
- 288 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
El camino de los Madigan
Descripción del libro
«Anne Enright es delicada y audaz reflejando los vínculos entre los personajes, y logra momentos de alta resonancia emotiva». VICENTE MOLINA FOIX, Babelia
Hace tiempo que los cuatro hijos de Rosaleen Madigan abandonaron su pueblo natal en la costa atlántica de Irlanda en pos de unas vidas que nunca habrían soñado, en Dublín, Nueva York o Segú. Ahora que su madre, una mujer tan difícil como fascinante, ha decidido vender la casa familiar y dividir la herencia, Dan, Constance, Emmet y Hanna regresan a su antiguo hogar para pasar allí la última Navidad, con la sensación ineludible de que su infancia y su historia están a punto de desaparecer para siempre...
Hay pocos escritores que, como Anne Enright, sepan dotar al lenguaje de tanta tensión y tanto brillo, que puedan mostrar cómo las vidas de sus protagonistas estallan en mil pedazos para luego volver a fundirse en un cristal perfecto. O en palabras de la propia autora: «Cuando miro a la gente, me pregunto si vuelven a casa o huyen de sus seres queridos. No hay otro tipo de viaje. Y pienso que somos una clase curiosa de refugiados: escapamos de nuestra propia sangre o vamos hacia ella».
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Información
Editorial
SiruelaAño
2016ISBN de la versión impresa
9788416638819ISBN del libro electrónico
9788416854363PRIMERA PARTE
LA PARTIDA
Hanna
Ardeevin, condado de Clare
1980
Al rato, después de que Hanna preparara unas tostadas con queso, su madre regresó a la cocina y llenó una bolsa de agua caliente con la tetera grande que había en el fogón.
—Hazme el favor y ve a la tienda de tu tío —le pidió—. Trae analgésicos.
—¿Sí?
—Tengo la cabeza embotada —dijo—. Y pídele amoxicilina también. ¿Quieres que te deletree la palabra? Estoy incubando una gripe.
—Vale —respondió Hanna.
—Seguro que te acuerdas sola —añadió, mimosa, llevándose la bolsa de agua caliente al pecho—. Ya verás.
La familia Madigan vivía en una casa que tenía un riachuelo en el jardín y el nombre en la verja: «Ardeevin». A pie no quedaba lejos del pueblo, más allá del puente de arco y el taller mecánico.
Hanna pasó junto a los dos surtidores de gasolina que montaban guardia a la entrada del taller, que tenía las puertas abiertas de par en par. Pat Doran debía de andar dentro, leyendo el periódico o trasteando en los bajos de algún coche. Junto al cartel oscilante de lubricantes Castrol, había un barril de aceite con un arbolito seco que Pat Doran había ataviado con un par de pantalones viejos y dos zapatos que asomaban de entre las ramas, como si fuera un hombre que agitara las piernas desesperadamente tras haber caído en el bidón. Era de lo más realista. Su madre decía que estaba demasiado cerca del puente, que algún día provocaría un accidente, pero Hanna lo adoraba. Y le caía bien Pat Doran, a quien supuestamente debían evitar. Les llevaba a pasear en coches rápidos y cruzaban el puente a toda velocidad, como un rayo.
Después del taller de Doran venía una fila de casitas adosadas. Cada ventana exhibía su correspondiente decoración y sus cortinas o persianas características: un barco velero hecho de asta pulida, una sopera llena de flores de plástico, un gato de fieltro rosa. A Hanna le gustaban todas por igual, de la misma manera que le gustaba que el orden se repitiera al pasar. En la esquina de Main Street estaba la consulta del médico y en el pequeño vestíbulo había un cuadro hecho a base de clavos y alambre. La composición se retorcía sobre sí misma, a Hanna le encantaba que pareciera móvil e inerte al mismo tiempo, resultaba científico. A continuación aparecían las tiendas: la mercería, con un gran escaparate forrado con celofán amarillo, la carnicería, con las bandejas de carne ribeteadas de hierba de plástico manchada de sangre y, después de la carnicería, el negocio de su tío, que antes perteneció a su abuelo: la Farmacia Considine.
En lo alto del escaparate había una tira de plástico donde se leía «Película Kodachrome a color» y, en el centro y en negrita, «Carretes Kodak». En el extremo volvían a repetirse las palabras «Película Kodachrome a color». En el escaparate habían colocado unos anaqueles de color crema donde exhibían unas cajas de cartón descoloridas por el sol. «Ideal para el niño estreñido», rezaba un cartel en letras rojas de lo más modernas, «Senokot, la elección idónea contra el estreñimiento».
Hanna empujó la puerta e hizo sonar la campanilla. La niña levantó la vista para mirarla: el mecanismo en espiral estaba cubierto de polvo pero la campanilla se limpiaba sola cada vez que sonaba.
—Pasa —dijo el tío Bart—. O entras o sales.
