El 2013 Behrouz Boochani fue ilegalmente detenido en la isla de Manus, un centro de detención de inmigrantes cerca de la costa de Australia. En la cárcel, donde ha pasado seis años, sin herramientas ni espacio para la creación, Boochani escribió heroicamente a través de WhatsApp este libro. Un libro sobre la violencia y las injusticias que se cometen en nuestro nombre con la excusa de la ley.La obra se publicó en Australia y ganó los premios más importantes del país convirtiéndose en una denuncia y visibilizando una vergüenza internacional. Uno de los libros más vendidos en 2019 es el grito de resistencia y el extraordinario testimonio de un refugiado. Una voz que representa las vivencias de tantos refugiados y migrantes apátridas encarcelados en todo el mundo.Behrouz Boochani es periodista y un reconocido defensor de los derechos humanos, ganador de un Media Award de Amnistía Internacional de Australia, se le han otorgado también los premios del Diaspora Symposium Social Justice Award, del Liberty Victoria 2018 Empty Chair Award y del Anna Politkovskaya de periodismo.

- 280 páginas
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Sin más amigos que las montañas
Descripción del libro
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Información
Categoría
Social SciencesCategoría
Emigration & ImmigrationEl canto de los grillos,
ceremonias de crueldad
Una topografía mítica de
La Prisión de Manus
El ser humano nace soportando la aflicción. El ser humano vive soportando la aflicción. El ser humano muere soportando la aflicción. El ser humano conoce la aflicción. El ser humano es consciente de todo lo referente a la aflicción. Lamentación. Gritos. Gemidos. Llantos. El ser humano experimenta todas esas cosas. El ser humano tiene un profundo conocimiento de todas esas cosas.
Esa noche, la noche de la que estoy hablando, es aquella en la que tengo un ataque de dolor por culpa de las muelas. Me doy cabezazos contra la estructura de metal que encierra los baños.
Oigo un débil gemido.
La intensidad y el miedo que provoca ese sonido me detienen en seco. Es el sonido de un gemido de dolor. Es el sonido de un hombre que parece convulsionado de dolor. Este tipo de sonido hace que se me pongan los pelos de punta.
El sonido del tipo más intenso de aflicción. El sonido de la desesperación. Una pesadilla sobre las noches. Una pesadilla sobre la soledad. El sonido de un gemido en el caldero de la noche oscura. El sonido de un gemido que flota sobre el océano. El sonido de un gemido que vadea a través de la jungla que se extiende más allá de las vallas. El sonido de un gemido que se arrastra en combinación con otros sonidos. El sonido de un gemido, como la flecha envenenada del arco de un arquero. El sonido de un gemido, un sonido que no rebota contra la oscuridad de la noche. El sonido de un gemido que acaba diluyéndose en el universo.
La prisión se ha sumido en un profundo silencio; la prisión se ha sumido en un profundo sueño. Solo se oye la estridulación de los grillos, vacían el profundo silencio todavía más. El enorme peso del silencio ha infundido un poder destructor en el gemido.
Dios mío, la prisión es tan horrible… La prisión es tan opresiva… La prisión es tan despiadada…
El gemido podría ser incluso el sonido de las nubes que se rasgan, así me lo parece. Exactamente como la intensidad de la ira y el poder que manifiestan truenos y relámpagos en primavera, quizá las nubes y los cielos lanzan profundas heridas y cicatrices con mayor energía que truenos y relámpagos. A pesar de todo, los cocoteros ofrecen su melena al céfiro; aun así, se estremecen, ellos también están espantados.
Uno de los papus apoya la espalda contra un contenedor, con la gorra en su regazo, dándole vueltas a un palillo que tiene en la boca. Me da la sensación de que está en su momento álgido después de tomarse su dosis de nuez de betel; su mente es libre y cierra los ojos sin preocuparse por nada de lo que le rodea. Esta experiencia es una mezcla de sopor, insomnio y cuelgue; no obstante, es un momento especial de liberación incomparable para los papus. El papu no presta ninguna atención al gemido que gira en espiral a través de la atmósfera. Se ha concentrado en cuerpo y alma en su embriaguez.
Así que el gemido continúa, pero cada vez se esconde en las profundidades del corazón del cielo oscuro con otro tipo de vibración y fuerza. Cada gemido evoca, más que nada, la espeluznante sublimidad de la jungla, el océano y la prisión.
Mi dolor de muelas comienza a calmarse. Quizá, cuando las fuerzas de dos formas de sufrimiento con diferente origen colisionan, una debe ceder ante el impacto y la resistencia de la otra. Tal vez me ha ocurrido algo así. Mi dolor de muelas está directamente conectado con la red de nervios que hay en las profundas raíces de mis mandíbulas, y ese dolor se está enfrentando al de alguien que se encuentra a pocos metros de distancia, detrás de las vallas; es el sonido de la desesperación, proviene de una profunda desesperación, mi dolor de muelas se ve obligado a rendirse. Tal vez estemos compartiendo el mismo tipo de padecimiento, una única y misma sustancia: el dolor que se halla en el origen del gemido y el que se halla en las profundidades de mi alma.
