En el barco de Ise
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En el barco de Ise

Viaje literario por Japón

Suso Mourelo

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En el barco de Ise

Viaje literario por Japón

Suso Mourelo

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Suso Mourelo recorre Japón con brújula literaria. Desde grandes ciudades a tranquilos enclaves rurales, el objetivo es conocer los lugares donde transcurrieron las novelas de sus autores preferidos: el Tokio del escritor maldito Osamu Dazai o la pequeña isla de Kamishima que sirvió de inspiración a Yukio Mishima; el Kioto de las historias fetichistas de Junichirô Tanizaki o el refugio de montaña en el que Yasunari Kawabata situó País de nieve. Junto a ellos nos asomamos a otros autores como Masuji Ibuse, Natsume Sôseki o Ueda Akinari, y viajamos a las páginas de clásicos como Chikamatsu Monzaemon o autoras como Takasue no musume o Murasaki Shikibu. Un relato trenzado en otras ficciones donde asoman escritores nipones de todo tiempo y algunos de los europeos que sucumbieron al hechizo japonés como Lafcadio Hearn o Nicolas Bouvier. Con la referencia de este universo literario el autor deambula por el país, al mismo tiempo que conversa con sus gentes, convive en la intimidad de sus hogares e indaga sobre las circunstancias de una sociedad que vive una mutación asombrosa. Suso Mourelo compone un relato que, al modo de un largo haiku, nos guía por la memoria literaria a golpe de sensaciones e imágenes del presente.

