Yo sí pude del valle de lágrimas a la cima de los listillos
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Yo sí pude del valle de lágrimas a la cima de los listillos

  1. 156 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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Yo sí pude del valle de lágrimas a la cima de los listillos

Descripción del libro

En este libro conoceremos parte de la historia de un hombre normal, con una vida monótona, como es la de la mayoría, pero al que la recesión condujo al desempleo a una edad en la que no resulta fácil integrarse de nuevo en el mercado laboral. Si bien, la suerte, el azar o la providencia le presentan la oportunidad de conseguir lo que siempre había soñado y que estaba seguro de que no alcanzaría nunca, hasta que llegó el momento que supo y pudo aprovechar.

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Información

Editorial
Exlibric
Año
2021
ISBN de la versión impresa
9788418470950
ISBN del libro electrónico
9788418730863
Edición
1
Unas vacaciones diferentes y productivas
La suerte me volvía a sonreír; no podía esperar para contárselo a mi mujer y la llamé inmediatamente para contarle la buena noticia. La verdad es que le hizo mucha ilusión e inmediatamente solicitó un permiso de doce días en la oficina para que fuéramos juntos al crucero.
Su jefe, tres días más tarde, le dijo que era imposible poder darle vacaciones en esas fechas, ya que tenían mucho trabajo atrasado y era imposible prescindir de nadie en la oficina (seguro que era puñetera envidia).
Total, que como mi mujer no podía acompañarme y María tenía exámenes decidimos que fuéramos Pedro y yo al fantástico crucero por los fiordos; por supuesto, con gran tristeza de las mujeres de nuestra casa por no poder acompañarnos, pero ilusionadas porque disfrutáramos de tan magnífica oportunidad.
Un poco nerviosos por el viaje, nos fuimos en transporte público al aeropuerto con más tiempo del normal, de forma que tuvimos que esperar más de una hora para poder facturar y tener la tarjeta de embarque.
Por aquello de que no por mucho madrugar amanece más temprano, el vuelo chárter en el que viajábamos tuvo un retraso de tres horas, de forma que llegamos a Bergen a las cuatro de la tarde. Tras recoger las maletas, un autobús nos condujo al barco.
La burocracia que impregna cualquier actividad no podía faltar para la entrega de la documentación de embarque, asignación de camarote, tarjetas de identificación para el buque y un largo etcétera.
Por fin, con las maletas y la documentación en regla y tras subir en el ascensor hasta la planta séptima y arrastrar las maletas por los intrincados y confusos pasillos, logramos encontrar nuestro camarote.
No es que pudiéramos quejarnos por el precio, pero sí de la sensación de ser interior (con algo de claustrofobia que tengo) y la escasez de espacio, ya que parece imposible que en menos de diez metros cuadrados lograran sacar sitio para dos camas, un armario y un minibaño, pero finalmente logramos instalarnos.
Nos fuimos Pedro y yo a dar una vuelta por el barco, un poco para situarnos en el espacio en el que se iba a desarrollar nuestra existencia los próximos diez días y ver las instalaciones (sobre todo los restaurantes) que utilizaríamos.
Se nos habían hecho las seis de la tarde y como el barco no partía hasta las ocho y media le comenté a Pedro si quería que bajásemos a tierra para ver un poco la ciudad. Desde ese mismo instante descubrí que iba a estar absolutamente solo durante todo el viaje.
Con educación y algo de desdén me dijo que iba a localizar a algunos de su edad para pasar las vacaciones como correspondía a un joven como él. Me recomendó la conveniencia de encontrar a alguien contemporáneo con quien pudiera compartir esos días.
En consecuencia, y tras pasar el correspondiente control de salida, me fui a dar una vuelta por Bergen, que al menos por las preciosas casas frente al mar, su castillo y su puerto me pareció una ciudad preciosa.
Además, hacía una temperatura agradable. Había llovido, pero en ese momento había sol y era reconfortante ir por el paseo marítimo. La brisa era suave y el mar traía esos tradicionales olores a sal y peces.
En el entorno del puerto se podía apreciar la oferta de muchos puestos de venta de todo tipo de productos, sobre todo de pescados y mariscos, que ofrecían en varios idiomas.
Me gustaban todos y pensé que tendría que comprar algo para llevar a casa, pero como mi presupuesto era escaso pensé que mejor lo postergaba para el final del viaje, una vez pudiera comprobar de qué efectivo disponía en ese momento.
