Juana la Reina
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Juana la Reina

Europa, siglos XV y XVI. Juana I de Castilla, traicionada por todos, vive apasionadamente una trágina historia de amor, ambiciones y soledad.

  1. 608 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
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Juana la Reina

Europa, siglos XV y XVI. Juana I de Castilla, traicionada por todos, vive apasionadamente una trágina historia de amor, ambiciones y soledad.

Descripción del libro

Juana I de Castilla, era la reina más preparada de todas las cortes europeas, sin embargo, la desconfianza y las traiciones de sus seres queridos le impidieron gobernar el reino que había heredado. Juana la Loca era la legítima heredera del trono de Castilla y del trono de Aragón, tras la muerte de sus hermanos y nietos estaba destinada a ser la reina más grande de la historia de España. Le impidieron ocupar el trono que le correspondía las traiciones de su padre, Fernando el Católico, de su amado, Felipe el Hermoso y de su propio hijo, el emperador Carlos V. En Juana la reina loca de amor acompañamos a la hija de los Reyes Católicos desde su nacimiento hasta su muerte, enclaustrada en contra de su voluntad, vejada y maltratada en el castillo de Tordesillas mientras que su padre, su marido y su hijo, se repartían el reino que a ella le correspondía. La novela supone un ejemplo perfecto de biografía novelada, Yolanda Scheuber utiliza su estilo tan característico y poético para traernos esta historia llena de rigor histórico y literatura de alta calidad. Reivindica la figura de Juana de Castilla y nos lleva a conocer el amor que sintió por su esposo, la ternura con la que crió a sus hijos, la valentía con la que afrontó su destino y la abnegación con la que sufrió su encierro y las torturas a las que fue sometida y que, a la postre, la llevaron a la locura que históricamente se ha usado para minusvalorar a una mujer de una importancia vital en la historia de España. Razones para comprar la obra: - La figura de Juana I, Juana la Loca, merece ser recordada por la valentía con la que afrontó los problemas en su vida, pese a ser traicionada por sus seres queridos, y por su relevancia en la historia de España, pese a que no le dejaran reinar. - La Europa de los siglos XV y XVI es un escenario cautivante, revolucionario y vertiginoso, el lector no podrá sustraerse de él.

