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Éxito
Todos los líderes guían mientras al mismo tiempo necesitan desesperadamente todos los recursos de la gracia de Dios. Esta realidad ineludible debe ser una gran influencia en la forma en que los líderes se ven a sí mismos, se conducen y hacen el trabajo al que Dios los ha llamado. No es solo el joven pastor quien necesita la gracia, el pastor que se encuentra en medio de la lucha o el pastor caído; la gracia es el ingrediente esencial en el éxito del ministerio de cualquier persona, en cualquier momento, a cualquier edad, en cualquier lugar y en cualquier tipo de ministerio.
El próximo capítulo abordará lo que significa para una comunidad de liderazgo funcionar como la comunidad evangélica que fue diseñada por Dios para ser. En este capítulo quiero considerar cómo lo bueno, el éxito, puede convertirse en algo malo para el liderazgo cuando se ha convertido en algo dominante. Ahora, sé que el éxito no solo es una cosa maravillosa, sino que también es algo vital. La salvación se basa en el éxito. No habría esperanza de perdón, de ayuda para el presente, o de un nuevo cielo y una nueva tierra si no fuera por la imparable ambición del Señor de los señores de tener éxito en lo que solo Él puede lograr al extender Su gracia a Su pueblo y en redimir y restaurar Su mundo que gime. Pero hay más.
La gracia salvadora de Dios enciende en los corazones de todos Sus hijos un cambio radical en la ambición. Donde una vez nuestros pensamientos, deseos, palabras y acciones fueron motivados y dirigidos por nuestra ambición de lograr nuestra definición de felicidad personal, por gracia ahora están moldeados por nuestra ambición de que el reino de Dios logre todo lo que Dios ha diseñado para que logre. Donde una vez fuimos ambiciosos por lo que queremos, ahora somos ambiciosos para hacer la voluntad de Dios. Además, Dios nos llama a ser ambiciosos para el crecimiento y la expansión de su reino entre el «ya» de nuestra conversión y el «todavía no» de nuestro regreso a casa. Los seres humanos son triunfadores, destinados a construir y reconstruir, a crecer y expandirse, a arrancar y plantar, a derribar y construir, a soñar y a lograr sueños. Pero toda ambición y todo logro debe inclinarse ante el señorío y la gloria del Señor Jesucristo.
Por lo tanto, hay que señalar que el rescate y la reorientación del deseo de nuestros corazones en relación con lo que buscamos lograr es un trabajo en progreso. Desearía poder decir que lo que siempre me motiva a hacer lo que hago y decir lo que digo es una sincera ambición por la gloria de Dios y el éxito de Su reino, pero no lo es. Desearía que la forma en que gasto mi dinero e invierto mi tiempo estuviera siempre motivada por la ambición vertical, pero no lo está. Desearía poder decir que Dios siempre está en el centro de toda ambición de los pensamientos de mi corazón, pero no lo está. Desearía poder decir que siempre quiero que cada logro en mi vida sea un dedo que señale la existencia de Dios y Su gloria, pero no puedo. Así que hay que decir que, para mí, y estoy seguro de que para ti también, la ambición es un campo de batalla espiritual, y también hay que decir que en la comunidad de líderes de la iglesia, la ambición por la gloria de Dios y Su reino se transforma fácil y sutilmente en otra cosa.
QUÉ GLORIA: UNA HISTORIA DE ÉXITO
Eran jóvenes y ambiciosos. Amaban el evangelio, y amaban su ciudad. Realmente querían lograr grandes cosas para Dios. No solo querían ser predicadores del evangelio; también querían ser hacedores. Creían que la gracia transformadora de Jesús tenía el poder de cambiar cada aspecto de la vida de las personas y las comunidades en las que vivían. Estaban decididos a ser exitosos en el reino y que Dios los usara para rescatar a miles de cautivos. No eran orgullosos; confiaban en la presencia, el poder y las promesas de Dios. En sus reuniones predicaban un mensaje claro y bien aplicado del evangelio e invitaban a la gente a una adoración que exaltara a Dios. Llevaban el evangelio a las calles, no solo proclamando la gracia, sino haciendo actos de misericordia que se dirigían directamente al gemido particular de su comunidad. Trabajaron duro, planearon en grande y confiaron en que Dios produciría resultados.