Regresaba al buque cuando me llamó la atención una fragata militar que se podía visitar (y además gratis), por lo que allí me adentré para aumentar mi acervo marinero.
Lo cierto es que era verdaderamente interesante y disfruté visitando sus distintas dependencias, desde la enorme sala de máquinas, hasta los camarotes de oficiales y tripulación, pasando por el impresionante camarote del capitán, con una amplia mesa con cartas de navegación, compases e instrumentos de medida y control náutico.
Al salir de la parte superior de la sala de máquinas y en el escalón que comunicaba con la estancia siguiente nos agrupamos muchos de los visitantes. Uno de ellos, de alta estatura, tocado con un sombrero de fieltro de color gris y apoyado en un lujoso bastón con empuñadura de plata, se cayó de bruces, gritando de dolor y en mi idioma. Fuimos unos cuantos a ayudarle a levantarse, aunque la mayoría continuaba su visita sin darle mayor trascendencia y procurando visitar el resto de las instalaciones del barco sin perder más tiempo, pensando tal vez que no era importante el daño sufrido. Finalmente, quedamos un oficial del barco y yo interesándonos por el problema que pudiera tener.
Lo cierto es que, al parecer, le dolía mucho uno de los brazos y el oficial del barco que se aproximó ordenó que lo llevaran al hospital. No sé muy bien la razón, pero me ofrecí a acompañarle y nos trasladaron a un centro médico cercano.
Le hicieron una radiografía y constataron que era una rotura del cúbito, por lo que debían escayolarlo. Dije al personal sanitario que estábamos en un crucero y que por favor se pusieran en contacto con el barco a fin de informarles de que tal vez nos retrasaríamos un rato y preguntarles si nos podían esperar.
A los pocos minutos un coche con un oficial del barco y un médico del crucero estaba en el centro médico.Tras completar la cura nos llevaron con apuro para poder zarpar y, aunque con un poco de retraso, salió del puerto con todos los pasajeros a bordo.
Cuando llegamos ya estaban todos en la cubierta sexta haciendo el simulacro de emergencia obligatorio para todos los pasajeros, según las normas de la Organización Marítima Internacional, de manera que, tras escuchar siete pitos cortos y uno largo (señal de emergencia), salían todos de sus cabinas pertrechados con su chaleco salvavidas. Cuando llegué me dieron un chaleco y me incorporé a la multitud.
Tras este ejercicio obligatorio busqué por los restaurantes del buque y no encontré a Pedro por ninguna parte, así que cené en uno de la cuarta cubierta, tomé un gin-tonic y me fui al camarote.
No me enteré de cuándo llegó Pedro a la cama y dormí hasta las siete, hora en la que desperté con los anuncios por los altavoces de que estábamos a punto de atracar en Flam.
Tras desayunar me dijo el chaval que siguiera haciendo mi vida, que él había contactado con un grupo de chicos y chicas guay y que haría la suya. Esto sí que iba a ser un viaje en solitario, supuestamente «acompañado» de mi primogénito.
Me resigné a conocer solo Flam. Lo que sabía del lugar es que era un sitio ideal para disfrutar de los fiordos y saltos de agua noruegos. Uno de los habitantes, con el que coincidimos en el estacionamiento de los autobuses, nos contó la importancia que el tren tuvo en el desarrollo de la región, ya que cuando en 1909 se inauguró el tren entre Oslo y Bergen sirvió de vía de comunicación importante para su desarrollo agrícola y ganadero, y que ahora simplemente era un medio de comunicación básicamente turístico que une la montaña, en Myrdal, con la esquina del fiordo Aurlandsfjord.
Dada mi soledad, decidí hacer una de las excursiones recomendadas, de forma que me subí al tren que desde el nivel del mar sube hasta los 867 metros. Tomó un poco más de media hora el trayecto, a través de espectaculares e inolvidables paisajes.
Tuvimos, como corresponde a un tren turístico, varias paradas, entre las que cabe destacar la hermosa cascada de Kjosfoss. Luego, en la estación de Myrdal, hice un transbordo de tren a través del túnel Cravhalsen, bajando por el valle de Raundalen hasta Voss, un precioso lugar cerca del lago Vangs.
Finalmente subimos en un autobús que circulaba por la montaña, bordeando su ladera, desde la que pudimos ver la cascada Tvinde. Más tarde bajamos por la Stalheimskleivane (la carretera más escarpada de Noruega) para retornar a Flam siguiendo el río Noeroy, atravesando numerosos túneles para regresar al barco.