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Información

Editorial
Nowtilus
Año
2010
ISBN del libro electrónico
9788497633888
Edición
1
Categoría
Literatura
MARCA PDF="22"
XVI
RETORNO A FLANDES
C uando el viaje estaba llegando a su fin y con él también la agonía amorosa de Juana, unos disparos de cañones tronaron a través del mar, perturbando la calma del viaje. El Gran Almirante se hizo presente de inmediato en el salón para alertar a su huésped real.
—¡Alteza, no os alarméis! ¡Solo se trata de una cortés salutación!
La flota navegaba sobre las costas francesas próximas al estuario del Escalda, siendo el lugar estratégicamente desfavorable para un enfrentamiento naval.
—¿Los franceses nos saludan? —preguntó Juana llena de estupor.
—Pues a la vista está y os confío que este saludo me resulta por demás grato —contestó el Gran Almirante con una sonrisa.
Las veloces naves francesas se habían acercado a la flota española y mientras izaban sus banderas, efectuaron los cañonazos para volver de inmediato al puerto de Calais.
Las naves españolas respondieron gentilmente a los disparos y arrojaron sus enseñas, pero permanecieron juntas ante el temor de que aquello no fuera otra cosa que una astuta maniobra de Francia.
—Almirante, ¿ha terminado la guerra?
—No lo sé, Alteza.Aún no he sido notificado.
—Tal vez la guerra continúa y el rey Luis XII solo se limita a saludar a la Archiduquesa vasalla de Borgoña.
—Estoy desconcertado Alteza y desconozco los objetivos de Francia.
El viaje continuó tranquilamente y, a la entrada del estuario del Escalda, una goleta austríaca con el águila bicéfala del Imperio, recibió a la flota española, invitándola a detenerse.
—En materia naval, los Habsburgo pretenden imponerse a un precio demasiado alto —protestó el Gran Almirante. Pero no tuvo más remedio que echar anclas y detenerse.
El emisario imperial subió a bordo con la orden expresa del Archiduque de que la Archiduquesa debía embarcar de inmediato en la goleta, para ser trasladada con rapidez a Gante.
—¿No hay ninguna carta de Felipe dirigida a mí? —preguntó Juana al almirante Fadrique.
—Absolutamente ninguna, Alteza. Solo las órdenes expresas de que vos y vuestro séquito seáis embarcados para Flandes y de que yo regrese de inmediato con toda mi flota a España. La paz parece haber llegado a Italia, porque el rey de Francia y el emperador Maximiliano I han concertado una tregua y a eso se debieron los saludos.
—¡Felipe lo consiguió! —rió Juana emocionada— ¡El Príncipe de la Paz logró lo que deseaba!
—Alteza —dijo el Almirante ante la situación que se presentaba—, ¿no deseáis regresar nuevamente a España que es vuestra tierra y el lugar donde deberíais estar? Bien sabéis que sois mi sobrina nieta y siento por vos un entrañable cariño.
—Al igual que yo por vos, Almirante. Pero mi lugar está aquí, aquí pertenezco y aquí he decidido quedarme.
—¡Ojalá que no os arrepintáis nunca!
—Nunca me arrepentiré por una sencilla razón, en Flandes me esperan mi esposo y mis tres pequeños hijos.
En el mismo instante en que la flota española zarpaba de regreso hacia Laredo, Juana embarcaba en la dorada goleta rumbo a Gante.
Nuevamente volvía a navegar por los tranquilos ríos de las llanuras flamencas, límpidos y claros, que de tan serenos parecían a punto de detenerse. Desde las verdes lomadas, los molinos de viento parecían saludarla con sus aspas gigantescas y más allá, río arriba, donde la tierra era más alta, el lino se secaba al sol en pequeños montones cónicos.
Recostada en un sillón sobre la cubierta, disfrutaba del paisaje y de la alegría que experimentaba su corazón frente al regreso añorado.
CORTE
Un grupo de músicos ejecutaba en su honor viejas danzas flamencas y un agradable ensueño parecía embargarla, al admirar la destreza con que Felipe había logrado conseguir la ansiada paz.
Pero lo que Juana desconocía era que la verdadera razón de aquella paz con Francia estaba lejos de haberse logrado por las habilidades de Felipe. El motivo fundamental era que la reina Isabel no sentía aquella guerra dentro de su corazón, porque Juana, su hija heredera, involuntariamente, estaba comprometida con el bando contrario. El rey Fernando había accedido, aunque de mala gana, al cese de las hostilidades por un tiempo prudencial, mientras continuaba reorganizando sus fuerzas a la espera de los acontecimientos.
Por aquellos días Felipe de Habsburgo se paseaba con su porte gallardo por las Cortes europeas, bajo las miradas de beneplácito y aprobación universal que reconocían en él al verdadero autor de aquella misión pacificadora.
El Emperador, su padre, le había otorgado aquel ansiado título de Príncipe de la Paz, inmenso e impresionante, llenándolo de júbilo, pasando a engrosar la lista interminable de títulos que ostentaba, algunos de los cuales ya casi no recordaba.
Durante la prolongada ausencia de Juana, las fiestas y las celebraciones habían invadido la Corte imperial y Felipe, El Hermoso, rodeado de embajadores aduladores y de bellas damas, se fue tornando cada vez menos reservado y más susceptible al encanto de las hermosas mujeres que le rodeaban. Su actitud conquistadora y sus no pocos devaneos lo tornaban irresistible para toda la corte femenina que se inclinaba a su paso esperando sus miradas y sonrisas y, por qué no, alguna invitación casual a compartir sus horas cuajadas de distracciones.
Los murmullos de que el hechizo español no funcionaba a distancia corrían como el viento por los luminosos y acristalados corredores palaciegos y los jóvenes nobles, compañeros de aventuras del Archiduque, al igual que casi todos los estadistas que le seguían, coincidían en afirmar que Felipe ya había cumplido con su deber dinástico, al engendrar cuatro hijos que aseguraban la descendencia y la herencia de las apetecidas coronas imperiales, reales y archiducales. Con el deber cumplido, podía gozar de un buen merecido descanso, disfrutando de la vida, como era la costumbre de los reyes.
Solo el embajador de España en Flandes, don Gutierre Gomez de Fuensalida, sombrío y orgulloso, se había animado a hablarle.
—Vuestra Alteza Imperial, haríais muy bien en recordar que vuestros amigos de fiestas y celebraciones solo persiguen en vos algún fin interesado. Cuando os invitan a divertiros, solo lo hacen con el deseo de que dejéis escapar de vuestros labios alguna frase imprudente, que beneficie para su propio provecho a los gobiernos que aquellos representan. ¡Cuando un príncipe se pone ebrio, se torna un príncipe doblegable!
—¿De qué habláis señor Embajador? Vosotros, los nobles hidalgos españoles, tenéis una visión equivocada de lo que es la diversión. ¡Sois demasiados serios! ¡Pareciera que siempre vivís en Viernes Santo!
—Vuestra Alteza Imperial debería recordar que cuando la voluntad de Dios lo disponga y llegue a reinar sobre España, solo lo hará en nombre de la archiduquesa Juana, su esposa.
Felipe no pudo tolerar que el diplomático español lo tratara de ebrio y esa misma noche hizo que uno de sus servidores deslizara una poción —que no alteraba el sabor— dentro de su copa de jerez. Y aquel digno y fiel representante de España cayó de bruces, borracho, ante la diversión de toda la Corte flamenca.
Dos días después, Juana arribó a la ciudad de Blankenberge, pero esta vez no tuvo necesidad de esperar catorce largos días para ver a su esposo. Felipe acudió con todo su séquito, deseoso de conocer a su pequeño hijo español y estrechar entre sus brazos a la heredera de España y de todas aquellas inmensidades lejanas, recién descubiertas por Colón.
La goleta atracó en el muelle y Juana descendió por la escalerilla con un vestido color escarlata apretado en su cintura. Un collar de rubíes y brillantes adornaba su terso cuello y el corazón de Felipe, al verla, dio un vuelco de emoción. Olvidando el protocolo y las miradas indiscretas se apresuró para tomarla entre sus brazos.
—¿Me extrañabais, Juana?
Emocionada, sentía que Felipe le encendía la sangre y que por sus venas se aceleraba aquel ritmo enloquecido de su corazón palpitante que parecía crecer cada vez más con aquel ansiado abrazo.
—Con toda mi alma, amor mío.
—Me encanta sentir que aún me amáis, Juana.
—¿Pero por qué habeis tardado tanto en mandarme llamar a vuestro lado? Todo este tiempo s...