Y Hanna entró. Bart estaba solo en el mostrador mientras una mujer con una bata blanca trajinaba en la trastienda, donde Hanna tenía vetado el acceso. Antes de conseguir un trabajo en Dublín, Constance, la hermana de Hanna, atendía el mostrador. Ahora andaban cortos de personal, cosa que irritaba soberanamente a su tío, como demostraba la miradita que le lanzó a Hanna.
—¿Qué es lo que quiere ahora? —preguntó.
—Mmm. No me acuerdo —dijo Hanna—. Algo para el pecho. Y analgésicos.
Bart le guiñó el ojo. Lo hacía de tal manera que el resto de la cara no se movía. Era difícil probar que hubiera hecho guiño alguno.
—Coge una pastilla de regaliz.
—Prefiero uno de estos —contestó Hanna. Hurgó en una latita de caramelos de violeta que había delante de la caja registradora y luego se sentó en la silla con ruedas.
—Analgésicos —repitió él.
Su tío Bart era atractivo, como su madre, ambos habían heredado los huesos largos de los Considine. Cuando Hanna era pequeña, estaba soltero y era un rompecorazones, pero ahora se había casado con una mujer que ni siquiera pisaba la farmacia. A él le enorgullecía su actitud, aseguraba Constance. Ahí le tenías, pagando a dependientas y ayudantes, mientras su mujer tenía prohibido el paso por si se le ocurría reírse del estreñimiento crónico del sacerdote. Bart tenía una esposa completamente inútil. No había tenido hijos pero sí poseía una preciosa colección de zapatos de todos los colores, cada uno con su bolso a juego. A juzgar por cómo la miraba Bart, Hanna habría asegurado que la odiaba, pero su hermana Constance le había contado que ella tomaba la píldora porque, al ser farmacéuticos, eran de los pocos que tenían acceso a ella. Afirmaba que lo hacían dos veces todas las noches.
—¿Cómo están todos? —se interesó Bart mientras abría una caja de analgésicos Solpadeine y sacaba el contenido.
—Bien —dijo ella.
Tanteó el mostrador como si buscara algo y preguntó:
—¿Tienes tú las tijeras, Mary?
En medio del establecimiento había un nuevo expositor que contenía perfumes, champús y acondicionadores. En las baldas de abajo había otros artículos y Hanna se dio cuenta de que había estado mirándolos fijamente cuando su tío salió de la trastienda con las tijeras. No se dignó a darse por aludido, ni siquiera pestañeó.
Luego cortó el blíster por la mitad.
—Dale esto —le dijo, entregándole solo cuatro pastillas—. Dile que lo del pecho otra vez será.
Sería alguna clase de chiste.
—Lo haré.
Hanna sabía que era el momento de marcharse, pero la distrajeron las nuevas baldas. Eran frascos de colonia 4711 y espuma de baño marca Imperial Leather en cajas de cartón granate y crema. Había un par de frascos de perfume Tweed y otros que le resultaron nuevos. «Tramp», se leía en una etiqueta, con un trazo limpio en lugar del palito de la te. En la balda intermedia los champús no trataban la caspa, sino que evocaban escenas soleadas y melenas al viento: Silvikrin, Sunsilk, Clairol Herbal Essences. En el anaquel inferior vio unos esponjosos paquetes de plástico que identificó como algodones. Cogió Cachet de Prince Matchabelli, un frasco oblongo y enroscado, y aspiró justo donde el tapón se encontraba con el cristal frío.
Notó que su tío la miraba fijamente con cierta pena. Aunque quizá fuera con placer.
—Bart —le dijo—. ¿Crees que mamá está bien?
—Oh, Dios santo —exclamó Bart—. Pero ¿qué estás diciendo?
La madre de Hanna estaba acostada. Llevaba en cama casi dos semanas. No se había vestido sola ni tampoco peinado desde el Domingo de Ramos, hacía una semana, cuando Dan les contó que quería ordenarse sacerdote.
Dan estudiaba primero de carrera en Galway. Le permitirían finalizarla, les contó, pero lo haría desde el seminario. Así, en dos años habría terminado la universidad y en siete sería ordenado sacerdote. Después le enviarían a las misiones. La decisión estaba tomada. Se lo anunció cuando regresó a casa para las vacaciones de Semana Santa y su madre subió al piso de arriba y ya no bajó. Aseguraba que le dolía el codo. Dan dijo que se marcharía después de empaquetar sus escasas pertenencias.
—Vete de tiendas —le decía a Hanna su padre.
Pero no le daba dinero y ella no quería comprar nada. Además, temía que pudiera pasar algo si se marchaba, ...
Índice
- Portada
- Portadilla
- Créditos
- Dedicatoria
- PRIMERA PARTE. LA PARTIDA
- SEGUNDA PARTE. EL REGRESO, 2005
- Agradecimientos
- Nota sobre los topónimos