Es curioso cómo al sentir la fuerza de estos paisajes nos vienen a la memoria escenarios de la infancia y recordamos la inmensidad de algunos paisajes que quizá no lo fueran realmente, pero que con aquella edad los veías impresionantes.
Al llegar al crucero fui directamente al camarote. Allí estaba Pedro, que me contó aspectos sobre la gente tan encantadora que había conocido, incluida una rubita preciosa de nuestro país, a la que le parecía imposible no haber visto nunca a pesar de vivir a pocos metros de nuestra casa.
Cenamos ambos en el restaurante principal, verdaderamente elegante, junto con otros comensales extranjeros. Al terminar me fui a la cabina, mientras que Pedro se fue a pasar el resto de la noche con sus nuevos amigos.
Noche en la que no dormí muy bien por el movimiento del barco, más ajetreado de lo habitual. Incluso estaba despierto cuando Pedro regresó al camarote. Eran aproximadamente las tres de la madrugada. Le pregunté cómo le había ido y estuvimos charlando durante más de una hora sobre la suerte de habernos tocado el crucero en ese sorteo, sobre la gente que estaba conociendo y muchas más cosas que habíamos visto esos dos días desde el inicio de nuestras vacaciones.
Al día siguiente llegamos a otro de los tantos destinos del crucero: Olden. Se localiza en el valle de Oldedalen, en el municipio de Stryn, cerca del glaciar Jotesdalsbreen, en el parque nacional del mismo nombre. Lo curioso de este lugar es que cuenta con una población de menos de quinientos habitantes, pero con muchos sitios para admirar, como el faro de Krakenes, con el océano a sus pies; la meseta del cabo Oeste o la isla de Selja, con su monasterio del siglo X.
Era un espectáculo grandioso, una impresionante imagen natural que no había sido modificada por el hombre ni explotada de manera alguna, por lo que daba la sensación de ser un paraje realmente inexplorado.
Abandonado de nuevo por mi vástago decidí ir a la excursión programada para visitar el glaciar de Briksdal.
En el trayecto desde el barco a los autobuses que nos llevarían a la excursión me encontré con la persona a la que ayudé en Bergen tras el accidente y me saludó afectuosamente, agradeciéndome de nuevo la ayuda que le presté. Con el brazo en cabestrillo, parecía muy contento del viaje en el crucero y así me lo confirmó:
—¿En qué autobús va usted?
—En el número 3.
—Yo estoy en el 5, pero si no le importa podríamos ir juntos.
Le dije que estaría bien y me respondió que intentaría arreglarlo. Habló con los guías y con uno de los chóferes y finalmente nos subimos juntos al autobús número 3 y nos sentamos en los asientos 3 y 4, en la primera fila del vehículo, con la posibilidad de disfrutar de las mejores vistas.
La verdad es que la conversación con él fue de lo más amena y sinceramente agradable. Me comentó que el día anterior me estuvo buscando por el barco infructuosamente y que, como no sabíamos nuestros nombres, la búsqueda era compleja.
Al tener un sitio privilegiado en el autobús pudimos disfrutar de un magnífico paisaje, que nos llevó por la pequeña iglesia roja, los márgenes del lago Floen y el espectacular lago de Olden.
El paisaje era impresionante, pero al estar en la primera fila de los asientos del autobús, además de disfrutar del paisaje, sufríamos (sobre todo yo, que tengo algo de vértigo) un miedo espantoso por los enormes acantilados que atravesábamos, que me impidió disfrutar del todo de los magníficos escenarios naturales por los que pasábamos.
Luego nos llevaron hasta el Rustoen y desde allí nos encaminamos hasta Briksdal Inn, desde donde iniciamos la subida a pie hasta el glaciar, recorrido que nos llevó unos cuarenta y cinco minutos, con paso tranquilo, mientras nos íbamos haciendo confidencias sobre nuestras vidas.
El camino era sinuoso y además se estrechaba a medida que avanzá-bamos.A izquierda y derecha disfrutábamos de un incomparable paisaje entre montañas y preciosos saltos de agua hasta llegar al glaciar, que apreciamos en toda su inmensidad.
En el autobús de regreso al barco quedamos en encontrarnos una hora más tarde en uno de los bares de la cubierta cuarta para cenar juntos.
Después de una ducha y vestido para la ocasión, le dejé una nota a Pedro en la que le decía que no regresaría hasta tarde porque iba a cenar con la persona que le dije que atendí en Bergen.
Me fui al bar en el que habíamos quedado y como teníamos el «todo incluido» me pedí un whisky con hielo y me senté junto a una ventana a disfrutar mi copa, tomándola sorbo a sorbo. Me relaja mucho observar el mar; en ese momento podría decir que incluso las olas estaban aplacadas.
