Designación divina
El gobierno de Estados Unidos acuñó el dólar de Susan B. Anthony en 1979 y otra vez en 1999. Fue la primera moneda que circuló con la imagen de una mujer. Su objetivo fue celebrar los avances de la mujer y el impacto que nuestro género tuvo en el país.
Solo un problema. Esta moneda de plata, más pequeña que la moneda tradicional de un dólar, se parecía más a una de 25 centavos, y la gente a menudo las confundía. Aunque el valor de ambas era significativamente distinto, su apariencia era similar. Por tanto, como el dólar de Susan B. Anthony no alcanzó popularidad entre el público, se terminó discontinuando su circulación.
Tú, hermana, fuiste «acuñada» a imagen de Dios, y llamada «de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9). Cristo te ha atribuido gran valor como Su hija, heredera de una divina «herencia en los santos» (Efesios 1:18). Has sido dotada de dones, talentos y una singularidad que el mismo Dios estimó adecuada para ti. Entre tus características…
Estás satisfecha contra todo pronóstico.
Estás decidida a ser femenina.
Eres fiel a ti misma.
Pero eso no es todo. Además, tienes la oportunidad de vivir…
Entregada a Él.
Sin duda, la inversión de tal tesoro divino en la vida de una persona conlleva una responsabilidad que tendríamos que considerar un privilegio. Él merece nuestra decisión fiel y constante de estar a la altura del valor que se nos ha asignado, de reflejar al mundo la valía inherente que poseemos por la gracia que Dios nos da gratuitamente mediante Su sacrificio. No debemos perdernos en la confusión del mundo (como se pierden los dólares en un puñado de monedas de 25 centavos), impulsadas por aficiones e intereses inferiores, y volvernos tan similares en apariencia a los demás que desaparezcamos entre la multitud. En cambio, deberíamos hacernos responsables de nuestras acciones y alinearlas con nuestro Dios y Su Palabra para profundizar en los propósitos divinos para los cuales fuimos puestas en la Tierra.
Esta es la resolución de la mujer entregada a Él.
• Somos mujeres que se inclinan a Su voz: escuchamos, acatamos, conformamos nuestra voluntad a la de Él.
• Somos mujeres que defienden los laureles de la Escritura frente a opiniones contrarias.
• Somos mujeres que, en última instancia, no responden a autoridades terrenales, sino a Aquel que nos creó, nos amó y nos llamó a seguirlo.
• Somos mujeres que viven con un propósito celestial en mente y con el susurro del cielo en el alma.
• Estamos en el mundo, pero no somos del mundo: no nos controla, no nos consume ni tampoco nos apremia.
• Nuestro llamado viene del cielo; buscamos los propósitos de Dios y nos impulsan las pasiones que Él puso en nuestro corazón.
Es lo que nos hace diferentes. Únicas. Frente a una cultura infestada de pecado y enemistada con Dios, seremos fieles a Él y a los laureles de Su Palabra. El autor de Hebreos observó un ejemplo inesperado de esta clase de fidelidad:
¿Perdón? ¿Moisés? ¿Fiel? ¿En serio?
Por cierto, no lo parece si miramos sus primeros años… y por «primeros», me refiero a 80 o más. Criado como el príncipe de Egipto, tuvo que huir por su vida luego de asesinar brutalmente a uno de sus compatriotas. En los próximos 40 años, vivió en circunstancias bastante indeseables, apacentando ovejas: una tarea muy por debajo de su salario y nivel educativo. Un día, Dios lo sobresaltó al hablarle desde una zarza ardiente y le encomendó una posición mucho más prestigiosa: sacar a Israel del cautiverio. Pero cuando recibió el llamado, Moisés no hizo más que balbucear excusas para esquivar su tarea. Cuando por fin accedió y aceptó la directiva divina (luego de que el Altísimo ejerciera presión con suma paciencia), se lo conoció por perder a menudo la paciencia frente a la inconstancia del pueblo israelita y permitir que su enojo le ganara. Al final, su desobediencia a la instrucción divina le costaría la entrada a la tierra escogida por Dios para Su pueblo.
Entonces…
Si yo hubiera escrito el libro de Hebreos, no sé si Moisés habría sido mi primera elección para una ilustración. Y sin embargo, este autor lo distingue y lo describe como «fiel […] en toda la casa de Dios».
Si Moisés hubiera estado vivo para leer este versículo, me pregunto cuál habría sido su reacción. Probablemente, habría recordado todas las catástrofes y los errores que cometió en su vida y habría sacudido la cabeza con incredulidad y vergüenza, preguntándose si el autor estaba en sus cabales cuando escribió el texto. Quizás era un buen ejemplo de infidelidad pero, al recordar su vida, ciertamente no de fidelidad. Vamos.
¿Acaso no puedes identificarte? Quizás te enfrentas a nuestra cuarta resolución con el mismo desaliento. Se destacan tantas falencias y equivocaciones; tantos errores de juicio. ¿Cómo puedes estar a la altura de este estándar de devoción y consagración completa, ser una persona «fiel en toda la casa de Dios»?
Entonces, el ejemplo de Moisés debería darnos gran esperanza y aliento, porque a pesar de su larga historia de incompetencia, algo en su vida, su legado y su herencia se consideró digno de resaltar y de repetir para quienes desearíamos que nuestras vidas pueden llegar a ser tan conmemorables. Y dentro de estos sencillos versículos de Hebreos 3, se encuentra el tema crucial y decisivo del que depende toda la historia de Moisés.
La clave fue su llamado.
Fue «celestial» (v. 1).
A pesar de todos los regueros y los descuidos en la ejecución, Moisés se aferró al llamado del Señor para su vida. «Fue fiel al que lo nombró» (v. 2, nvi, énfasis agregado). Aun en el ruidoso túnel de viento de la culpa y el remordimiento, a pesar de la música estridente que lo invitaba a bailar con la decadencia, pudo captar el susurro celestial que lo instaba a dejar de lado los sentimientos y los afanes temporales, y hacer la voluntad de Dios. Y ahí yace lo que separaba a él y a su pueblo de todos los demás.
No era perfecto, pero era resuelto.
Cometió errores, pero la presencia de Dios lo marcó.
Marchó al son de un estándar supremo, una fuerza predominante y urgente que lo llevó a desear lo importante para su Dios más que lo sustancial a ojos del mundo. Un vistazo general de su vida revela un hombre que no se dejó influenciar por los caprichos ni las pasiones efímeras que buscaban apartarlo del llamado celestial. Se dirigió a Canaán. Su objetivo era la leche y la miel. Y aunque significara levantarse desde las profundidades de la derrota y el desali...