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Información

Año
2017
ISBN
9788415958697

EL CUENTISTA DE MATSUE

Lafcadio Hearn conoció de niño la mitología y la historia de Grecia, la tierra en la que nació y vivió unos años. Pasó el resto de su infancia en Irlanda, la juventud desplazado en internados y la madurez en un viaje de desarraigo y soledad.
Me había propuesto pasar en soledad por las estaciones que miraban al mar. Pero me llegó una carta de Hirô, el profesor de Hiroshima. Había hablado con un amigo suyo, Bon Koizumi, el bisnieto de Yakumo Koizumi, antaño conocido como Lafcadio Hearn. En mi paso por la ciudad de Matsue él no estaría, porque debía dar clase en la universidad, pero me pedía que me encontrara con su mujer, Shoko.
A bordo del Super-matsukaze salpican los trocitos de campo y las tejas de colores que, ya familiares, entregan la tranquilidad de las rutinas pasajeras. De nuevo, en un rincón entre montes y un río, se encajona una aldea cuyos huertos se esfuerzan en trepar el collado. ¿Qué encontraría quien se aventurara a vivir ahí? ¿Dioses, inspiración, aburrimiento, vida simple? Puede que un buscador de vidas preferiría Matsue, la capital menos poblada del país; esa ciudad de agua clavada entre dos lagos, abrazada por un río, enhebrada por canales. La ciudad húmeda que enamoró a Hearn.
Shoko aguarda en la puerta de la casa en la que residió un año el autor. A Hearn le dieron el nombre de Lafcadio por la isla en que llegó al mundo, Leucada, de una mujer griega y un médico irlandés residente en lo que era protectorado británico. Si a un escritor le proporcionaran datos de su vida para que construyera una novela, podría fácilmente inventar un héroe trágico o un personaje mundano. Difícilmente crearía una realidad tan compleja como la auténtica. Siempre me ha fascinado la vida de los errantes, fuera por aventura o por tragedia, la biografía de quien se fuga de lo previsible, empezando por el mapa.
Al niño Lafcadio lo llevaron a la Irlanda paterna. Su madre se cansó de esa tierra y de ese marido, volvió a Grecia y dejó a su hijo al cuidado de una tía. Tenía seis años cuando el padre se casó con otra mujer y se marchó a la India, sin él. Los familiares no querían tener un obstáculo para la herencia y mandaron al adolescente a un internado lejano; luego a otro más lejano, en Francia. La maniobra de alejamiento se extendía y, cuando cumplió dieciocho, lo enviaron a Ohio con un pariente que se deshizo de él y le obligó a nadar en la miseria. Poco a poco comenzó a colaborar en periódicos. Los cientos de libros que había leído durante su infancia para escapar de la soledad lo habían convertido en un amante de las historias, reales y legendarias. Las escuchaba y las leía, y las empezó a escribir.
Se casó con una mulata, algo inconcebible entonces, pero el matrimonio no funcionó. Marchó a Nueva Orleans y quedó fascinado por la cultura criolla, que retrató en multitud de reportajes. De ahí paso al Caribe como corresponsal y saltó a Nueva York. Allí le surgió la oportunidad de viajar como reportero a Japón. Ese fue su último país.
A su llegada, un día de abril de 1890, sintió que penetraba en un lugar diferente donde el tiempo no había corrompido la vida. Escribió para un periódico estadounidense hasta que se acabó el encargo y, en vez de regresar a Occidente, volvió a su vieja compañera, la pobreza. Al límite de sus fuerzas, sus conocidos le pusieron en contacto con funcionarios de la prefectura de Shimane que le facilitaron un modo de vida: dar clases de inglés en Matsue. Así llegó a este lugar. A esta casa en la que se sintió dentro del mundo tras formar una familia, ese anhelo de niño abandonado, con una mujer de quien tomó el apellido, Koizumi.
Una mujer que ha tomado ese apellido me recibe en la puerta de la casa. Hay algo exquisito, no solo amable, en la forma en que Shoko me recibe y me muestra los lugares donde cambió la existencia del bisabuelo de su marido.
—En esta casa es donde le presentaron a la que sería su mujer.
Repasa algunos retazos de las vidas del escritor y me invita a sentarme en un pupitre.
—Se lo encargó así a un carpintero. Es muy alto porque veía muy mal y solo de esta forma podía leer lo que escribía.
Lafcadio había perdido en un internado la visión de un ojo; la vista se le gastaba en el otro. Cada vez escribía menos.
Shoko enseña el jardín, los dos jardines, que rehízo. Hay uno grande, bonito. Y otro humilde, sombrío.
—Este era su preferido.
—Habla con frecuencia de jardines en sus libros.
—De este y de otros que vio en sus viajes. Hay muchas descripciones en libros como Glimpses of Unfamiliar Japan.
«Un pequeño jardín con un estanque mínimo y puentes en miniatura con árboles enanos, como un paisaje en una taza de té, también algunas piedras, por supuesto bien elegidas, y unas linternas bonitas de piedra, o tôrô, tal como se colocan en los patios de los templos. Y más allá, a través del atardecer suave, veo luces, luces de colores, las linternas de los festivales Bonku suspendidas ante cada casa para dar la bienvenida a los fantasmas».
—Vestido con kimono se sentaba con su pipa a fumar y a escuchar a los animales y a los insectos: la rana en la charca, las culebras, las cigarras, hasta las moscas. Para él, los sonidos de los animales eran como una canción, la mejor música. Les daba los restos de la comida y los esperaba; le maravillaban los pequeños animales. Había aprendido a amar la naturaleza y las criaturas que la pueblan cuando estuvo en La Martinica.
—Koizumi es un hombre querido en Japón. No sé qué se piensa de él en Grecia y en Irlanda.
—Es más conocido en Grecia. En 2009 coordiné una exposición sobre él en Atenas, La mente abierta de Lafcadio Hearn. En Irlanda apenas se sabe de él, aunque algunos de sus escritos forman parte de los textos para estudiantes de lengua inglesa.
Shoko permite que me demore, que imagine lo que veía y oía aquel errante, aquel profesor sediento que pasó la niñez buscando historias y a la postre fue lo que hizo el resto de su existencia. Su mujer, de familia samurái, era una conocedora de los mitos populares japoneses, muchos de los cuales él vertió en sus libros.
—Siempre estuvo interesado en lo primitivo y lo original. Tanto en lo que se refería a lo cotidiano como a lo legendario.
—Recuerdo las historias con zorros. Hay leyendas semejantes en otras tradiciones.
—¿Cómo conociste a Lafcadio Hearn?
—Hace treinta años se publicó un libro suyo en español, Kwaidan. Sus historias me asombraron.
—¿Tienes prisa? Tal vez quieras ver un lugar que le fascinaba, el santuario de Inari.
Inari, aquel espíritu que había salvado la vida de Ueda Akinari. Inari, a veces mujer y a veces hombre, se presenta cada vez con mayor frecuencia en la forma de un zorro, su mensajero. En el santuario, al que se llega en un ascenso continuo, viven cientos o miles de zorros: algunos grandes de piedra y otros de cerámica, pequeños como un brazo o un dedo; aguardan en formación, como una guardia sin fin. Las figuras son regalos para esta deidad protectora que aleja el fuego, algo necesario en una ciudad que se fundó en madera.
Hearn narró muchas leyendas de fantasmas y escribió una serie de libros para explicar las tradiciones y la influencia de la religión en su país de acogida. Al final de sus días penaba porque los cambios que percibía, la importancia de la guerra y del nacionalismo, se sumaran a la occidentalización y convirtieran aquel paraíso en un lugar como tantos sin el alma de la naturaleza, las criaturas que poblaban las fuentes y los bosques.
Tras el paréntesis de palabras voy a buscar el agua. En un canal los barqueros esperan a los visitantes.
Dos mujeres y dos hombres pisan la pasarela y suben a una barca. Los remeros saludan ...

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