No habían pasado más de dos minutos cuando Miguel (que así me había dicho que se llamaba) me dio una palmada en el hombro a modo de saludo y con una amplia sonrisa me dijo:
—Habrá que pedir algo para estar a tono.
Una vez terminadas las copas, nos dirigimos a un comedor en la cubierta 7, que solo era para personas VIP. Era la razón por la que no le había visto las noches anteriores en ninguno de los otros restaurantes. Miguel ocupaba una de las suites de la cubierta superior, lo que le daba derecho al uso de determinadas zonas especiales, a las que no teníamos acceso el resto de los pasajeros.
Cenamos de maravilla, ya que se creó un increíble ambiente entre ambos. Como comentó Miguel, «buena gente con buena comida». Luego nos retiramos a una pequeña salita a tomar el café y una copa caliente de brandy. Era un entorno que favorecía las confidencias.Tal vez por eso Miguel comenzó a contarme, supongo que con sinceridad, su actividad en los últimos doce años:
—Verás, Javier. Soy economista, pero no he ejercido nunca, ya que desde muy joven me he dedicado a la política. Comencé con enorme ilusión, pero los años transcurridos conociendo el desarrollo de compañeros y partidos en general, a lo que se suma el infarto que sufrí el pasado verano, me han hecho replantearme la vida y el modo de hacer política.
Me sorprendió sobremanera que se dedicara a la política; no había conocido a nadie hasta ese momento con un importante cargo en un partido político, con escaño en el Parlamento y que hubiera desempeñado importantes cargos en embajadas en varios países.
—Ahora me siento decepcionado por la deriva que han tomado los partidos políticos y me planteo si ha merecido la pena lo que he hecho hasta ahora. En consecuencia, estoy revisando mi vida.
Era evidente que me iba a dar una lección del arte de la política actual, por lo que, tras solicitar una nueva copa, empezó su «lección»:
—Actualmente, muchos políticos son verdaderamente escépticos ante la posibilidad del juego limpio en su actividad. Por supuesto, no lo confiesan, pero sus actitudes y hechos confirman que para un político mentir es parte integrante, diría casi esencial, de su profesión. Su valor fundamental —siguió— es ser oportunista, vendiendo a los ciudadanos con absoluta convicción lo que ordenará en cada momento el partido sobre cualquier aspecto público, pero, por supuesto, aparentando ante los demás elevados principios. Por eso —continuó diciendo— debo de manera urgente emprender un camino seguro hacia el verdadero bien común, renunciando a ser un simple figurante en la obra teatral con el papel que me marcan.Ya no me da igual contradecirme si me lo ordenan, ocultar o desvirtuar datos, leer como un papagayo discursos, declaraciones y propaganda que no aporten soluciones reales, sino que añadan, si cabe, más confusión y problemas con palabrería inútil y vacía. Por eso —me seguía contando— precisaba unos días de descanso, desvinculado de mi vida diaria, y no se me ocurrió nada mejor que un crucero para reflexionar y poder empezar, a pesar de los problemas que me van a surgir, a dar ejemplo de juego limpio, claridad en los planteamientos y, sobre todo, persuadir a la clase política de la ventaja de ser honrado de cara a su electorado.
Miguel hablaba despacio y, como ya nos habíamos bebido tres copas, pensamos que era momento de irnos a nuestros camarotes.Antes de retirarnos me preguntó:
—¿Qué vas a hacer mañana?
—En principio, me gustaría ir a la excursión que está organizada —respondí.
—¡Ah! Pues si no te importa pasamos por recepción y vamos juntos.
—Por supuesto. Estaré encantado, Miguel.
Tras sacar los tiques para la excursión del día siguiente nos retiramos a nuestros camarotes.
Al llegar al camarote, Pedro estaba leyendo encima de la cama; me contó que lo había pasado guay, pero no había salido del barco para nada. Habían comido, bebido, bailado y también vieron un espectáculo en el teatro del barco.
Aproveché para comentarle lo que se había perdido, ya que Olden (municipio de Stryn) no llega...

Índice

  1. Cubierta
  2. Título
  3. Copyright
  4. Introducción
  5. Primeras reflexiones
  6. Analice un día cualquiera
  7. Y llega el fin de semana
  8. Compras en supermercados, grandes superficies y tiendas de alimentación y para la casa
  9. Las vacaciones
  10. Los más listos vivían muy bien; los demás, pues bueno… Hasta que llegó el desastre
  11. Del desempleo a mi trabajo como «amo de casa»
  12. Unas vacaciones diferentes y productivas
  13. Al fin he encontrado trabajo
  14. Consolidarse en el trabajo
  15. La gravedad de la primera y última zancadilla
  16. Corolario
  17. Índice
  18. Sobre el Autor