Sin embargo, el papu permanece indiferente a todo esto, volando alto en su propio reino, le sigue dando vueltas al palillo. El gemido coincide con el llanto y una atmósfera particular se extiende por toda la zona afectada por el terror que infunde. En un escenario como este, no hay más que dos opciones: o bien hacer como el indiferente papu y no darle más vueltas, o bien descubrir la fuente del lamento. El conocimiento siempre te puede hacer libre. Así que debo confesar que estoy intentando encontrar un modo de subir alto; eso es, subir a las vallas o al contenedor.
A medida que me acerco a la fuente del gemido, estoy más convencido de que he supuesto lo correcto. Todo apunta en dirección a la celda de confinamiento aislada conocida como la Zona Verde. Allá, detrás de las vallas, justo al lado del locutorio, allí está la Zona Verde.
No puedo escalar las vallas, pero tampoco es que resulte imposible. Es fácil si le pones empeño, hasta alguien con unos músculos extremadamente endebles podría subirse, pero eso las haría traquetear, con un sonido que recuerda al de los ladrones cuando intentan saltar obstáculos para entrar en las viviendas. Hay unos papus y unos guardias australianos sentados junto a las vallas a mucha distancia. Si las vallas traquetean, sospecharán del movimiento que las acompaña y solo habrá un resultado: me arrastrarán hasta la celda de confinamiento y me reuniré con el que se está quejando. Escalar las vallas no es una opción.
Recuerdo cuando en mi infancia era un habilidoso ladrón, capaz de cualquier cosa. Recuerdo los días en los que saltaba las tapias de los jardines de los vecinos con una cabriola, brincaba como un gato. Me sentaba en las ramas de los nogales como un mono. A kilómetros de casa, entre los campos de robles persas, buscaba nidos de palomas. Estoy seguro de que cualquiera que pudiera trepar por el basto tronco de un roble sin problemas, también podría trepar fácilmente por los obstáculos más duros y resbaladizos. No es broma, soy un chico de las montañas, igualito que un gato.
El papu está tan colocado que se ha ido acercando al mar poco a poco; sé muy bien cómo se siente, nada va a estropear su humor ni su sensación, ni siquiera unos truenos y relámpagos que estallaran en el cielo. Tal vez estoy exagerando, pero creo que si esto pasara, el papu abriría los ojos y se encogería de brazos y piernas apretando la gorra; entonces, a ratos, dejaría de darle vueltas al palillo. No tengo duda de que, una vez pasados los truenos y los relámpagos, se dejaría caer de nuevo hacia atrás para seguir con su viaje.
Esto es característico de los papus: liberados, libres, felices; y yo me he olvidado de mi dolor de muelas, ahora que me siento como un gato. De hecho, el gran salto que quiero dar requiere que me olvide de ese dolor. Sí, la mente puede a veces controlar de forma consciente el dolor físico. En tres movimientos, estoy encima del tejado. Primero, salto medio metro y me coloco sobre la barra de metal que sirve de base del pasillo. Todavía está anocheciendo, así que enfocando la vista consigo hacer otro movimiento; con la concentración de un cazador que persigue su presa, examino detenidamente el tejado. Lograr hacer este movimiento significa que he elegido el mejor sitio para agarrarme, entonces salto medio metro y me cuelgo del borde del tejado. Figúrate, exactamente igual que un mono que se cuelga de la rama de un árbol. La única diferencia entre un mono y yo podría ser que yo me sujeto con las dos manos, cuando los monos suelen mirar a lo lejos colgados de una sola mano. Haciéndolo así, exhiben su control del árbol, de las ramas y de la gravedad. Hasta los monos juguetones lo hacen a veces por pura diversión, juegan y hacen tonterías. En cualquier caso, que un ser humano como yo se cuelgue de las dos manos es suficiente para sentirse como un mono, para identificarse con el mono más que con cualquier otro animal.
Mis manos se agarran con fuerza. Ha llegado el momento de demostrarme a mí mismo hasta qué punto puedo ser como un mono. Para ello, me alzo con toda la fuerza de los músculos y, sin soltar el borde, salto al tejado. El resultado es que estoy sentado sobre él sintiendo que he cumplido una hazaña y, consecuentemente, con una gran sensación de éxito.
Ahí estoy, sentado en la oscuridad, sobre el tejado, cerca del árbol de mango; poder tocarlo es mi pequeño sueño. He perdido al papu de vista, ni siquiera puedo ver a los guardias que estaban frente a la verja principal.
Dios mío, qué oscuro está detrás de la prisión. Seguramente, la oscuridad se expande mucho más allá de los límites de mi imaginación; de hecho, el océano y la jungla se evaporan en la nada. No sé en qué árbol han anidado los grillos ni en qué zona residen, pero todo el ambiente está dominado por su canto. Los grillos, la oscuridad, el silencio, el sobrecogimiento…; esta es la escena al completo.