Índice

  1. Portada
  2. Portadillas
  3. Legal
  4. Cita
  5. Dedicatoria
  6. Agradecimientos
  7. Personajes
  8. PRÓLOGO
  9. CAPÍTULO I NACIMIENTO DE LA INFANTA
  10. CAPÍTULO II INFANCIA EN SEGOVIA
  11. CAPÍTULO III RENDICIÓN DE GRANADA
  12. CAPÍTULO IV LA ALIANZA MATRIMONIAL
  13. CAPÍTULO V EL PRIMER VIAJE A FLANDES
  14. CAPÍTULO VI LOS ESPONSALES
  15. CAPÍTULO VII LUNA DE MIEL
  16. CAPÍTULO VIII DUELO EN CASTILLA
  17. CAPÍTULO IX NACE LEONOR
  18. CAPÍTULO X CARLOS EL FUTURO EMPERADOR
  19. CAPÍTULO XI ENEMIGOS
  20. CAPÍTULO XII REGRESO A ESPAÑA
  21. CAPÍTULO XIII LA FAMILIA REAL
  22. CAPÍTULO XIV LA AMARGA REVELACIÓN
  23. CAPÍTULO XV EL INFANTE ESPAÑOL
  24. CAPÍTULO XVI RETORNO A FLANDES
  25. CAPÍTULO XVII EL PESO DE UNA HERENCIA
  26. CAPÍTULO XVIII LA AUSENCIA DE UNA MADRE
  27. CAPÍTULO XIX UN VIAJE SIN RETORNO
  28. CAPÍTULO XX LA DESPEDIDA
  29. CAPÍTULO XXI JUANA LA REINA
  30. CAPÍTULO XXII LA INFANTA CATALINA
  31. CAPÍTULO XXIII EL CORTEJO FÚNEBRE
  32. CAPÍTULO XXIV LA DESESPERACIÓN DE UN REY
  33. CAPÍTULO XXV TORDESILLAS
  34. CAPÍTULO XXVI MUERTE DE UN USURPADOR
  35. CAPÍTULO XXVII CARLOS I REY DE ESPAÑA
  36. CAPÍTULO XXVIII COMO EN UN SUEÑO
  37. EPÍLOGO
  38. NOTA HISTÓRICA
  39. CRONOLOGÍA
  40. ÁRBOLES GENEALÓGICOS