Por supuesto, revisaron y volvieron a revisar su plan, pero a medida que lo hacían, comenzaron a ver resultados. Al principio fue algo monótono, pero al poco tiempo la gente empezó a venir a Cristo, y los ministerios comunitarios se notaron y fueron bienvenidos. Al poco tiempo, superaron tanto a su edificio como a su personal. Buscaron una instalación mucho más grande para albergar mejor lo que querían lograr y contrataron gente para asegurarse de que cumplieran sus objetivos. Nadie en el interior lo habría notado, pero se estaba produciendo un cambio. El agradecimiento a Dios por lo que había hecho había empezado a competir con el orgullo de los logros. Cada vez se invertía menos tiempo en el compañerismo y la adoración durante las reuniones de liderazgo, y cada vez se dedicaba más tiempo a analizar las estadísticas y a trazar estrategias de objetivos. Los líderes se separaron progresivamente del cuerpo de Cristo y se volvieron menos amables, accesibles y responsables.
Miles de personas asistieron a múltiples reuniones cada domingo, y millones de dólares eran recolectados cada año. La comunidad de líderes se había convertido en una cultura muy diferente a la humilde comunidad basada en la gracia que una vez fue. Los ancianos ya no funcionaban como los pastores de los pastores o como los guías espirituales y consejeros de la congregación. No, funcionaban semana tras semana como la junta corporativa de una institución religiosa. Lo único que distinguía sus reuniones era un breve tiempo de devoción y oración antes de cada reunión.
Los diáconos ya no eran una junta del ministerio de misericordia, sino más bien como los contadores ejecutivos y administradores de propiedades de la iglesia. El crecimiento y el dinero ahora dominaban sus discusiones y su visión.
Cada vez más miembros del personal tenían miedo de hacer algo que se interpusiera en el camino del éxito corporativos. Pocos pastores y personal tenían el valor de confesar su lucha personal o el fracaso del ministerio. El personal que era poco exitoso o que cuestionaba las decisiones o los valores era despedido rápidamente. Gran parte del personal estaba desanimado y agotado, pero pocos lo confesaban. Los pastores y miembros del personal agotados renunciaron con pocas ganas de continuar en el ministerio. Nadie parecía preguntarse cómo podía ser la iglesia tal como se describe en el Nuevo Testamento si el liderazgo ya no funcionaba como la comunidad evangélica que debía ser.
Nada de esto sucedió de una sola vez, y poco de ello fue intencional, pero cambios sutiles habían alterado radicalmente la cultura, la mentalidad y los valores de la comunidad de liderazgo. Todo estaba enmascarado por las hambrientas multitudes que aún venían y los muchos ministerios que seguían creciendo. La iglesia ya no era solo una interpretación mucho más grande de lo que había sido en sus primeros días; se había convertido progresivamente en algo muy diferente. A nivel del corazón, los líderes habían cambiado, y en poco tiempo, la comunidad de líderes cambiados destruiría, con orgullo de sus éxitos y con un espíritu inaccesible, lo que Dios había construido con tanta gracia. ¿Podría ser que, en tu comunidad de liderazgo, haya señales de que la gloria del éxito ha comenzado a reemplazar la gloria de Dios como el motivador más poderoso en los corazones de sus líderes y de la forma en que los planes de liderazgo evalúan y realizan su trabajo?
El éxito orientado por el evangelio es algo hermoso, pero el deseo de lograr se vuelve peligroso cuando se eleva para gobernar los corazones de la comunidad de liderazgo. A continuación, muestro las señales que indican cuando el éxito se ha vuelto peligroso. Utilízalos para evaluar tu comunidad de liderazgo y para el propósito de una honesta autoevaluación como líder.
1. El éxito se vuelve peligroso cuando domina a la comunidad de liderazgo.
Permítanme comenzar reconociendo que Dios nos ha ordenado hacer ministerio donde el dinero es una preocupación necesaria, donde hay aspectos de negocios que son necesarios para lo que hacemos, donde la planificación estratégica es importante, y donde el crecimiento numérico de la iglesia requiere más propiedades, edificios más grandes, un mayor enfoque en el mantenimiento de las instalaciones, y una comunidad de empleados en crecimiento progresivo para dotarlo de personal. Ninguna de estas cosas es mala o peligrosa; son necesidades de una administración sabia de un ministerio en crecimiento. Pero estas cosas no deben llegar a ser tan dominantes como para que empiecen a cambiarnos a nosotros y a la forma en que pensamos sobre nosotros mismos y el ministerio al que hemos sido llamados. No podemos permitirnos pasar de ser pastores y líderes del ministerio a ser la junta directiva de una empresa religiosa. No podemos permitirnos pasar de ser humildes y accesibles servidores del evangelio a ser orgullosos y no tan accesibles hombres de negocios.
