorprende en plena pelea con las sábanas. La chica de anoche —Jen Q— se da la vuelta con los brazos por encima de la cabeza, dejando a la vista un tatuaje de pájaros que va del pecho al hombro. No es consciente de que ha estado a punto de provocarle una conmoción cerebral. Le tiemblan los párpados en fase REM, atrapada en un sueño que la hace respirar entrecortadamente, de forma similar al jadeo de placer que le había arrancado él poco antes mientras lo cabalgaba, sujetándola por las caderas. Al correrse, echó la cabeza hacia atrás, sacudiendo la melena de trencitas con tan mala suerte para Jonno que una le dio en el ojo, lo que motivó la brusca interrupción del acto y lo dejó...
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- MONSTRUOS ROTOS
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