Puede parecer contradictorio, pero los grillos hacen una pausa momentánea que me permite asimilar la magnitud del silencio. El canto de los grillos y el canto del silencio: una contradicción. Es pavorosamente inspirador. ¿Hay alguien que pueda oír un grillo en un entorno ruidoso? El canto de los grillos es la armonía de la melodía del silencio. El silencio acrisola su identidad a través de la estridulación de los grillos, y viceversa.
El gemido ha cesado.
Desde aquí se puede ver la Zona Verde; quiero decir, se puede ver desde el tejado del pasillo. Una celda de confinamiento aislada de la que, hasta la fecha, tan solo he oído hablar. Terrorífico.
Una farola con una tenue luz amarilla ilumina débilmente los alrededores, pero gracias a ella puedo ver dos contenedores colocados frente a frente. En lugar de vidrio, las ventanas están cubiertas con tablas de madera. Las habitaciones son cajas de cerillas con una sola puerta y un solo ventilador que va girando en el techo de forma monótona, dando la impresión de que podría pararse en cualquier momento. El ventilador hace que tu cabeza también gire. Sus palas parecen cansadas. Un grupo de mosquitos que parecen del mismo género que las mariposas van dando vueltas frente a la farola amarilla formando una nube transparente. Finalmente, mis ojos se adaptan a la oscuridad.
La Zona Verde también tiene un patio de tres o cuatro metros con dos cocoteros que crecen justo al fondo, cerca de las vallas. Los cocoteros parecen asustados y muestran un aire reverencial, sus troncos son negros y parecen más altos que los que están dentro de la prisión; hay que levantar mucho la cabeza, en dirección al cielo, para ver bien lo altos que llegan a ser. No obstante, desde aquí no queda claro del todo dónde están exactamente las copas de los cocoteros; da la sensación de que la mayoría de ellas se unen a las nubes. Las hojas y el fruto del cocotero se han mezclado con las nubes negras y el cielo negro.
También puedo ver una caseta diminuta junto a las vallas, tiene la forma de un animal desconocido y también está oscuro. Hay un papu que se esconde mientras fuma su brus.19 Como el papu que le daba vueltas al palillo en la boca, este también apoya la espalda contra un cocotero y le va dando caladas al brus, comportándose de la misma forma que es habitual en ellos.
Por un momento, creo ver sus ojos, identificar sus ojos, aunque todo está oscuro y no puedo verle bien la cara. Es imposible verle la nariz y la boca, así que parece imposible que pueda verle los ojos. Debo confesar que desde esta posición no está nada claro si el que está fumando es un papu; por lo cual, también es imposible que pueda saber si lo que está fumando es brus. ¿Es de verdad un papu? No lo sé. ¿Está fumando brus? Tampoco lo sé. ¿Acaso la mente humana engaña hasta el punto de ignorar la función de los ojos y la nariz? Sí. Es la fe en lo absurdo.
En cualquier caso, concluyo que el que está fumando es un papu. Incluso voy un paso más allá y concluyo que el papu es una persona mayor que fuma su brus como lo hacen las personas de edad. Por lo que respecta al gemido, hace rato que cesó. Creo que mientras me esforzaba por alcanzar el tejado, alguien le ha tapado la boca. Todo es silencio.
Ese ventilador colgado del techo es lo único que permanece indiferente a su entorno; gira…, traquetea…, cuelga relajadamente. Cerca de él hay una familia de palomillas que llevan a cabo una ceremonia de éxtasis, revolotean alrededor de la lámpara amarilla. Durante un instante, me olvido de por qué y cómo he acabado sobre el tejado. En esos instantes soy un ser emancipado, emancipado de la prisión, emancipado del sistema. Incluso me siento orgulloso de mí mismo porque soy el único ser humano y el único prisionero que ha estado tan cerca del árbol de mango, me he acercado muchísimo al inconquistable árbol de mango. Así que aquí estoy, incluso mi nariz se restriega con las grandes hojas. Así que aquí estoy, he conseguido estar aquí arriba, arriba en el éter, en la cima de la prisión, contemplando el espectáculo, contemplando la jungla y el océano, observando mientras me diluyo en la oscuridad.
Hasta los grillos se han callado. Entienden a la perfección que otro animal es el que ocupa sus domin...
Índice
- Cubierta
- Portada
- Créditos
- Dedicatoria
- Prólogo
- Relato del traductor: Una ventana a las montañas
- Un descargo de responsabilidad
- Bajo la luz de la luna
- Montañas y olas
- La balsa del purgatorio
- Meditaciones sobre el barco de guerra
- Un cuento de (la isla de) Navidad
- Los 'kowlis' errantes actúan
- El Anciano Generador
- La tortura de hacer cola: la Lógica de La Prisión de Manus
- El Día del Padre
- El canto de los grillos, ceremonias de crueldad
- Las Flores Que Parecen Manzanilla
- En el crepúsculo
- Posfacio
- Sin más amigos que las montañas: Reflexiones del traductor
- Notas
- Colofón
Preguntas frecuentes
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