Los planes para lograr el éxito en una iglesia local no son necesariamente enemigos del humilde ministerio evangélico, pero a medida que se experimenta el éxito del ministerio y el crecimiento numérico, son difíciles de mantener en un equilibrio adecuado. Cuando los pastores, predicadores y líderes humildes y apasionados por el evangelio se transforman con el tiempo en administradores o visionarios centrados en la institución, tienden a perder parte de su pasión por el evangelio, y la iglesia o el ministerio sufren como resultado. Sí, debemos ser ambiciosos para la expansión del reino de la gloria y la gracia de Dios, pero también debemos reconocer que mientras el pecado siga residiendo en nuestros corazones, el éxito es una zona de guerra espiritual que no solo está plagada de bajas de pastores o líderes, sino que ha dejado heridos a muchos que todavía están en el ministerio. Observa las advertencias para nosotros en la historia espiritual de Israel, mientras saboreaban el éxito y la prosperidad de la tierra prometida:
Porque yo fui el que te conoció en el desierto,
en esa tierra de terrible aridez.
Les di de comer, y quedaron saciados,
y una vez satisfechos, se volvieron arrogantes
y se olvidaron de mí (Oseas 13:5-6).
¿Se ha vuelto dominante la búsqueda de logros institucionales en tu ministerio? No respondas demasiado rápido.
2. El éxito se vuelve peligroso cuando controla nuestra definición de liderazgo.
Los requisitos para el ministerio en la Iglesia de Jesucristo son radicalmente diferentes de la forma en que típicamente pensamos sobre la composición de un verdadero líder. Quiero escuchar lo que la gente en una iglesia o ministerio dice después de anunciar que alguien tiene verdaderas cualidades de liderazgo. Quiero escuchar lo que piensan que son esas cualidades. ¿Debería la gente recibir una posición, autoridad o liderazgo en un ministerio o iglesia porque han tenido éxito en el ministerio, porque tienen el impulso de hacer un trabajo, porque han manejado bien sus finanzas, porque son comunicadores persuasivos, o porque tienen un currículum impresionante?
Considera, por un momento, la naturaleza radical de las cualidades que Dios dice en 1 Timoteo 3:2-7 hacen de un líder ministerial fiel, el tipo de líder que toda iglesia o ministerio influyente necesita:
- Intachable
- Esposo de una sola mujer
- Moderado
- Sensato
- Respetable
- Hospitalario
- Capaz de enseñar
- No borracho
- No pendenciero
- No amigo del dinero
- Amable
- Apacible
- Gobierna bien su casa
- No un recién convertido
- Que hablen bien de él los que no pertenecen a la iglesia
Quiero hacer dos observaciones sobre el éxito a largo plazo en el ministerio. Primero, en un sentido general, Dios quiere que los pastores y líderes tengan éxito porque ama a Su reino y a Su novia, la Iglesia, pero desde la perspectiva de Dios, la fidelidad a largo plazo que produce frutos en el ministerio está arraigada en el carácter humilde y piadoso. Una segunda cosa que esta lista de cualidades de los líderes enfatiza es que, en última instancia, Dios es el que alcanza el éxito; nuestra vocación es ser herramientas útiles en Sus poderosas manos. Debido a que no somos soberanos sobre la situación en la que ministramos, porque no tenemos el poder de cambiar los corazones de las personas, porque a menudo estorbamos en lugar de ser parte de lo que Dios está haciendo, y porque no podemos predecir el futuro, no tenemos la capacidad para lograr el crecimiento o el éxito del ministerio por nuestra cuenta. Somos llamados a la fidelidad que, por cierto, solo Dios puede producir en nosotros, y Dios es soberano sobre el milagro de la gracia redentora y la expansión de Su reino. ¿En qué parte de tu comunidad de liderazgo te has enfocado más en el h...